Archivos Mensuales: febrero 2013

Hola Javi, me encanta leerte, es casi como estar hablando contigo. Además está intersante eso de la réplica. Solo una sugerencia, muy personal, sobre el formato para que sea más fácil leer, ya que afortunadamente tienes el don de la pluma y la palabra. Los post más antiguos deberías dejarlos en el margen derecho por el título del post, así no se va alargando tanto la cosa. O un formtato tipo períodico virtual para poder ver las imágeners que pones. Bueno no es más. Espero seguir leyéndote y vert

Te agradezco la sugerencia. En la parte derecha, abajo del logo y de la presentación aparecen cuatro ítems. Uno de ellos se llama Archivo. Si oprimes allí, se organiza la información como tú la deseas. Qué bueno que estés leyéndome!

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DIPLOMACIA EN EL SUR: LECCIONES DE RESISTENCIA…AL APRENDIZAJE O LA ARROGANCIA DE QUERER SER DIFERENTE

Uno de los aspectos más interesantes de la nueva economía institucional es la importancia que se le da al proceso de aprendizaje individual y social. Autores como Robert Axelrod o Douglass North han profundizado en el tema de cómo aprendemos los humanos y han encontrado que, en general, a partir de unos modelos mentales, interpretamos los estímulos externos y, si estos no son consistentes con lo observado o si fallan en la explicación, tendemos a cambiarlos. Sin embargo, esta posición no explica la razón por la cual, a pesar de los errores o de lo inútil de ciertas acciones, algunos individuos – o sociedades – siguen intentándolas eternamente. Es decir, por qué se anclan.  

Recordé estos planteamientos  – y sus límites – a propósito de la realización de la III Cumbre África – América del Sur (ASA) que está teniendo lugar en estos momentos en Guinea Ecuatorial. En teoría, la idea es fortalecer los vínculos entre las dos regiones, aumentar los intercambios y consolidar los proyectos de cooperación sur – sur. Los tres objetivos suenan muy bien, muy realizables. Sin embargo, cuando se mira un poco más a profundidad, es claro que estos, como muchos en el pasado, quedarán en el plano del discurso, algo muy propio de nuestras regiones.

Encuentro cuatro razones para pensar que esta reunión es algo más de lo mismo. Primero, los mandatarios asistentes y sus comitivas. La mayoría de ellos han estado al frente de sus países – o han formado parte de sus gobiernos – por muchos años, incluso décadas, sin haber cumplido sus promesas de desarrollo o de mayor relacionamiento con sus pares en el sur. Acá no estoy hablando del concepto de democracia que, seguramente, muchos dirán que es relativo para estas regiones y que un personaje como Obiang Nguema, por poner solo un ejemplo, anfitrión de la cumbre actual, y quien está en el poder desde 1979, ha sido buen presidente y por eso merece la reelección hasta cuando él desee…como Rafael Correa (¡quien ha construido carreteras!) o Evo Morales o Hugo Chávez. Al fin y al cabo, la democracia de estas regiones es diferente.

Pero, les decía, de democracia no estoy hablando. Lo que quiero decir es que cómo se puede pensar que esta vez va a ser diferente si los que asistirán a la reunión de alto nivel de hoy, 22 de febrero, son los mismos que han asistido a, por lo menos, cientos de reuniones semejantes sin cumplir ninguno de los objetivos planteados. Por esta razón, esta debe ser una reunión de muchas para estos personajes, nada más.

Un segundo elemento es el discursivo (los modelos mentales que se reflejan, para ser más explícito). Revisando los discursos y algunas de las noticias relacionadas en medios cubanos o venezolanos se repiten, como siempre en cada reunión posible en el ámbito internacional, términos como colonización, Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, explotación, etc., etc. En este sentido, la Cumbre ASA, como la de los No Alineados, las de CELAC, las de UNASUR, etc., se han convertido en una especie de muros de lamentos: un escenario de algunos días para que los líderes de los países pobres del mundo se reúnan y puedan expresar su impotencia y su resentimiento por la situación en la que se encuentran que, al fin y al cabo, es culpa de todo el mundo (sobre todo de los países ricos), menos de ellos mismos.

Un tercer elemento es el de la concentración de temas. Es decir, hasta ahora son casi los mismos mandatarios de hace años, con los mismos planteamientos en contra de lo existente y sin mayor capacidad propositiva, pero además, deciden que, en esta ocasión, van a avanzar en, tan solo, los siguientes aspectos: comercio, inversiones, turismo, energía, transporte, infraestructura, ciencia y tecnología, además de estrategias comunes para la paz y seguridad global. Si entre los lamentos y las actividades culturales (exposiciones de arte, muestras de películas, etc.) tienen tiempo, prácticamente, solucionarán todos sus problemas…en conjunto. Este es una característica recurrente en estas regiones. Para casi todos los procesos de integración (desde la CAN y Mercosur hasta la CELAC) o los foros de diálogo (ASA es uno de estos), se plantean decenas de objetivos en áreas tan diversas que, aunque suenan muy bien, es imposible abordarlos todos.

Por estas razones, los ejercicios de las cumbres de alto nivel entre países no desarrollados no logran nada. Pareciera que la idea fuera crear un tipo de grupo de apoyo, como los de Alcohólicos Anónimos, solo que en este caso la idea no es mejorar, sino convencerse mutuamente que están haciendo las cosas bien, para seguir haciéndolas mal. Por eso me atrevería a decir que, observando estos ejercicios de la diplomacia sur – sur, se podrían encontrar muchas pistas para avanzar en la comprensión de por qué y cómo los seres humanos se resisten a aprender (esto es, a cambiar sus modelos mentales), a pesar de que éstos nunca les han permitido comprender su contexto y, lo que es más grave, resolver sus problemas de pobreza y exclusión.  Sin embargo, tal vez, el proceso de aprendizaje y estas cumbres son como la democracia: en estas regiones funcionan diferente.

RESPUESTA

Agradezco, nuevamente, sus comentarios. A continuación doy respuestas muy cortas a cada uno de los puntos que usted menciona. Sin embargo, debo decirle que, creo, no leyó con atención los posts y/o que no comprendió el objetivo que me planteé en ellos. Es decir, no entendió el objeto de discusión.

Profe, es realmente una lástima que en las tres partes del artículo, no haya un solo número, una solo cifra que respalde sus tesis y sus críticas a las críticas. Absolutamente nada en relación al retroceso o avance industrial, la balanza de pagos, el déficit comercial, el empleo industrial y agrícola, etc.

          Creo que no leyó con atención la primera parte de esta radiografía. En el tercer párrafo de la primera parte, precisamente, anuncio que no utilizaré cifras ni ejemplos de otros países. Allí doy dos razones que le resumo: primero, porque se convierte en una eterna discusión del vaso medio lleno y del vaso medio vacío. Segundo, porque esto lleva a que se convierta el debate en un concurso de quién puede mencionar más cifras y armar el panorama que desee, según su posición, sin que por esto sea más real.

