Archivos Mensuales: marzo 2013

ESAS PEQUEÑAS COSAS…

En una de sus principales obras  Ley, Legislación y Libertad (tres volúmenes, años 70), Friedrich Hayek abordó el tema de las leyes y de cómo éstas no pueden entenderse como cualquier decisión que tomen las corporaciones legislativas, sino que existen como una expresión verbalizada de prácticas sociales previas. Es decir, la ley no crea la realidad, sino que la reconoce a partir de unas pautas que facilitan la certidumbre en las interacciones entre individuos (de esto es de lo que habla otra premio nobel, Elinor Ostrom). Colombia pareciera ser la negación en la práctica de estos postulados.

Esta semana se publicó una noticia – solo un ejemplo – que así lo demuestra. En este momento, entre sus muchas otras labores, la Corte Constitucional está revisando una demanda de inconstitucionalidad contra un artículo del Código de Policía en el cual se le otorga a este cuerpo la función (entre las muchas otras que se le han otorgado en los últimos tiempos) de preservar el buen comportamiento de los espectadores en eventos públicos. La demandante aduce que esto llevaría a que la Policía se convirtiera en árbitro de la moral social. El concepto de la Procuraduría, como podría esperarse, es que el artículo es correcto en tanto el lenguaje que utilicen los individuos así como sus comportamientos afectan la convivencia y, por esa vía, el mandato constitucional del Estado de mantener la paz.

Solo este hecho demuestra qué tan lejos está el país de reconocer en realidad lo que son – y para lo que sirven – las leyes y, por lo tanto, qué tan lejos estamos de podernos considerar un país liberal (claro, muchos considerarán que eso sería terrible). Por un lado, está el hecho de la noticia misma. ¿Alguien sabía que ese artículo había sido aprobado? ¿Alguien ha leído el Código de Policía o los otros miles de miles de “leyes” que existen en el país? Confieso que mi respuesta para las dos preguntas es no. Estoy seguro que este será el caso de muchos otros colombianos (casi de todos). Una aproximación sería culpar a nuestra poca cultura política; a nuestro desinterés por lo público. Si bien esto puede ser cierto, ¿por qué deberíamos todos preocuparnos por lo público? ¿No debe, cada uno, preocuparse por sí mismo y con eso es suficiente?  Otra aproximación sería, en el mismo sentido, culpar a quienes nos representan. Sin embargo, esta tampoco debe ser la crítica: al fin y al cabo, como se ha dicho muchas veces en muchos escenarios, cada pueblo tiene los representantes que se merece.

El problema acá es, como lo he dicho en otros comentarios, la forma como hemos creado nuestro Estado. Nunca hemos debatido los límites que éste debe tener, ni las jurisdicciones en las que debe actuar, sino que hemos asumido, sin ningún debate, que el Estado es un ente superior a los individuos y que, por lo tanto, tiene la potestad de decidir todo por nosotros….y de imponer su visión (que es la de unos pocos) sobre cómo deben ser las cosas. Así es en el tema económico, pero también en el de la salud, en el de lo que debemos consumir o no…incluso, en qué debemos sentir (por ejemplo, desde hace alrededor de un año está prohibido que en Colombia se “discrimine”…por ley todos tenemos que amarnos).

Pero además de lo anterior, este tipo de noticias, por su ubicación en la página web en la que la encontré y por la limitada cobertura que, estoy seguro, ha tenido en Colombia (solo fue publicada en El Tiempo…imagino que en los noticieros no habrán dicho nada y que Julito tampoco habrá discutido el tema con la participación de expertos desde diferentes partes del mundo), muestra la poca relevancia que le damos a la defensa de la libertad. Son más importantes la elección del Papa (pero, claro, es que ahora sí América Latina va a solucionar sus problemas de pobreza y demás…) o el fallecimiento de Hugo Chávez (ejemplo de héroe revolucionario y generador de desarrollo en su país, como demuestran los hechos). Ningún activista de derechos humanos, que yo sepa, se ha unido a la demandante en su posición. Pero es que este tema no genera publicidad. Es, para decirlo brevemente, una pequeñez de nuestra democracia.

Sin embargo, por esas pequeñas cosas, por esas pequeñas decisiones es que se siguen amenazando las libertades en nuestro país. No solo en los temas grandes, en los que sí venden (como el del aborto o el tema LGBTI, del que hablé la vez pasada), sino en todos los demás. Por eso es que consideramos normal – lo anormal sería lo contrario – que el Estado intervenga en todos los sectores y satisfacer todos los intereses. Por la misma razón, es que celebramos que nuestros líderes, representantes de la inteligencia, de la sabiduría y del sacrificio por la comunidad, decidan sobre si fumamos o no, si consumimos licor, en dónde y hasta qué hora, si algunos pueden ver el sacrificio de toros o no, cómo formamos familias, qué tenemos que aprender, cuáles son los programas de televisión a los que podemos acceder, etc., etc. El Estado lo puede todo en Colombia…incluso crear realidad ante la ley.

Después, eso sí, estamos contratando comisiones (o creándolas entre los mismos que crearon las leyes) que investiguen por qué hay tanta informalidad o por qué existe una diferencia tan grande entre el país que creó la ley y el que tenemos en la realidad. Por eso, aunque esta sea una pequeñez, es tan representativa….y tan preocupante. Ahora, entonces, el Estado también debe obligarnos a usar buenas palabras y a no tratarnos mal entre individuos con la excusa de estar buscando la paz que, por cierto, está siendo discutida, como nos gusta, entre pequeños grupos que, a la postre, se convertirán en captadores de rentas, como los demás. Y, mientras tanto, nuestro Estado, con todas las funciones que le hemos otorgado y con la creencia de que es superior, seguirá generando frustraciones y obstáculos en los que queremos disfrutar de nuestra vida como pensamos que debemos hacerlo, sin necesidad que nos ilustren sobre cómo consideran algunos que deba ser el ideal.

