UN DEBATE NOVEDOSO EN EL PAÍS: OTRA VEZ, EL LIBRE COMERCIO

Según lo que veo en los diarios nacionales, en los últimos días se ha retomado la ya trasnochada discusión sobre el “libre comercio” – los tratados de libre comercio – y sus efectos para el país. Tal vez una importante diferencia de la discusión actual es que las dudas, críticas y predicciones apocalípticas tienen dos fuentes que me parecen pueden llevar a retrocesos en lo poco que hemos avanzado en esta materia: uno de los políticos más carismáticos del país y el gobierno nacional.

Esta semana me encontré con unas declaraciones del senador Jorge Enrique Robledo sobre lo inconveniente del Tratado de Libre Comercio con Corea. El contenido de esta posición es el mismo al que ya nos tiene acostumbrados la izquierda colombiana a propósito de los acuerdos que hemos firmado con Estados Unidos, con la Unión Europea, con Canadá, con Mercosur…Sin embargo, el senador Robledo no es cualquier político de la izquierda: es uno de los más votados y en todas las mediciones positivas de nuestros “padres de la patria” aparece en los primeros lugares (los más seguidos en Twitter, los más respetados de la eterna oposición, los más juiciosos en los debates, entre otras). Así que sus palabras no caen en el vacío: tienen resonancia en la formación de opinión pública.

Por su parte, el gobierno nacional ha afirmado mantenerse en la decisión de avanzar hacia estrategias de mayor apertura comercial. Los ministros Cárdenas y Díaz-Granados han hecho afirmaciones en este sentido. Sin embargo, tres hechos ponen en duda que, en la práctica, el gobierno vaya a mantener lo que se sostiene en el discurso: primero, las diversas medidas proteccionistas que se han adoptado en los últimos días; segundo, las declaraciones del ministro Restrepo sobre los supuestos efectos negativos de algunos acuerdos para el campo y, por lo tanto, la necesidad de protegerlo.

El tercer hecho es resultado, precisamente, de las declaraciones del senador Robledo: en mi post de la semana pasada afirmé que el actual es un gobierno de encuestas. Con esto quiero decir que existe evidencia para pensar que el presidente Santos considera que, para pasar a la historia, como ha afirmado ser su interés, sus decisiones deben estar en consonancia con, lo que se percibe, quieren las mayorías, la opinión pública. Esto es, con las encuestas, una de las pocas fuentes que existen para conocer las preferencias de esa difusa opinión. Para este tema puntual, el caso de los sombreros vueltiaos me parece un buen ejemplo. Ahora bien, si tenemos en cuenta que el senador Robledo es un formador importante de opinión y que, de ésta, pueden depender las decisiones del gobierno actual, tenemos una razón para esperar que los discursos de los ministros de Hacienda y de Comercio (Industria y Turismo) se queden en eso…en discursos.

En los próximos días reflexionaré sobre lo que reflejan las críticas a los acuerdos de libre comercio y discutiré algunas de ellas. En este post quiero, simplemente, mostrar que las ideas que se están manifestando en los últimos días en Colombia pueden traer efectos negativos sobre una estrategia de inserción del país que, a pesar de los problemas, ha sido efectiva.

Yo no creo que los tratados de libre comercio sean la mejor forma de un país para abrirse. En otros escenarios he planteado la necesidad de adelantar una política de liberalización unilateral. Sin embargo, como existen tantas resistencias, la de las negociaciones es una vía intermedia, pero necesaria. Es necesaria porque, a pesar de las buenas intenciones o de las angustias del senador Robledo, la estructura productiva de una nación no se puede modernizar o volver competitiva sin incrementar la competencia y un incremento de la competencia solo se logra al abrir el mercado.

Es necesaria porque, en un país con los niveles de pobreza de Colombia, es claro que existen muchas trabas para adelantar procesos de redistribución como desearían algunos sectores políticos. En este sentido, la mejor solución es ampliar la torta: esto es, crear mayor riqueza. La creación de mayor riqueza se logra a través del crecimiento económico y una estrategia de crecimiento económico es el comercio internacional.

