Archivos Mensuales: junio 2013

PRIORIDADES, ¡PRIORIDADES!

Fue difícil escoger sobre qué escribir esta semana. En un primer momento, quise hacerlo sobre las propuestas del presidente Barack Obama sobre el tema de emisión de gases. Sin embargo, desistí, debo reconocerlo, porque no sé sobre el tema y, por lo tanto, no me parece responsable hacerlo. El tema climático es altamente científico y su comprensión no se puede quedar solo en opiniones superficiales, políticas. Claro que tengo mi posición: el medio ambiente se protege de manera más efectiva a través de una mayor libertad, que con prohibiciones o con inversiones públicas. No porque existan límites a las emisiones, éstos serán cumplidos ni necesariamente son los adecuados para resolver el problema. Pero como no cuento con la formación científica para demostrar estos puntos, decirlo es pura especulación. Así que será pensar, sobre este punto, como muchos, que lo que propuso el presidente Obama es maravilloso, que no se cumplirá porque los empresarios son malos y quieren acabar el mundo…y esperar el día del juicio final, de una hecatombe ambiental, que aunque nunca llegará, nos mantendrá expectantes…

Después pensé en escribir, también a propósito de los EEUU, sobre las históricas decisiones de la Corte Suprema sobre el tema del matrimonio de parejas del mismo sexo. Pensaba mostrar que, más que un debate entre derecha – izquierda, lo que demostró la Corte es que, primero, en Estados Unidos todavía es posible pensar que existe algún tipo de apego a las instituciones fundacionales que, como la Constitución, le han permitido a ese país convertirse en lo que es hoy, no como potencia, sino como país desarrollado y en permanente evolución.  Pensaba afirmar que las decisiones tomadas el pasado miércoles 26 de junio demuestran que todavía es posible pensar que, aunque existe un debate político, todavía hay países en los que priman los principios de libertad y de igualdad ante la ley. Pensaba explicar que, además, esta decisión es importante porque, aunque no fueron tenidas en cuenta en las sentencias, la Corte Suprema lo que ha hecho es recordarle a todos en Estados Unidos, incluso al presidente Obama, que todavía persisten las enmiendas 9 y 10, que crearon un Estado limitado y con funciones enumeradas. También que estas decisiones rescatan en parte la importancia de la autonomía de los estados pero con una base general para todos: los principios liberales.  Es decir, pensé hacer un comentario optimista sobre el futuro de los Estados Unidos…pero, ¿para qué? ¿Acaso esta visión tiene algo que ver con nuestra realidad, además de recordarnos que, lamentablemente, nuestro país no ha sido construido bajo los mismos principios y que eso explica, en gran parte, nuestros problemas actuales?

Por lo anterior, por desconocimiento, primero, y, segundo, por un optimismo que nos es ajeno, decidí escribir sobre un aspecto que es mucho más complicado. Esta semana, a propósito de las movilizaciones en Brasil, algunos pensadores colombianos se han preguntado por qué en Colombia no tenemos las mismas movilizaciones sociales si, desde su perspectiva, con la que yo concuerdo, estamos en una situación peor. La mayoría de estos pensadores plantearon sus hipótesis. Algunos consideran que esto se debe a la existencia de la guerrilla, que ha convertido a todo manifestante en un representante de este grupo ilegal. Otros consideraron que el problema es que la nuestra es una sociedad conservadora; otros, que somos conformistas.

A pesar de lo interesante del debate, lo que me sorprendió del mismo fue el nivel de desinterés, de ignorancia – y de algo de arrogancia – de estos pensadores frente a  lo que está sucediendo en Colombia: ¿acaso no hay cada semana movilizaciones sociales? Y no hablo de las protestas de grupos específicos, con intereses definidos, que lo único que buscan es recibir más recursos a costa de los demás. No. Hablo de movimientos sociales, heterogéneos,  que se enfrentan a los poderes establecidos. A esos pensadores que tanto se quejan por la pasividad de los colombianos, hay que recordarles que mientras ellos criticaban, como es costumbre, nuestra sociedad y cultura, en esta semana los campesinos del Catatumbo estaban adelantando una fuerte movilización social. Esto, aunque sean ignorados por los intelectuales quienes siguen pensando que las movilizaciones que valen son las de las ciudades, aunque sean despreciados  por el establecimiento y aunque sean desacreditados como una expresión de la guerrilla.

En el momento en el que escribo estas líneas, ya se ha anunciado el inicio de las negociaciones. Vamos a ver en qué termina esto. Pero lo interesante de ver es que, como mencioné en mi comentario anterior, estos campesinos también reivindican, de nuevo lo señalo, aunque no sean conscientes de ello, una mayor inclusión en la sociedad y la imposibilidad de la existencia de sociedades perfectas. Lo segundo, creo, no debo demostrarlo: es Colombia, el mismo país que todos criticamos y que consideramos como uno de los peores, si no el peor ante cualquiera que lo comparemos. No temo equivocarme al decir, aunque sí lo estamos al pensarlo, que todos estaremos de acuerdo en afirmar que si existe un ejemplo de sociedad imperfecta es Colombia.