          Por ejemplo, podríamos quedarnos en este debate si yo le digo que el ingreso per cápita, por ejemplo, ha aumentado de manera importante en el país o que Colombia ha incrementado sus flujos comerciales de manera sostenida o que hemos mejorado en los resultados del IDH. Sin embargo, los opositores pueden decir que no es suficiente: ¿quién tiene la razón? Como es evidente que ambas partes la tienen, ¿cuál es la visión que predominar? Ahí sí la respuesta ya no es tan evidente…todo se convierte en un juego de quién transmite mejor su visión, su posición.

          Por ello, decidí enfocarme, no en las críticas, sino en las características generales que tienen esas críticas.

Para ser una “radiografía a las criticas” tengo que sincerarme diciéndole que la encuentro muy…limitada.

          Claro que es limitada. Nada más pretencioso y deshonesto que proponer un análisis, en cualquier campo, sobre cualquier tema, que sea completo, absoluto, definitivo. Pero esto no es algo negativo: tiene que ver con la incapacidad que tenemos los seres humanos (cualquier ser humano) para comprender y explicar fenómenos tan complejos como los relacionados con la vida social.

          Sobre este tema y para que vea una crítica, desde la filosofía, sin cifras, lo invito a leer el libro La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl Popper. En ese libro, Popper muestra los peligros de creer, como creyeron algunos, que la verdad absoluta es de conocimiento inmediato o, lo que puede ser peor, considerar que existen “leyes” ineludibles, superiores a la capacidad humana de, por medio de la prueba y error, construir la sociedad que desea.   

Primero porque la crítica, sin respaldo estadístico además, no se compadece con los argumentos de renombrados economistas nacionales como Abdón Espinosa Valderrama, Eduardo Sarmiento, Bethoven Herrera ó incluso autoridades internacionales como los Nobel Stiglitz ó Krugman ó el señor Kenichi Ohmae (“el Señor Estrategia”, catalogado por Financial Times de Londres como el gurú gerencial del Japón) que en referencias generales (los dos primeros) critican el modelo de “libre comercio” y su relación con la crisis estructural de la economía internacional y los tres expresaron en su momento lo inconveniente para Colombia de este tipo de acuerdos.

          Tiene razón: no utilicé, en mis afirmaciones, los trabajos de los autores que menciona.

          Sin embargo, tampoco utilicé los trabajos de otros economistas colombianos, como Juan Carlos Echeverry, Alejandro Gaviria, Santiago Montenegro o Roberto Steiner, quienes tienen una posición muy distinta a los que usted menciona.

          En el mismo sentido, tampoco incluí, otros premios nóbel como Ronald Coase, Douglass, North, Elinor Ostrom, Oliver Williamson, Gary Becker, James Buchanan o, claro está, Friedrich Hayek y Milton Friedman.

          No lo hice porque, de nuevo, esta no era una discusión sobre las cifras o sobre los resultados comerciales para el país, sino lo que, a mi parecer, está detrás de las críticas que se hacen: es decir, estas son las características que encuentro en cualquiera de las críticas puntuales que se hacen contra los acuerdos comerciales del país.

Una radiografía completa expondría por lo menos las críticas a la especialización en las “ventajas comparativas” desde el enfoque de la demanda disímil de algunos productos en el intercambio comercial “libre” (E. Sarmiento); el problema del intercambio en cuanto al valor agregado en la especialización y sus efectos macroeconómicos (Krugman y Stiglitz caso Grecia y la Unión Europea); la evidencia empírica negativa del libre comercio en América Latina (Herrera, caso México) ; la evidencia estadística (escalon tecnológico, producción industrial, empleo industrial, participación en el PIB y en el valor agregado) que señala que Colombia INVOLUCIONA en términos capitalistas (Luis Jorge Garay); y tal vez el más importante a mi juicio, la explicación del discurso y las políticas libre cambistas a la luz de los problemas de superproducción de las economías desarrolladas , la disputa por los mercados.

          No es muy claro este párrafo, pero creo que ya queda claro por qué no incluí a ninguno de estos autores.

          Además, fíjese que este es un pequeño ejemplo de lo que le mencioné antes: si me quedo en las cifras, entro en la discusión de si América Latina (México, por ejemplo) está mejor hoy que antes de NAFTA. Muchos autores consideran que sí, pero otros (como Gaviria o Echeverry) han afirmado que el modelo equivocado, el que se está agotando, es el de Brasil. Vuelvo y le pregunto: ¿quién tiene la razón?

          Sobre lo último, el tema de superproducción de las economías desarrolladas y la disputa por mercados, me parece que es una confusión que usted tiene sobre las razones de la crisis actual. Es decir, sobre eso sí que no hay debate: no tiene nada que ver con problemas de superproducción. Pero bueno, esa sería otra discusión, poco relacionada con la de los acuerdos de Colombia y las características generales de las críticas.

En segundo lugar porque el estilo de la crítica es macartista.

          No creo que este sea el caso: simplemente tomé el caso de una persona que, considero, tiene una capacidad especial para ser considerado formador de opinión y critiqué su posición.

          ¡Eso no puede ser considerado McCartismo! No entiendo por qué algunos grupos sociales o políticos creen que cualquier crítica que se les hace es una cacería de brujas o busca otros fines más allá de la sana discusión de ideas. No sé si tenga que ver con que creen que cuentan con la verdad revelada, absoluta o si tiene que ver con otras razones….el punto es que la idea no es plantear un escenario de buenos o malos, sino que mi intención es aportar mi punto de vista. No hay nada detrás…ninguna teoría de la conspiración.  

Tomar un hecho político, propio de un escenario parlamentario, como el de la bandera para señalar incoherencia en la discusión y en la argumentación académica sacándolo de contexto, no es muy honesto.

          De nuevo, creo que no leyó con atención los posts: Este ejemplo lo utilicé para mostrar, no incoherencia, sino la visión que se tiene sobre la capacidad de Colombia para competir en el ámbito internacional.

          Es decir, lo que sugerí es que el senador Robledo, con esta expresión política refleja, en parte, cómo nos vemos los colombianos.

          Ahora bien, esta es un propuesta que hago sobre cómo hemos construido nuestra identidad, pero tampoco pretende ser la verdad absoluta. Es, si quiere verlo así, una hipótesis.  

Sugerir que la propuesta del Senador como alternativa al “libre comercio” es la autarquía o ó el enclaustramiento comercial es cuando menos una caso grave de desinformación.

          No sugerí esto…simplemente que, como no es clara la alternativa que propone el Senador, uno podría asumir esto. Pero me parece muy bien que el Senador no piense así…sería bueno que fuera claro sobre cuál es la alternativa que propone para discutirla.

Sería tan macartista como comparar sus posiciones constructivistas con el idealismo de San Agustín. Particularmente no me gusta este estilo, porque no propende por la honestidad en el debate académico y sí por ridiculizar las posiciones de la otra parte.