COMENTARIO ADICIONAL. ¿Sí han visto? Ahora es Fecode, antes la UNAL….quién sabe quién será el próximo. Si seguimos así, cuando regrese a Colombia, tendré que inscribirme en alguno de los muchos grupos de protesta en el país para percibir algún tipo de ingreso. Una visión corporativista del Estado no solo es peligrosa sino injusta (eso sí es injusticia) para los que no creemos en ella.

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POR QUÉ SOY UN LIBERAL CONVENCIDO…Y LO SEGUIRÉ SIENDO (III PARTE)

El último hecho que me ha llevado a pensar en lo importante que es defender la libertad, es el acelerado agravamiento del desafío que ha significado Corea del Norte para el mundo desde hace varias semanas. La relación con el liberalismo no es tan evidente en este caso como en los dos anteriores a los que he hecho referencia, pero trataré de explicarlo en los siguientes puntos.

Primero, una vez más, se hace evidente la inefectividad de la solución a través de autoridades, ya sean nacionales o internacionales. Esto es, la desconfianza frente al poder de los liberales no es gratis: no solo se trata de preservar la libertad, sino de evitar los excesos y, en la mayoría de casos, las soluciones que resultan no siéndolo. Si esto se presenta en el ámbito doméstico, cómo no en el internacional, donde además no existe posibilidad de instaurar algo parecido al imperio de la ley ni donde existen incentivos para que las burocracias le rindan cuentas a nadie. Las últimas decisiones del régimen de Kim Jong-un desafían directamente la visión que algunos todavía sostienen sobre la conveniencia de darle más poder – y funciones – a la ONU. No han servido de nada las declaraciones, ni los llamados de atención, ni las reuniones de urgencia en el Consejo de Seguridad, ni las sanciones. Todo esto lo único que ha hecho es endurecer la posición del régimen. Por ello, más bien lo que se debería estar pensando es en ver a esta organización como lo que realmente puede ser: un espacio de encuentro entre quienes quieren (y esto es importante) pertenecer. Lo demás se maneja, y se seguirá manejando, nos guste o no, como asuntos de realpolitk.

Segundo, Corea del Norte es el paradigma – al extremo – de la negación de los valores liberales. Y es claro (no sé si sobre esto sigan existiendo dudas) de lo peor que puede ser. Es peor porque son regímenes a los que claramente no les importa el bienestar de la población. Por un futuro (siempre distante) supuesto de perfección y riqueza se sacrifican generaciones enteras – o se exterminan otras cuantas – sin la mínima preocupación por parte de los líderes. Pero además, solo pueden mostrar fracasos en el ámbito económico, cultural y social: hambrunas, pobreza, inexistencia de asociaciones, falta de confianza, inmovilidad social, incluso, pérdida de estética y de creación artística. Como alguna vez mencioné, en este extremo puede haber estabilidad (no crisis) pero ¿a qué costo?  

Tercero, porque en lo único en lo que no fracasan es en controlar a la población a pesar de las penurias. Este control, además del prosaico uso de la fuerza policial, se logra por medio de la transmisión de miedo a la población frente a una supuesta intervención externa o a la inminencia de un ataque. Es más, como demuestra no solo este caso, sino también uno más cercano a Colombia, en el Gran Caribe, estos regímenes se mantienen a través de la exteriorización de la culpa hacia los demás (bueno, por lo menos exportan algo): los fracasos se dan por el embargo o por las sanciones o por la no unificación…Pero nunca por lo errado del modelo que utilizan. Pero siguen existiendo intelectuales, además de personajes como Michael Moore, que siguen diciendo que la manipulación se hace en otros lados.

Sin embargo, y este es el cuarto punto, sí existen recursos para el líder y su familia, o para protegerse de la inminencia de los ataques externos: y qué mejor forma que hacerlo con un programa nuclear. Es decir, no hay riqueza, hay hambrunas cada diez años o menos, no existe ningún tipo de comodidad para los individuos pero sí existen recursos disponibles para…armas nucleares.

Quinto, este tipo de gobiernos, además, no tienen ningún interés – y por el contrario rechazan – cualquier tipo de internacionalismo. Rechazan los regímenes internacionales vigentes, sus prácticas, no les interesa la consolidación de ningún tipo de identidad positiva y, por lo tanto, ni contemplan la importancia de la reputación internacional. Es decir, a pesar de lo que dicen los críticos en contra del liberalismo y de cómo éste genera comportamientos egoístas, son estos regímenes, basados supuestamente en preceptos sociales, los que resultan utilizando únicamente comportamientos oportunistas, como se denominan en teoría de juegos.

Y son tan oportunistas que, sexto, para esconder su fracaso aparecen de cuando en cuando (Corea del Norte lo ha hecho en 1995, 2005 y ahora) haciendo bravuconadas para chantajear al mundo y, así recibir recursos que les permitan comprar más tiempo con el fin de seguir aplicando las mismas políticas de pobreza y exclusión. ¡Pero, claro, es en los países liberales, capitalistas, donde sucede esto!

A pesar de lo anterior, creo que el mundo occidental no debe pasar de las anodinas herramientas con las que cuenta en Naciones Unidas. Es decir, a menos que exista un ataque, no se debería actuar en ningún sentido: esto es, sigan aplicando sanciones. Si hiciera algo más, seguramente, se alzarían las voces de los críticos que, viviendo y disfrutando de los beneficios de la libertad, son simpatizantes de ese tipo de regímenes (donde no sé si soportarían vivir así fuera unos días). Ahí sí habría unión para denunciar el neocolonialismo o cualquier otro término que suelen usar. Además, seguramente, cualquier acción alertaría a los otros regímenes semejantes: Ahmadineyad ya está teniendo problemas, aunque sean pequeños, por sus excesos en la expresión del dolor por la pérdida de su amigo Hugo Chávez, pero una acción en Corea del Norte lo podría atornillar de nuevo en el cargo. Lo mismo sucedería en Cuba (ya que por lo menos van a entregar el poder…a un amigo) y en los demás regímenes semejantes.

