Archivos Mensuales: abril 2013

NO SON ELLOS, SOMOS TODOS

Una semana de contrastes la que está próxima a terminar. Con un día de diferencia, en Colombia se hundió el proyecto de ley para reconocer el derecho a ciertos individuos de tomar su decisión de firmar un contrato en el que reconocen su compromiso con la persona que aman, mientras que en Francia fue aprobado de manera definitiva. Lo anterior, a pesar que, como lo dije la semana pasada, en ambos lugares ha existido una feroz oposición que, incluso, en el caso de Francia ha estado acompañada de ataques a representantes de esta comunidad en París, así como en otras ciudades. Si los dos casos se parecen tanto, ¿a qué se debe la diferencia en el resultado?

En un libro escrito por, entre otros, Douglass North (D. North, J. Wallis y B. Weingast, Violence and Social Orders. A Conceptual Framework for Interpreting Recorded Human History, 2009) se propone una caracterización de las sociedades de acuerdo con su estado de desarrollo y se muestran las posibilidades de cambio. Por un lado se encuentran las sociedades que ellos llaman de orden natural y, por el otro, las de orden de acceso abierto (las ya desarrolladas). Una de las principales características de las primeras es que los derechos, valores y recursos son asignados por una coalición de poder en beneficio de unos pocos; mientras que las segundas son sociedades de carácter impersonal.

El paso de una a otra (sin entrar en detalles) se da cuando existen los incentivos para volver impersonales los derechos que han sido otorgados, en principio, a unos pocos. Mientras esto sucede, el comportamiento de la coalición de poder es muy similar al de las facciones, descritas por Alexander Hamilton en The Federalist No. 9: cada grupo busca ganar beneficios a costa de los demás a través del uso de mecanismos institucionales, como el legislativo.

Si se fijan, además de lo útil de estos conceptos para entender por qué ha pasado lo que ha pasado en un lugar y en otro, lo anterior muestra que la libertad es una cuestión de evolución social. Es decir: en Colombia, a pesar del optimismo de algunos, seguimos siendo una sociedad de orden natural (hay diferentes etapas, pero esa no es la discusión). ¿Por qué no avanzamos a pesar del paso del tiempo?

Para responder esta pregunta puede servir otra de las características de las sociedades abiertas: la existencia de un consenso general, social, sobre valores puntuales y sobre la conveniencia de incluir a todos como receptores de derechos.

En Colombia, algo así como un consenso en ningún aspecto hemos alcanzado.  Esto no se debe a la polarización permanente; ésta es una de sus expresiones. Me parece que la inexistencia de consenso se debe, como ya lo he dicho en otros momentos, a que seguimos convencidos, incluso a partir de ideologías completamente diferentes, que es el Estado el que lo puede todo y el que nos dará todo, a pesar de que esto no sea cierto, menos en un país con la clase política como la de Colombia. Es decir, en lo único que parece existir consenso es que el Estado tiene que cumplir con nuestros intereses y deseos o los de nuestro grupo inmediato. El tema del matrimonio para parejas del mismo sexo (que es un contrato y, por lo tanto, no tendría que estar fuera de la ley si se hace entre individuos conscientes a partir de una decisión voluntaria) es solo uno de los temas en los que se manifiesta lo anterior, pero también se puede ver en muchas otras de las discusiones públicas.

Lo que se ve en Colombia es que cada grupo o facción sigue esperando su turno para disfrutar, aunque sea por un momento de los beneficios de vivir o de existir a costa de los demás. Es decir que, como sociedad no nos hemos dado cuenta (o no hemos querido darnos cuenta) de la importancia de la libertad y de la igualdad de todos ante la ley, que es la única igualdad posible.

En consecuencia, lo que sucedió en Colombia esta semana, aunque genere indignación, no debe sorprender en tanto es la decisión de unos supuestos representantes que han sido elegidos a partir de motivaciones como los odios, los intereses particulares o, lo que es peor, con la esperanza de que, a partir de milagros, cambien las cosas y mejoren nuestros destinos. Y es que así es como se elige en Colombia, como demuestran, con diferentes explicaciones, los casos de Bogotá, de Cartagena, de Pastrana o de Uribe: no elegimos representantes para todos, sino para que sean dioses y hagan milagros…o para que beneficien directamente nuestros intereses. Y esto, al parecer, seguirá siendo así. Al fin y al cabo, como muestra la evidencia, ésta parece ser la tan buscada diferencia Latinoamericana: estar siempre esperando que nuestros mandatarios hagan todo por nosotros y que decidan por nosotros (y si es por encima de los demás, mejor)…hemos sido muy pobres y somos muy poco capaces de hacerlo por nosotros mismos.

