UN DEBATE NOVEDOSO EN EL PAÍS: OTRA VEZ, EL LIBRE COMERCIO. (Una radiografía de las críticas III)

Hoy termino con las características generales. Para retomar la discusión, se podría afirmar que la mayoría de los temores que manifiestan representantes como el senador Robledo o analistas como Cecilia López, me parece, reflejan la identidad que hemos construido los colombianos.

Es decir, creo que esos temores son resultado de la forma como nos vemos y como buscamos que nos vean los demás. En Colombia, pareciera que nos gusta vivir de los problemas que tenemos y nunca aceptar los aspectos positivos. Así, se repite hasta el cansancio, en todos los escenarios posibles, que no somos capaces de trabajar en equipo; que tenemos una de las más graves crisis humanitarias del planeta; que tenemos un Estado corrupto y un largo etcétera. Las fuentes preferidas para referir estos datos son las internacionales. Sin embargo, cuando esas mismas fuentes ubican al país en clasificaciones altas sobre aspectos positivos, las desechamos inmediatamente. Eso es lo que ha sucedido, con las famosas mediciones sobre felicidad que, en la más reciente, se ubica al país como el más feliz del mundo. No obstante, en lugar de aceptarla, se hizo todo lo posible por desmentirla.

En mi libro (¿Política exterior o política de cooperación? Una aproximación constructivista al estudio de la política exterior colombiana” – 2010) hice referencia a este fenómeno y su impacto en el tipo de país que buscamos proyectar en el ámbito internacional. ¿Las causas? No las tengo claras. No sé si éstas tienen que ver con una cuestión religiosa, con rezagos de la época colonial, con “traumas” históricos como la pérdida de Panamá o con otras explicaciones que ahora se me escapan. O si son una mezcla de todas…

El punto es que creo que esta es una realidad y que la hemos perpetuado en el tiempo: siempre tenemos que ser los peores y lo bueno se pone en duda. Los planteamientos pesimistas de nuestros representantes, en consecuencia, reflejan esa visión general. Para el caso de los acuerdos comerciales, esto se ve reflejado en las comparaciones que he mencionado. ¿En realidad es tan importante señalar que casi todos los países con los que hemos hechos acuerdos tienen niveles más altos de desarrollo que el nuestro? ¿En realidad cree el senador Robledo, como lo afirma en el artículo que referí antes, que somos incapaces de competir? ¿Es posible que el nuestro vaya a ser el perdedor ante todas las estrategias comerciales, en todos los mercados, en todos los sectores? ¿Son nuestros empresarios incapaces de adoptar estrategias efectivas para tener éxito comercial?

Por allá en 2007, cuando la visita del presidente George Bush a Colombia, el senador Robledo justificaba la quema de banderas de los Estados Unidos, entre otras razones, como una expresión de las injusticias del futuro tratado de libre comercio. ¿Cómo los colombianos íbamos a poder competir con los empresarios y productores estadounidenses? Sin embargo, cuando se trataba de buscar la ratificación del ATPA – posterior ATPDEA – (preferencias arancelarias unilaterales de Estados Unidos a Colombia), nunca recuerdo que haya promovido una quema similar. Este hecho demuestra, entonces: si tenemos que competir, eso es malo. Pero si se trata de concesiones unilaterales que profundizan la desigualdad entre los dos países y que, además, tienen una carga mayor de imposiciones imperialistas, eso sí está bien. ¿No ve que somos colombianos y, por lo tanto, debemos ser tratados con condescendencia?  

No obstante, ocultamos esta visión que hemos creado de nosotros mismos con un falso nacionalismo y orgullo patrio. Desde las molestas cadenas en las que mencionamos las razones por las cuales debemos sentirnos orgullosos de ser colombianos hasta la elección de representantes que vienen a actuar como si fueran nuestros padres (les recuerdo mi posición: los representantes son, por así decirlo, nuestros empleados. No son superiores, ni mejores seres humanos, ni más inteligentes. Simplemente, son carismáticos – o no se hubieran hecho elegir – y, debemos aceptarlos, bastante arrogantes – o no hubieran pensado, en primer lugar, en hacerse elegir. No obstante han sido elegidos para cumplir tareas específicas y no para salvarnos, para hacernos felices o para decirnos cómo es que debemos comportarnos o actuar), todas son muestras de nuestro débil nacionalismo que, además, aparece para celebrar los partidos que ganamos, cuando un extranjero nos visita y le preguntamos si le gusta el país o cuando de elegir mesías se trata.

No hemos querido darnos cuenta que la Colombia de hoy no es igual a la de hace diez años, ni a la de hace veinte ni, mucho menos, a la de mediados del siglo XX. En casi – si no es que en – todos los aspectos este es un mejor país en la actualidad. Claro que falta mucho, pero la forma de alcanzarlo no es retrocediendo a lo que se hacía antes de comenzar esta senda que, como he mencionado varias veces, es muy reciente y hasta ahora está dando sus frutos. Así, hemos encontrado una posición muy cómoda, como sociedad, pero también como individuos: siempre seremos las víctimas del exterior o de los mesías en los que hemos creído. Lo complicado es que aislándonos y manteniendo una sociedad de privilegios que protege, paradójicamente, hasta la izquierda más radical, no es como podremos reconocer los errores de nuestra propia visión.

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