Lo primero sí debo mostrarlo con mayor profundidad. ¿Cómo puedo estar cometiendo semejante sacrilegio de afirmar que los campesinos del Catatumbo, así no lo expresen, buscan una sociedad con instituciones más incluyentes y, por lo tanto, más liberales? Existen dos reivindicaciones puntuales. La primera ha sido el reclamo que hacen estos campesinos sobre la creación de una Zona de Reserva Campesina. Éstas, de manera muy superficial, consisten en la adjudicación que hace el Estado de terrenos que son públicos a campesinos pobres. Reconozco que sobre este tema existen muchos debates, muchos temores y muchas resistencias. Pero, en el fondo, señoras y señores, lo que los campesinos del Catatumbo están solicitándole a nuestro Estado, un Estado que todavía considera que la tierra puede ser de él, que les reconozca un derecho, que ha sido reivindicado por todos los autores liberales desde John Locke, e incluso desde antes, que se llama derecho de propiedad. Y este derecho, además, es una de las instituciones más incluyentes que existen en la historia de la humanidad y que le permiten a los seres humanos convertirse en agentes de su propio destino.

La segunda reivindicación, una más postmoderna si se quiere, ha sido la de detener la política de erradicación de cultivo ilícitos. Es decir, lo que han solicitado, de manera violenta, eso no se niega, los campesinos en esta ocasión, ha sido que el gobierno colombiano detenga la fallida guerra contra las drogas en la que ni el actual Presidente de la República cree. ¿Existe una reivindicación más liberal que exigirle al Estado que les permita tomar sus decisiones económicas, invertir en lo que deseen y obtener las ganancias por ello, sin su intervención ni el uso de la fuerza?

A pesar de lo anterior, por lo menos en un principio, la repuesta de las autoridades fue la de descalificar las movilizaciones por estar infiltradas por la guerrilla. Esta denuncia merece una mirada sin apasionamientos. ¿Alguien puede creer que esto no sea así? Es claro, obvio pensaría yo, que la guerrilla ha infiltrado las manifestaciones. Sin embargo, no por esa razón, es posible concluir que, por un lado, todos los campesinos sean guerrilleros, o que, por el otro, lo que están pidiendo sea inadmisible.

Además, la infiltración de la guerrilla en este tipo de movilizaciones tendría que avergonzar a nuestros representantes y a las fuerzas del orden. ¿Después de más de una década de recuperación del Estado todavía no contamos con uno que tenga el control del territorio y que, por lo tanto, ejerza soberanía? Pero, eso sí, se declara un Estado “dueño” de terrenos. Es más, el hecho que la guerrilla tenga una capacidad para infiltrar este tipo de movilizaciones demuestra que estas personas no han sido incluidas en el tipo de sociedad que hemos creado. Y volvemos a los principios liberales, puede que sin que ellos sean conscientes, de las manifestaciones.

La sola denuncia de la participación guerrillera, por otro lado, desconoce una realidad. Estos campesinos están haciendo sus reivindicaciones de frente al país, de frente a la sociedad y no, como ha sido tradicional por esos grupos ilegales, que justifican sus acciones homicidas a partir de una supuesta lucha basada en unos mitos en los que muchos siguen creyendo, sin querer ver que, en realidad, lo que han consolidado es economías de guerra que les han generado incentivos para mantenerse en la clandestinidad. No obstante, el actual proceso de paz, esperemos, podría demostrar que esos incentivos son menores en la actualidad que lo que fueron en el pasado.

La respuesta inicial, entonces, del gobierno colombiano fue la de enfrentar a los campesinos como si fueran delincuentes o guerrilleros (¿o viceversa?). Hasta el anuncio de las negociaciones, las noticias se concentraron en el número de muertos de un lado y del otro…y, como ha sido costumbre también, en la indignación nacional por los desmanes cometidos por los campesinos en contra de las fuerzas del orden…En Colombia ya es tradición pensar que tenemos que agradecerles a nuestras fuerzas del orden por hacer, a medias, su trabajo. ¡La sociedad civil subordinada a las fuerzas armadas! Pero bueno, gajes del conflicto…

Mientras esto sucede en el mundo urbano, la izquierda colombiana, oportunista como es, se apropia de las movilizaciones y denuncia los abusos de las fuerzas del orden en contra de los campesinos. En su visión, ya desacreditada por inútil, la izquierda pretende adueñarse de las manifestaciones y exagerar la respuesta de las autoridades. No se dan cuenta, sin embargo, los campesinos, que ese apoyo, como lo mencioné, es oportunista: ¿Acaso la izquierda no consideraría al Estado como dueño de todo? ¿Acaso no está en contra de la propiedad privada? ¿Acaso no lo está de la iniciativa económica, individual, autónoma? Pero este es el resultado paradójico de la incompetencia estatal.

Entre tanto, además de las críticas sobre la pasividad de los colombianos y la indignación de – todos – sobre las atrocidades cometidas, contra unos o contra los otros, en un territorio al que nadie va, el país pensante, las clases medias urbanas, los intelectuales y nuestros representantes se concentran en lo verdaderamente importante: el resultado del inocuo y superficial concurso del gran colombiano. Un concurso en contra del cual hasta una movilización (importante, esta sí) se ha creado para revocar su resultado, que ha llevado, como es costumbre, a decir que el problema es que los colombianos son ignorantes, que la metodología estaba mal o que, como ya va siendo costumbre, la maquinaria uribista (infalible, que todo lo sabe y todo lo puede) manipuló. Un concurso que, de manera simple, como cualquier reality gana el que quiere que ganen los que votan…sin más. Sin necesidad de aplicarle sociología al asunto. ¡Qué absurdo! Hubiera sido mejor escribir sobre el futuro de los Estados Unidos…