          OK.

Entiendo que el Blog no es un espacio académico o científico, pero la importancia del tema (por lo menos la que yo le doy) amerita, hacer esfuerzos, más rigurosidad.

          De nuevo, entienda la discusión en el nivel en el que la planteé: todavía no he comenzado a discutir las críticas, sino que propuse cuatro características que, me parece, son comunes a todas las críticas. Haga el ejercicio y lo verá…desde el tema de los subsidios, hasta el tema ambiental, pasando por el de la carrera al fondo (race to the bottom), la desindustrialización, etc….

Aportaría mucho en el debate conocer por ejemplo ¿Cómo se ha manifestado él avance industrial de Colombia después de 20 años de apertura?

          Fíjese que este es otro problema: ¿qué cifras tendríamos que mirar para que sea riguroso? ¿El tema industrial tiene que ver únicamente con una discusión sobre las estrategias de libre comercio? ¿No tendrá que ver, por ejemplo, con obstáculos institucionales domésticos para ampliar las posibilidades de inversión? ¿No tendrá que ver con un problema de a quiénes se les otorgan las ayudas? Y así podríamos hacer muchas otras preguntas que incluirían muchos otros temas, más allá del de los acuerdos comerciales. ¿Qué es más riguroso, entonces, considerar que la culpa de todo lo que pasa en la industria es resultado de los acuerdos comerciales o comenzar por discutir qué ideas están detrás de las críticas que le hacemos a esos acuerdos?

 ¿Qué significa, a la luz de sus posiciones, que Colombia que importaba en el 90 menos de un millón de tn de alimentos, hoy importe 12 millones de tn, alimentos que produce y/o solía producir?

          De nuevo, esta parte tampoco la leyó con detenimiento. Si nos alarmamos por esta realidad, tendríamos que aceptar que tenemos que una visión mercantilista. ¿Por qué es malo importar esas toneladas de más? Además que sería una discusión, ahí sí, poco rigurosa: ¿a qué precios se han importado? ¿quiénes son los principales consumidores? ¿antes quiénes eran? ¿quiénes las producían? ¿por qué no pudieron enfrentar la competencia externa? Estas son algunas preguntas que habría que hacerse…o quedarse pensando que, en efecto, importar es malo…porque sí.

          Por otro lado, con esta afirmación, me pone a dudar sobre la alternativa que plantean sobre los temas comerciales: ¿Colombia no debería importar alimentos? ¿Cuáles debería importar? ¿Quién debería tomar esa decisión? ¿En realidad no contemplan un estado autárquico como el ideal?

¿Qué opinión merecen, los subsidis agrícolas de la UE, la “guerra devaluacioncita” del dólar en Estados Unidos, los subsidios industriales en energía en Corea, las medidas proteccionistas casi que universales en sectores como el siderúrgico (G. Bush en el caso de USA), en el contexto y en el discurso del “libre” mercado?

          De nuevo, también pasó por alto la parte en la que describí las diferencias entre libre comercio y acuerdos comerciales. En este caso, no estamos hablando de estrategias de libre comercio, sino de un punto intermedio en el que la meta no es abrir los mercados del todo (o sino no habría necesidad de negociar), sino lograr mantener algunos sectores protegidos, por lo menos por un tiempo.

          Por partes, aunque no todos los anteriores sean temas de los acuerdos comerciales (de nuevo, para ser rigurosos tendríamos que centrarnos en el objeto de debate, pero bueno).

o   Subsidios: Claro los subsidios son, si se quiere, una forma de “competencia desleal” que hacen los países ricos. No obstante, ¿en todos los sectores subidiados, Colombia tiene ventajas comparativas, concepto que usted había desechado pero que ahora está utilizando? Además, si esta crítica fuera válida para impedir avanzar en este tipo de acuerdos, la tercera característica que mencioné sería completamente válida: usted está defendiendo los intereses de unos colombianos y no de todos los colombianos. Los subsidios, con algunos supuestos específicos, generan una disminución en los precios. Si bien esto afecta a los productores, beneficia a los consumidores, ¿no? Si no firmamos acuerdos comerciales por la existencia de subsidios, entonces, tendríamos que ser honestos: lo hacemos porque queremos proteger los intereses de FEDEGAN o de la SAC pero no los intereses de todos los colombianos.

o   No es muy claro el tema del proteccionismo que usted menciona, pero, claro, esto también es malo…para los consumidores estadounidenses. No obstante, habría que mirar si el sector siderúrgico es un fuerte de Colombia en la relación con Estados Unidos o si esas trabas se mantienen…

La discusión aquí no es si Colombia se relaciona o no con el mundo (es absurdo que se plantee en estos términos), sino los términos en los que se da esa relación y esos intercambios. Creo que una mención obligada en estos temas es hablar de la evidente especialización de Colombia en el “país minero” a través de estos 20 años.

          De nuevo, esta parte tampoco la leyó con atención. ¿Esto es resultado únicamente de las estrategias comerciales del país?

          Además, como le mencioné desde el principio, es un problema de cifras: para usted Colombia se ha convertido en un país minero únicamente. Es decir, para usted, Colombia es un país minero en el mismo sentido en el que Venezuela es un país petrolero (este país, sin estrategias de acuerdos comerciales ni nada que se le parezca). No obstante, otros, según su posición, tendrán otra visión sobre la diversificación productiva del país: ¿quién tiene razón?

No tengo una posición de principios en contra de la minería, pero sugerir que un país se especialice en este sector sacrificando el resto es descabellado e ingenuo por demás ¿acaso es lo mismo, en el marco de la especialización de las ventajas comparativas, ser un país minero, o un país industrial?

          No es clara su pregunta en este punto. Claro que no es lo mismo ser un país minero que ser un país industrial. Ahora bien, si lo que en realidad usted está preguntando es qué es mejor, fíjese que la discusión se nos vuelve a ampliar por fuera del debate meramente comercial.

          Por otro lado, si usted, en el fondo, está hablando de los famosos términos de intercambio, según lo visto en la última década, sería mejor, por ahora, seguir siendo un país minero…¿o no? Mire los precios de unos frente a los precios de los otros.

          Sin embargo, para que quede claro, mi posición: claro que la industria es buena y que tendremos que avanzar hacia allá. Pero la mejor forma de hacerlo es a través de una estrategia aperturista y no a través de una economía cerrada. Además, esa estructura económica depende de muchos otros factores además de los comerciales.

Espero que las anteriores aclaraciones le sirvan para que avancemos en el debate. Lo invito a leer nuevamente los posts y a que discutamos, ahora sí, la radiografía hecha: cada una de las cuatro características, cuáles podrían faltar o cuáles se podrían mejorar. Nuevamente, le agradezco haberse tomado el tiempo de reaccionar frente a mis posiciones.