Por último, cualquier acción occidental (es decir, en la que interviniera Estados Unidos) crearía una nueva oportunidad para que se siga diciendo que es Occidente el que actúa en interés propio (si tal cosa puede suceder) porque al fin y al cabo: ¿qué son unas cuantas armas nucleares en manos de un régimen que ha demostrado ser tan responsable, incluso con su propia gente, como el de Corea del Norte? ¿Acaso poseerlas no es un “derecho” de los pueblos? ¿Acaso no es una obligación de dignidad nacional? Y terminarían diciendo que, seguramente, si no los hubieran obstaculizado, Corea del Norte hubiera superado a su vecina del sur así como lo hizo la Unión Soviética frente a Estados Unidos desde que N. Kruschev así lo decidió (porque en esos regímenes se cree que porque el líder decide, aparece la riqueza y demás). Y una nueva esperanza, es decir, un nuevo fracaso, se engendraría en cualquier otro lugar del mundo.

a los cafeteros (en este caso) que tengan las condiciones mínimas para subsistir, independientemente de la conveniencia o repercusiones económicas de esta acción. Y la segunda hace referencia al movimiento del paro como tal, asegurando q ninguna de las supuestas herramientas existentes en Colombia para q sean escuchadas las peticiones y/o reclamos de estos gremios (hace énfasis en pequeños caficultores) cumplen sus funciones y el paro es el único medio para que estas sean escuchadas y atendidas

Sobre el tema del paro, no estoy en contra del derecho a la protesta. Pero, y ahí también hay un problema, no sé cuáles derechos deban primar. Me parece que en Colombia está primando el derecho a la protesta por encima de todos los demás…y eso me parece criticable, por decir lo menos. Ahora bien, no estoy seguro que no hayan funcionado los otros mecanismos…¿hicieron uso de ellos? Además, hay que recordar que, por un lado, los mecanismos existentes, además de la tutela que es otra discusión, hacen referencia a la participación política (algo así como democracia directa) pero no tienen que ver (por lo menos en teoría) con el afán de hacerse a mayores beneficios de la redistribución. Por otro lado, los cafeteros tienen una federación que no creo que sea ignorada por los dirigentes. De hecho, tres (sino es que más) funcionarios del gobierno actual, incluido el presidente, han tenido una relación muy cercana con la Federación. Lo que creo, entonces, pero esto es pura especulación, es que falló, no otros mecanismos, sino la organización que los cafeteros crearon.

Me cuentas otras dudas, críticas o comentarios. Muchas gracias por leer el blog!!!

A raíz de tu pasado artículo “repartiendo el pastel…¿pero de quién?” en el que mencionas el reciente paro cafetero, y también de unas declaraciones del senador Robledo donde respaldando el paro donde argumentaba que “Colombia es café, o no es” sostuve una discusión con un abogado, quien plantea dos posiciones de las cuales nos gustaría conocer tu respuesta. En primer lugar, dice que Colombia es un estado social de derecho y ello implica que está en la obligación de garantizarles

Diana, qué bueno que estés leyendo el blog y que lo comentes. Sobre lo que me preguntas, precisamente por eso es que soy crítico de la Constitución del 91 (si queda algo de eso). En este documento se plantearon muchas cosas que pueden sonar bien en el papel pero en la práctica se vuelven inmanejables. No se pueden dejar de lado las consecuencias económicas de la acción porque, en el absurdo, si el Estado se encarga de proveer las “condiciones mínimas” a los cafeteros, tendría que preveérselas a todos los demás actores y, al final, ¿quién produce los recursos para la repartición? Segundo, porque no estoy convencido que los cafeteros, los camioneros, los cacaoteros y los que vengan sean los sectores más vulnerables. Tercero, porque no estoy seguro que las ayudas lleguen en realidad a los campesinos que más las necesitan. Cuarto, porque esas “condiciones mínimas para subsistir” no es claro cuánto sean. Si te fijas, no es que los cafeteros no tuvieran subsidios…sino que, para ellos, no eran suficientes. Con lo que ahora ganaron de más, ¿será suficiente o a la vuelta de unos cuantos años tendremos que mejorar esta tajada? Quinto, porque, de nuevo, el que paga no es el Estado. El Estado lo que hace es quitarle a unos para darles a otros…¿qué es lo que se está premiando?

POR QUÉ SOY UN LIBERAL CONVENCIDO…Y LO SEGUIRÉ SIENDO (II PARTE)

Otro hecho que me lleva a ver la necesidad de defender la posición liberal, así algunas veces resulte molesto para mis interlocutores, se refleja en lo que está sucediendo la Universidad Nacional. En esto no quiero ser malinterpretado: en la tradición liberal existe – casi – un consenso sobre la conveniencia de que a través del Estado se provean servicios educativos a las mayorías, para disminuir desigualdades estructurales. Los utilitaristas, como Jeremy Bentham, y liberales más recientes, como Milton Friedman, Friedrich Hayek, Johan Norberg y Carlos Alberto Montaner, todos han estado de acuerdo en este punto. Sin embargo,  existen diferentes aspectos que estos autores han sumado a la noción básica de “educación para todos”.

Primero, si se trata de buscar la igualdad en el acceso a la educación, se debe intentar que estos servicios lleguen realmente a las mayorías y no a unos pocos. Segundo, la educación es importante porque facilita la inserción de los individuos en la sociedad: es decir, la idea es proveer unos conocimientos dados que permitan que todos puedan competir en el mercado, ya sea el laboral o en otros ámbitos, como empresarios. Tercero, aunque el Estado sea el mejor instrumento para proveer este servicio a las mayorías, la educación no es un bien público. En su naturaleza, es un bien privado. Por esta razón, este servicio solo puede mejorar en calidad, no por decreto o por buenas intenciones, sino por efectos de la competencia. En este sentido, es necesario promover un máximo de libertad de elección (la famosa expresión de Milton y Rose Friedman) y no que exista un mercado cautivo que los funcionarios públicos deciden cómo y en dónde recibirán el servicio. Cuarto, si la educación tiene un objetivo dado, es esencial que exista diversidad en los conocimientos que se impartan, que cada cual elegirá a su conveniencia, y que no pueden – ni deben – estar controlados por el Estado porque o sino, se puede caer en una educación que actúa como propaganda política y que no cumple con su objetivo esencial.

