POR QUÉ SOY UN LIBERAL CONVENCIDO…Y LO SEGUIRÉ SIENDO (II PARTE)

Otro hecho que me lleva a ver la necesidad de defender la posición liberal, así algunas veces resulte molesto para mis interlocutores, se refleja en lo que está sucediendo la Universidad Nacional. En esto no quiero ser malinterpretado: en la tradición liberal existe – casi – un consenso sobre la conveniencia de que a través del Estado se provean servicios educativos a las mayorías, para disminuir desigualdades estructurales. Los utilitaristas, como Jeremy Bentham, y liberales más recientes, como Milton Friedman, Friedrich Hayek, Johan Norberg y Carlos Alberto Montaner, todos han estado de acuerdo en este punto. Sin embargo,  existen diferentes aspectos que estos autores han sumado a la noción básica de “educación para todos”.

Primero, si se trata de buscar la igualdad en el acceso a la educación, se debe intentar que estos servicios lleguen realmente a las mayorías y no a unos pocos. Segundo, la educación es importante porque facilita la inserción de los individuos en la sociedad: es decir, la idea es proveer unos conocimientos dados que permitan que todos puedan competir en el mercado, ya sea el laboral o en otros ámbitos, como empresarios. Tercero, aunque el Estado sea el mejor instrumento para proveer este servicio a las mayorías, la educación no es un bien público. En su naturaleza, es un bien privado. Por esta razón, este servicio solo puede mejorar en calidad, no por decreto o por buenas intenciones, sino por efectos de la competencia. En este sentido, es necesario promover un máximo de libertad de elección (la famosa expresión de Milton y Rose Friedman) y no que exista un mercado cautivo que los funcionarios públicos deciden cómo y en dónde recibirán el servicio. Cuarto, si la educación tiene un objetivo dado, es esencial que exista diversidad en los conocimientos que se impartan, que cada cual elegirá a su conveniencia, y que no pueden – ni deben – estar controlados por el Estado porque o sino, se puede caer en una educación que actúa como propaganda política y que no cumple con su objetivo esencial.

No sé realmente cuáles sean las razones del paro de los funcionarios de la UNAL (aunque me imagino que es el recurrente tema de los bajos salarios), pero creo que éste es un ejemplo de los problemas asociados con una política de educación que, en casi nada, ha tenido en cuenta las prevenciones aportadas por los autores liberales. Para demostrar esta afirmación, quiero referirme a los siguientes aspectos.

En primer lugar, sobre el tema de la igualdad. Es falso que la inversión pública en educación superior sea generadora de igualdad. ¿Cuántos niños que inician estudios de pre-escolar llegan a la primaria? ¿Cuántos de estos llegan a la secundaria? ¿Cuántos de estos llegan a la universidad? Y fíjense, la solución no está en destinar más recursos. Por un lado, porque los recursos son escasos y existen muchos otros temas que el Estado debe (¿?) asumir. Por el otro, porque así las universidades públicas recibieran todos los recursos del presupuesto nacional, no se solucionaría el cuello de botella que existe en el número de niños y de jóvenes que siguen sin acceder a la educación anterior. Pero el tema no se queda solo allí: ¿cuántos de los estudiantes de las universidades públicas en la actualidad pueden considerarse como representantes de las clases más desfavorecidas?

Por lo anterior, al haberse perpetuado la idea que al financiar la universidad pública se alcanza la igualdad, se ha promovido la creación de grupos poderosos que, no solo hacen uso de su legítimo derecho a la protesta, sino que se han convertido en buscadores de renta (como cualquier gremio de la producción) y que pasan por encima de otros derechos, como el de la educación, en sus intenciones de mejorar su situación presente (que puede que sea muy mala. Eso no es lo que estoy discutiendo).

