TRATADOMANÍA

Si fuera por algunas de las noticias de las últimas semanas, tendríamos que se optimistas porque estamos a punto de lograr casi un mundo perfecto: al fin (señalan algunos) se firmó en la Organización de Naciones Unidas  (ONU) un tratado global contra el tráfico ilícito de armas; el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, propuso erradicar la pobreza extrema para el año 2030; hace algunos días terminó con éxito (dicen algunos) una nueva reunión para la protección de especies en vía de extinción (CITES); y, como si fuera poco, en la agenda que profundizará los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) se planteó que, las nuevas metas, incluirán los deseos de los más necesitados (les están haciendo entrevistas y todo).

Con estos ejemplos, se podría concluir que, ahora sí, el mundo va en la dirección correcta. En general, esta visión tan optimista es propia de los directos involucrados: los estados porque ahora tendrán más ámbitos de regulación; los burócratas internacionales porque mantienen su razón de ser; los diplomáticos porque así demuestran que su función no es solo decorativa; e, incluso, los estudiosos del tema internacional porque resulta apasionante ver cómo la cooperación internacional (es decir, las reuniones internacionales) sí funciona.

Sin embargo, más allá de las buenas noticias, ¿en realidad qué hemos logrado en el mundo con estos eventos? Primero, claro está, tenemos muchos más acuerdos, tratados y reuniones internacionales. Además, volvemos a reiterar que pueden existir metas comunes. Por último, podemos corroborar que lo que sucede en el ámbito internacional seguirá teniendo una gran relevancia para los ámbitos domésticos (sobre todo en materia política). Pero: ¿con esto se solucionarán los problemas?

Es decir, a través del nuevo tratado que prohíbe el tráfico ilícito de armas, ¿se eliminará éste? ¿Se acabarán los conflictos internos porque, ahora los contrabandistas le temen a la existencia de…un tratado internacional? Es más, ¿se acabará el tráfico, de cualquier tipo, de armas en el mundo? ¿Ya logramos un mundo pacífico? Ahora bien, debido a que así lo desea el presidente del Banco Mundial, ¿se acabará la pobreza extrema en el mundo? ¿Ahora sí, como desean muchos, se repartirán de manera más igualitaria los ingresos? ¿Desde 2030 solo tendremos que preocuparnos por mejorar la calidad de vida sin pobres en el mundo? De igual forma, ¿con las nuevas especies incluidas en CITES, de las cuales Colombia tuvo el gran logro de incluir unas cuantas, ya se acabará la depredación ambiental y el tráfico de animales en vía de extinción? Por último, como no se cumplieron a cabalidad (algunos, sobre todo en la ONU, afirman que debemos ser optimistas mientras que otros lo son menos) los ODM, ¿si se entrevistan a los más pobres del mundo, ahí sí se van a cumplir? ¿Si ahora se prioriza la sostenibilidad ambiental o la lucha contra la corrupción, ahora sí vamos a tener un mundo de países desarrollados?

Es claro que la respuesta a todas las preguntas anteriores es un rotundo NO. Entonces, ¿por qué el optimismo? Creo que existen varios factores. Por un lado, está la visión, de la que ya he hablado, en la que se considera que es algún aparato burocrático el que puede solucionar todos los problemas que existentes. Si éste resulta de la unión entre la demostrada (¿?) efectividad de las burocracias domésticas y la admirada (¿?) funcionalidad de las internacionales, seguramente la cosa es mejor. Por el otro, el optimismo resulta de la ingenuidad que muchos manifiestan sobre lo que en realidad son los resultados de la diplomacia mundial: los tratados no necesariamente incluyen las herramientas que se deben utilizar, sino las políticamente viables. Además, no hay que olvidar esto, en la mayoría de casos las personas que asisten a estas reuniones no son ni las más capaces, ni las que mejor conocen los temas (en el caso colombiano no lo dudamos, pero tampoco deberíamos hacerlo para los de los demás países).

Pero además de los factores anteriores, parece ser que, en el ámbito internacional, el fenómeno de la dependencia del sendero (path dependence), que tanto se ha estudiado en la nueva economía institucional, no solo es más fuerte, sino que genera más daño: pareciera existir un acuerdo tácito entre burocracias internacionales, estados, organizaciones de la sociedad civil e, incluso, individuos (la ficticia opinión pública) para ignorar los fracasos reiterados de los instrumentos que se han adoptado para tratar los temas mencionados y muchos otros. El optimismo no es para resaltar el logro de objetivos tangibles, sino porque nos sentimos que trabajamos por los mismos objetivos (sin en realidad hacerlo) o que contamos con más miles de hojas que nos dirán cómo cumplirlos (sin que en realidad esas propuestas sirvan de algo).

Las especies en vía de extinción no se protegen porque más y más nombres se inscriban en CITES…es más, el medio ambiente no se “recatará” entre más tratados entren en vigor. Los temas de guerra y paz no dependen de que muchos individuos, por más  bienintencionados que sean (esto no se pone en duda…), hayan decidido que es malo traficar con armas (ni siquiera es seguro que el tráfico mismo vaya a terminar o a disminuir). La pobreza no se acaba porque así lo proponga con optimismo (como si fuera una cuestión de superación personal) el presidente del Banco Mundial o cualquier otro presidente de cualquier otra cosa. El desarrollo no se logra porque se entrevisten más personas o porque se establezcan nuevas metas.

Para alcanzar esos y otros objetivos deseables es necesario dejar de probar las mismas recetas fallidas del pasado y darle lugar a un mayor debate de ideas (del que falta mucho en el ámbito internacional), pero sobre todo trabajar en ámbitos más cercanos a los individuos…al fin y al cabo es en este plano donde comienzan las soluciones (ahí sí que soné como haciendo una charla de superación personal). Mientras tanto, sigamos soñando con que, entre más tratados, tendremos el mundo perfecto (imposible pero deseado) que tanto buscan algunos. Excesiva confianza, optimismo irracional, exaltación, excitación, todos síntomas de un episodio maníaco. Podríamos comenzar por reconocerlo y, eso sí, buscarle solución.

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