No discutimos ni llegamos a consensos sobre el tipo de sociedad que queremos. Por ejemplo, vi un extracto de un debate a propósito del hundimiento del proyecto de ley que pasaron en Caracol entre María Jimena Duzán (pero es que también a quién llaman: la columnista más superficial de Colombia) y un señor cristiano que dirige una institución para la libertad religiosa (¡qué contradicción!). En los cinco minutos que duró el intercambio, lo único de lo que se habló es de la Constitución del 91 que, como ya he dicho antes, deberíamos sentirnos avergonzados por tener un documento tan poco liberal en el que se incluya hasta la definición de lo que es un matrimonio…pero, ¿sí ven? No importa la libertad, sino un documento que lo único que hizo fue repartir unos beneficios para tener contentos a quienes la negociaron, es decir, a las facciones, sin tener en  cuenta que le estaba dando vida a un Estado corporativo y no para todos.

Es decir, la libertad no tiene dolientes. Y, en esto, debemos ser claros: el comportamiento de la izquierda en el caso del tema gay ha sido únicamente oportunista. Desde hace muy poco los partidos de izquierda en el mundo incluyeron, como táctica política, el trabajo por los derechos humanos (siendo que nunca denunciaron los atropellos de la URSS, China, Cuba, Vietnam o Camboya) o por la minorías (que han sido perseguidas y maltratadas, al mejor estilo de la derecha, en cualquiera de los regímenes de izquierda radical o que siguen siendo vistas como malas, como han demostrado las declaraciones de personas tan destacadas como Nicolás Maduro, Evo Morales o Rojas Birry). A lo sumo, la izquierda tiene una visión paternalista del tema gay, pero nunca desde la libertad: hablan de la comunidad LGBTI, como una sola, como integrada por seres iguales pero no reconocen a sus integrantes como lo que son: ciudadanos como cualquier otro. Por eso hablan de tolerancia, como si el tema fuera que quienes están bien (es decir, los heterosexuales) deben aceptar a los desviados (la famosa comunidad LGBTI). Como venía diciendo, en Colombia, la libertad no le importa a nadie.

Cada uno tira para su lado y el problema es que, hasta que no nos demos cuenta que el camino que hemos adoptado no es el correcto (muy difícil hacerlo, además, con los “pensadores” que tenemos y con el peso de la historia – por ejemplo, se sigue pensando que Gaitán era el líder que nos merecíamos), seguiremos siendo el país del casi, pero no fue: de las promesas incumplidas y del optimismo con frustración. Casi hay metro en Bogotá, pero hay que esperar nuevos estudios; casi hacemos la paz, pero es muy difícil; casi nos abrimos al mundo, pero nos da miedo no vender más; casi nos convertimos en una sociedad para todos, pero mejor seguir siendo una sociedad de representantes arrogantes y de una población que cree que desaparecer de manera institucional (o física, uno no sabe qué vendrá) a ciertos individuos por considerarlos inmorales, los hará entrar más fácilmente al cielo.

Este tema es uno de muchos que nos representa como nación (¿?): una suma de facciones que esperan su turno para vivir un momento de gloria o una democracia claramente no liberal en la que, como señaló uno de los padres de la patria, el 80% decide desconocer al resto porque sí.

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ALBOROTADOS

No encontré otra forma para describir el estado en el que se encuentran los representantes de la derecha en estos tiempos. El debate, durante esta semana, sobre el actual proceso de paz en Colombia es un ejemplo de ello. No me pienso extender en demostrar por qué es importante para el país intentar la posibilidad de terminar el conflicto que ya lleva décadas y que nadie ha podido detener de ninguna manera, ni Uribe con su énfasis en lo militar (mientras, en secreto, buscaba adelantar un proceso de paz). Y no lo hago porque, al fin y al cabo, aunque molestas, las declaraciones de Uribe y de sus aliados, además de vacías, son solo golpes mediáticos (cuento con que la gente no va a elegir a un Francisco Santos o a un Oscar Iván Zuluaga: tuve la misma confianza en el electorado cuando Lucho Garzón, Samuel Moreno y Gustavo Petro y me han decepcionado…pero, de pronto, donde no saben elegir es en Bogotá…esperemos a ver).

La que sí es preocupante es la actitud que han tenido los militares (yo sé que pueden ser algunos…solo algunos) frente al proceso, auspiciados por esos civiles de la derecha. Es preocupante porque, en Colombia, precisamente por la persistencia del conflicto, hemos olvidado lo que son las fuerzas militares: no son héroes ni seres superiores. Por el contrario, al permitirle a unos individuos detentar un monopolio (que no haya existido en Colombia eso es por la ineptitud de quienes han estado al frente del Estado) de la fuerza, deben estar limitados a estrictas regulaciones en su comportamiento y, además, deben mantenerse subordinados, siempre, al poder civil. La única razón por la que se les permite contar con este monopolio es para que nos protejan a los civiles en nuestros derechos y en nuestro territorio. No al revés: los civiles no estamos al servicio de los militares…

