UN DEBATE NOVEDOSO EN EL PAÍS: OTRA VEZ, EL LIBRE COMERCIO. (Una radiografía de las críticas II)

Continúo con la tercera característica común a las críticas que se la hacen a los acuerdos comerciales.

Venía diciendo que los opositores a las estrategias comerciales no pueden demostrar la superioridad de la alternativa que, en el fondo, plantean (la de cerrarnos) porque tal posición es resultado de un desconocimiento o confusión sobre los conceptos básicos relacionados con el tema comercial.

Los críticos de los acuerdos comerciales aprovechan el desconocimiento generalizado sobre los temas económicos y emiten sus afirmaciones sin intención de tener que demostrarlas: solo acumulan una serie de estadísticas, que repiten siempre, y las van mencionando una tras otra. Suenan muy bien y pareciera que tienen sentido, pero, ante cualquier intento de mirar su consistencia lógica, se caen de su propio peso. Aclaro, en este punto, que no tengo claro si los críticos poseen los conocimientos, pero si su intención es confundir o si ellos también están confundidos…no obstante, el resultado es el mismo. Menciono solo tres de esas confusiones.

La primera es resultado de las diferencias entre el concepto de libre comercio y el de acuerdos comerciales. Por esta razón, he tratado de evadir el uso del término libre comercio y cuando lo he hecho, lo he puesto entre comillas. La diferencia se puede resumir, más o menos, así: la primera política no requeriría ningún tipo de negociación, sino simplemente la decisión unilateral del Estado de eliminar las restricciones al comercio internacional. La segunda, por su parte, se trata de una persistencia de las dinámicas proteccionistas. Por eso es que requieren de negociaciones entre estados.

Por esta diferencia es que los tratados de libre comercio deben entenderse más como tratados que de libre comercio: lo que negociaron los países fue los sectores que van a mantenerse protegidos, los periodos en los que ello será así y las áreas en las que los estados seguirán interviniendo. En consecuencia, nada más incorrecto que pensar que un TLC es igual al libre comercio. Es, como afirmé en algún momento, un punto intermedio. Por ello, muchas de las críticas que se hacen a los TLC pueden ser correctas, pero no porque sean estrategias de libre comercio, sino porque son resultado de políticas todavía proteccionistas. En este sentido, una apertura unilateral sería recomendable y no, ya he planteado, una de aislamiento comercial.

La segunda confusión tiene que ver con el tema de las importaciones/exportaciones. Tanto los gremios como algunos analistas (veáse, por ejemplo, esta columna de Cecilia López) han comenzado a mostrar las desventajas del TLC con Estados Unidos porque se ha visto un incremento de las importaciones en algunos sectores. Además de lo que se podría decir sobre la contemplación de cifras absolutas, sin tener en cuenta, por ejemplo, la balanza comercial o los montos históricos de esas importaciones, esta confusión refleja una visión mercantilista del comercio.

Para los mercantilistas (siglos XVI y XVII), la fuente de la riqueza era igual a la cantidad de oro acumulado que tuviera un país. Una de las formas para incrementar esa acumulación se lograba a través del comercio internacional. Sin embargo, si la idea era aumentar el total de oro, el objetivo del comercio sería exportar todo lo que se pudiera, mientras que se restringirían al máximo las importaciones. ¿Resultados? Guerras comerciales, estrategias proteccionistas en todos los estados y, por lo tanto, una reducción del comercio internacional. Por esto, autores posteriores, comenzando por Adam Smith, demostraron la equivocación de esos postulados.  

Sin embargo, en la actualidad, muchos analistas siguen creyendo firmemente en los postulados mercantilistas (es decir, para ellos, la ciencia económica ha perdido unos 500 años de desarrollo). Por eso, les molesta tanto que un país incremente sus importaciones. Sin embargo, tendría que pensarse qué lleva a un país a importar más. Dos repuestas se me ocurren en este momento: porque los individuos quieren consumir más de los bienes importados o porque no logran satisfacer su consumo con los bienes existentes en la economía local (si se observan bien, ambas respuestas pueden ser formas diferentes de redactar el mismo fenómeno, pero sus implicaciones son diferentes).