UN DEBATE NOVEDOSO EN EL PAÍS: OTRA VEZ, EL LIBRE COMERCIO. (Una radiografía de las críticas III)

Hoy termino con las características generales. Para retomar la discusión, se podría afirmar que la mayoría de los temores que manifiestan representantes como el senador Robledo o analistas como Cecilia López, me parece, reflejan la identidad que hemos construido los colombianos.

Es decir, creo que esos temores son resultado de la forma como nos vemos y como buscamos que nos vean los demás. En Colombia, pareciera que nos gusta vivir de los problemas que tenemos y nunca aceptar los aspectos positivos. Así, se repite hasta el cansancio, en todos los escenarios posibles, que no somos capaces de trabajar en equipo; que tenemos una de las más graves crisis humanitarias del planeta; que tenemos un Estado corrupto y un largo etcétera. Las fuentes preferidas para referir estos datos son las internacionales. Sin embargo, cuando esas mismas fuentes ubican al país en clasificaciones altas sobre aspectos positivos, las desechamos inmediatamente. Eso es lo que ha sucedido, con las famosas mediciones sobre felicidad que, en la más reciente, se ubica al país como el más feliz del mundo. No obstante, en lugar de aceptarla, se hizo todo lo posible por desmentirla.

En mi libro (¿Política exterior o política de cooperación? Una aproximación constructivista al estudio de la política exterior colombiana” – 2010) hice referencia a este fenómeno y su impacto en el tipo de país que buscamos proyectar en el ámbito internacional. ¿Las causas? No las tengo claras. No sé si éstas tienen que ver con una cuestión religiosa, con rezagos de la época colonial, con “traumas” históricos como la pérdida de Panamá o con otras explicaciones que ahora se me escapan. O si son una mezcla de todas…

El punto es que creo que esta es una realidad y que la hemos perpetuado en el tiempo: siempre tenemos que ser los peores y lo bueno se pone en duda. Los planteamientos pesimistas de nuestros representantes, en consecuencia, reflejan esa visión general. Para el caso de los acuerdos comerciales, esto se ve reflejado en las comparaciones que he mencionado. ¿En realidad es tan importante señalar que casi todos los países con los que hemos hechos acuerdos tienen niveles más altos de desarrollo que el nuestro? ¿En realidad cree el senador Robledo, como lo afirma en el artículo que referí antes, que somos incapaces de competir? ¿Es posible que el nuestro vaya a ser el perdedor ante todas las estrategias comerciales, en todos los mercados, en todos los sectores? ¿Son nuestros empresarios incapaces de adoptar estrategias efectivas para tener éxito comercial?

Por allá en 2007, cuando la visita del presidente George Bush a Colombia, el senador Robledo justificaba la quema de banderas de los Estados Unidos, entre otras razones, como una expresión de las injusticias del futuro tratado de libre comercio. ¿Cómo los colombianos íbamos a poder competir con los empresarios y productores estadounidenses? Sin embargo, cuando se trataba de buscar la ratificación del ATPA – posterior ATPDEA – (preferencias arancelarias unilaterales de Estados Unidos a Colombia), nunca recuerdo que haya promovido una quema similar. Este hecho demuestra, entonces: si tenemos que competir, eso es malo. Pero si se trata de concesiones unilaterales que profundizan la desigualdad entre los dos países y que, además, tienen una carga mayor de imposiciones imperialistas, eso sí está bien. ¿No ve que somos colombianos y, por lo tanto, debemos ser tratados con condescendencia?  

No obstante, ocultamos esta visión que hemos creado de nosotros mismos con un falso nacionalismo y orgullo patrio. Desde las molestas cadenas en las que mencionamos las razones por las cuales debemos sentirnos orgullosos de ser colombianos hasta la elección de representantes que vienen a actuar como si fueran nuestros padres (les recuerdo mi posición: los representantes son, por así decirlo, nuestros empleados. No son superiores, ni mejores seres humanos, ni más inteligentes. Simplemente, son carismáticos – o no se hubieran hecho elegir – y, debemos aceptarlos, bastante arrogantes – o no hubieran pensado, en primer lugar, en hacerse elegir. No obstante han sido elegidos para cumplir tareas específicas y no para salvarnos, para hacernos felices o para decirnos cómo es que debemos comportarnos o actuar), todas son muestras de nuestro débil nacionalismo que, además, aparece para celebrar los partidos que ganamos, cuando un extranjero nos visita y le preguntamos si le gusta el país o cuando de elegir mesías se trata.

No hemos querido darnos cuenta que la Colombia de hoy no es igual a la de hace diez años, ni a la de hace veinte ni, mucho menos, a la de mediados del siglo XX. En casi – si no es que en – todos los aspectos este es un mejor país en la actualidad. Claro que falta mucho, pero la forma de alcanzarlo no es retrocediendo a lo que se hacía antes de comenzar esta senda que, como he mencionado varias veces, es muy reciente y hasta ahora está dando sus frutos. Así, hemos encontrado una posición muy cómoda, como sociedad, pero también como individuos: siempre seremos las víctimas del exterior o de los mesías en los que hemos creído. Lo complicado es que aislándonos y manteniendo una sociedad de privilegios que protege, paradójicamente, hasta la izquierda más radical, no es como podremos reconocer los errores de nuestra propia visión.

UN DEBATE NOVEDOSO EN EL PAÍS: OTRA VEZ, EL LIBRE COMERCIO. (Una radiografía de las críticas II)

Continúo con la tercera característica común a las críticas que se la hacen a los acuerdos comerciales.

Venía diciendo que los opositores a las estrategias comerciales no pueden demostrar la superioridad de la alternativa que, en el fondo, plantean (la de cerrarnos) porque tal posición es resultado de un desconocimiento o confusión sobre los conceptos básicos relacionados con el tema comercial.

Los críticos de los acuerdos comerciales aprovechan el desconocimiento generalizado sobre los temas económicos y emiten sus afirmaciones sin intención de tener que demostrarlas: solo acumulan una serie de estadísticas, que repiten siempre, y las van mencionando una tras otra. Suenan muy bien y pareciera que tienen sentido, pero, ante cualquier intento de mirar su consistencia lógica, se caen de su propio peso. Aclaro, en este punto, que no tengo claro si los críticos poseen los conocimientos, pero si su intención es confundir o si ellos también están confundidos…no obstante, el resultado es el mismo. Menciono solo tres de esas confusiones.

La primera es resultado de las diferencias entre el concepto de libre comercio y el de acuerdos comerciales. Por esta razón, he tratado de evadir el uso del término libre comercio y cuando lo he hecho, lo he puesto entre comillas. La diferencia se puede resumir, más o menos, así: la primera política no requeriría ningún tipo de negociación, sino simplemente la decisión unilateral del Estado de eliminar las restricciones al comercio internacional. La segunda, por su parte, se trata de una persistencia de las dinámicas proteccionistas. Por eso es que requieren de negociaciones entre estados.