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OPORTUNIDADES

Las movilizaciones sociales han adquirido visibilidad en los últimos años. Desde la aparición del movimiento de los indignados en España y de los “ocupantes” de Wall Street en Estados Unidos, pasando por la denominada Primavera Árabe, casi ningún país del mundo ha quedado fuera de esta oleada. Las causas para el malestar de amplios sectores de la población pueden diferir: la situación de crisis económica en algunos casos, la corrupción e ineptitud de los dirigentes en otros. De igual forma, puede ser diferente este periodo de insatisfacción frente al sucedido durante los años 60, cuando las movilizaciones se concentraron en rechazar la situación de temor constante por la inminencia de un enfrentamiento nuclear entre las dos superpotencias o, como fue el caso de Europa del Este, contra la dominación soviética.

No se puede olvidar que los grandes cambios de la humanidad hacia una mayor libertad se dieron, en la mayoría de casos, a través de este tipo de movilizaciones, incluso violentas. La separación entre el Estado y la Iglesia (que en algunos países se olvida muy a menudo) es un ejemplo de ello. Lo mismo se puede decir de la Revolución Gloriosa que, en Inglaterra, significó la derrota de la monarquía y, por lo tanto, la puesta en duda sobre la idea del Estado como superior a los individuos. La Revolución Francesa, por su parte, permitió avanzar en el reconocimiento de la existencia de ciudadanos y no de súbditos, con todo lo que esto implica en la relación del individuo con el Estado y, claro está, en el reconocimiento de la libertad como valor supremo. Muchos otros movimientos sociales (a mediados del siglo XIX, años 60 del XX, etc.) podrían ser mencionados.

Lo interesante de notar es que, casi todos, permitieron al mundo avanzar en el reconocimiento de la importancia de la libertad y, de manera no intencionada, en la construcción de mejores niveles de vida y en el sistema social y político de la actualidad, muy superior al de épocas pasadas. ¿Esta vez será igual? Aún no podemos aventurarnos a dar una respuesta a esta pregunta, pero sí podemos ver, aunque sea de manera superficial, algunas de las características de las movilizaciones actuales. Como son las más recientes – y, además, las más interesantes – me voy a concentrar en los desórdenes en Turquía, Suecia y Brasil.

A diferencia de los indignados o del Occupy, estas movilizaciones no se han dado como respuesta a la crisis: Ninguno de estos tres países ha sido golpeado de manera importante por ella. De hecho, estamos hablando, en los tres casos, de territorios con una situación económica atípica en los últimos años. Suecia es un país desarrollado, uno de los más admirados globalmente por su estado de bienestar y por la calidad de vida de sus habitantes. Brasil forma parte de los denominados BRIICS (que incluye además de a éste, a Rusia, India, Indonesia, China y Sudáfrica), es la quinta economía del mundo y, para muchos, se convertirá en un país desarrollado en las próximas décadas. Turquía, por su parte, forma parte de los CIVETS (junto con Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto y Sudáfrica), es una economía en crecimiento y un ejemplo de que la democracia y un Estado laico son posibles en el mundo musulmán.

A pesar de lo anterior, estos tres países han sido escenario de fuertes enfrentamientos entre diferentes sectores de la sociedad y sus estados en los últimos días. Las respuestas han variado: En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff ha afirmado que escuchará las demandas de los manifestantes. En Turquía, la represión, instigada por el primer ministro Recep Tayyip Erdogan, ha dejado varios heridos y algunos muertos. En Suecia, los desórdenes han sido controlados como una cuestión de policía. De igual manera, las causas inmediatas de las manifestaciones son diferentes: el incremento de las tarifas del transporte público en Brasil, la construcción sobre un parque público en Turquía y el asesinato, en manos de la policía, de un anciano en Suecia. Pero en los tres casos, las reivindicaciones de los manifestantes han trascendido las causas inmediatas. Insatisfacción por el estado actual de las cosas es lo que ha hecho que las movilizaciones persistan.

Como no podemos saber, aún, en qué terminará esta nueva oleada de movilizaciones sociales, lo que sí podemos es aproximarnos a sus características. Es claro que, incluyendo los tres casos mencionados, la crisis económica global no puede explicarlo todo. ¿Cómo explicarlas? ¿Qué se puede extraer de estos casos?

Me parece que existen dos aspectos que se deben tener en cuenta, como causas y como experiencia, para comprender estas movilizaciones. El primero es que, a pesar de toda la planeación y de las buenas intenciones, no pueden existir sociedades perfectas. Suecia ha sido considerado como un país modelo, como un territorio en el que la calidad de vida se acerca al ideal de cualquier ser humano. Brasil, por lo menos en América Latina y en muchos organismos internacionales, ha sido observado como un ejemplo de inclusión social, de democratización, de gobiernos responsables, de izquierda moderada (vegetariana, como denominaron algunos), que  alcanzó unos notables logros sociales, mientras mantuvo una senda de crecimiento económico. Por su parte, Turquía, por lo menos bajo el gobierno de Tayyip Erdogan, ha sido vista como que es posible la extensión de los valores musulmanes en una sociedad laica y democrática y sin afectar el crecimiento. Parece ser que los ciudadanos en los tres países no están de acuerdo con la opinión de los observadores externos…