Pero en Colombia la relación sí se ha invertido. Y lo peor es que la excusa se basa en la existencia del conflicto. Es decir, en la inexistencia del monopolio de la fuerza. Para decirlo de manera diferente: las FFMM se han convertido en héroes a los que les tenemos que sentir no solo agradecimiento sino admiración y, si es posible, debemos ser sumisos ante sus designios (como la locura de mostrarles “nuestros papeles” cada vez que ellos así lo desean), ignorar las atrocidades que cometen (como las violaciones, asesinatos o desapariciones) y, como si fuera poco, no castigarlos (cada vez que sale una sentencia hay gritos de dolor por el maltrato, la supuesta injusticia y la baja en la moral sin tener en cuenta que las sentencias se convierten en vacaciones permanentes a costa de los que sí pagamos impuestos). Todo lo anterior porque esos mismos militares, sus comandantes (presidentes incluidos) y sus “estrategas” no han sido capaces de hacer bien su trabajo. Sé que no todos los militares caen en los problemas mencionados pero no podemos seguir ocultando esta realidad, así sea, como siempre nos dicen, un tema de unas pocas manzanas podridas. Pues bien, la percepción es que las manzanas han podrido una gran parte…

Así que, para el tema del proceso de paz, no tendríamos que contar con los temores, preocupaciones, críticas o visiones de los militares….pero, claro, como la cosa no es así en Colombia, los tenemos incluso en la mesa de negociación y, fuera de todo, los entrevistamos y volvemos a considerar un maltrato, una injusticia o un problema de baja de moral porque vamos a construir un país sin guerrilla (porque, y esa es otra discusión, no será un país en paz o sin violencia o un paraíso terrenal). En otras palabras: tenemos que mantener el conflicto armado por siempre para que algunos no pierdan su trabajo o para que los demás no se sientan ofendidos y maltratados. Eso sí, mantener un conflicto que le interese mucho a países como Estados Unidos para que nos sigan regalando recursos líquidos para esos mismos que hoy se sienten maltratados.

Y, a pesar de esto, algunos que se llaman a sí mismos liberales, como Plinio Apuleyo Mendoza y los demás uribistas (que no se autodeclaran liberales, menos mal) siguen empeñados en no ver esta realidad y en construir una sociedad que esté bajo las FFMM, algo que ninguna sociedad liberal puede hacer. Ante la actitud de estos liberales de mentiras (intelectuales, al fin y al cabo) me vienen a la cabeza las palabras de Friedrich A. Hayek en uno de sus libros sobre por qué un verdadero liberal (como él) nunca podría ser conservador (The Constitution of Liberty, 1960): un verdadero liberal nunca, nunca sacrifica la defensa de la libertad ante otros valores u objetivos ni en lo económico, ni en lo social. Pero, claro, esto es difícil para comunistas convertidos como Apuleyo Mendoza…

Como también lo es para la derecha, no solo en Colombia, sino en el resto del mundo, aceptar la existencia de otras formas de vida. Los debates sobre matrimonios entre parejas del mismo sexo no solo han generado respuestas exageradas de oposición en Colombia: también se han incrementado los ataques a homosexuales e, incluso, a bares donde se reúnen estas personas en Francia. Y es que Europa, como nos lo ha mostrado la historia, ha sido un escenario perfecto para la extrema derecha: hoy se está fortaleciendo (con su violencia y su odio) no solo en Francia, sino también en Grecia y en otros países del continente.  

Seguramente muchos me dirán que, al ser liberal, tengo que aceptar la existencia de las posiciones radicales, sean éstas de derecha o de izquierda. Si bien esto es cierto en principio, ese tipo de posiciones, desde un punto de vista liberal, se aceptan cuando existe posibilidad de debate y de intercambio de ideas…de lo contrario, cuando estas posiciones tienen como única arma argumentativa el uso de la violencia, es cuando el Estado liberal, a través de sus fuerza militares y policiales debe entrar a castigar la adopción de tales estrategias. Pero, mientras existan países como Colombia con unas fuerzas militares en depresión constante porque se intentan estrategias diferentes a las de matar gente pobre para inflar las cifras de guerrilleros dados de baja, los ciudadanos que no queremos utilizar la violencia estamos desprotegidos…en Colombia, en Francia o en cualquier parte del mundo.

EDUCACIÓN Y DEBATE A PROPÓSITO DE UNA COLUMNA

En alguno de los comentarios que he escrito, hice referencia al tema de la educación y la importancia de hablar sobre su calidad. Esta semana me encontré con una columna de opinión que me llevó a la necesidad de retomar ese tema. Como mi intención no es criticar a nadie en particular, sino debatir las ideas, hoy omito el nombre de la columna y el de su autor. Sin embargo, me parece importante discutir las ideas allí consignadas, primero, porque son reflejo de los conocimientos que están llegando a los estudiantes en nuestro país. Además, porque estas ideas reflejan, en el fondo, el nivel de la discusión sobre las estrategias de desarrollo (por nivel quiero decir, por un lado, lo que estamos discutiendo y, por el otro, cómo lo estamos discutiendo). Tercero, porque esta es una demostración de que la calidad educativa no se mejora con incrementos en inversión, sino que también depende de los conocimientos que les estamos aportando a los estudiantes.