Otro tema es, precisamente, el de los recursos. Existen cálculos del déficit de la Universidad Nacional, así como de cuánto destina el Estado a la educación por cada estudiante y de costos adicionales que ha debido asumir la Universidad sin respaldo alguno. Sin embargo, no es claro cuál es el monto que consideran los funcionarios de la Universidad (o sus estudiantes, o los padres de familia…) será suficiente. Y esto si se tiene en cuenta que solo hablamos de la UNAL. ¿Cuánto necesitarán las demás universidades públicas? Si a esto le sumamos los recursos que, también, son necesarios para solucionar los problemas de los otros sectores (a los cuales me referí en el artículo de la semana pasada): ¿cuándo para? ¿Cuánto tendrá que asumir el Estado central? ¿No existe ninguna alternativa para solucionar estos problemas financieros?

Sobre este aspecto, algunos expertos consideran que el problema tiene dos fuentes. Primero, los bajos salarios que reciben los funcionarios. Segundo, la aprobación de nuevas leyes que tienen una carga económica que debe ser asumida por la Universidad. Frente a esto, el problema, entonces, se solucionaría con una visión liberal. Por un lado, los salarios deberían depender de la productividad del trabajo (para ser muy, muy sintéticos) y no de los decretos. Por el otro, el Estado no puede aprobar leyes sin tener en cuenta las consecuencias fiscales: ahí está el problema…y la solución. Ésta no está, por el contrario, en presionar más el presupuesto para resolver problemas puntuales.

Tercero, está el tema de la calidad. Éste tiene dos dimensiones. Primero, se afirma que la Universidad Nacional produce el 28% de la investigación en el país. Sin entrar a discutir sobre la vergüenza que esto representa para las demás universidades colombianas (porque entonces uno se pregunta, ¿qué es lo que están haciendo?), sí vale la pena discutir sobre lo que ha pasado con esa gran producción intelectual (de hecho, también se afirma que se publica un libro por día). Debo confesar que no he revisado en los últimos días el listado de publicaciones o de working papers, pero no se puede entender cómo una universidad que tiene tanta producción académica no cuenta con recursos adicionales a los que provee el Estado. Es decir, investigar por investigar no representa ninguna utilidad. La investigación de calidad, que avanza en el conocimiento tiene un valor…si en realidad es lo que se necesita en el mercado. Ejemplos de esto se encuentran en países como Israel.  

La segunda dimensión es sobre lo que se aprende. Como señaló, por casualidad (creo), Moisés Naím en su columna del domingo, el problema de las universidades en muchos casos es que lo que se enseña no es lo que sirve (recuérdese el objetivo de la educación) sino que se transmiten una serie de conocimientos basados en ideologías pasadas de moda o que, si no lo están, por lo menos han sido incapaces de resolver los problemas de generación de riqueza. ¿Será esto lo que sucede en este caso? Esta pregunta es válida en tanto Colombia no es el único país con problemas en sus universidades públicas, como lo mostró Andrés Oppenheimer en su libro no académico ¡Basta de historias!: La obsesión latinoamericana con el pasado y las doce claves del futuro (2010).

El anterior tema, como lo mencioné al principio, debe llevar a preguntarse por el tema de la competencia. ¿No será que la Universidad pública actúa de cierta manera como oligopolio en un sector que debería tender a la competencia perfecta? ¿Por qué, entonces, no explorar otros mecanismos de financiación de la educación pública en el país? Así nos ahorramos, además, la pérdida de días (semanas o meses) de clases y de horas laborales a los que ya nos tiene acostumbrados la UNAL (y otras universidades públicas) desde hace muchos años. 

Ante los anteriores aspectos, uno se pregunta si el paro lo deben hacer los funcionarios de la universidad o si lo deberíamos estar haciendo los demás colombianos (ojo, no estoy hablando de los estudiantes…no vaya y sea que me tomen la palabra y hagan lo que pareciera les gusta más hacer) que, también con nuestros recursos, financiamos, por ejemplo, la publicación de un libro al día que, no sé ustedes, pero yo no conozco ninguno.  En consecuencia, como liberal, estoy a favor de una educación gratuita (como para que suene bien porque, ya lo decía Milton Friedman, no exista tal cosa como un almuerzo gratis) y universal, pero ésta debe contribuir a la solución del – eterno – problema de creación de riqueza de la sociedad y no a la consolidación de unos grupos que actúan en favor de sus intereses y que dejan de lado su objetivo y la razón de ser de su existencia.

Mañana les traigo el último tema por el cual soy liberal.

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