La mención que hago frente a la imposibilidad de la perfección en ninguna sociedad puede parecer obvia para muchos. Pero la verdad es que no lo es cuando se tienen presentes los debates que se hacen, en diversos escenarios, sobre las decisiones económicas, políticas o sociales. Si en realidad comprendemos que no pueden existir sociedades perfectas, no tenemos por qué preocuparnos por evitar, por siempre, las crisis, tema que abordé hace algunas semanas. Tampoco tenemos por qué considerar que la forma como algunos crecen es la mejor: a pesar de las apariencias, parecen ser insuficientes los logros en reducción de la desigualdad o de pobreza en cualquier país del mundo, cualquiera sea su gobierno. Tampoco tenemos que permitir que, en lugares donde se ha ganado aunque sea un poco la separación entre Iglesia y Estado, ésta se pierda: esa es, precisamente, la lucha que tienen los jóvenes en Turquía en este mismo momento.  

Un segundo aspecto está relacionado con algo que ha sido repetitivo en mis comentarios: las instituciones incluyentes y su relación con el desarrollo. Si partimos del reconocimiento que ninguna sociedad es perfecta, que siempre habrá algo para mejorar, también podemos partir del hecho que aquéllas que se acercan más al ideal de contar con instituciones, formales e informales, económicas y políticas, de carácter incluyente, son las que más éxito tienen en la solución de sus problemas de violencia y/o de desarrollo. Incluso en países como Suecia, ejemplo de desarrollo, esta lucha continúa: los desórdenes se concentraron en las zonas más pobres de Estocolmo (que serían ricas si se comparan con otros países) y donde más inmigrantes viven. En Brasil, los jóvenes que han hecho parte de las movilizaciones son, en su mayoría, de clases medias que consideran que no han sido partícipes del crecimiento y, por lo tanto, exigen menos inversión en escenarios deportivos y más en sus necesidades. En Turquía, aquéllos que han sido reprimidos por las fuerzas del “orden” quieren otro tipo de inclusión: desean evitar a toda costa la restricción de sus libertades individuales para, por ejemplo, consumir licor o usar las vestimentas que deseen…quieren, en últimas, mantener el legado de separación entre el Estado y la Iglesia que habían logrado forjar desde los años 1920.

Teniendo en cuenta este aspecto, el de la inclusión, estas movilizaciones no pueden entenderse como un proceso de lucha de clases o como una exigencia para una mayor acción por parte de los estados. Como sí pueden comprenderse es que las mayorías, en diversas partes del mundo, están exigiendo poder decidir sus destinos como quieran y no como se los hayan impuesto. Esto es, en últimas, una reivindicación de carácter profundamente liberal. ¿Cómo resolver las reivindicaciones de los inmigrantes en Suecia? No excluyéndolos, por su origen, de los derechos de los demás. ¿Cómo enfrentar las peticiones de los brasileños? Permitiendo que puedan acceder a la educación que quieran y, posteriormente, al tipo de trabajos que deseen. Se trata, entonces, de abandonar la idea, muy de los gobiernos desde la dictadura y perpetuada por la retórica de Lula y por la menos elocuente Rousseff, del dirigismo estatal en la que el crecimiento importa porque, por ejemplo, se decida producir más productos agrícolas que sean insumos para los biocombustibles. No. Lo que los jóvenes están pidiendo es más capitalismo, no menos. ¿Cómo resolver las violentas manifestaciones en Turquía? Evitando que las decisiones de un partido político eliminen lo poco o mucho que han avanzado en la consolidación de instituciones democráticas y liberales.

Para los demás casos, esta observación también es válida. Los jóvenes españoles, los indignados, aunque sin saberlo, están exigiendo más capitalismo: no rescates a los bancos y más empleo. Pero más empleo para ellos implica, necesariamente, menos regulación estatal del mercado laboral. Por su parte, los jóvenes en Estados Unidos se equivocaron de dirección: lo que debieron ocupar fue Washington DC y no Wall Street. Es el Estado el causante de las crisis y, posteriormente, el artífice de los programas de rescate que perpetúan la toma de malas decisiones.

A pesar de lo anterior, es muy posible que ninguno de los aspectos mencionados se tenga en cuenta en la resolución de las manifestaciones. Como ya se ha visto en el caso de Estados Unidos o en el de la Primavera Árabe, el resultado puede ser la búsqueda de una sociedad perfecta, que solo puede llevar a malas decisiones, o a una mayor exclusión, con la imposición de regímenes que favorecen los intereses – o las visiones – de algunos a costa de los de los demás. Queda, sin embargo, una pequeña posibilidad: como demuestra la historia, más allá de los resultados inmediatos y de las recetas formuladas, la forma que éstas adquieran puede generar resultados inesperados que, a la postre, llevarán a un mundo más liberal en los años por venir. Ojalá en un tiempo, estos años de inestabilidad y de movilizaciones podamos compararlos con los grandes eventos de la historia en la comprensión que solo una mayor libertad puede ser la causa de mejores sociedades.  

COMENTARIO ADICIONAL. Infortunadamente en Colombia, a nadie le importa la libertad. En la misma semana, se aprobaron los desmanes de las FF.MM., se propuso la restricción a la libertad de comunicación a propósito del tema de los presos, se decidió controlar el precio de los medicamentos, las FARC propusieron su visión anti-democrática de la política y, una vez más, la Iglesia Católica (el solo preguntarles en una sociedad laica es algo inadmisible) y la Procuraduría mostraron su visión sobre la existencia de ciudadanos de segunda, que no pueden tener los mismos derechos que los demás. ¡Y no existe una sola posición consistente que muestre que, todo lo anterior, menoscaba lo poco que existe de libertad! 