Por lo anterior, he decidido resumirles, párrafo por párrafo, línea por línea, las ideas planteadas en el escrito mencionado con el fin de mostrar sus deficiencias. Porque no se trata de evidenciar los sesgos: todos los tenemos. De lo que se trata es de discutir las ideas y de mostrar que muchas de ellas son contrarias, incluso, a la lógica básica, sin mencionar, los conocimientos que hemos alcanzado en las ciencias sociales.

La columna comienza haciendo alusión al manifiesto comunista de Marx y Engels, lo cual le permite al lector saber que lo que se va a decir no se caracterizará, propiamente, por su actualidad ni, mucho menos, por el reconocimiento de lo que, en por lo menos los últimos 150 años de acontecimientos, se ha evolucionado en el mundo. Sin embargo, esto no es lo peor. Lo peor está en los párrafos siguientes.

En el primer párrafo se utiliza el fallecimiento de Margaret Thatcher para plantear el objetivo del escrito: el mundo actual es neoliberal. Lo que no se explica es por qué se menciona lo primero para concluir lo segundo. ¿Por el hecho de que los medios publicaron este suceso? ¿No será que Thatcher fue un personaje importante durante el siglo XX, como lo fueron otros? Es decir, mayor conmoción causó la muerte de Lady Di en su momento y no por ello se planteó que el mundo era…bueno, superficial. Además, concluir lo segundo según lo primero es desconocer que, así como ha habido muestras de dolor y homenajes a lo que esta líder representó, también ha habido muchas manifestaciones en contra.  Pero, tal vez esto tampoco es lo importante.

A partir de lo anterior, la columna se dedica a hablar del odiado neoliberalismo. Afirma que esta ideología ha sido absorbida en cada faceta de la vida humana y que esto se refleja en que todo el mundo, defensores y críticos, la ven como inevitable. En lo que no profundiza es en explicar lo que se entiende por absorción ni por qué hace referencia a las facetas (¿cuáles son?) y, por supuesto, nunca explica lo que es el neoliberalismo. No obstante, al hablar de “facetas” que se podrían entender como las dimensiones de la vida en sociedad (económica, política, cultural), lo que puede pensarse es que no se está aludiendo al neoliberalismo del Consenso de Washington (también muy odiado) porque si este fuera el caso solo se podría hablar de las esferas económica y, a lo sumo, política, si se es riguroso con los planteamientos compilados por John Williamson.

En realidad, acá se está hablando del pensamiento liberal en su conjunto que es el que tiene implicaciones en todas las facetas de la humanidad (incluso, la moral). En este sentido, no se considera inevitable, sino que lo es: la evolución en el pensamiento, la ciencia, la eliminación de la persecución por cuestiones religiosas o de otro tipo requieren de la libertad. No obstante, en la columna, al concentrarse en el ideal del manifiesto comunista, se ignora que gran parte de las sociedades del mundo se han construido como negación, precisamente, del pensamiento liberal.

Pero bueno. Ese párrafo termina diciendo que tanto Thatcher como Reagan tuvieron que hacer un gran esfuerzo político por implementar sus políticas (diabólicas, se podría añadir).

El segundo párrafo inicia, entonces, afirmando que antes de la implementación de esas políticas (sí, las diabólicas), era inconcebible (esto es, absurdo, descabellado o inadmisible) proponer que el Estado garantizara que el mercado y la propiedad privada funcionaran sin obstáculos. Frente a esta afirmación, solo puede reconocerse su falsedad: afirmar esto es desconocer que, como lo han demostrado los institucionalistas desde más o menos los años 40 del siglo XX, la clave del desarrollo de Estados Unidos y de Europa occidental se puede explicar como resultado de la garantía que sus estados dieron a la propiedad privada y a la iniciativa individual. Pero, además, afirmar esto es pisotear la teoría contractualista del origen del Estado (claro, de pronto la única teoría que se acepta como válida es la marxista: la de la luchas de clases). A pesar de las profundas diferencias entre Hobbes, Locke, Rousseau, Montesquieu y otros, todos reconocen que el Estado, como funciones  básicas, tiene las de proveer justicia y seguridad. En la visión de Locke, además, estas funciones son específicamente para garantizar los derechos, como el de propiedad. Así que en esta columna se plantea como descabellado, como absurda una justificación del Estado que permitió su consolidación desde el siglo XVIII.