No sé realmente cuáles sean las razones del paro de los funcionarios de la UNAL (aunque me imagino que es el recurrente tema de los bajos salarios), pero creo que éste es un ejemplo de los problemas asociados con una política de educación que, en casi nada, ha tenido en cuenta las prevenciones aportadas por los autores liberales. Para demostrar esta afirmación, quiero referirme a los siguientes aspectos.

En primer lugar, sobre el tema de la igualdad. Es falso que la inversión pública en educación superior sea generadora de igualdad. ¿Cuántos niños que inician estudios de pre-escolar llegan a la primaria? ¿Cuántos de estos llegan a la secundaria? ¿Cuántos de estos llegan a la universidad? Y fíjense, la solución no está en destinar más recursos. Por un lado, porque los recursos son escasos y existen muchos otros temas que el Estado debe (¿?) asumir. Por el otro, porque así las universidades públicas recibieran todos los recursos del presupuesto nacional, no se solucionaría el cuello de botella que existe en el número de niños y de jóvenes que siguen sin acceder a la educación anterior. Pero el tema no se queda solo allí: ¿cuántos de los estudiantes de las universidades públicas en la actualidad pueden considerarse como representantes de las clases más desfavorecidas?

Por lo anterior, al haberse perpetuado la idea que al financiar la universidad pública se alcanza la igualdad, se ha promovido la creación de grupos poderosos que, no solo hacen uso de su legítimo derecho a la protesta, sino que se han convertido en buscadores de renta (como cualquier gremio de la producción) y que pasan por encima de otros derechos, como el de la educación, en sus intenciones de mejorar su situación presente (que puede que sea muy mala. Eso no es lo que estoy discutiendo).

Otro tema es, precisamente, el de los recursos. Existen cálculos del déficit de la Universidad Nacional, así como de cuánto destina el Estado a la educación por cada estudiante y de costos adicionales que ha debido asumir la Universidad sin respaldo alguno. Sin embargo, no es claro cuál es el monto que consideran los funcionarios de la Universidad (o sus estudiantes, o los padres de familia…) será suficiente. Y esto si se tiene en cuenta que solo hablamos de la UNAL. ¿Cuánto necesitarán las demás universidades públicas? Si a esto le sumamos los recursos que, también, son necesarios para solucionar los problemas de los otros sectores (a los cuales me referí en el artículo de la semana pasada): ¿cuándo para? ¿Cuánto tendrá que asumir el Estado central? ¿No existe ninguna alternativa para solucionar estos problemas financieros?

Sobre este aspecto, algunos expertos consideran que el problema tiene dos fuentes. Primero, los bajos salarios que reciben los funcionarios. Segundo, la aprobación de nuevas leyes que tienen una carga económica que debe ser asumida por la Universidad. Frente a esto, el problema, entonces, se solucionaría con una visión liberal. Por un lado, los salarios deberían depender de la productividad del trabajo (para ser muy, muy sintéticos) y no de los decretos. Por el otro, el Estado no puede aprobar leyes sin tener en cuenta las consecuencias fiscales: ahí está el problema…y la solución. Ésta no está, por el contrario, en presionar más el presupuesto para resolver problemas puntuales.

Tercero, está el tema de la calidad. Éste tiene dos dimensiones. Primero, se afirma que la Universidad Nacional produce el 28% de la investigación en el país. Sin entrar a discutir sobre la vergüenza que esto representa para las demás universidades colombianas (porque entonces uno se pregunta, ¿qué es lo que están haciendo?), sí vale la pena discutir sobre lo que ha pasado con esa gran producción intelectual (de hecho, también se afirma que se publica un libro por día). Debo confesar que no he revisado en los últimos días el listado de publicaciones o de working papers, pero no se puede entender cómo una universidad que tiene tanta producción académica no cuenta con recursos adicionales a los que provee el Estado. Es decir, investigar por investigar no representa ninguna utilidad. La investigación de calidad, que avanza en el conocimiento tiene un valor…si en realidad es lo que se necesita en el mercado. Ejemplos de esto se encuentran en países como Israel.  

La segunda dimensión es sobre lo que se aprende. Como señaló, por casualidad (creo), Moisés Naím en su columna del domingo, el problema de las universidades en muchos casos es que lo que se enseña no es lo que sirve (recuérdese el objetivo de la educación) sino que se transmiten una serie de conocimientos basados en ideologías pasadas de moda o que, si no lo están, por lo menos han sido incapaces de resolver los problemas de generación de riqueza. ¿Será esto lo que sucede en este caso? Esta pregunta es válida en tanto Colombia no es el único país con problemas en sus universidades públicas, como lo mostró Andrés Oppenheimer en su libro no académico ¡Basta de historias!: La obsesión latinoamericana con el pasado y las doce claves del futuro (2010).

El anterior tema, como lo mencioné al principio, debe llevar a preguntarse por el tema de la competencia. ¿No será que la Universidad pública actúa de cierta manera como oligopolio en un sector que debería tender a la competencia perfecta? ¿Por qué, entonces, no explorar otros mecanismos de financiación de la educación pública en el país? Así nos ahorramos, además, la pérdida de días (semanas o meses) de clases y de horas laborales a los que ya nos tiene acostumbrados la UNAL (y otras universidades públicas) desde hace muchos años. 

Ante los anteriores aspectos, uno se pregunta si el paro lo deben hacer los funcionarios de la universidad o si lo deberíamos estar haciendo los demás colombianos (ojo, no estoy hablando de los estudiantes…no vaya y sea que me tomen la palabra y hagan lo que pareciera les gusta más hacer) que, también con nuestros recursos, financiamos, por ejemplo, la publicación de un libro al día que, no sé ustedes, pero yo no conozco ninguno.  En consecuencia, como liberal, estoy a favor de una educación gratuita (como para que suene bien porque, ya lo decía Milton Friedman, no exista tal cosa como un almuerzo gratis) y universal, pero ésta debe contribuir a la solución del – eterno – problema de creación de riqueza de la sociedad y no a la consolidación de unos grupos que actúan en favor de sus intereses y que dejan de lado su objetivo y la razón de ser de su existencia.

Mañana les traigo el último tema por el cual soy liberal.