Por esta diferencia es que los tratados de libre comercio deben entenderse más como tratados que de libre comercio: lo que negociaron los países fue los sectores que van a mantenerse protegidos, los periodos en los que ello será así y las áreas en las que los estados seguirán interviniendo. En consecuencia, nada más incorrecto que pensar que un TLC es igual al libre comercio. Es, como afirmé en algún momento, un punto intermedio. Por ello, muchas de las críticas que se hacen a los TLC pueden ser correctas, pero no porque sean estrategias de libre comercio, sino porque son resultado de políticas todavía proteccionistas. En este sentido, una apertura unilateral sería recomendable y no, ya he planteado, una de aislamiento comercial.

La segunda confusión tiene que ver con el tema de las importaciones/exportaciones. Tanto los gremios como algunos analistas (veáse, por ejemplo, esta columna de Cecilia López) han comenzado a mostrar las desventajas del TLC con Estados Unidos porque se ha visto un incremento de las importaciones en algunos sectores. Además de lo que se podría decir sobre la contemplación de cifras absolutas, sin tener en cuenta, por ejemplo, la balanza comercial o los montos históricos de esas importaciones, esta confusión refleja una visión mercantilista del comercio.

Para los mercantilistas (siglos XVI y XVII), la fuente de la riqueza era igual a la cantidad de oro acumulado que tuviera un país. Una de las formas para incrementar esa acumulación se lograba a través del comercio internacional. Sin embargo, si la idea era aumentar el total de oro, el objetivo del comercio sería exportar todo lo que se pudiera, mientras que se restringirían al máximo las importaciones. ¿Resultados? Guerras comerciales, estrategias proteccionistas en todos los estados y, por lo tanto, una reducción del comercio internacional. Por esto, autores posteriores, comenzando por Adam Smith, demostraron la equivocación de esos postulados.  

Sin embargo, en la actualidad, muchos analistas siguen creyendo firmemente en los postulados mercantilistas (es decir, para ellos, la ciencia económica ha perdido unos 500 años de desarrollo). Por eso, les molesta tanto que un país incremente sus importaciones. Sin embargo, tendría que pensarse qué lleva a un país a importar más. Dos repuestas se me ocurren en este momento: porque los individuos quieren consumir más de los bienes importados o porque no logran satisfacer su consumo con los bienes existentes en la economía local (si se observan bien, ambas respuestas pueden ser formas diferentes de redactar el mismo fenómeno, pero sus implicaciones son diferentes).

Si esto es así, entonces un incremento cualquiera de las importaciones no podría demostrar sino dos cosas: primero, que los ciudadanos del país que incrementa las importaciones tienen, ahora, mayores ingresos para gastar en bienes del exterior. Segundo, que en el mercado doméstico no existen empresas que ofrezcan el o los productos deseados. En el primer caso, no sé ustedes, pero yo creo que nadie deba molestarse por un incremento en las importaciones. En el segundo, tendría que mirarse, entonces, por qué no existen empresas de ese tipo o por qué los empresarios locales no han decidido satisfacer esa demanda. Ninguna de estas observaciones tiene que ver, sin embargo, con el tema del comercio internacional. Mucho menos, con el de un tratado de libre comercio.

Si el incremento en las importaciones se debe a lo segundo, tendría que mirarse si los locales no producen porque no les interesa, porque no tienen incentivos económicos o porque existen condiciones externas – institucionales, por ejemplo – que se lo impiden. De nuevo, todos asuntos domésticos. Si el problema es que no son competitivos en ese acuerdo en particular, el problema es la estrategia: recuerden que muy pocos sectores son perdedores absolutos entre mayores sean los mercados. Además, si un sector es perdedor absoluto, depende de la sociedad si se le recompensa o no.

Por su parte, si el incremento se da porque los ciudadanos pueden comprar más bienes provenientes del exterior, eso no es necesariamente malo. Algún opositor, podría decir, sin embargo, que sí: que, de pronto, se están hay un incremento en la deuda externa del país o que se está incrementando el consumo de bienes innecesarios o suntuosos comprados en el exterior. Podría ser, pero creo que si se miran los indicadores de Colombia, hoy, las dos eventualidades deben ser descartadas. Igual, fíjense que la discusión no se queda solo en alarmarse porque aumenten las importaciones.   

Además de lo anterior, seguir pensando en que incrementar las importaciones es algo negativo para el país es como pensar que Bogotá no tiene por qué “importar” todo de las demás regiones del país o que yo, como individuo, debo restringir mis compras y dedicarme a producir todo lo que necesito para vivir. ¿Por qué es diferente cuando se trata del comercio entre países? La respuesta, me parece, tiene que ver con una expresión más del nacionalismo, mal entendido. La producción se convierte en un problema de orgullo patrio. Si esa es la visión de los opositores, está bien, pero no la deberían mostrar como un tema de comercio, sino como lo que es: una discusión política.

Una tercera fuente de confusión la genera el manejo de las cifras. No solo los incrementos en importaciones o los datos sobre desarrollo de nuestros socios comerciales se mencionan, sino que además se mencionan en términos absolutos. Un ejemplo: nos dicen que los demás países sí tienen subsidios a la agricultura (después hablaré de esto más a profundidad). En primer lugar, ésta es una verdad a medias: Colombia también tiene subsidios a la agricultura (estoy seguro que no han olvidado el escándalo de Agro Ingreso Seguro). Un crítico me diría que, sin embargo, los subsidios que hay en Estados Unidos son mucho mayores que los que se dan en Colombia. Esto puede ser cierto…en términos absolutos. Pero no reflejan el impacto, por ejemplo, que tienen esos subsidios como porcentaje de los ingresos de los beneficiados o en términos de precios.    

La cuarta fuente de confusión tiene que ver con el discurso. Nos dicen que se trata de proteger a la industria pequeña, a los campesinos o, en general, a los colombianos del promedio. Sin embargo, esto no es verdad. Lo muestra Cecilia López en la columna señalada: ella está pidiendo que se  defiendan los intereses de sectoriales. Eso es lo que está reclamando. No reclama una mejora de las condiciones de vida para todos los colombianos, sino para algunos sectores específicos.

Lo mismo sucede cuando se encuentra que el senador Robledo y José Félix Lafaurie, enemigos en diversos temas, se encuentran en sus críticas a los tratados de libre comercio. Con esto quiero decir que al cerrarnos a la competencia internacional no estaríamos beneficiando los intereses de los colombianos, sino de algunos colombianos: de aquellos que se han visto beneficiados de las ayudas públicas y del proteccionismo (sí, de nuevo, los mismos que se vieron beneficiados, por ejemplo, con el escándalo de Agro Ingreso Seguro), pero que no han hecho nada por mejorar la situación de los campesinos o de los trabajadores. En esto, por lo menos, deberían ser claros los opositores de los TLC y no seguir utilizando el discurso de la supuesta protección a los intereses de las mayorías o de un difuso interés nacional.