A continuación, junto a la idea anterior, se afirma, también como absurdo, como inaudito, que los temas sociales, educación y salud, se subordinen al mercado. Frente a esto, la columna también está fuera de contexto: en una gran parte del mundo desarrollado (y en algunos países del mundo no desarrollado), desde hace muchos años, la educación y la salud son servicios considerados como públicos y, por lo tanto, su provisión la hace el Estado. Eso no cambió desde los años 80. Se podrían discutir los efectos (positivos o negativos, ahí están los sesgos) de esa provisión. Pero no se puede desconocer. Ahora bien, en el pensamiento liberal, ni siquiera Friedrich A. Hayek o Milton Friedman (encarnaciones del mal, se podría añadir), han desconocido la importancia de la salud o de la educación. Lo que han reconocido es que, al ser tan importantes, estos servicios deben proveerse no solo en cantidad, sino con calidad. Y la calidad, infortunadamente para muchos, requiere de algún grado de competencia. Pero esto último no implica la conversión de estos sectores en (malvados, se podría añadir) negocios: por ello, Friedman propuso el sistema de vouchers (el Estado provee el servicio pero los individuos deciden en dónde quieren estudiar).

A continuación, en el escrito se afirma que también, antes de la llegada de Thatcher y de Reagan al poder, era absurdo que las empresas pudieran acumular ganancias. ¿Esto es cierto? ¿Durante el siglo XIX, por ejemplo, las empresas no acumulaban ganancias? ¿No lo hizo, por ejemplo, la famosa (y también odiada, habría que añadir) Standard Oil Company? Ahora bien, entonces cuál es la idea detrás de esta denuncia falsa: ¿Se propone que las empresas de hoy no tengan ganancias? ¿Que éstas sean repartidas entre todos? ¿No es esta idea, ahí sí, inconcebible?

A continuación, dentro de los hechos absurdos que se encuentran en esta columna, está el hecho que los más desfavorecidos reciban menos protección social. Acá también se demuestra un desconocimiento de la tradición liberal: todos, incluso los liberales más radicales, reconocen la necesidad de apoyar a aquellos que no pueden competir en el mercado; que no pueden insertarse en él. La discusión podría ser cómo se protegen. Además, tampoco es cierto que, desde los años 80, este tipo de protecciones hayan desaparecido. No existen donde antes no existían (como en Colombia), pero se han mantenido en, por ejemplo, los países desarrollados. Es posible que de lo que se hable acá sea de la situación de crisis en Europa y de las presiones por mayor austeridad pero, incluso, si se revisan los acuerdos, no se encuentra que se dejen de lado a los más débiles.

Posteriormente, para subirle el nivel a la columna (para que sea más intelectual, podría añadirse), se hace referencia a un autor (puede que muy conocido) quien consideró que la llegada del neoliberalismo se debió a la acumulación de capital desde los años 70. Esta acumulación, explica el famoso autor, se debe al modelo (que él denomina) fordista-keynesiano. ¡Qué nombre¡ ¡Qué conocimiento! Sin embargo, no se preguntan en la columna por qué esa acumulación se dio en los años 70, y no antes, cuando los modelos fueron implementados ni qué tan grandes fueron para haberse estimulado en los años, precisamente, de estanflación del mundo desarrollado (años 70). Pero, igual, como la idea es descrestar al lector con un concepto que suena super intelectual, ni siquiera se pensó que algo así como un modelo fordista-keynesiano no pudo haber existido en la práctica (en la mente de algunos todo es posible) porque, con conocimientos mínimos de lo que significa una y otra palabra, solo se puede concluir que son prácticamente contrarias.

En el mismo párrafo (¡!), se afirma que la base del neoliberalismo fue la lucha contra los sindicatos y contra los programas sociales del Estado. Se menciona, además, a Pinochet. Esto pudo haber sido cierto en la práctica: se cometieron abusos en el Reino Unido, en Estados Unidos y en Chile. Claro está, esos mismos abusos nunca, nunca se cometieron (contra los sindicatos) en la Unión Soviética o en Camboya o en Vietnam. Además, no se aclara que esas políticas se le deben criticar a los mandatarios, pero no existe ninguna propuesta de ningún liberal (ni del demonio en persona, Milton Friedman) en la que se haya recomendado la persecución de sindicalistas. La discusión es, más bien, los efectos que los sindicatos OBLIGATORIOS y generales tienen para el desempeño económico (pero claro, si no es el manifiesta comunista, muestra de ciencia y de progresismo, no vale la pena leer nada más). Pero, además, ¿en realidad hoy los sindicatos no tienen ningún poder en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania o Chile?

En la misma oración (tranquilos: ya casi acabamos el segundo párrafo), se pasa a decir que el “neoliberalismo” utilizó estrategias para dividir a la clase media y a los trabajadores con el fin (es obvio, podría añadirse) de transferir su riqueza a las clases altas. ¡Claro!  No se puede olvidar que, en este tipo de visiones, siempre existe una idea conspirativa subyacente, pero: ¿quién utilizó esa estrategia? Los neoliberales sí que debieron haber sido muy inteligentes y muy capaces para crear e implementar semejante tarea. Pero, además, lo que se denomina clase media o clase trabajadora, ¿todos sus miembros tienen los mismos intereses, los mismos sueños, las mismas expectativas o ese es el ideal marxista? El problema es que, como casi todo en el credo marxista (sí, porque es casi una religión), al no basarse en la realidad, tiene que ser de cumplimiento obligatorio, a través de medios coercitivos. Si estos fallan, no cabe duda, es culpa de los conspiradores.

