¡Y AHORA PARA EL OTRO EXTREMO!

La defensa de algunos derechos se ha convertido en cuestión de moda o de lo políticamente correcto. Muchos de los que están de acuerdo con el matrimonio para todos, lo hacen porque creen que el Estado debe ser “progresista”, otorgarle derechos a ciertos grupos sociales o enseñarnos a ser tolerantes. No lo hacen por estar convencidos que el Estado existe para garantizar derechos, no para crearlos. Esta situación me recuerda, en parte, las palabras de Lord Acton en su ensayo la Historia de la Libertad, en el que señala cómo históricamente los liberales hemos sido una minoría que, las más de las veces, hemos tenido que hacer alianzas con individuos que son abiertamente anti-liberales para lograr introducir algunas de nuestras ideas en la sociedad. No obstante, previene el autor, a pesar de ser útiles en el corto plazo, en el largo estas alianzas generan más problemas en nuestro objetivo de consolidar una sociedad basada en los principios liberales.

Me parece que un ejemplo de esto último se puede ver en el tema social en los últimos tiempos en Colombia: de una sociedad que busca reconocer los derechos que son preexistentes a la ley (y, además, inherentes, imprescriptibles, inalienables, universales y simultáneos) pasamos a una en la que buscamos que todos seamos perfectos, viviendo en una armonía que va a ser garantizada, claro está, cómo podría ser diferente, por nuestro Estado.

En otras palabras, la defensa de los derechos se hace pensando en quedar bien, en verse moralmente aceptable o, en algunos casos, para tener unos votos cautivos. Sin embargo, esta posición, llevada el extremo, resulta siendo absurda. Un ejemplo de esto lo encontré la semana pasada en un reportaje sobre discriminación en las universidades.

Más que un análisis periodístico, ésta es una descripción del sufrimiento de las minorías en el acceso a la educación superior. Dentro de los aspectos absurdos, pero que tienen que decirse porque son políticamente correctos o están de moda, está el que se habla de grupos minoritarios y no de individuos. Es decir, una extensión de la ya clásica visión corporativista. Pero, además, la idea es integrar grupos minoritarios sin importar sus diferencias o realidades particulares. En la misma línea se unen las personas con discapacidades físicas, con la comunidad LGBTI, los indígenas y los afrocolombianos. Así, ser indígena es igual a ser sordo y ser sordo es igual a ser homosexual o negro que, al fin y al cabo, son lo mismo. Este es el problema de la desindividualización que tanto les gusta a ciertas personas (tanto en la derecha como en la izquierda).

Alguien podría decirme que no, que no es que sean lo mismo, sino que todos, sin excepción, sufren de algún tipo de discriminación y que eso es malo. Bueno, vamos por partes. Primero, en el reportaje, como siempre uno se encuentra en este tipo de denuncias, existen casos concretos que no pueden ser asumidos como la generalidad (ese es uno de los problemas del famoso inductivismo que tantos dolores de cabeza nos ha costado en teorías peligrosas para la libertad).

Pero, además, miremos algunos de los problemas que nos aportan. Nos cuentan el caso de una estudiante invidente quien se queja porque tuvo que ingresar a una universidad en la que no tienen  los instrumentos para que ella reciba a tiempo la información, porque no pasó el examen de la universidad pública en la que sí los tienen. ¿Para reducir esta injusticia, ahora, los exámenes de las universidades públicas deben ser menos exigentes para las personas con alguna discapacidad? ¿Debe garantizárseles el ingreso por ser discapacitados? ¿Y la excelencia académica? ¿Este principio no aplica para ciertos grupos? ¿Cómo determinar esos grupos que serán eximidos de estas reglas?

Otro es el caso de una persona con sordera quien no puede comunicarse porque sus compañeros y profesores no conocen el lenguaje de señas. ¿Tienen que todos los profesores y estudiantes de todas las universidades aprender este lenguaje para enfrentar esta eventualidad? ¿Deben las universidades obligar a sus profesores a que sean menos estrictos cuando tengan un estudiante sordo? ¿Lo debe hacer el Estado por ley?

