UN DEBATE NOVEDOSO EN EL PAÍS: OTRA VEZ, EL LIBRE COMERCIO. (Una radiografía de las críticas)

Esta semana estuvo movida en el ámbito internacional. Las próximas – y previsibles – elecciones en Ecuador; el discurso del Estado de la Unión, que volvió a reflejar la visión contradictoria y alejada de los valores estadounidenses del presidente Barack Obama; las pruebas nucleares de Corea del Norte y la respuesta (¿inútil?) de Naciones Unidas; la devaluación en Venezuela y lo que esto demuestra sobre el Socialismo del Siglo XXI: que es igual al del siglo XX, con una sorprendente incapacidad de sus líderes de aceptarlo; los avances sobre la libertad de los homosexuales (que también son seres humanos, así todavía algunos lo duden) en Francia o Inglaterra y su retroceso en países – tan de avanzada – como Rusia. Todos temas interesantes y de los cuales hay mucho para discutir. Sin embargo, me decidí por seguir con el tema de los acuerdos comerciales en Colombia. Sin embargo, para no convertir éste en un espacio de discusión sobre solo este tema, desde hoy, y durante los siguientes días, publicaré varios posts para cubrir los aspectos que les prometí en el post pasado. Así, de hoy en ocho, podremos abordar otros asuntos.

En el post del viernes pasado les anuncié que después profundizaría en las críticas hechas a los acuerdos comerciales. Este fin de semana me concentraré en la naturaleza de esas críticas. Debido a que los temores frente al libre comercio pueden llevar a un retroceso en la decisión, muy reciente, de insertar al país en el comercio internacional, vale la pena retomar la discusión y resaltar los aspectos en los que esos temores resultan infundados, contradictorios o de débil demostración. Hoy hablaré sobre las características generales de esas críticas.

En términos metodológicos, aclaro, trataré al máximo de no utilizar, en la demostración, ni cifras ni ejemplos concretos de otros países. Aunque estas dos son herramientas muy importantes para mostrar la superioridad de los acuerdos comerciales, me parece que se puede caer en dos problemas que he reprochado. Primero, la eterna discusión del “vaso medio lleno o medio vacío”, que no permite avanzar en el debate. Segundo, al poderse utilizar las cifras – y, también, los ejemplos internacionales – tanto para mostrar el vaso medio lleno, como el medio vacío, todo resulta dependiendo de la percepción de quien habla (y de su capacidad para mencionar las cifras, una tras otra, sin contemplar si los receptores del mensaje las están comprendiendo). Para evitar esto, trataré de mostrar la debilidad de las críticas a través de su inconsistencia, de su falta de lógica interna.

Así, encuentro cuatro características comunes de los temores (críticas) frente a las estrategias de “libre comercio” que ha adoptado el país en los últimos años. La primera, el síndrome del “esta vez sí es”. La segunda, una falta de alternativas. La tercera está relacionada con una confusión sobre los conceptos económicos básicos involucrados en el tema y la última refleja algo más profundo: cómo nos vemos los colombianos y cómo esa visión la proyectan nuestros representantes. 

Entre otros, el senador Robledo explica por qué el tratado con Corea es negativo para el país. Para demostrarlo, sin embargo, utiliza los mismos argumentos que se han utilizado en el pasado (en la “apertura” de los años 90, en el tratado con Estados Unidos, con la Unión Europea, con Chile, con Canadá, en el ACE con Mercosur, etc.): que esos países tienen un mayor nivel de desarrollo que el de Colombia; que esos países otorgan subsidios al sector agrícola; que el país no está preparado para competir. Sin embargo, lo interesante es que, no por repetirlos constantemente, el país ha sido un perdedor absoluto en las – pocas – estrategias que ha adelantado, ni siquiera en los sectores industrial y agrícola que, en general, son el objeto de las mayores preocupaciones. ¿Por qué, entonces, se siguen repitiendo?

Esta es una expresión de lo que he llamado el síndrome del “esta vez sí es”. Los críticos de los acuerdos comerciales siempre esperarán que sus predicciones apocalípticas se cumplan. Cuando esto no sucede, buscan las cifras que les sirven y las muestran como importantes presagios de lo que está por venir (mejor dicho, de la hecatombe, para usar una palabra con la que todos estamos familiarizados). Además, aprovechan los periodos de reciente entrada en vigor de las estrategias comerciales para incrementar los temores sobre lo que vendrá en el futuro porque, al fin y al cabo, esta vez sí será.

Segundo, el senador describe los problemas de Colombia para enfrentarse al tratado comercial. Desde la infraestructura hasta la (eterna) crisis de los sectores industrial y agrícola. Sin embargo, no plantea ninguna alternativa: ¿con quiénes deberíamos negociar? ¿Solo con países con menores niveles de desarrollo? ¿Deberíamos cerrarnos al comercio internacional como lo han hecho, exitosamente, países como Corea del Norte o Irán? Si debemos cerrarnos para, antes de abrirnos, “prepararnos”, ¿cómo garantizamos que esa preparación, esta vez sí, será efectiva y que, en cien años, nuestro campo y nuestra industria no van a estar igual o peor que lo que están ahora?

Es decir, si hasta ahora nos estamos abriendo y todavía no estamos listos, ¿cuándo lo estaremos? Así que la mayoría de los temores contra la apertura de cualquier tipo no solo se reciclan constantemente, aunque nunca se hayan cumplido, sino que, además, se lanzan sin plantear alternativas concretas: si la propuesta última es que el país se cierre y que nos convirtamos en una economía autárquica (como nunca ha existido ningún ejemplo en la historia del mundo porque, sencillamente, tal cosa es imposible), deberían admitirlo y mostrar las ventajas de tal camino.

Sin embargo, esto último no se puede hacer, precisamente, por la tercera característica que mencioné y que mañana abordaré como mayor profundidad.

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