¿BUENAS NOTICIAS? ¿MALAS NOTICIAS?

Ésta ha sido una semana de buenas noticias para el país. Además de haberla comenzado con los avances de la Alianza del Pacífico, en los últimos días, Colombia se ha enterado, por un lado, del acuerdo sobre el primer punto de la agenda de La Habana y, por el otro, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) anunció la iniciación del proceso para la adhesión del país como miembro de pleno derecho.

A pesar del optimismo de algunos, los pesimistas no han tardado en llegar. Analistas de diversas corrientes ideológicas han coincidido en una crítica. Según estos pensadores, existe una contradicción entre los dos hechos: ¿cómo podemos negociar con la guerrilla mientras que el país se abre más al mundo? (Un ejemplo, acá). Esta contradicción, sin embargo, está errada en varios sentidos. Primero, negociar con la guerrilla de las FARC no implica, necesariamente, cambiar el modelo económico del país. No se debe olvidar que una negociación es entre dos – o más – partes y que, en consecuencia, lo que se debe esperar es que ambas partes cedan en sus pretensiones y ambiciones. Seguramente, los negociadores de las FARC (así como muchos grupos de la sociedad civil, como señalé en mi comentario de la semana pasada) quisieran implementar un modelo de economía cerrada, en el que el Estado tuviera todo el control y tomara todas las decisiones. Pero esta es la pretensión de la que parten, no a la que llegarán si se alcanza un acuerdo definitivo. Esperar una cosa así implicaría que el Estado tuviera un papel pasivo en la negociación y, como muestra la experiencia y la teoría de negociación, acuerdos en los que una parte cede en todo no son sostenibles en el tiempo.

Segundo, lo que anunció ayer Angel Gurría, secretario general de la OCDE, no es el ingreso de Colombia a esta organización, sino el inicio de negociaciones para un eventual ingreso como miembro de pleno derecho. Pero es más: el ingreso (que se dará) no implica la renuncia del país a tomar sus propias decisiones en materia de política doméstica. La OCDE es un foro en el que los estados miembros muestran sus experiencias exitosas en sectores específicos, se hacen recomendaciones y se hacen mediciones sobre los resultados (Acá pueden ver todo lo que hace y cómo lo hace). No es una organización en la que existan imposiciones, sino que se parte de la capacidad de aprendizaje que tienen los representantes estatales para reconocer las políticas que les sirven y la forma de implementarlas. Muchas de esas buenas prácticas pueden estar equivocadas. Pero los estados tienen, en últimas, la capacidad de tomar sus propias decisiones, como lo demuestran los casos de Grecia o Portugal que, aun siendo miembros, es posible afirmar que sus decisiones no han sido del todo las adecuadas, como refleja su situación de crisis.

Tercero, me parece que debemos entender el objetivo de la negociación con la guerrilla de las FARC como una estrategia para facilitar la incorporación de sus miembros a la vida civil. Para que esta estrategia sea efectiva, como han demostrado autores como Daron Acemoglu y James Robinson (Why Nations Fail, 2012), es necesaria la construcción de instituciones incluyentes y no extractivas. Dentro de ellas se encuentra el respeto y la garantía a la propiedad privada, el fomento de la competencia, la eliminación de privilegios de las élites y el fortalecimiento del Estado en sus funciones de seguridad y justicia. Precisamente, como pueden ustedes ver, hacia la consolidación de este tipo de instituciones es que se dirigen las discusiones y los temas que se tratan al interior de la OCDE (Vean los temas que se tratan acá).