POR QUÉ SOY UN LIBERAL CONVENCIDO…Y LO SEGUIRÉ SIENDO (I PARTE)

Reconozco (o por lo menos intuyo) que al ser un defensor de la libertad, muchas veces mis interlocutores pueden molestarse porque pareciera (¿?) que mi visión es radical, dogmática y, puede darse el caso, irracional ante los hechos. Sin embargo, entre muchas otras razones, la defensa de la libertad requiere de un esfuerzo constante de debate con el fin de preservar algunos avances hechos hacia una sociedad más libre pero sobre todo para evitar los excesos o abusos que las posiciones contrarias, en muchos casos, generarían. Esta semana encontré tres ejemplos para explicar esta afirmación.

El primero es el debate en curso en Colombia como resultado de la decisión de la Corte Constitucional de reiterar el hecho que las uniones homosexuales pueden considerarse como familia. Sobre este tema, me gustaría resaltar varios aspectos. Primero, la importancia de que, por fin, las instituciones colombianas reconocen la existencia de unos colombianos. Ya estábamos en mora de aceptar la realidad y de reconocerle a la población LGBTI (para utilizar el acrónimo políticamente correcto) unos derechos que, por ser seres humanos y no por ser parte de un grupo específico, tienen.  

Segundo, la reacción del Partido Conservador, de la Iglesia Católica (a la que, a propósito, la siguen consultando como si todavía fuéramos un país confesional) y de los grupos cristianos. No pienso desgastarme en debatir sus posiciones absurdas y llenas de prejuicios y de ignorancia. Pero lo que sí quiero resaltar es que en una sociedad liberal (así sea tan poco liberal como lo es la colombiana) ellos pueden sentar sus posiciones y actuar como si estuvieran debatiendo (porque, de nuevo, sus argumentos son tan ridículos que no pueden considerarse como parte de un debate sino como meras apreciaciones). Es decir: pueden tener sus opiniones y expresarlas. Esto no podríamos hacerlo los liberales (y los homosexuales no podrían existir) si la sociedad en la que nos encontráramos fuera la que tienen en la cabeza personajes como Alejandro Ordoñez.

Tercero, el tema de la democracia directa. Una representante cristiana afirma que las mayorías en Colombia están en contra del reconocimiento dado por la Corte. En el mismo sentido, el partido conservador afirma que en la Constitución, apoyada por las mayorías, se define una familia como la conformada por una pareja heterosexual. Sin embargo, estos grupos desconocen que en Colombia contamos con una democracia liberal (imperfecta y todo lo que quieran pero así es) y no con una democracia directa. Esta distinción es importante porque, a pesar de que las mayorías quieran, por ejemplo, perpetuar en el poder a un personaje cualquiera, existen, por encima instituciones como el imperio de la ley que lo impiden. Si la posición liberal no defendiera este tipo de democracia, seguramente, no solo no podrían reconocérsele los derechos a la población LGBTI sino, además, serían perseguidos…o exterminados.

Cuarto, la discusión sobre lo que dice o no la Constitución. Por esta razón, es que desde un punto de vista liberal, una Constitución como la colombiana se considera un instrumento que solo puede llevar a excesos. Una Constitución no puede contemplar todos los aspectos de una sociedad, sino solo la forma de organización política. Al tratar de incluir todos los temas, todos los derechos e, incluso, todos los posibles eventos, la Constitución vigente en Colombia se presta para cualquier tipo de malinterpretaciones y de manipulaciones, lo que lleva, en últimas, a cambios constantes…de articulito en articulito. Así, el objetivo último de una Constitución, el de crear un marco de estabilidad, se pierde por completo. En este sentido, no se puede considerar que los cambios a una Constitución como la colombiana afecten de alguna manera los principios bajos los que fue creada la sociedad. Pero además, deberían, recordar los conservadores que si apoyan los cambios para unos casos, después es difícil rechazar los que vengan por el simple hecho de mantener “el espíritu de la Constitución” o motivaciones por el estilo. O qué afecta más la organización política del país: ¿reconocer los derechos de unos colombianos o alterar el sistema de pesos y contrapesos y la independencia de las ramas del poder público para aprobar la reelección de una persona?  

Quinto, al parecer el problema para los críticos es que a través de esta declaración de la Corte, se abre la posibilidad para la “legalización” de los matrimonios entre homosexuales o, lo que es peor, en la visión de estos personajes, a la posibilidad de la adopción. Tampoco me voy a concentrar en discutir las opiniones (porque no son argumentos) que se utilizan acá. Solo quiero decir que desde una posición liberal, menos mal, se reconoce la existencia del individuo y no de los grupos. No todos los LGBTI son promiscuos, inestables, amanerados o desequilibrados mentales…así como tampoco lo son todos los heterosexuales (sí, señor Procurador, también hay heterosexuales amanerados y sí, señores de la iglesia, sobre todo de la Católica que lo saben a la perfección, también pueden existir heterosexuales con desequilibrios mentales que sean violadores de niños). Por esta razón, los problemas que se presenten tendrán que ser solucionados para casos puntuales…así como ocurre hoy, con las familias de heterosexuales. Sobre el matrimonio, si las parejas entre LGBTI son inestables…pues bien, así también lo son las de heterosexuales.   

Como siempre, cuando me pongo a escribir no mido la extensión, por eso les quedo debiendo los otros dos temas. No obstante, les dejo una última reflexión: el pensamiento liberal permite la existencia de todos, con nuestras diferencias. No pretende que todos seamos iguales, sino ante la ley, ante lo único que podemos serlo. Además, el pensamiento liberal considera que todos, así no nos guste la forma de vida de algunos, tenemos derechos y que todos podemos convivir en una misma sociedad. No hay, en el liberalismo, unos que tienen más derechos que los otros. Mientras tanto, en cualquier otra visión de la sociedad se considera que hay unos que tienen la verdad y que los demás, o deben desaparecer o vivir en la clandestinidad o purificarse siendo, no sé, sacerdotes o, lo que es peor, procuradores.

REPARTIENDO EL PASTEL…PERO, ¿DE QUIÉN?