Si esto es así, entonces un incremento cualquiera de las importaciones no podría demostrar sino dos cosas: primero, que los ciudadanos del país que incrementa las importaciones tienen, ahora, mayores ingresos para gastar en bienes del exterior. Segundo, que en el mercado doméstico no existen empresas que ofrezcan el o los productos deseados. En el primer caso, no sé ustedes, pero yo creo que nadie deba molestarse por un incremento en las importaciones. En el segundo, tendría que mirarse, entonces, por qué no existen empresas de ese tipo o por qué los empresarios locales no han decidido satisfacer esa demanda. Ninguna de estas observaciones tiene que ver, sin embargo, con el tema del comercio internacional. Mucho menos, con el de un tratado de libre comercio.

Si el incremento en las importaciones se debe a lo segundo, tendría que mirarse si los locales no producen porque no les interesa, porque no tienen incentivos económicos o porque existen condiciones externas – institucionales, por ejemplo – que se lo impiden. De nuevo, todos asuntos domésticos. Si el problema es que no son competitivos en ese acuerdo en particular, el problema es la estrategia: recuerden que muy pocos sectores son perdedores absolutos entre mayores sean los mercados. Además, si un sector es perdedor absoluto, depende de la sociedad si se le recompensa o no.

Por su parte, si el incremento se da porque los ciudadanos pueden comprar más bienes provenientes del exterior, eso no es necesariamente malo. Algún opositor, podría decir, sin embargo, que sí: que, de pronto, se están hay un incremento en la deuda externa del país o que se está incrementando el consumo de bienes innecesarios o suntuosos comprados en el exterior. Podría ser, pero creo que si se miran los indicadores de Colombia, hoy, las dos eventualidades deben ser descartadas. Igual, fíjense que la discusión no se queda solo en alarmarse porque aumenten las importaciones.   

Además de lo anterior, seguir pensando en que incrementar las importaciones es algo negativo para el país es como pensar que Bogotá no tiene por qué “importar” todo de las demás regiones del país o que yo, como individuo, debo restringir mis compras y dedicarme a producir todo lo que necesito para vivir. ¿Por qué es diferente cuando se trata del comercio entre países? La respuesta, me parece, tiene que ver con una expresión más del nacionalismo, mal entendido. La producción se convierte en un problema de orgullo patrio. Si esa es la visión de los opositores, está bien, pero no la deberían mostrar como un tema de comercio, sino como lo que es: una discusión política.

Una tercera fuente de confusión la genera el manejo de las cifras. No solo los incrementos en importaciones o los datos sobre desarrollo de nuestros socios comerciales se mencionan, sino que además se mencionan en términos absolutos. Un ejemplo: nos dicen que los demás países sí tienen subsidios a la agricultura (después hablaré de esto más a profundidad). En primer lugar, ésta es una verdad a medias: Colombia también tiene subsidios a la agricultura (estoy seguro que no han olvidado el escándalo de Agro Ingreso Seguro). Un crítico me diría que, sin embargo, los subsidios que hay en Estados Unidos son mucho mayores que los que se dan en Colombia. Esto puede ser cierto…en términos absolutos. Pero no reflejan el impacto, por ejemplo, que tienen esos subsidios como porcentaje de los ingresos de los beneficiados o en términos de precios.    

La cuarta fuente de confusión tiene que ver con el discurso. Nos dicen que se trata de proteger a la industria pequeña, a los campesinos o, en general, a los colombianos del promedio. Sin embargo, esto no es verdad. Lo muestra Cecilia López en la columna señalada: ella está pidiendo que se  defiendan los intereses de sectoriales. Eso es lo que está reclamando. No reclama una mejora de las condiciones de vida para todos los colombianos, sino para algunos sectores específicos.

Lo mismo sucede cuando se encuentra que el senador Robledo y José Félix Lafaurie, enemigos en diversos temas, se encuentran en sus críticas a los tratados de libre comercio. Con esto quiero decir que al cerrarnos a la competencia internacional no estaríamos beneficiando los intereses de los colombianos, sino de algunos colombianos: de aquellos que se han visto beneficiados de las ayudas públicas y del proteccionismo (sí, de nuevo, los mismos que se vieron beneficiados, por ejemplo, con el escándalo de Agro Ingreso Seguro), pero que no han hecho nada por mejorar la situación de los campesinos o de los trabajadores. En esto, por lo menos, deberían ser claros los opositores de los TLC y no seguir utilizando el discurso de la supuesta protección a los intereses de las mayorías o de un difuso interés nacional.

Con esto los dejo, por hoy. Mañana termino esta – ya larga – radiografía de las críticas.

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