En el siguiente párrafo, se dice que se cambiaron los beneficios del estado de bienestar por las ficciones de libertad, ganancia y consumo pero que, menos mal, la crisis financiera actual se encargó de evidenciar lo vacías que fueron éstas. Comienzo por lo último: ¿vacías? ¿Es la libertad una idea vacía? ¿Lo son las ganancias y el consumo para satisfacer necesidades individuales? Pero, además, sin demostrar ningún conocimiento sobre la crisis de 2008, la columna olvida que, en la actualidad, la crisis se encuentra en Europa y que sus orígenes no necesariamente son por la falta de Estado de bienestar. Pero eso no es problema: el causante de todo es el “neoliberalismo” y de sus lacayos (para usar términos más de acuerdo con la columna) Thatcher y Reagan que, incluso después de muertos, siguen liderando la conspiración mundial.

Ya casi finalizando, se dice que se hará una descripción del panorama del mundo dejado por Thatcher y se asemeja éste a un monstruo semejante a los que aparecen en la serie The Walking Dead. El balance del mundo, como se lo ve en la columna , es: desigual, hambriento, frustrado, depredador del medio ambiente, violento e indiferente….Asustador, ¿no? Como la serie. Sin embargo, después de la angustia que se siente, no queda sino preguntarse: ¿Más desigual? Seguramente los ejemplos de las sociedades igualitarias por excelencia (en donde nunca se alcanzó la igualdad) como la URSS, la China de la Revolución Cultural, la Cuba actual o el amigable país de Corea del Norte son contundentes en la demostración de cómo el neoliberalismo ha incidido en este aspecto. ¿Más hambriento? ¿Acaso no se han visto los resultados de los ODM? ¿Frustrado? Si se afirma esto por los movimientos sociales en Estados Unidos, Europa y América Latina, tendría que demostrarse que nunca antes del neoliberalismo se presentaron movimientos de este tipo: ni en los años 60, ni a mediados del siglo XIX (¡cuando se publicó el Manifiesto!). ¿Depredador del medio ambiente? ¿En realidad es en la actualidad cuando más se ha depredado? ¿Los regímenes comunistas son ejemplos de protección medioambiental? ¿No existe mayor conciencia ambiental hoy que nunca antes en la historia?

¿Más violento? Esto solo demuestra que la columna se quedó en 1848, cuando el Manifiesto, porque no se puede ignorar que en la actualidad es cuando menos enfrentamientos armados entre países existen. Además, muchos de los conflictos al interior de los estados, reconocidos durante los años 90, han cesado. Es más: el país donde es publicada la columna está, precisamente en este momento, adelantando un proceso de paz. Si se considera más violento por las armas nucleares…pues bien, no son precisamente los más neoliberales los que presentan las amenazas. Si es más violento por temas de seguridad urbana, habría que mirar un poco los datos de cuáles son las ciudades más peligrosas del mundo: de pronto no son las más neoliberales.

¿Incierto? Incierto es el adjetivo del nombre incertidumbre. Entonces, habría que preguntarse si la incertidumbre mundial surgió con el neoliberalismo o la crearon sus lacayos. ¿Indiferente? No sé si un mundo con los movimientos sociales como los actuales, con las preocupaciones por los derechos humanos y el medio ambiente, con la cantidad de ONG sobre diversos temas existentes pueda considerarse un mundo indiferente.

Sobre este punto, una última apreciación: hay que ver la serie. ¡Es muy buena!

Ya en el último párrafo, se afirma que el neoliberalismo es un monstruo porque está en contra de los objetivos de la sociedad como la solidaridad o la empatía. De nuevo, esto es falso. En el liberalismo nunca se ha negado la necesidad de la sociedad para el individuo. Es más, han sido los modelos no liberales, escojan cualquiera y lo verán, que han eliminado la cooperación, el sentimiento de comunidad y la empatía: ¿O qué fueron las purgas? ¿Las deportaciones masivas? ¿La eliminación de los considerados contrarrevolucionarios?

Afirma, también, que el neoliberalismo se basa en el individualismo y se nutre del sufrimiento de los desfavorecidos. Sobre lo primero, el liberalismo, en general, parte del reconocimiento del individualismo como algo natural del ser humano. ¿Eso es malo? ¿Alguien ha podido nacer, sentir o vivir por otro? Por su parte, ¿quién se nutre del sufrimiento de los desfavorecidos? Ni la tradición liberal, ni en el malvado Consenso de Washington (hay que leer los puntos detenidamente, los originales), han dejado de lado la política social. Pero como solo se debe leer el Manifiesto, fuente de conocimiento y sabiduría…

Además la afirmación señalada asume que el “neoliberalismo” es un actor más como si no fuera un modelo en el cual actúan los individuos. Cuando esto se reconoce, que se hace referencia es a los individuos, tendría que volverse a hacer la pregunta: ¿Quién se nutre del sufrimiento de los desfavorecidos? ¿Los ricos? ¿Su único interés es que los pobres mueran de hambre? ¿Ese es el afán de, por ejemplo, Sarmiento (ejemplo palpable del mal, podría añadirse)? Definitivamente, al recitar los conceptos marxistas, sin reflexión, no se contribuye al debate.