Como se ha convertido en costumbre, el gobierno colombiano, para enfrentar las críticas, ha respondido con un optimismo que raya con la generación de falsas expectativas. En realidad, ambas noticias son muy positivas pero no tiene que llevar a plantear escenarios futuros igualmente optimistas. La de las FARC, porque este nuevo avance (el primero fue definir la agenda y sentarse a negociar) puede reflejar que, esta vez sí, las partes han percibido que los costos de mantenerse en la guerra son superiores a las ganancias, como escuché decir esta semana a León Valencia en un conversatorio, y esta percepción es una condición indispensable para esperar avances reales en estos procesos (no la voluntad de paz, ni el amor al prójimo ni nada de eso). La de la OCDE, porque el inicio del proceso de adhesión demuestra un reconocimiento por parte de 34 países del mundo sobre lo – poco – que hemos avanzado en la construcción de instituciones incluyentes y esto es determinante, como sabemos los internacionalistas, para que Colombia adquiera una identidad social que permita que sus intereses estén relacionados, al fin, con el cumplimiento, por parte del Estado, de sus funciones como representante de los colombianos (un efecto de esto sería, por ejemplo, que nuestros representantes dejen de perder el tiempo con el tema de drogas y se dediquen, más bien, a hablar de inversión, comercio o de otros temas que realmente generen impacto en el desarrollo del país).

¿No hay aspectos negativos? Claro que puede haberlos. Puede ser que nos estemos equivocando y que, al final, no se llegue a ningún acuerdo con las FARC. O que el acuerdo al que se llegue se incumpla. Pero ninguna de estas dos razones es suficiente para que decidamos no intentarlo. Puede ser que el país no aprenda nada de la OCDE. Puede ser que resultemos absorbiendo los ejemplos negativos (como el de Grecia). Pero tampoco éstas son eventualidades suficientes para abandonar este proceso.

Ahora bien, ¿qué pasará si logramos el objetivo en los dos casos? La verdad es que no mucho. Si se llega a un acuerdo de paz con las FARC, faltará un acuerdo con el ELN y el control de las llamadas BACRIM. Como muestran otros casos de postconflicto, la seguridad urbana puede empeorar, por lo menos en el corto plazo, después del acuerdo. Tendremos que preocuparnos por el proceso de reinserción de quién sabe cuántos hombres (siempre se desmovilizan más de los que se esperaban). Tendremos que avanzar en procesos de reconciliación nacional (y esto sí que es complejo en un país como Colombia: ¿quién quiere tener una casa de desmovilizados como vecina? ¿Quién quiere tenerlos como compañeros de trabajo o de estudio? Ahí sí veremos qué tan bondadosos son realmente los grupos de la sociedad civil y algunos individuos que hoy tanto piden la paz). Pero, por mi parte, prefiero todas estas preocupaciones – y nuevos problemas – a seguir con un país en el que el tema prioritario del debate político sea una guerrilla desgastada.  

Si ingresamos a la OCDE, los efectos sí que serán menores. ¿Más comercio? No es seguro. ¿Más inversión? Tampoco (eso depende de las políticas que se adopten). ¿Desarrollo? Ni pensarlo (porque es un proceso muy complejo que no depende de las organizaciones a las que pertenezca el país sino del tipo de instituciones que se creen y de la mayor posibilidad de los individuos para tomar sus propias decisiones). Pero sí me parece que el ingreso, además de lo que señalé antes, tendría otro efecto positivo poderoso: una suerte de anclaje sobre lo poco que hemos avanzado en la construcción de un país más abierto y con instituciones más incluyentes. Es decir, si ingresamos a la OCDE, además de muchos otros efectos puntuales, me parece que se soluciona, en parte, el problema que planteé la semana pasada: se disminuiría la probabilidad de un retroceso brusco en las estrategias económicas que hemos adoptado en los últimos años, como lo quisieran muchos.

Desde esta perspectiva, las buenas noticias parecieran ya no serlo. Sin embargo, el objetivo de esta reflexión es afirmar que, al contrario, cuando se observan sus verdaderas implicaciones se abre el panorama de discusión y de temas de interés que tendremos que abordar, como colombianos, en su momento. ¿Cuál será el contenido de este primer acuerdo con las FARC? ¿Cuál será el papel de Colombia en la OCDE? Eso no lo puedo contestar con la información con la que cuento, pero sí puedo afirmar, con optimismo, que en cuestión de tiempo tendré que escribir algún comentario sobre estos dos aspectos, nada contradictorios, sino complementarios. ¡Qué buena noticia!

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