NO SON ELLOS, SOMOS TODOS

Una semana de contrastes la que está próxima a terminar. Con un día de diferencia, en Colombia se hundió el proyecto de ley para reconocer el derecho a ciertos individuos de tomar su decisión de firmar un contrato en el que reconocen su compromiso con la persona que aman, mientras que en Francia fue aprobado de manera definitiva. Lo anterior, a pesar que, como lo dije la semana pasada, en ambos lugares ha existido una feroz oposición que, incluso, en el caso de Francia ha estado acompañada de ataques a representantes de esta comunidad en París, así como en otras ciudades. Si los dos casos se parecen tanto, ¿a qué se debe la diferencia en el resultado?

En un libro escrito por, entre otros, Douglass North (D. North, J. Wallis y B. Weingast, Violence and Social Orders. A Conceptual Framework for Interpreting Recorded Human History, 2009) se propone una caracterización de las sociedades de acuerdo con su estado de desarrollo y se muestran las posibilidades de cambio. Por un lado se encuentran las sociedades que ellos llaman de orden natural y, por el otro, las de orden de acceso abierto (las ya desarrolladas). Una de las principales características de las primeras es que los derechos, valores y recursos son asignados por una coalición de poder en beneficio de unos pocos; mientras que las segundas son sociedades de carácter impersonal.

El paso de una a otra (sin entrar en detalles) se da cuando existen los incentivos para volver impersonales los derechos que han sido otorgados, en principio, a unos pocos. Mientras esto sucede, el comportamiento de la coalición de poder es muy similar al de las facciones, descritas por Alexander Hamilton en The Federalist No. 9: cada grupo busca ganar beneficios a costa de los demás a través del uso de mecanismos institucionales, como el legislativo.

Si se fijan, además de lo útil de estos conceptos para entender por qué ha pasado lo que ha pasado en un lugar y en otro, lo anterior muestra que la libertad es una cuestión de evolución social. Es decir: en Colombia, a pesar del optimismo de algunos, seguimos siendo una sociedad de orden natural (hay diferentes etapas, pero esa no es la discusión). ¿Por qué no avanzamos a pesar del paso del tiempo?

Para responder esta pregunta puede servir otra de las características de las sociedades abiertas: la existencia de un consenso general, social, sobre valores puntuales y sobre la conveniencia de incluir a todos como receptores de derechos.

En Colombia, algo así como un consenso en ningún aspecto hemos alcanzado.  Esto no se debe a la polarización permanente; ésta es una de sus expresiones. Me parece que la inexistencia de consenso se debe, como ya lo he dicho en otros momentos, a que seguimos convencidos, incluso a partir de ideologías completamente diferentes, que es el Estado el que lo puede todo y el que nos dará todo, a pesar de que esto no sea cierto, menos en un país con la clase política como la de Colombia. Es decir, en lo único que parece existir consenso es que el Estado tiene que cumplir con nuestros intereses y deseos o los de nuestro grupo inmediato. El tema del matrimonio para parejas del mismo sexo (que es un contrato y, por lo tanto, no tendría que estar fuera de la ley si se hace entre individuos conscientes a partir de una decisión voluntaria) es solo uno de los temas en los que se manifiesta lo anterior, pero también se puede ver en muchas otras de las discusiones públicas.

Lo que se ve en Colombia es que cada grupo o facción sigue esperando su turno para disfrutar, aunque sea por un momento de los beneficios de vivir o de existir a costa de los demás. Es decir que, como sociedad no nos hemos dado cuenta (o no hemos querido darnos cuenta) de la importancia de la libertad y de la igualdad de todos ante la ley, que es la única igualdad posible.