COMENTARIO ADICIONAL II. Con sorpresa vi esta semana una publicación en la que se preguntan cuál es el secreto del crecimiento chino con un capitalismo autoritario. Ningún secreto: China ha crecido gracias a las reformas hacia una mayor liberalización y a pesar de su autoritarismo. Sin embargo, si este último no cambia, es muy difícil que se mantenga la senda de crecimiento. Se los anuncio: el modelo chino no será exitoso si las reformas no se profundizan en lo económico y si no se hacen en lo político. ¿Ahora querrán importar el autoritarismo a Colombia? ¿No tenemos suficiente con los fracasos de la mayoría de nuestros vecinos?

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crittiko

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Lecciones

Si hay un aspecto en el que existe – casi – consenso en el pensamiento sobre desarrollo es que éste se alcanza cuando las sociedades establecen las instituciones, formales e informales, adecuadas. Douglass North ha repetido en sus escritos que las instituciones son las reglas del juego a partir de las cuales los individuos toman decisiones económicas. En consecuencia, la segunda parte del – casi – consenso es que las instituciones adecuadas son aquéllas que amplían la libertad.

Como demuestra la realidad del mundo, lograr lo descrito en el párrafo precedente, aunque suene muy sencillo, no lo es. Muy pocas agrupaciones en la historia de la humanidad han logrado crear, con un poco de suerte y mucho de decisiones correctas, sociedades con las características mencionadas. Una de esas sociedades es la estadounidense. Por esta razón, el estudio de este país es obligatorio para hablar de desarrollo, de creación de riqueza.

En general, el proceso de construcción de un entramado institucional adecuado es acumulativo, de largo plazo, puesto que cuando éste comienza se van estableciendo, de manera no intencionada, una suerte de anclajes positivos. Esto es, las instituciones correctas, así como las incorrectas, presentan un fenómeno de auto-reforzamiento que se denomina dependencia del sendero: la historia importa.

Esto no implica, sin embargo, que el proceso no se pueda reversar como resultado de tomar malas decisiones. De hecho, la historia de la humanidad también se encuentra llena de ejemplos de sociedades que crearon  entramados institucionales que facilitaron la creación de riqueza pero que, con el tiempo, acumularon tantos errores que resultaron destruyendo lo que, con mucho esfuerzo, sus antepasados habían logrado edificar. Me parece que, en el futuro, también el estudio de los Estados Unidos se tendrá que abordar para mostrar esto.

Digo lo anterior a propósito de los escándalos en los que se ha visto envuelto el presidente Barack Obama en los últimos meses. No solo la gravísima noticia sobre el espionaje que han hecho las agencias de inteligencia de este país, aprobado por el presidente, sino también las noticias relacionadas con el acoso que ha hecho la agencia fiscal a las organizaciones conservadoras o el ocultamiento de hechos relacionados con la seguridad nacional, o los escándalos del Departamento de Estado, o la lista de personas a asesinar en el mundo o el uso de drones. Pero esto no es todo: entre otras, además, las deportaciones han aumentado a cifras récord durante los años del gobierno Obama.

Es decir, el gobierno de este presidente, que generó tantas expectativas tanto al interior de los Estados Unidos como en el resto del mundo, resultó peor de lo que esperábamos sus críticos. Esto, sin embargo, no es resultado únicamente de la visión – y de la arrogancia – de Barack Obama, sino que refleja el resultado de hechos históricos que son desviaciones frente al entramado institucional que permitió que ese país se convirtiera en lo que es en materia de desarrollo. El alejamiento de la libertad que se ha dado en Estados Unidos viene, por lo menos, desde finales del siglo XIX o desde los denominados gobiernos progresistas de principios del siglo XX. Además, la radicalización, tanto de la derecha como de la izquierda, que viene desde los años 60 y que se ha materializado en la búsqueda, desde ambas posturas, de un gobierno central cada vez más grande, poderoso y con muchas funciones que no aparecen en la Constitución.

Lo que veo es que, cada vez más, los estadounidenses consideran que la riqueza con la que cuentan siempre ha existido o que nunca sus antepasados tuvieron que, a partir de las ideas correctas, tomar decisiones difíciles que, a la postre, permitieron el surgimiento de características estadounidenses como la aventura, la innovación, el emprendimiento y la libertad que impulsaron el proceso de crecimiento económico de ese país. Estados Unidos sigue siendo uno de los países donde más libertad existe y, por ello, sigue siendo uno de los países más ricos del planeta. Pero como todo esto es reversible, lo que está sucediendo con el gobierno de Barack Obama es de suma gravedad.

Sin embargo, en esas amenazas no es en lo que quiero profundizar. Más bien, quiero hacer referencia a algunas lecciones que, me parece, nos debe dejar lo que está sucediendo en Estados Unidos. Primero, está el tema de las expectativas sociales: la ilusión no es acción. Barack Obama subió al poder porque encarnaba muchas de las ilusiones que tenían las minorías en Estados Unidos, los jóvenes y las mayorías en el – agotado – ámbito internacional, como resultado de las pésimas políticas que, en este ámbito, tomó el gobierno, también pésimo, de George W. Bush. Sin embargo, repito, las ilusiones no implican acción. De todas las expectativas que existían sobre el gobierno Obama, ninguna se ha cumplido. La lección, entonces, es sencilla: las decisiones de las mayorías no se deben basar en la retórica del candidato o en lo que se quisiera que hiciera, sino en su capacidad demostrada, en su trayectoria y en las posibilidades reales para que cumpla lo que promete.