Y pues sí, al parecer el gobierno de Juan Manuel Santos se está descuadernando: la Unidad Nacional es cada vez menos real, fracasos en política exterior, en la reforma política, críticas por la reforma tributaria, en la política educativa y, ahora, una parálisis por protestas sociales. Eso es, tal vez, resultado del afán, no de cumplir con su trabajo, sino de querer pasar a la historia. O de tratar de mantener feliz a todos los sectores. Al fin y al cabo tener contento a todo el mundo es imposible. Es cierto que se necesitaba un cambio en la forma de ejercer el poder a una de, por ejemplo, menor confrontación pero también es necesario que un representante tome decisiones difíciles: para eso fue elegido. La cosa no es un concurso de popularidad…o, por lo menos, no todo el tiempo.

Sin embargo, el problema no es solo del gobierno. A pesar de las críticas que se le puedan hacer, lo que pasa no es culpa solo del presidente y de sus ministros como parecieran pensarlo los aparentes nuevos aliados políticos (por lo menos en su oposición radical e irracional al gobierno): el Uribismo y la izquierda. ¿Qué es lo que ésta pasando en el país? Un economista del siglo XIX, Frédéric Bastiat, escribió un ensayo que tituló Lo que se ve y lo que no se ve. De manera muy breve, en éste, afirmaba que el papel de los estudiosos de la sociedad no era el describir lo evidente, sino el develar las consecuencias inadvertidas de las decisiones políticas.

Por ello, un verdadero análisis no se puede quedar en lo obvio: que existen sectores insatisfechos; que puede haber presión por parte de grupos ilegales; que han sido sectores tradicionalmente descuidados, que….estas y muchas otras observaciones pueden ser ciertas, pero no llegan al fondo del asunto. Además de lo malo que pueda ser el gobierno actual (porque nunca ningún gobierno será lo suficientemente bueno), ¿qué está pasando en el país? ¿Cuáles pueden ser las consecuencias?

Yo no creo que esto refleje unas peores políticas o una pauperización de la situación de las mayorías. No creo que este gobierno sea peor que, bueno, que cualquiera del pasado. Tampoco que los cafeteros o camioneros estén peor hoy que hace diez años, o veinte. El problema, entonces, me parece que está en dos hechos. Primero, la necesidad, por parte de sectores específicos, de capturar las decisiones políticas en su beneficio. Segundo, el aprovechamiento rápido y oportunista de lo que, creo, se perciben como ganancias de corto plazo. 

Es decir, Colombia ha crecido. Está creciendo. Así muchos no se hayan dado cuenta, ya no hablamos de un país pobre, sino de renta media. Pero este crecimiento ha generado, por un lado, un optimismo infundado y, por otro, mayor ansiedad, mayores temores. Un optimismo infundado que se ve, por ejemplo, en que el presidente Santos habló de la inclusión del país en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), foro de encuentro de países con unos niveles de desarrollo “importantes”. Pero mayor ansiedad o temores porque no se sabe si la fiesta va a durar…y, sobre todo, si dura, si los beneficios llegarán a quienes no los perciben de manera inmediata en el corto plazo.

Estos dos hechos estimulan los comportamientos oportunistas en grupos organizados de la sociedad. Pero, y esto es importante, no son lo más débiles o los más afectados. Su capacidad de incidir en las decisiones depende de su poder político: de su fortaleza. Por esto es que las negociaciones con los grupos en paro giraron en torno a cuánto se incrementarían las protecciones y generosas contribuciones que el Estado (con los recursos que todos pagamos de impuestos) ya les dan…desde hace mucho tiempo. Además, por esto es que los que están sentados en la mesa de negociación con los ministros no son campesinos del común, sino personajes que no se caracterizan, precisamente, por su pobreza. Por esto es que son sectores que, a pesar de estas realidades, generan simpatía en las mayorías urbanas y tienen su apoyo a pesar de los problemas sociales que generan al, por ejemplo, bloquear carreteras sin pensar en que están generando grandes pérdidas a la economía que es, en últimas, la razón por la cual tienen las protecciones que tienen o sin pensar en los daños humanos que generan. Pero no…al fin y al cabo, en Colombia, parece ser que el derecho a la huelga prima por encima de todos los demás, incluso al de la vida.

Sobre esto, una pequeña reflexión. Los cafeteros. Ahora resulta que todos nuestros formadores de opinión y representantes de ciertos sectores políticos añoran la época en la que los cafeteros dominaban el país. Se habla, con tristeza, del pasado poderoso de la Federacafé o de cuando este producto generaba un porcentaje importante del PIB nacional. La pregunta sería, ¿no es mejor que esto ya no sea una realidad? ¿En los años 80, por ejemplo, no eran estos mismos representantes y estos mismos formadores de opinión los que criticaban la importancia que los cafeteros tenían por encima del cualquier otro sector? A mí me parece que el hecho que los cafeteros ya no sean tan importantes como en los años 1920 – 1980 es una señal de progreso. Es decir, si ya no son tan importantes y lograron negociar semejante paquete de ayudas, no me quiero imaginar cómo eran las cosas a finales de la década de los años 20, cuando se creó la Federación. Pero esa es solo mi opinión.

Entonces bien, venía diciendo que el tema de los paros, además de todo lo que se pueda decir, se puede explicar por la existencia de comportamientos oportunistas por parte de grupos poderosos en la sociedad. Por esto es que el antecedente de esta semana puede ser problemático en un futuro. Primero porque cuál o cuáles serán los próximos sectores. Segundo porque cuándo se detiene la adopción de comportamientos de este tipo y qué cantidad de recursos es necesaria para satisfacerlos. Tercero, precisamente, porque cuánto es suficiente: ¿tendrá el gobierno que duplicar o triplicar, con nuestros recursos, todas las ayudas?          