Para ilustrar la discriminación que sufren los otros discapacitados (¡!) (mujeres, indígenas, afrodescendientes y LGBTI), una experta afirma que éstos últimos, de nuevo como grupo, son rechazados, lo que afecta su capacidad para aprender e interactuar, así como su rendimiento académico e, incluso, los lleva a crear conductas suicidas. ¿Cómo pueden las universidades enfrentar la situación de rechazo? ¿Deben, entonces, hacer un censo de estudiantes que pertenezcan a la comunidad LGBTI (como si algo así existiera) y disminuir los estándares de rendimiento o hacerles seguimiento psicológico?

Esta experta, indígena, denuncia, a su vez, cómo en su pregrado no le fue reconocida su lengua como requisito de grado porque se exigía el conocimiento de inglés. ¿Deben eliminarse estos requisitos para los estudiantes indígenas? ¿No será que el saber inglés le garantiza unas competencias que les pueden ser útiles en el futuro? ¿Por qué, entonces, no eliminamos el uso de la segunda lengua y que cada estudiante presente su propio idioma?

Es innegable que en la sociedad colombiana se discrimina, así como en las demás. De eso no existe duda. Pero la pregunta sería cómo hacer para disminuir esos problemas de discriminación. Lo que veo en los casos descritos no es discriminación sino que algunos individuos pretenden, por considerarse diferentes, tener privilegios en el sistema educativo y en su vida en sociedad. Es decir, no aceptan ser ciudadanos colombianos, como los demás, sino que pretenden ser considerados, antes que nada, indígenas, afrocolombianos, LGBTI  o discapacitados.

Pero en los casos de verdadera discriminación, ¿qué se puede hacer? Ya tenemos una ley que la sanciona. ¿Así se puede acabar esta realidad? ¿Se debe sancionar legalmente al que discrimina para que aprenda a no hacerlo? ¿No será que estos y otros privilegios pueden crear más problemas que los que solucionan? ¿No será que, en este caso, por proteger los derechos de algunos, se pasa por encima de los de otros?

Esto último es importante. Claro, como los grupos minoritarios acá mencionados están de moda, no se ve tan clara la implicación. Pero sancionar a las personas por discriminar puede llegar a afectar incluso a quienes se está intentando proteger, en otro sentido: ¿No será que existen indígenas que discriminan a los afrocolombianos? ¿No existen afrocolombianos que discriminan a los homosexuales? ¿No existen homosexuales que discriminan a estos grupos o a las mujeres? ¿Deben ser sancionados por discriminar o es más importante que también, ellos mismos, han sido discriminados? ¿Y qué hacer con quienes no están protegidos por la ley? ¿No existe discriminación contra los hombres blancos? No se debe olvidar que la libertad no puede ser defendida solo para que genere resultados positivos: las personas también tienen derecho a estar equivocados, como han señalado autores como Roger Pilon (The Rigth to do Wrong).

Estoy de acuerdo que una sociedad ideal sería una en la que nadie discriminara a nadie. Que todos viviéramos en armonía. El problema es que ese tipo de sociedad no existe, ni puede existir (además que sería bastante aburrida). Aquellos que discriminan no pueden ser obligados a dejar de hacerlo. Si, por esa discriminación, causan daño físico (o la muerte) a quienes discriminan, claro que deben ser castigados, pero como cualquier asesino o golpeador. Es decir, no se necesita una ley contra la discriminación para castigar este tipo de comportamientos. El que asesina debe ser castigado por lo que hizo no por a quién se lo hizo ¿O es menos grave si se asesina a un blanco? 

Pero el aspecto moral de la discriminación recae, no en el Estado y en su capacidad regulatoria o coercitiva, sino en las relaciones sociales: ahí es donde debe estar la sanción para esos comportamientos negativos. Si usted discrimina, es una mala persona y la sociedad, según sus principios, se lo hará saber. Si usted discrimina en el mercado, allá usted: las pérdidas se lo harán saber.

Más que denunciar estos casos de obstáculos que tienen ciertas personas en el mundo universitario, por sus características físicas, sus orígenes culturales o sus preferencias sexuales, estas personas deberían estar pidiendo, más bien, una educación de calidad, que les sea útil para el futuro y no que todos tengamos que aprender el lenguaje de señas o que las universidades se conviertan en perseguidoras de quienes tienen prejuicios de cualquier tipo contra los que consideran diferentes.

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