EUROPA Y SU CRISIS

Europa no sale de la crisis. Esta semana entró oficialmente en recesión Francia mientras que países como España, Grecia o Italia se mantienen en esta condición. Por su parte, en el motor económico de la región, Alemania, persisten unas tasas de crecimiento muy cercanas a cero. En el acumulado, la zona euro se encuentra en recesión.

La discusión se ha concentrado entre los fanáticos de la austeridad y sus críticos que, como Paul Krugman, consideran que la situación no se puede solucionar recortando gastos, sino aumentándolos. En el entretanto, el ciudadano europeo, preocupado por su futuro, se ve bombardeado por los mensajes catastróficos que vienen de las extremas derecha e izquierda que en este continente tienen una gran fuerza política (y la electoral está aumentando también). Las voces liberales, por lo menos yo, no las he escuchado.

Fíjense que el debate de los “expertos”, incluidos los premios nobel de economía, se ha quedado en la solución, mas no en las causas. Por su parte, los políticos de las extremas sí han denunciado las causas. Paradójicamente, entre ambos extremos existe consenso: la culpa es del capitalismo, de la globalización, de la Unión Europea o del neoliberalismo. Los políticos más moderados, en sus distintas vertientes, exigen soluciones específicas: que creación de empleos, que mayor competitividad, que impuestos  más altos para los más ricos, que una mayor independencia de las propuestas de Bruselas (es decir, de las políticas de austeridad que han defendido las autoridades comunitarias, las de la Unión Europea).

Con este panorama, hay varios temas que me parecen interesantes para reflexionar sobre ellos. Primero, las causas de la crisis. Es innegable que en el caso europeo la crisis es de deuda, tanto pública como privada. Es decir, por las razones que sean, o por los actores que sean, estos países han vivido, no sabemos por cuántos años, con recursos de otros. Pero, como suele suceder en el ámbito económico, la fiesta no puede durar por siempre. Algún día, el flujo de recursos tenía que disminuir y los acreedores tenían que comenzar a preocuparse por los recursos que les adeudaban. Frente a esta situación no entiendo por qué los extremistas de derecha consideran que la culpa la tienen los inmigrantes o la libertad comercial generada en el marco de la Unión Europea. Tampoco entiendo la posición de la extrema izquierda que considera – además de la eterna espera que, esta vez sí, desaparezca el capitalismo – que la causa está en las políticas de austeridad.

Sobre esto último, no entiendo las críticas a las políticas de austeridad. No entiendo que los principios económicos que aplican a los individuos y a grupos sociales que van aumentando en número, dejan de tener sentido cuando se habla del Estado. Es decir, cuando se habla de un individuo que, por sobre-endeudarse  y no poder pagar sus deudas, se quiebra, ningún economista, ningún experto (los políticos de pronto sí) le recomendaría seguirse endeudando para pagar en el futuro. Lo mismo sucede en el caso de una pequeña ciudad al interior de un país o de una región. Pero cuando hablamos de estados, algunos de esos economistas consideran que la cosa es diferente: si se endeudan más, por alguna razón mágica, esta vez sí crearán empleo, serán competitivos, recaudarán más y, por lo tanto, podrán pagar las deudas.

Ahora bien, ¿no es injusto que, ahora, vengan a recetar una disminución en los gastos públicos como una forma de salir de la crisis? ¿No es esto injusto con los ciudadanos del promedio? Debo confesar que yo no creo que la solución sean las políticas de austeridad…o, mejor dicho, no son suficientes. Las políticas de austeridad solucionarán, a lo sumo, una situación coyuntural, de la deuda actual, pero no cambiarán la forma como, desde hace muchos años, se han construido las sociedades europeas. Ahí, creo, debería estar la concentración de los políticos y las discusiones de los economistas.