Con esto los dejo, por hoy. Mañana termino esta – ya larga – radiografía de las críticas.

Por que el libre comercio y todo lo relacionado con libertad económica es mal visto en países pobres como Colombia?

Buenas tardes! Le pido excusas pero no me había fijado en los mensajes. Le respondo: la verdad el libre comercio y todo el tema de libertad económica no solo es un problema en los países como Colombia. Se han creado muchos mitos frente a estas políticas en todo el mundo. No obstante, sí se considera una amenaza más directa en países como Colombia. Esto se debe a muchas causas (que tendrían que estudiarse): confusión sobre los temas, debate desde el deber ser y no desde lo que es, preocupaciones legítimas para resolver problemas de pobreza (que se cree, solo pueden ser solucionados por estrategias políticas…que es otra expresión de la confusión), entre otras.

Para el caso de Colombia, yo creo que también se debe a la visión que tenemos de nosotros mismos. 

Algunas de estas causas las menciono en los posts de hoy y hasta el domingo.

UN DEBATE NOVEDOSO EN EL PAÍS: OTRA VEZ, EL LIBRE COMERCIO. (Una radiografía de las críticas)

Esta semana estuvo movida en el ámbito internacional. Las próximas – y previsibles – elecciones en Ecuador; el discurso del Estado de la Unión, que volvió a reflejar la visión contradictoria y alejada de los valores estadounidenses del presidente Barack Obama; las pruebas nucleares de Corea del Norte y la respuesta (¿inútil?) de Naciones Unidas; la devaluación en Venezuela y lo que esto demuestra sobre el Socialismo del Siglo XXI: que es igual al del siglo XX, con una sorprendente incapacidad de sus líderes de aceptarlo; los avances sobre la libertad de los homosexuales (que también son seres humanos, así todavía algunos lo duden) en Francia o Inglaterra y su retroceso en países – tan de avanzada – como Rusia. Todos temas interesantes y de los cuales hay mucho para discutir. Sin embargo, me decidí por seguir con el tema de los acuerdos comerciales en Colombia. Sin embargo, para no convertir éste en un espacio de discusión sobre solo este tema, desde hoy, y durante los siguientes días, publicaré varios posts para cubrir los aspectos que les prometí en el post pasado. Así, de hoy en ocho, podremos abordar otros asuntos.

En el post del viernes pasado les anuncié que después profundizaría en las críticas hechas a los acuerdos comerciales. Este fin de semana me concentraré en la naturaleza de esas críticas. Debido a que los temores frente al libre comercio pueden llevar a un retroceso en la decisión, muy reciente, de insertar al país en el comercio internacional, vale la pena retomar la discusión y resaltar los aspectos en los que esos temores resultan infundados, contradictorios o de débil demostración. Hoy hablaré sobre las características generales de esas críticas.

En términos metodológicos, aclaro, trataré al máximo de no utilizar, en la demostración, ni cifras ni ejemplos concretos de otros países. Aunque estas dos son herramientas muy importantes para mostrar la superioridad de los acuerdos comerciales, me parece que se puede caer en dos problemas que he reprochado. Primero, la eterna discusión del “vaso medio lleno o medio vacío”, que no permite avanzar en el debate. Segundo, al poderse utilizar las cifras – y, también, los ejemplos internacionales – tanto para mostrar el vaso medio lleno, como el medio vacío, todo resulta dependiendo de la percepción de quien habla (y de su capacidad para mencionar las cifras, una tras otra, sin contemplar si los receptores del mensaje las están comprendiendo). Para evitar esto, trataré de mostrar la debilidad de las críticas a través de su inconsistencia, de su falta de lógica interna.

Así, encuentro cuatro características comunes de los temores (críticas) frente a las estrategias de “libre comercio” que ha adoptado el país en los últimos años. La primera, el síndrome del “esta vez sí es”. La segunda, una falta de alternativas. La tercera está relacionada con una confusión sobre los conceptos económicos básicos involucrados en el tema y la última refleja algo más profundo: cómo nos vemos los colombianos y cómo esa visión la proyectan nuestros representantes. 

Entre otros, el senador Robledo explica por qué el tratado con Corea es negativo para el país. Para demostrarlo, sin embargo, utiliza los mismos argumentos que se han utilizado en el pasado (en la “apertura” de los años 90, en el tratado con Estados Unidos, con la Unión Europea, con Chile, con Canadá, en el ACE con Mercosur, etc.): que esos países tienen un mayor nivel de desarrollo que el de Colombia; que esos países otorgan subsidios al sector agrícola; que el país no está preparado para competir. Sin embargo, lo interesante es que, no por repetirlos constantemente, el país ha sido un perdedor absoluto en las – pocas – estrategias que ha adelantado, ni siquiera en los sectores industrial y agrícola que, en general, son el objeto de las mayores preocupaciones. ¿Por qué, entonces, se siguen repitiendo?

Esta es una expresión de lo que he llamado el síndrome del “esta vez sí es”. Los críticos de los acuerdos comerciales siempre esperarán que sus predicciones apocalípticas se cumplan. Cuando esto no sucede, buscan las cifras que les sirven y las muestran como importantes presagios de lo que está por venir (mejor dicho, de la hecatombe, para usar una palabra con la que todos estamos familiarizados). Además, aprovechan los periodos de reciente entrada en vigor de las estrategias comerciales para incrementar los temores sobre lo que vendrá en el futuro porque, al fin y al cabo, esta vez sí será.

Segundo, el senador describe los problemas de Colombia para enfrentarse al tratado comercial. Desde la infraestructura hasta la (eterna) crisis de los sectores industrial y agrícola. Sin embargo, no plantea ninguna alternativa: ¿con quiénes deberíamos negociar? ¿Solo con países con menores niveles de desarrollo? ¿Deberíamos cerrarnos al comercio internacional como lo han hecho, exitosamente, países como Corea del Norte o Irán? Si debemos cerrarnos para, antes de abrirnos, “prepararnos”, ¿cómo garantizamos que esa preparación, esta vez sí, será efectiva y que, en cien años, nuestro campo y nuestra industria no van a estar igual o peor que lo que están ahora?

Es decir, si hasta ahora nos estamos abriendo y todavía no estamos listos, ¿cuándo lo estaremos? Así que la mayoría de los temores contra la apertura de cualquier tipo no solo se reciclan constantemente, aunque nunca se hayan cumplido, sino que, además, se lanzan sin plantear alternativas concretas: si la propuesta última es que el país se cierre y que nos convirtamos en una economía autárquica (como nunca ha existido ningún ejemplo en la historia del mundo porque, sencillamente, tal cosa es imposible), deberían admitirlo y mostrar las ventajas de tal camino.

Sin embargo, esto último no se puede hacer, precisamente, por la tercera característica que mencioné y que mañana abordaré como mayor profundidad.