A continuación se afirma que existe una lógica del neoliberalismo: el todo vale; y dos lemas: “comer o ser comido” y “matar o morir”. Estos son planteamientos de la columna; ya no estamos hablando de películas. Sobre la lógica, habría que recordarle a los lectores que éste es, más o menos, el planteamiento más recordado de Maquiavelo. Sin embargo, este autor no fue representante del liberalismo, sino de una de las formas más inmorales (sí, inmorales) de estatismo. Además, sería interesante que nos contaran en dónde han escuchado estos lemas tan impactantes porque yo no recuerdo ningún gobierno neoliberal (ni el de Uribe ni el de Fujimori que son considerados de este corte) que los haya utilizado. Pero sí he escuchado otros: “socialismo, patria o muerte”, “patria o muerte” o “!proletarios del mundo, uníos!”…

Antes de finalizar, se afirma que el neoliberalismo come seres humanos (bueno, esto debe ser pura estrategia para escribir…¿bien?) y que ha dejado al mundo en un limbo social, político y económico por el estado de descomposición en el que éste se encuentra en esos ámbitos. Ahora sí que, con esto, uno no sabe cuál es el sesgo de esta columna: ¿no era marxista? ¿revolucionaria? Como les gusta llamarse, ¿progresista? Pero este planteamiento sí es completamente conservador: ¿No son los conservadores más radicales lo que hablan de la descomposición social, económica y política por el avance de temas tan inconcebibles (para mantener el acento de la columna) como el matrimonio entre parejas del mismo sexo o el aborto?

Por último, se dice que, como es un monstruo, el neoliberalismo no puede humanizarse (es decir, no puede volverse humano) y que, en consecuencia, debe ser eliminado pero para que nunca vuelva a resucitar. ¡¿Ahhh?! Para mí, esto sí que es inconcebible: ¿una incitación a la violencia en una columna de circulación nacional? Porque debe recordarse que no se puede matar algo como el neoliberalismo, sino a quienes creen en él, a los que lo defienden. ¿Este tipo de propuestas no han sido aplicadas ya en otros contextos? Como he señalado en otras oportunidades, prefiero vivir en una sociedad imperfecta, con muchos problemas, como la actual, pero en la que se reconoce, al menos en lo mínimo, la importancia de tener algún grado de libertad. Como demuestra esta columna, si estuviéramos en una sociedad como la soñada en este escrito, muchos seríamos los que tendríamos que desaparecer. Afortunadamente, ellos sí pueden expresar sus ideas, así estén cargadas de odios y de desconocimiento.

Pero, además, después de leer textos como este, ratifico que no es raro por qué no avanzamos más rápidamente hacia la generación de desarrollo. ¿En realidad el capitalismo y la iniciativa privada no son una forma de crear riqueza? ¿Solo tienen efectos negativos? ¿Lo mejor sería implantar un modelo como el predicho por Marx? Estas no son preguntas que se deberían estar haciendo en el país, sino, ¿cómo podemos mejorar? Si hay perdedores, ¿qué mecanismos pueden existir para facilitar su transición? Pero nos quedamos, como señaló alguna vez Jean François Revel, con el conocimiento inútil…se habla mucho, se llena de datos y de palabras que suenan muy lógicas e inteligentes pero que, en realidad, ahí sí como se señalaba en la columna, son huecas, sin contenido real pero muy efectivas en alejarnos de lo que deberíamos estar discutiendo. Lo lamento por la educación del país…

TRATADOMANÍA

Si fuera por algunas de las noticias de las últimas semanas, tendríamos que se optimistas porque estamos a punto de lograr casi un mundo perfecto: al fin (señalan algunos) se firmó en la Organización de Naciones Unidas  (ONU) un tratado global contra el tráfico ilícito de armas; el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, propuso erradicar la pobreza extrema para el año 2030; hace algunos días terminó con éxito (dicen algunos) una nueva reunión para la protección de especies en vía de extinción (CITES); y, como si fuera poco, en la agenda que profundizará los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) se planteó que, las nuevas metas, incluirán los deseos de los más necesitados (les están haciendo entrevistas y todo).

Con estos ejemplos, se podría concluir que, ahora sí, el mundo va en la dirección correcta. En general, esta visión tan optimista es propia de los directos involucrados: los estados porque ahora tendrán más ámbitos de regulación; los burócratas internacionales porque mantienen su razón de ser; los diplomáticos porque así demuestran que su función no es solo decorativa; e, incluso, los estudiosos del tema internacional porque resulta apasionante ver cómo la cooperación internacional (es decir, las reuniones internacionales) sí funciona.

