ESAS PEQUEÑAS COSAS…

En una de sus principales obras  Ley, Legislación y Libertad (tres volúmenes, años 70), Friedrich Hayek abordó el tema de las leyes y de cómo éstas no pueden entenderse como cualquier decisión que tomen las corporaciones legislativas, sino que existen como una expresión verbalizada de prácticas sociales previas. Es decir, la ley no crea la realidad, sino que la reconoce a partir de unas pautas que facilitan la certidumbre en las interacciones entre individuos (de esto es de lo que habla otra premio nobel, Elinor Ostrom). Colombia pareciera ser la negación en la práctica de estos postulados.

Esta semana se publicó una noticia – solo un ejemplo – que así lo demuestra. En este momento, entre sus muchas otras labores, la Corte Constitucional está revisando una demanda de inconstitucionalidad contra un artículo del Código de Policía en el cual se le otorga a este cuerpo la función (entre las muchas otras que se le han otorgado en los últimos tiempos) de preservar el buen comportamiento de los espectadores en eventos públicos. La demandante aduce que esto llevaría a que la Policía se convirtiera en árbitro de la moral social. El concepto de la Procuraduría, como podría esperarse, es que el artículo es correcto en tanto el lenguaje que utilicen los individuos así como sus comportamientos afectan la convivencia y, por esa vía, el mandato constitucional del Estado de mantener la paz.

Solo este hecho demuestra qué tan lejos está el país de reconocer en realidad lo que son – y para lo que sirven – las leyes y, por lo tanto, qué tan lejos estamos de podernos considerar un país liberal (claro, muchos considerarán que eso sería terrible). Por un lado, está el hecho de la noticia misma. ¿Alguien sabía que ese artículo había sido aprobado? ¿Alguien ha leído el Código de Policía o los otros miles de miles de “leyes” que existen en el país? Confieso que mi respuesta para las dos preguntas es no. Estoy seguro que este será el caso de muchos otros colombianos (casi de todos). Una aproximación sería culpar a nuestra poca cultura política; a nuestro desinterés por lo público. Si bien esto puede ser cierto, ¿por qué deberíamos todos preocuparnos por lo público? ¿No debe, cada uno, preocuparse por sí mismo y con eso es suficiente?  Otra aproximación sería, en el mismo sentido, culpar a quienes nos representan. Sin embargo, esta tampoco debe ser la crítica: al fin y al cabo, como se ha dicho muchas veces en muchos escenarios, cada pueblo tiene los representantes que se merece.

El problema acá es, como lo he dicho en otros comentarios, la forma como hemos creado nuestro Estado. Nunca hemos debatido los límites que éste debe tener, ni las jurisdicciones en las que debe actuar, sino que hemos asumido, sin ningún debate, que el Estado es un ente superior a los individuos y que, por lo tanto, tiene la potestad de decidir todo por nosotros….y de imponer su visión (que es la de unos pocos) sobre cómo deben ser las cosas. Así es en el tema económico, pero también en el de la salud, en el de lo que debemos consumir o no…incluso, en qué debemos sentir (por ejemplo, desde hace alrededor de un año está prohibido que en Colombia se “discrimine”…por ley todos tenemos que amarnos).

Pero además de lo anterior, este tipo de noticias, por su ubicación en la página web en la que la encontré y por la limitada cobertura que, estoy seguro, ha tenido en Colombia (solo fue publicada en El Tiempo…imagino que en los noticieros no habrán dicho nada y que Julito tampoco habrá discutido el tema con la participación de expertos desde diferentes partes del mundo), muestra la poca relevancia que le damos a la defensa de la libertad. Son más importantes la elección del Papa (pero, claro, es que ahora sí América Latina va a solucionar sus problemas de pobreza y demás…) o el fallecimiento de Hugo Chávez (ejemplo de héroe revolucionario y generador de desarrollo en su país, como demuestran los hechos). Ningún activista de derechos humanos, que yo sepa, se ha unido a la demandante en su posición. Pero es que este tema no genera publicidad. Es, para decirlo brevemente, una pequeñez de nuestra democracia.

Sin embargo, por esas pequeñas cosas, por esas pequeñas decisiones es que se siguen amenazando las libertades en nuestro país. No solo en los temas grandes, en los que sí venden (como el del aborto o el tema LGBTI, del que hablé la vez pasada), sino en todos los demás. Por eso es que consideramos normal – lo anormal sería lo contrario – que el Estado intervenga en todos los sectores y satisfacer todos los intereses. Por la misma razón, es que celebramos que nuestros líderes, representantes de la inteligencia, de la sabiduría y del sacrificio por la comunidad, decidan sobre si fumamos o no, si consumimos licor, en dónde y hasta qué hora, si algunos pueden ver el sacrificio de toros o no, cómo formamos familias, qué tenemos que aprender, cuáles son los programas de televisión a los que podemos acceder, etc., etc. El Estado lo puede todo en Colombia…incluso crear realidad ante la ley.

Después, eso sí, estamos contratando comisiones (o creándolas entre los mismos que crearon las leyes) que investiguen por qué hay tanta informalidad o por qué existe una diferencia tan grande entre el país que creó la ley y el que tenemos en la realidad. Por eso, aunque esta sea una pequeñez, es tan representativa….y tan preocupante. Ahora, entonces, el Estado también debe obligarnos a usar buenas palabras y a no tratarnos mal entre individuos con la excusa de estar buscando la paz que, por cierto, está siendo discutida, como nos gusta, entre pequeños grupos que, a la postre, se convertirán en captadores de rentas, como los demás. Y, mientras tanto, nuestro Estado, con todas las funciones que le hemos otorgado y con la creencia de que es superior, seguirá generando frustraciones y obstáculos en los que queremos disfrutar de nuestra vida como pensamos que debemos hacerlo, sin necesidad que nos ilustren sobre cómo consideran algunos que deba ser el ideal.

COMENTARIO ADICIONAL. ¿Sí han visto? Ahora es Fecode, antes la UNAL….quién sabe quién será el próximo. Si seguimos así, cuando regrese a Colombia, tendré que inscribirme en alguno de los muchos grupos de protesta en el país para percibir algún tipo de ingreso. Una visión corporativista del Estado no solo es peligrosa sino injusta (eso sí es injusticia) para los que no creemos en ella.

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