UN DEBATE NOVEDOSO EN EL PAÍS: OTRA VEZ, EL LIBRE COMERCIO

Según lo que veo en los diarios nacionales, en los últimos días se ha retomado la ya trasnochada discusión sobre el “libre comercio” – los tratados de libre comercio – y sus efectos para el país. Tal vez una importante diferencia de la discusión actual es que las dudas, críticas y predicciones apocalípticas tienen dos fuentes que me parecen pueden llevar a retrocesos en lo poco que hemos avanzado en esta materia: uno de los políticos más carismáticos del país y el gobierno nacional.

Esta semana me encontré con unas declaraciones del senador Jorge Enrique Robledo sobre lo inconveniente del Tratado de Libre Comercio con Corea. El contenido de esta posición es el mismo al que ya nos tiene acostumbrados la izquierda colombiana a propósito de los acuerdos que hemos firmado con Estados Unidos, con la Unión Europea, con Canadá, con Mercosur…Sin embargo, el senador Robledo no es cualquier político de la izquierda: es uno de los más votados y en todas las mediciones positivas de nuestros “padres de la patria” aparece en los primeros lugares (los más seguidos en Twitter, los más respetados de la eterna oposición, los más juiciosos en los debates, entre otras). Así que sus palabras no caen en el vacío: tienen resonancia en la formación de opinión pública.

Por su parte, el gobierno nacional ha afirmado mantenerse en la decisión de avanzar hacia estrategias de mayor apertura comercial. Los ministros Cárdenas y Díaz-Granados han hecho afirmaciones en este sentido. Sin embargo, tres hechos ponen en duda que, en la práctica, el gobierno vaya a mantener lo que se sostiene en el discurso: primero, las diversas medidas proteccionistas que se han adoptado en los últimos días; segundo, las declaraciones del ministro Restrepo sobre los supuestos efectos negativos de algunos acuerdos para el campo y, por lo tanto, la necesidad de protegerlo.

El tercer hecho es resultado, precisamente, de las declaraciones del senador Robledo: en mi post de la semana pasada afirmé que el actual es un gobierno de encuestas. Con esto quiero decir que existe evidencia para pensar que el presidente Santos considera que, para pasar a la historia, como ha afirmado ser su interés, sus decisiones deben estar en consonancia con, lo que se percibe, quieren las mayorías, la opinión pública. Esto es, con las encuestas, una de las pocas fuentes que existen para conocer las preferencias de esa difusa opinión. Para este tema puntual, el caso de los sombreros vueltiaos me parece un buen ejemplo. Ahora bien, si tenemos en cuenta que el senador Robledo es un formador importante de opinión y que, de ésta, pueden depender las decisiones del gobierno actual, tenemos una razón para esperar que los discursos de los ministros de Hacienda y de Comercio (Industria y Turismo) se queden en eso…en discursos.

En los próximos días reflexionaré sobre lo que reflejan las críticas a los acuerdos de libre comercio y discutiré algunas de ellas. En este post quiero, simplemente, mostrar que las ideas que se están manifestando en los últimos días en Colombia pueden traer efectos negativos sobre una estrategia de inserción del país que, a pesar de los problemas, ha sido efectiva.

Yo no creo que los tratados de libre comercio sean la mejor forma de un país para abrirse. En otros escenarios he planteado la necesidad de adelantar una política de liberalización unilateral. Sin embargo, como existen tantas resistencias, la de las negociaciones es una vía intermedia, pero necesaria. Es necesaria porque, a pesar de las buenas intenciones o de las angustias del senador Robledo, la estructura productiva de una nación no se puede modernizar o volver competitiva sin incrementar la competencia y un incremento de la competencia solo se logra al abrir el mercado.

Es necesaria porque, en un país con los niveles de pobreza de Colombia, es claro que existen muchas trabas para adelantar procesos de redistribución como desearían algunos sectores políticos. En este sentido, la mejor solución es ampliar la torta: esto es, crear mayor riqueza. La creación de mayor riqueza se logra a través del crecimiento económico y una estrategia de crecimiento económico es el comercio internacional.

Es necesaria porque, con el estado actual de las cosas, sin tratados de libre comercio, nunca se mejoraron las condiciones de vida de los campesinos o se fortaleció la industria. Es posible, entonces, que con una estrategia diferente eso se logre. Es decir, se afirma que el país no está listo para insertarse pero la pregunta sería cuándo va a estarlo. Cuántos siglos necesitaremos para que nuestro campo y nuestra industria dejen de estar en crisis permanente (como se puede concluir de las diversas manifestaciones de la izquierda colombiana).

De igual manera, la estrategia ha sido útil. En los últimos años han crecido todos los indicadores económicos del país: los datos de comercio exterior, la inversión extranjera, el ingreso per cápita, entre otros. Es cierto que los datos esconden realidades como la desigualdad, la concentración del crecimiento en el sector extractivo o la afectación de muchos individuos que han visto amenazados sus ingresos como resultado de los acuerdos que han entrado en vigor.

Sin embargo, la mayoría de estos hechos no tiene nada que ver con el libre comercio. La desigualdad, por ejemplo, no es resultado de las estrategias de libre comercio, sino, entre otras,  de un Estado que ha privilegiado los intereses de unos pocos, como lo demuestran, precisamente, las medidas proteccionistas (tanto las antiguas como las más recientes). La concentración del crecimiento en el sector extractivo es resultado de la inexistencia de otros destinos atractivos para la creación de riqueza en el país. Esta situación no la configuraron los acuerdos comerciales, sino que es pre-existente. Cambiarla, entonces, depende de la ampliación de posibilidades de inversión para los colombianos y para los extranjeros. Eso, dicho sea de paso, se logra con los tratados que están entrando en vigor.

Por su parte, los debates sobre los acuerdos comerciales (porque no es de libre comercio), la mayoría de las veces, son una discusión del vaso medio lleno o medio vacío. Los defensores solo utilizamos las cifras para mostrar los beneficios puntuales, mientras que los opositores lo hacen para mostrar lo que falta. El punto es que dos hechos tienen que tenerse claros: lo que se intenta con esos acuerdos y los efectos que se pueden esperar.

Los acuerdos comerciales no van a mejorar las condiciones educativas del país, ni las de salud, ni se va a alcanzar el desarrollo. Ni siquiera si acá estuviéramos hablando de libre comercio (algo que aclararé después), podríamos esperar estos resultados. Los acuerdos comerciales se hacen con el fin de generar crecimiento económico. Pero, además, son una de las estrategias, no la única. Sin embargo, eso no quiere decir que no sea útil, como lo demuestran los indicadores de Colombia en los últimos años (y los casos de muchos otros países).