Lo  anterior me permite concentrarme en el tema de la justicia. El famoso grupo de los denominados Indignados se basa en la premisa que es injusto que ahora todos tengan que pagar por las malas decisiones de unos pocos. Esto puede ser cierto en algunos casos puntuales (como en los de los escándalos de algunos bancos o de algunos políticos). Pero, sobre todo en Europa, afirmar esto es olvidar que, por lo menos desde finales de la Segunda Guerra Mundial, todos los miembros de la sociedad de estos países han disfrutado de manera directa de los recursos que estaban llegando a través de deuda. Todos presionaron por la extensión de lo que consideraban como derechos, sin tener en cuenta que eso que solicitaban tenía costos por los que todos pagaban pero q            ue, como las expectativas nunca se satisfacían, llegó el momento en el que comenzaron a financiarse esos supuestos derechos a través de los recursos de otros. En este sentido, las políticas de austeridad no son injustas: son el precio que hay que pagar cuando la fiesta se ha acabado.

Ahora bien, ¿qué es lo que sucede en Europa? La respuesta tendría que ser bastante extensa, pero trato de contestárselas con algunas impresiones que me ha dejado el poco tiempo que llevo acá. Es decir, las siguientes son observaciones que he hecho pero no pueden ser consideradas como respuestas definitivas porque no las he estudiado a profundidad, sino que, como les digo, son impresiones personales.

Creo que los problemas de desempleo, pérdida de competitividad y endeudamiento de las sociedades europeas son reflejo del tipo de relación que éstas tienen con sus estados. Como lo mencioné al principio, ninguna voz liberal he escuchado desde que estoy acá. Así existan debates fuertes, todas las posiciones consideran que la única salvación, así como el único culpable, de todo, es el Estado. Y eso se ve en la vida diaria: regulaciones en todos los sectores, incluso en la producción de pan (¡!). Largos procesos – eternos, desde mi punto de vista – tanto en el sector público como en el privado que dificultan cualquier decisión: desde comprar un celular, hasta la adquisición de un seguro o el acceso a salud.

¿Y el papel de la sociedad, del ciudadano promedio, en todo esto? Creo que es un papel que tiene varias dimensiones. Por un lado, si usted es empresario (o quiere serlo) es mejor pensarlo varias veces: no solo las regulaciones, sino los impedimentos (como el tema de cuántos días y por cuántas horas se trabaja), los impuestos o el estigma social. Por el otro, si usted es trabajador, lo que le quitan se lo devuelven a través de los mal llamados derechos adquiridos. Esto es: de su sueldo, que podría utilizarlo en lo que quisiera, le hacen descuentos para por lo menos una decena de impuestos. Pero, eso sí, usted podrá disfrutar de unas muy largas vacaciones, además de unas jornadas nada extenuantes y con unas condiciones que seguramente son muy benéficas para usted, pero no para los empresarios ni para quienes no tienen empleo.

Pero si usted no tiene empleo, tampoco es que se tenga que preocupar mucho: puede llevar una vida, pobre pero digna. El problema es que a diario se muestran reportajes de cómo la mayoría de personas presentan información falsa para beneficiarse, como si fueran pobres, de la generosidad de los europeos (porque no es del Estado, no hay que olvidarlo. Es de la gente que trabaja o, como demuestra la crisis, del resto del mundo).

Con este estilo de vida, muy deseable para muchos colombianos, tendríamos que estarnos preguntando no por qué es la crisis actual, sino cómo no se presentó antes. Frente a esto, creo que Europa ha tenido una gran capacidad de creación de riqueza (que sus ciudadanos han dilapidado en la consolidación de sistemas que no son sostenibles en el tiempo sino que funcionan como esquemas de Ponzi). Las condiciones están ahí para que recuperen la senda de crecimiento y de alta calidad de vida del pasado pero éstas solo podrán operar hasta que esos mismos ciudadanos cambien, así sea un poco, su visión – y relación – con los estados. Los odios y los extremismos (que están fortaleciéndose), como demuestra la historia, no son la solución, sino el camino equivocado.

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