Segundo, está el tema de la libertad. Definitivamente, estamos en un mundo en el que este valor, tan importante para la creación y preservación de la sociedad misma, es ignorado, rechazado o poco apreciado. Esto lo digo porque nunca llamaron la atención los abusos que estaba cometiendo, desde el principio, el gobierno Obama, sino hasta ahora. ¿Por qué? Porque los abusos que cometió desde que llegó al poder estaban encaminados a reducir la libertad económica y esa, al parecer, a nadie le importa. De hecho, las mayorías consideran que eso es lo que se debe hacer. No es sino hasta que se tocan otro tipo de libertades, como las de comunicación o expresión, cuando se levantan, exaltados, aquellos que apoyaron las restricciones que, antes se estructuraron, en contra de los empresarios o de quienes trabajan en el odiado Wall Street. La lección en este punto es que, infortunadamente, cuando se apoyan los abusos en uno de los ámbitos, después no existen límites para los abusos en el otro. La reducción de la libertad económica lleva, tarde o temprano, a una reducción de la libertad individual. Como mencionó, de manera acertada, una columnista caracterizada por su desprecio a la libertad económica, los escándalos más recientes no los hubiera podido describir ni George Orwell en su famoso libro 1984.

Tercero, está el tema de la hipocresía. No entiendo por qué las mayorías esperanzadas no se dan cuenta que lo que les prometen no es realizable y que, en caso que lo fuera, no es deseable. Es mejor escoger un líder que, desde el principio, exponga sus puntos de vista, sus creencias y sus intenciones de manera abierta y no uno que diga lo que esas mayorías esperanzadas quieren oír. George W. Bush cometió los errores que, en su campaña prometió. El problema está en los electores estadounidenses que se lo permitieron. Por su parte, Obama se mostró como un redentor, preocupado por sus conciudadanos y por el mundo, pero, en realidad, considera que el Estado es un fin en sí mismo. La lección: las sociedades del mundo deben dejar de buscar salvadores, elegidos y seres superiores y comenzar a entender que los líderes son representantes, con funciones específicas y poderes que deben estar muy limitados.

Cuarto, está el tema del crecimiento del Estado. Muchos liberales lo han reseñado: cuando se pierden los límites que deben tener los estados en su accionar, se abre un proceso que, en muchos casos, puede degenerar en totalitarismo. No estoy diciendo que Estados Unidos sea un régimen totalitario, pero la extensión de sus funciones que, como dije antes, comenzó desde finales del siglo XIX, ha llegado a límites impensables para los padres fundadores. No sabemos cuándo ni cómo vaya a terminar, pero las perspectivas no se ven positivas. La lección, entonces, es que tenemos que retomar las discusiones sobre lo que en realidad debe hacer el Estado. No se deben abandonar los debates, sino impulsarlos con más fuerza.

Quinto, la supuesta tensión entre libertad y seguridad. Ninguna sociedad en el mundo puede ceder a la tentación, que siempre tendrán quienes detentan el poder, de avanzar su capacidad de intromisión en las vidas de los demás por consideraciones de amenazas a la seguridad. Tratar de enfrentar, por ejemplo el terrorismo, restringiendo la libertad es cumplir con el objetivo de los terroristas: acabar con las sociedades en las que prima el individuo, sus deseos y objetivos y no los de una supuesta masa social. La lección es clara: si el Estado busca cumplir su objetivo de brindar seguridad a través de la restricción de la libertad individual, lo que en realidad hace es garantizar la persistencia de las organizaciones estatales a costa de los individuos. El Estado no es lo que se debe defender, sino a los seres humanos que lo crearon y lo sostienen.

Sexto, como muchos autores liberales (y otros que ni fueron autores, ni liberales, como Ronald Reagan) han reconocido en el pasado: el Estado no es la solución, sino el problema. El Estado no puede solucionar las crisis, sino que las genera, no puede generar desarrollo, sino impedirlo y no puede crear libertad, sino restringirla. Por esto es que debemos continuar en el proceso de limitar las funciones del Estado al máximo, incluso la de cómo brindar seguridad.

Muchas otras lecciones seguramente se me escapan. Estados Unidos es un país apasionante para estudiar y analizar y extraer de él lecciones para otros países tanto en lo bueno, como en lo malo. Infortunadamente, creo que, en los años por venir, tendremos que extraer sobre todo las muchas lecciones que nos dejen sobre lo que no hay que hacer.    

COMENTARIO ADICIONAL. El presidente Santos sigue emocionado. Ahora, cree que puede ser un actor importante para solucionar el conflicto Israel – Palestina. Creo que sus asesores deberían calmarlo porque me parece que, en su éxtasis de optimismo, ha perdido el norte. Su objetivo no es el Premio Nobel de Paz o figurar en el mundo, sino ser el representante de los colombianos. Punto.