Sin embargo, más allá de las buenas noticias, ¿en realidad qué hemos logrado en el mundo con estos eventos? Primero, claro está, tenemos muchos más acuerdos, tratados y reuniones internacionales. Además, volvemos a reiterar que pueden existir metas comunes. Por último, podemos corroborar que lo que sucede en el ámbito internacional seguirá teniendo una gran relevancia para los ámbitos domésticos (sobre todo en materia política). Pero: ¿con esto se solucionarán los problemas?

Es decir, a través del nuevo tratado que prohíbe el tráfico ilícito de armas, ¿se eliminará éste? ¿Se acabarán los conflictos internos porque, ahora los contrabandistas le temen a la existencia de…un tratado internacional? Es más, ¿se acabará el tráfico, de cualquier tipo, de armas en el mundo? ¿Ya logramos un mundo pacífico? Ahora bien, debido a que así lo desea el presidente del Banco Mundial, ¿se acabará la pobreza extrema en el mundo? ¿Ahora sí, como desean muchos, se repartirán de manera más igualitaria los ingresos? ¿Desde 2030 solo tendremos que preocuparnos por mejorar la calidad de vida sin pobres en el mundo? De igual forma, ¿con las nuevas especies incluidas en CITES, de las cuales Colombia tuvo el gran logro de incluir unas cuantas, ya se acabará la depredación ambiental y el tráfico de animales en vía de extinción? Por último, como no se cumplieron a cabalidad (algunos, sobre todo en la ONU, afirman que debemos ser optimistas mientras que otros lo son menos) los ODM, ¿si se entrevistan a los más pobres del mundo, ahí sí se van a cumplir? ¿Si ahora se prioriza la sostenibilidad ambiental o la lucha contra la corrupción, ahora sí vamos a tener un mundo de países desarrollados?

Es claro que la respuesta a todas las preguntas anteriores es un rotundo NO. Entonces, ¿por qué el optimismo? Creo que existen varios factores. Por un lado, está la visión, de la que ya he hablado, en la que se considera que es algún aparato burocrático el que puede solucionar todos los problemas que existentes. Si éste resulta de la unión entre la demostrada (¿?) efectividad de las burocracias domésticas y la admirada (¿?) funcionalidad de las internacionales, seguramente la cosa es mejor. Por el otro, el optimismo resulta de la ingenuidad que muchos manifiestan sobre lo que en realidad son los resultados de la diplomacia mundial: los tratados no necesariamente incluyen las herramientas que se deben utilizar, sino las políticamente viables. Además, no hay que olvidar esto, en la mayoría de casos las personas que asisten a estas reuniones no son ni las más capaces, ni las que mejor conocen los temas (en el caso colombiano no lo dudamos, pero tampoco deberíamos hacerlo para los de los demás países).

Pero además de los factores anteriores, parece ser que, en el ámbito internacional, el fenómeno de la dependencia del sendero (path dependence), que tanto se ha estudiado en la nueva economía institucional, no solo es más fuerte, sino que genera más daño: pareciera existir un acuerdo tácito entre burocracias internacionales, estados, organizaciones de la sociedad civil e, incluso, individuos (la ficticia opinión pública) para ignorar los fracasos reiterados de los instrumentos que se han adoptado para tratar los temas mencionados y muchos otros. El optimismo no es para resaltar el logro de objetivos tangibles, sino porque nos sentimos que trabajamos por los mismos objetivos (sin en realidad hacerlo) o que contamos con más miles de hojas que nos dirán cómo cumplirlos (sin que en realidad esas propuestas sirvan de algo).

Las especies en vía de extinción no se protegen porque más y más nombres se inscriban en CITES…es más, el medio ambiente no se “recatará” entre más tratados entren en vigor. Los temas de guerra y paz no dependen de que muchos individuos, por más  bienintencionados que sean (esto no se pone en duda…), hayan decidido que es malo traficar con armas (ni siquiera es seguro que el tráfico mismo vaya a terminar o a disminuir). La pobreza no se acaba porque así lo proponga con optimismo (como si fuera una cuestión de superación personal) el presidente del Banco Mundial o cualquier otro presidente de cualquier otra cosa. El desarrollo no se logra porque se entrevisten más personas o porque se establezcan nuevas metas.

Para alcanzar esos y otros objetivos deseables es necesario dejar de probar las mismas recetas fallidas del pasado y darle lugar a un mayor debate de ideas (del que falta mucho en el ámbito internacional), pero sobre todo trabajar en ámbitos más cercanos a los individuos…al fin y al cabo es en este plano donde comienzan las soluciones (ahí sí que soné como haciendo una charla de superación personal). Mientras tanto, sigamos soñando con que, entre más tratados, tendremos el mundo perfecto (imposible pero deseado) que tanto buscan algunos. Excesiva confianza, optimismo irracional, exaltación, excitación, todos síntomas de un episodio maníaco. Podríamos comenzar por reconocerlo y, eso sí, buscarle solución.