Pero además de los anteriores hay dos aspectos que deberían generar un debate en el país. ¿Existe algún estimativo confiable de cuánto nos costará la generosidad de este gobierno? Es decir, cuánto costarán todas las leyes que han sido aprobadas desde su inicio, cuánto costarán los acuerdos de los últimos días, cuánto los de las semana que vienen, cuánto los del futuro. ¿Cuál será el impacto fiscal? ¿Alguien tiene información confiable sobre esto? Como creo que no existen, este es otro ejemplo de la transparencia del Estado…Para aquellos que piensan que no deberíamos preocuparnos por esto, les recuerdo que el Estado no tiene los recursos guardados o que es solo prender la “máquina de impresión de billetes” y ya está. Todo la riqueza que se reparte ha sido previamente creada y “recolectada” (a propósito de los grupos que nos interesan) por el Estado a través de la política fiscal. Entre más gaste nuestro Estado, más tendremos que contribuir los colombianos…y la discusión sobre si deberían aportar más los ricos, ricos o las clases medias no es productivo. Entre más gaste el Estado, más tendremos que aportar todos. Por esto es que deberíamos tener información clara sobre esto.  

Lo otro es que los recursos que se están destinando a calmar los ánimos oportunistas de ciertos grupos, ¿no se deberían utilizar en apoyar los procesos de transformación productiva de quienes realmente lo necesitan: es decir de los perdedores de los acuerdos comerciales? ¿No se podrían utilizar en crear programas inteligentes de ayuda a los realmente más pobres del país? ¿No sería mejor destinarlos a fortalecer el Estado en las muchas funciones que no cumple, como la de la justicia? ¿No podrían invertirse en más infraestructura o en mejorar la calidad de la educación? En fin, de nuevo, lo que se ve y lo que no se ve. Los recursos no son ilimitados en ninguna parte del mundo. Por eso, hay que tener prioridades claras, algo que Colombia no tiene. Los medios anuncian acuerdos y acuerdos que representan miles de millones de pesos y los ciudadanos siguen como si nada: como si nunca nada de esto los fuera a afectar. Como si los beneficiados no fueran unos pocos a costa de todos.  

A pesar de estos y de otros aspectos que deberían estarse discutiendo, el tema en Colombia se ha quedado en que es necesario que el Estado responda con mayor generosidad antes las protestas. Otros, a pesar del mayor gasto, consideran que no es suficiente y que este gobierno es malo…porque sí (inserten en este punto Uribistas o izquierda…o ambas). Otros sueñan con que ya somos un país rico y que es el colmo que no se esté repartiendo la riqueza: ¿Es que no han visto cómo se hace en países como Dinamarca o Suecia? El gobierno, mientras tanto, juega el papel del policía bueno y del policía malo (el mismo gobierno, el mismo presidente), lo que genera dudas sobre su estabilidad…por lo menos mental (¿sufren de doble personalidad nuestros representantes?). Pero, al final, todo se soluciona repartiendo más recursos. Otros, comienzan, como no es raro, a culpar a los acuerdos comerciales, al supuesto libre comercio. Sin embargo, no se avanza porque no priorizamos; porque no existen mecanismos de generación de consenso sobre lo que se busca con el país; y porque, como no debería ser el caso, preferimos contentarnos con lo que se ve, sin profundizar nunca en lo que no es tan evidente.

DE CÓMO DOMANDO AL MONSTRUO, SE LIBERA…LA POBREZA

Esta semana decidí escribir sobre este tema por varias razones. Un amigo cercano y colega hace algunos días replicó una foto que subí a Facebook diciéndome que los casos de (Bernard) Madoff o de Interbolsa son ejemplos de cómo el sector privado puede empeorar las cosas. Además, el domingo pasado me encontré con una columna de Salud Hernández en la que hacía referencia a los hechos relacionados con el caso Interbolsa y hablaba de los excesos de, según ella, un tipo de capitalismo. El mismo día una noticia reseñaba que el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, pedía crear unos nuevos escenarios, para “el sur”, de solución de disputas con empresas privadas (las malvadas multinacionales) a propósito de la última decisión relacionada con la Chevron. Como si esto no fuera suficiente, el lunes recibí el último número de la revista Nueva Sociedad, en la que aparece un artículo, escrito a varias manos por doctores en economía, en el que se afirma la necesidad de cambiar el sistema económico actual por uno que ellos denominan “capitalismo decente”.

¿Por qué les cuento estos hechos? La verdad es que los cuatro casos, con sus diferentes énfasis, razones y momentos, comparten una similitud: todos critican el capitalismo y consideran necesaria su reforma, cambio o, seguramente en algunos casos, abolición. La derecha, la izquierda, los académicos y los expertos en economía: de todos los frentes surgen las mismas inquietudes y críticas. En los casos mencionados y en muchos otros que se podrían citar, se hace referencia a los efectos negativos del capitalismo, a los problemas que genera, a los efectos negativos de sus crisis…en fin.

No voy a hablar, sin embargo, de qué tipo de capitalismo es el que se critica en los cuatro casos. Tampoco voy a hacer referencia a cómo se puede criticar un sistema económico que, con todos sus problemas reales, ciertos, evidentes, ha demostrado ser el único capaz de resolver los problemas de escasez en la historia de la humanidad y, además, de permitir que, por primera vez, existan sociedades que viven por encima de sus necesidades de sobrevivencia. Tampoco me quiero referir a la equivocación de referirse al “capitalismo” como si fuera un individuo, un monstruo, un ser externo al que se le puede culpar de todos los males de la actualidad…y no reconocerle ninguno de sus beneficios y no aceptar que, al fin y al caso, el capitalismo refleja millones de decisiones individuales, simultáneas, en todo tiempo y lugar.  

No. De lo que quiero hablar es de los problemas que encuentro en las críticas que se plantean y, sobre todo, en las alternativas que se proponen.  Porque, digámoslo claramente, cuando se critica el capitalismo y se habla de la necesidad de mejorar las condiciones que genera, no se está hablando sino de cuáles otros papeles debe tener el Estado y de cómo éste puede hacer mejor las cosas que los millones de individuos que buscan sus intereses personales de manera simultánea y autónoma.

Encontré cinco problemas. Primero, creer lo anterior es considerar que todos aquellos que forman parte de eso que se llama capitalismo (es decir casi todos los seres humanos) solo tienen como principal interés hacer el mal al otro. Que esa es la única forma de ser exitoso. La verdad es, sin embargo, que así como existen muchos (empresarios, comisionistas de bolsa o consumidores) que son “malos”, también hay muchos otros que son “buenos” y, por lo tanto, considerar que el capitalismo (salvaje o como quieran llamarlo) debe ser limitado por una mayor intervención del Estado es errado.