COMENTARIO ADICIONAL II. El único país en donde está mal visto defenderse es Colombia. Como dije la semana pasada, en Colombia todos se exaltan cuando los venezolanos, bolivianos, nicaragüenses o ecuatorianos se molestan con lo que hacemos. Pero ellos pueden afirmar que los queremos asesinar o que nuestros expresidentes son paramilitares. El ejemplo de esta semana de Chile, que le exigió respeto al presidente Evo Morales por la forma como se ha referido el presidente Sebastián Piñera debería ser también una lección para el país.

COMENTARIO ADICIONAL III. Ahora sí que no tenemos alcalde en Bogotá. Como lo hizo Ernesto Samper, las labores de Gustavo Petro ahora están encaminadas únicamente a aferrarse al poder. La pregunta es: ¿para qué?

COMENTARIO ADICIONAL IV. Me preocupa que, como es evidente en suúltima columna, Antonio Caballero esté optimista. Las razones de su optimismo serían un daño gravísimo para Colombia. Prefiero seguir leyendo su acostumbrado odio por todo y por todos…

LECCIONES

Si hay un aspecto en el que existe – casi – consenso en el pensamiento sobre desarrollo es que éste se alcanza cuando las sociedades establecen las instituciones, formales e informales, adecuadas. Douglass North ha repetido en sus escritos que las instituciones son las reglas del juego a partir de las cuales los individuos toman decisiones económicas. En consecuencia, la segunda parte del – casi – consenso es que las instituciones adecuadas son aquéllas que amplían la libertad.

Como demuestra la realidad del mundo, lograr lo descrito en el párrafo precedente, aunque suene muy sencillo, no lo es. Muy pocas agrupaciones en la historia de la humanidad han logrado crear, con un poco de suerte y mucho de decisiones correctas, sociedades con las características mencionadas. Una de esas sociedades es la estadounidense. Por esta razón, el estudio de este país es obligatorio para hablar de desarrollo, de creación de riqueza.

En general, el proceso de construcción de un entramado institucional adecuado es acumulativo, de largo plazo, puesto que cuando éste comienza se van estableciendo, de manera no intencionada, una suerte de anclajes positivos. Esto es, las instituciones correctas, así como las incorrectas, presentan un fenómeno de auto-reforzamiento que se denomina dependencia del sendero: la historia importa.

Esto no implica, sin embargo, que el proceso no se pueda reversar como resultado de tomar malas decisiones. De hecho, la historia de la humanidad también se encuentra llena de ejemplos de sociedades que crearon  entramados institucionales que facilitaron la creación de riqueza pero que, con el tiempo, acumularon tantos errores que resultaron destruyendo lo que, con mucho esfuerzo, sus antepasados habían logrado edificar. Me parece que, en el futuro, también el estudio de los Estados Unidos se tendrá que abordar para mostrar esto.

Digo lo anterior a propósito de los escándalos en los que se ha visto envuelto el presidente Barack Obama en los últimos meses. No solo la gravísima noticia sobre el espionaje que han hecho las agencias de inteligencia de este país, aprobado por el presidente, sino también las noticias relacionadas con el acoso que ha hecho la agencia fiscal a las organizaciones conservadoras o el ocultamiento de hechos relacionados con la seguridad nacional, o los escándalos del Departamento de Estado, o la lista de personas a asesinar en el mundo o el uso de drones. Pero esto no es todo: entre otras, además, las deportaciones han aumentado a cifras récord durante los años del gobierno Obama.

Es decir, el gobierno de este presidente, que generó tantas expectativas tanto al interior de los Estados Unidos como en el resto del mundo, resultó peor de lo que esperábamos sus críticos. Esto, sin embargo, no es resultado únicamente de la visión – y de la arrogancia – de Barack Obama, sino que refleja el resultado de hechos históricos que son desviaciones frente al entramado institucional que permitió que ese país se convirtiera en lo que es en materia de desarrollo. El alejamiento de la libertad que se ha dado en Estados Unidos viene, por lo menos, desde finales del siglo XIX o desde los denominados gobiernos progresistas de principios del siglo XX. Además, la radicalización, tanto de la derecha como de la izquierda, que viene desde los años 60 y que se ha materializado en la búsqueda, desde ambas posturas, de un gobierno central cada vez más grande, poderoso y con muchas funciones que no aparecen en la Constitución.

Lo que veo es que, cada vez más, los estadounidenses consideran que la riqueza con la que cuentan siempre ha existido o que nunca sus antepasados tuvieron que, a partir de las ideas correctas, tomar decisiones difíciles que, a la postre, permitieron el surgimiento de características estadounidenses como la aventura, la innovación, el emprendimiento y la libertad que impulsaron el proceso de crecimiento económico de ese país. Estados Unidos sigue siendo uno de los países donde más libertad existe y, por ello, sigue siendo uno de los países más ricos del planeta. Pero como todo esto es reversible, lo que está sucediendo con el gobierno de Barack Obama es de suma gravedad.

Sin embargo, en esas amenazas no es en lo que quiero profundizar. Más bien, quiero hacer referencia a algunas lecciones que, me parece, nos debe dejar lo que está sucediendo en Estados Unidos. Primero, está el tema de las expectativas sociales: la ilusión no es acción. Barack Obama subió al poder porque encarnaba muchas de las ilusiones que tenían las minorías en Estados Unidos, los jóvenes y las mayorías en el – agotado – ámbito internacional, como resultado de las pésimas políticas que, en este ámbito, tomó el gobierno, también pésimo, de George W. Bush. Sin embargo, repito, las ilusiones no implican acción. De todas las expectativas que existían sobre el gobierno Obama, ninguna se ha cumplido. La lección, entonces, es sencilla: las decisiones de las mayorías no se deben basar en la retórica del candidato o en lo que se quisiera que hiciera, sino en su capacidad demostrada, en su trayectoria y en las posibilidades reales para que cumpla lo que promete.