En consecuencia, lo que sucedió en Colombia esta semana, aunque genere indignación, no debe sorprender en tanto es la decisión de unos supuestos representantes que han sido elegidos a partir de motivaciones como los odios, los intereses particulares o, lo que es peor, con la esperanza de que, a partir de milagros, cambien las cosas y mejoren nuestros destinos. Y es que así es como se elige en Colombia, como demuestran, con diferentes explicaciones, los casos de Bogotá, de Cartagena, de Pastrana o de Uribe: no elegimos representantes para todos, sino para que sean dioses y hagan milagros…o para que beneficien directamente nuestros intereses. Y esto, al parecer, seguirá siendo así. Al fin y al cabo, como muestra la evidencia, ésta parece ser la tan buscada diferencia Latinoamericana: estar siempre esperando que nuestros mandatarios hagan todo por nosotros y que decidan por nosotros (y si es por encima de los demás, mejor)…hemos sido muy pobres y somos muy poco capaces de hacerlo por nosotros mismos.

No discutimos ni llegamos a consensos sobre el tipo de sociedad que queremos. Por ejemplo, vi un extracto de un debate a propósito del hundimiento del proyecto de ley que pasaron en Caracol entre María Jimena Duzán (pero es que también a quién llaman: la columnista más superficial de Colombia) y un señor cristiano que dirige una institución para la libertad religiosa (¡qué contradicción!). En los cinco minutos que duró el intercambio, lo único de lo que se habló es de la Constitución del 91 que, como ya he dicho antes, deberíamos sentirnos avergonzados por tener un documento tan poco liberal en el que se incluya hasta la definición de lo que es un matrimonio…pero, ¿sí ven? No importa la libertad, sino un documento que lo único que hizo fue repartir unos beneficios para tener contentos a quienes la negociaron, es decir, a las facciones, sin tener en  cuenta que le estaba dando vida a un Estado corporativo y no para todos.

Es decir, la libertad no tiene dolientes. Y, en esto, debemos ser claros: el comportamiento de la izquierda en el caso del tema gay ha sido únicamente oportunista. Desde hace muy poco los partidos de izquierda en el mundo incluyeron, como táctica política, el trabajo por los derechos humanos (siendo que nunca denunciaron los atropellos de la URSS, China, Cuba, Vietnam o Camboya) o por la minorías (que han sido perseguidas y maltratadas, al mejor estilo de la derecha, en cualquiera de los regímenes de izquierda radical o que siguen siendo vistas como malas, como han demostrado las declaraciones de personas tan destacadas como Nicolás Maduro, Evo Morales o Rojas Birry). A lo sumo, la izquierda tiene una visión paternalista del tema gay, pero nunca desde la libertad: hablan de la comunidad LGBTI, como una sola, como integrada por seres iguales pero no reconocen a sus integrantes como lo que son: ciudadanos como cualquier otro. Por eso hablan de tolerancia, como si el tema fuera que quienes están bien (es decir, los heterosexuales) deben aceptar a los desviados (la famosa comunidad LGBTI). Como venía diciendo, en Colombia, la libertad no le importa a nadie.

Cada uno tira para su lado y el problema es que, hasta que no nos demos cuenta que el camino que hemos adoptado no es el correcto (muy difícil hacerlo, además, con los “pensadores” que tenemos y con el peso de la historia – por ejemplo, se sigue pensando que Gaitán era el líder que nos merecíamos), seguiremos siendo el país del casi, pero no fue: de las promesas incumplidas y del optimismo con frustración. Casi hay metro en Bogotá, pero hay que esperar nuevos estudios; casi hacemos la paz, pero es muy difícil; casi nos abrimos al mundo, pero nos da miedo no vender más; casi nos convertimos en una sociedad para todos, pero mejor seguir siendo una sociedad de representantes arrogantes y de una población que cree que desaparecer de manera institucional (o física, uno no sabe qué vendrá) a ciertos individuos por considerarlos inmorales, los hará entrar más fácilmente al cielo.

Este tema es uno de muchos que nos representa como nación (¿?): una suma de facciones que esperan su turno para vivir un momento de gloria o una democracia claramente no liberal en la que, como señaló uno de los padres de la patria, el 80% decide desconocer al resto porque sí.

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