Segundo, existe una confusión en el aspecto de la responsabilidad. Se dice que Madoff, que Interbolsa, que Enron, que ING, que Lehman Brothers…grandes estafadores de la historia y generadores de crisis. Por ellos, el Estado debería intervenir. Sin embargo, estas propuestas no reconocen que es en el mercado donde se pueden distribuir las responsabilidades, las culpas y encontrar específicamente los causantes de las crisis y hacerlos pagar por ello…si la sociedad así lo quiere. Mientras tanto, casos como el de los falsos positivos del gobierno Uribe o las graves equivocaciones (por llamarlas así, suavemente) de las últimas dos administraciones distritales en la capital del país, ¿de quién son culpa? ¿Quiénes son los responsables? Entonces, no sé si se pueda esperar que en un capitalismo más estatizado podamos siquiera identificar a los futuros culpables.

Tercero, se considera que el Estado lo haría mejor. Sin embargo, así como es común escuchar hablar del “capitalismo” como si fuera un monstruo, es común hablar del “Estado” como si fuera el superhéroe…y tampoco. El Estado no es sino una denominación para referirse a diferentes instituciones en las que trabajan funcionarios y/o políticos que, como ya había dicho alguna vez, son seres humanos como los demás…incluso, como los que han cometido los errores del “capitalismo”. ¿Por qué, entonces, se cree que serán diferentes las cosas si ahora las decisiones las toman esos funcionarios o esos representantes?  

Cuarto, tampoco se ha reconocido que ha sido precisamente en el mercado, como resultado de las decisiones de esas miles de personas que toman decisiones simultáneas, egoístas, si se quiere, en donde se han quebrado los grandes estafadores y todos aquellos que los han apoyado. Es decir, es “el mercado” (para que parezca otro monstruo independiente) el que ha encontrado, antes que nadie más, los fraudes y los errores. No encontré ningún ejemplo en la historia (si alguien lo encuentra, por favor, nos lo informa) de crisis financiera (desde 1825 cuando Carlos Marx propuso la primera teoría de los ciclos económicos) en el que haya sido el Estado – y sus ejércitos de reguladores, supervisores, auditores, etc. –  el que anticipó las pérdidas o los errores que se estaban cometiendo. Si esto ha sido así, ¿mayor regulación o un capitalismo de Estado podría alertar sobre futuros fraudes?  

Quinto, detrás del tema está la obsesión con un ideal de estabilidad. ¿Las crisis son dolorosas? Es seguro. ¿No quisiéramos que nadie, nunca, por ninguna razón, sufriera en el mundo? Seguramente. ¿Todos deberíamos tener lo mínimo y hasta más para llevar una vida decente? Estamos de acuerdo. En general, no nos gustan los ciclos económicos, no nos gusta el sufrimiento humano…y es claro que “el capitalismo” (el monstruo) no ha podido evitarlos. Sin embargo, en el extremo del argumento, ¿el Estado podría? Creo que existen ejemplos suficientes para demostrar que tal sistema resulta en estabilidad, es cierto, pero con pobreza para todos (es decir, el sufrimiento no se evita). Lo más grave es que después de la estabilidad, ante el primer amague de crisis, se puede esperar la implosión del sistema. No sé si se les ocurra algún ejemplo…

Pero, seguramente me dirán que no, que lo que se propone es algo de intervención, no más. Es decir, una suerte de punto intermedio. Claramente no el punto intermedio actual (no sé si alguien pueda creer que vivimos, en la actualidad, en un sistema de capitalismo total)…es decir, un sistema con un poco más de intervención.  En este caso, varios problemas surgen: qué es lo que se debe regular. Pero, además, cómo hacerlo, quién hará el seguimiento, cómo se puede saber si las regulaciones se están cumpliendo y muchos otros. Para resolver estos asuntos, es evidente que una sola regulación no basta. Es necesario profundizar en otras regulaciones que, a la vez, generarán los mismos problemas que, de nuevo, tendrán que resolverse con más regulaciones. Friedrich Hayek reflexionó sobre esto en su libro Camino a la servidumbre (1944) y mostró cómo, por una regulación, se puede llegar al otro extremo. La pregunta sigue siendo, ¿se evitaron las crisis y el sufrimiento humano? ¿Se logró la deseada estabilidad?

El objetivo de hoy no es decir que no se puede hacer nada ante los fraudes cometidos. Por el contrario, mucho se puede hacer: ¿qué tal comenzar por permitir que los culpables se quiebren y no buscar excusas para rescatarlos como, en general, se hace? Pero ese sería solo el primer paso…mucho más se pueden dar. El objeto de hoy es, más bien, señalar que, si seguimos pensando que es el Estado el que puede darnos la estabilidad y mejorar nuestro bienestar material (que porque el capitalismo es malo, así como los empresarios, los financistas y todos los demás), no solucionamos nada y en cambio sí privaremos a la sociedad de los beneficios que este sistema ha generado, más que ningún otro en la historia de la humanidad.

UN COMENTARIO FINAL. Me había propuesto no hacer ninguna referencia en este espacio al actual gobierno de Bogotá porque mi intención es discutir ideas prevalecientes y que nadie discute…y pues, claramente, los hechos y la opinión han reconocido el error que se cometió al elegir a Gustavo Petro. Sin embargo, no resisto la tentación de mostrar la contradicción: mientras consideramos que el Estado debe intervenir en la economía, decidir si fumamos o no, o si consumimos drogas o no…es decir, debe hacerlo todo (por lo que está lleno de individuos superiores), ahora nos dicen que de lo que no se puede encargar es de la seguridad. Nos dicen que eso debe ser personal, individual. Así, gracias a uno de los acostumbrados errores de Petro, llegamos al absurdo: el Estado se encarga de todo menos de cumplir con una de las dos tareas para las que fue creado en primer lugar. Muchas gracias al alcalde Petro…y a todos los que lo eligieron.