Por su parte, se debe reconocer que, en los acuerdos comerciales, así como cuando se implementan políticas de libre comercio, algunos sectores resultan perdedores. Sin embargo, ningún país, nunca en la historia (y Colombia no ha sido la excepción), ha resultado ser un perdedor absoluto (esto es, no gana nada y pierde todo) ni tampoco se ven afectadas las mayorías. Además, para el caso de Colombia, tendríamos que contar con un barrido general de todos los acuerdos para encontrar cuáles son los sectores que resultan perdedores en todos los casos. Posteriormente, y fíjense que el tema ya no es de acuerdos comerciales, la sociedad puede decidir si compensa a los perdedores y cómo lo hará. Pero eso no depende de los países con los que negociamos.

Para terminar, no hay que olvidar que todo lo que se afirma sobre los acuerdos comerciales está en el plano de las especulaciones porque la mayoría, o están en proceso de ratificación, o han entrado en vigor hace muy poco. La experiencia de la “apertura” de los años 90 (otra estrategia intermedia como lo demostraron Sebastián Edwards y Roberto Steiner en su libro La revolución incompleta: las reformas de Gaviria – 2008) no hace sino confirmar lo dicho hasta este punto: hay ganadores y perdedores y el libre comercio es una estrategia de crecimiento pero muchos de sus efectos positivos dependen de los decisiones internas.

Para eso, para tomar esas decisiones, deberían servir los debates. Ojalá en Colombia, para ser “formador de opinión” se tuviera que ser menos apocalíptico y más propositivo para iniciar ese tipo de – verdaderos nuevos – debates. Por lo pronto, ojalá, las encuestas no cambien mucho y los discursos del actual gobierno se vean en la práctica.

DE LA DEMOCRACIA Y OTRAS…¿FRUSTRACIONES?

Para este primer post abordaré un tema que, aunque muy relacionado con la actualidad, hace referencia a acontecimientos no tan recientes. El tema del que quiero hablar es el de la democracia y sus críticas.

Muchos autores han criticado el régimen democrático. Se me vienen a la cabeza las que hizo Joseph Schumpeter quien, en su libro Capitalismo, socialismo y democracia (1947), mostró cómo los resultados que se obtienen a través de este régimen no son racionales, debido a la ingenuidad e ignorancia de las mayorías sobre los temas políticos y económicos. Esta realidad es aprovechada por los políticos quienes, a través de la propaganda, manipulan las opiniones, lo que resulta no solo en decisiones subóptimas para la sociedad, sino en ataques a la democracia misma.

La predicción de Schumpeter era que, por la democracia y sus problemas inherentes, desaparecería el capitalismo y se implementaría un socialismo en la mayoría de sociedades. Como es evidente, esta predicción no se cumplió…por lo menos, en parte.

Sin embargo, sus apreciaciones tienen vigencia hasta la actualidad y pueden explicar cuatro hechos recientes sobre el comportamiento democrático de algunas sociedades: la elección de Juan Manuel Santos, en Colombia, y de Gustavo Petro, en Bogotá. También podría utilizarse para entender las re-elecciones de Hugo Chávez, en Venezuela, y de Barack Obama, en Estados Unidos.

En esta ocasión no haré referencia a las propuestas, formas de gobierno o perspectivas de estos mandatarios, sino en lo que representa su ascenso al poder. En cada uno de ellos, el diagnóstico aportado por Schumpeter se hace evidente.

Juan Manuel Santos fue elegido, de forma importante, por aquellos uribistas radicales, los furibistas, quienes en la campaña desechaban cualquier crítica a su candidato por considerarlas ataques directos – y, por lo tanto, inadmisibles – a su Mesías, el expresidente Álvaro Uribe. Esta irracionalidad en la forma como consideraron que Santos sería el continuador de la labor adelantada por Uribe les impidió ver la trayectoria política del actual mandatario de los colombianos: un político que ha pertenecido a casi todas las vertientes ideológicas del país y que le apuesta, siempre, a quien está con las mayorías. Dicho de manera sencilla, un político de encuestas (tema que abordaré en futuros posts). Esta ingenuidad fue aprovechada por la labor mediática y de campaña del, ahora, Presidente de los colombianos.

En los otros tres casos, la irracionalidad se manifiesta en la ingenuidad de los votantes sobre cómo alcanzar unos objetivos que se consideran benéficos. Gustavo Petro fue elegido, en parte, por sus propuestas, sin haber reparado los electores en si era posible llevar a cabo sus ideas, cuánto tiempo requerían, qué tipo de preparación se necesitaba y, sobre todo, sin haber considerado que, en la experiencia de Petro, no existía ninguna credencial que demostrara su capacidad de administrar.

Hugo Chávez fue reelegido porque, seguramente, parte del electorado venezolano considera que no son suficientes catorce, veinte o treinta años para lograr la sociedad ideal de un difuso Socialismo del Siglo XXI. Esta ingenuidad impidió cuestionar el hecho que el candidato-presidente-comandante-socialistamesías hubiera tenido una milagrosa curación, en muy corto tiempo, de su enfermedad e impidió reparar en los efectos negativos económicos y políticos que tendría la eventualidad en que esta supuesta curación no fuera sino una estrategia de campaña. Algunos de esos efectos negativos se discuten en el número más reciente de la revista Current History.

En el caso de Barack Obama, también la ingenuidad – y la esperanza – impidieron observar la incapacidad del reelegido para enfrentar la, a su vez irracional, oposición del ala más radical del partido republicano, así como para generar consensos para sacar adelante sus iniciativas. Es muy temprano para afirmar que ésta será una esperanza más perdida para los electores de Obama. Es posible que, esta vez sí, el mandatario estadounidense cumpla con todas sus promesas…que esta vez sí se podrá. El tiempo lo dirá.

Ingenuidad, manipulación de los políticos y propaganda que generan, más que resultados negativos (en esta ocasión no estoy hablando de eso), una sensación de frustración en las sociedades. Frustraciones no solo frente a esos políticos, sino frente a las instituciones que representan y a la democracia como régimen de solución de problemas de acción colectiva.

No obstante, los electores siguen, en su irracionalidad, sin darse cuenta (como tampoco lo hizo Schumpeter en su momento y, de allí, su incapacidad para hacer predicciones más cercanas a la realidad de los hechos) que el problema no es la democracia y, ni siquiera, los políticos. El problema es considerar que el Estado es la solución de los problemas, la forma de alcanzar los objetivos y el éxito individuales o llegar a una etapa ideal de armonía y estabilidad (al fin y al cabo, armonía y estabilidad según ¿quién?).

Tal vez las frustraciones y las malas decisiones se solucionen no, como se propone a menudo, con “mayor educación política” (tema que abordaré después), sino cuando cada individuo reconozca para qué existe el Estado; cuando comprendamos que no existen los mundos perfectos; cuando se entienda que los elegidos son representantes y administradores, pero no seres superiores y cuando aceptemos de una vez y por todas que el resultado de nuestra vida depende solo de nosotros mismos y no de una vara mágica, manejada por aquellos que forman parte del mundo de la política.