Es necesaria porque, con el estado actual de las cosas, sin tratados de libre comercio, nunca se mejoraron las condiciones de vida de los campesinos o se fortaleció la industria. Es posible, entonces, que con una estrategia diferente eso se logre. Es decir, se afirma que el país no está listo para insertarse pero la pregunta sería cuándo va a estarlo. Cuántos siglos necesitaremos para que nuestro campo y nuestra industria dejen de estar en crisis permanente (como se puede concluir de las diversas manifestaciones de la izquierda colombiana).

De igual manera, la estrategia ha sido útil. En los últimos años han crecido todos los indicadores económicos del país: los datos de comercio exterior, la inversión extranjera, el ingreso per cápita, entre otros. Es cierto que los datos esconden realidades como la desigualdad, la concentración del crecimiento en el sector extractivo o la afectación de muchos individuos que han visto amenazados sus ingresos como resultado de los acuerdos que han entrado en vigor.

Sin embargo, la mayoría de estos hechos no tiene nada que ver con el libre comercio. La desigualdad, por ejemplo, no es resultado de las estrategias de libre comercio, sino, entre otras,  de un Estado que ha privilegiado los intereses de unos pocos, como lo demuestran, precisamente, las medidas proteccionistas (tanto las antiguas como las más recientes). La concentración del crecimiento en el sector extractivo es resultado de la inexistencia de otros destinos atractivos para la creación de riqueza en el país. Esta situación no la configuraron los acuerdos comerciales, sino que es pre-existente. Cambiarla, entonces, depende de la ampliación de posibilidades de inversión para los colombianos y para los extranjeros. Eso, dicho sea de paso, se logra con los tratados que están entrando en vigor.

Por su parte, los debates sobre los acuerdos comerciales (porque no es de libre comercio), la mayoría de las veces, son una discusión del vaso medio lleno o medio vacío. Los defensores solo utilizamos las cifras para mostrar los beneficios puntuales, mientras que los opositores lo hacen para mostrar lo que falta. El punto es que dos hechos tienen que tenerse claros: lo que se intenta con esos acuerdos y los efectos que se pueden esperar.

Los acuerdos comerciales no van a mejorar las condiciones educativas del país, ni las de salud, ni se va a alcanzar el desarrollo. Ni siquiera si acá estuviéramos hablando de libre comercio (algo que aclararé después), podríamos esperar estos resultados. Los acuerdos comerciales se hacen con el fin de generar crecimiento económico. Pero, además, son una de las estrategias, no la única. Sin embargo, eso no quiere decir que no sea útil, como lo demuestran los indicadores de Colombia en los últimos años (y los casos de muchos otros países).

Por su parte, se debe reconocer que, en los acuerdos comerciales, así como cuando se implementan políticas de libre comercio, algunos sectores resultan perdedores. Sin embargo, ningún país, nunca en la historia (y Colombia no ha sido la excepción), ha resultado ser un perdedor absoluto (esto es, no gana nada y pierde todo) ni tampoco se ven afectadas las mayorías. Además, para el caso de Colombia, tendríamos que contar con un barrido general de todos los acuerdos para encontrar cuáles son los sectores que resultan perdedores en todos los casos. Posteriormente, y fíjense que el tema ya no es de acuerdos comerciales, la sociedad puede decidir si compensa a los perdedores y cómo lo hará. Pero eso no depende de los países con los que negociamos.

Para terminar, no hay que olvidar que todo lo que se afirma sobre los acuerdos comerciales está en el plano de las especulaciones porque la mayoría, o están en proceso de ratificación, o han entrado en vigor hace muy poco. La experiencia de la “apertura” de los años 90 (otra estrategia intermedia como lo demostraron Sebastián Edwards y Roberto Steiner en su libro La revolución incompleta: las reformas de Gaviria – 2008) no hace sino confirmar lo dicho hasta este punto: hay ganadores y perdedores y el libre comercio es una estrategia de crecimiento pero muchos de sus efectos positivos dependen de los decisiones internas.

Para eso, para tomar esas decisiones, deberían servir los debates. Ojalá en Colombia, para ser “formador de opinión” se tuviera que ser menos apocalíptico y más propositivo para iniciar ese tipo de – verdaderos nuevos – debates. Por lo pronto, ojalá, las encuestas no cambien mucho y los discursos del actual gobierno se vean en la práctica.

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