Segundo, está el tema de la libertad. Definitivamente, estamos en un mundo en el que este valor, tan importante para la creación y preservación de la sociedad misma, es ignorado, rechazado o poco apreciado. Esto lo digo porque nunca llamaron la atención los abusos que estaba cometiendo, desde el principio, el gobierno Obama, sino hasta ahora. ¿Por qué? Porque los abusos que cometió desde que llegó al poder estaban encaminados a reducir la libertad económica y esa, al parecer, a nadie le importa. De hecho, las mayorías consideran que eso es lo que se debe hacer. No es sino hasta que se tocan otro tipo de libertades, como las de comunicación o expresión, cuando se levantan, exaltados, aquellos que apoyaron las restricciones que, antes se estructuraron, en contra de los empresarios o de quienes trabajan en el odiado Wall Street. La lección en este punto es que, infortunadamente, cuando se apoyan los abusos en uno de los ámbitos, después no existen límites para los abusos en el otro. La reducción de la libertad económica lleva, tarde o temprano, a una reducción de la libertad individual. Como mencionó, de manera acertada, una columnista caracterizada por su desprecio a la libertad económica, los escándalos más recientes no los hubiera podido describir ni George Orwell en su famoso libro 1984.

Tercero, está el tema de la hipocresía. No entiendo por qué las mayorías esperanzadas no se dan cuenta que lo que les prometen no es realizable y que, en caso que lo fuera, no es deseable. Es mejor escoger un líder que, desde el principio, exponga sus puntos de vista, sus creencias y sus intenciones de manera abierta y no uno que diga lo que esas mayorías esperanzadas quieren oír. George W. Bush cometió los errores que, en su campaña prometió. El problema está en los electores estadounidenses que se lo permitieron. Por su parte, Obama se mostró como un redentor, preocupado por sus conciudadanos y por el mundo, pero, en realidad, considera que el Estado es un fin en sí mismo. La lección: las sociedades del mundo deben dejar de buscar salvadores, elegidos y seres superiores y comenzar a entender que los líderes son representantes, con funciones específicas y poderes que deben estar muy limitados.

Cuarto, está el tema del crecimiento del Estado. Muchos liberales lo han reseñado: cuando se pierden los límites que deben tener los estados en su accionar, se abre un proceso que, en muchos casos, puede degenerar en totalitarismo. No estoy diciendo que Estados Unidos sea un régimen totalitario, pero la extensión de sus funciones que, como dije antes, comenzó desde finales del siglo XIX, ha llegado a límites impensables para los padres fundadores. No sabemos cuándo ni cómo vaya a terminar, pero las perspectivas no se ven positivas. La lección, entonces, es que tenemos que retomar las discusiones sobre lo que en realidad debe hacer el Estado. No se deben abandonar los debates, sino impulsarlos con más fuerza.

Quinto, la supuesta tensión entre libertad y seguridad. Ninguna sociedad en el mundo puede ceder a la tentación, que siempre tendrán quienes detentan el poder, de avanzar su capacidad de intromisión en las vidas de los demás por consideraciones de amenazas a la seguridad. Tratar de enfrentar, por ejemplo el terrorismo, restringiendo la libertad es cumplir con el objetivo de los terroristas: acabar con las sociedades en las que prima el individuo, sus deseos y objetivos y no los de una supuesta masa social. La lección es clara: si el Estado busca cumplir su objetivo de brindar seguridad a través de la restricción de la libertad individual, lo que en realidad hace es garantizar la persistencia de las organizaciones estatales a costa de los individuos. El Estado no es lo que se debe defender, sino a los seres humanos que lo crearon y lo sostienen.

Sexto, como muchos autores liberales (y otros que ni fueron autores, ni liberales, como Ronald Reagan) han reconocido en el pasado: el Estado no es la solución, sino el problema. El Estado no puede solucionar las crisis, sino que las genera, no puede generar desarrollo, sino impedirlo y no puede crear libertad, sino restringirla. Por esto es que debemos continuar en el proceso de limitar las funciones del Estado al máximo, incluso la de cómo brindar seguridad.

Muchas otras lecciones seguramente se me escapan. Estados Unidos es un país apasionante para estudiar y analizar y extraer de él lecciones para otros países tanto en lo bueno, como en lo malo. Infortunadamente, creo que, en los años por venir, tendremos que extraer sobre todo las muchas lecciones que nos dejen sobre lo que no hay que hacer.    

COMENTARIO ADICIONAL. El presidente Santos sigue emocionado. Ahora, cree que puede ser un actor importante para solucionar el conflicto Israel – Palestina. Creo que sus asesores deberían calmarlo porque me parece que, en su éxtasis de optimismo, ha perdido el norte. Su objetivo no es el Premio Nobel de Paz o figurar en el mundo, sino ser el representante de los colombianos. Punto.

COMENTARIO ADICIONAL II. El único país en donde está mal visto defenderse es Colombia. Como dije la semana pasada, en Colombia todos se exaltan cuando los venezolanos, bolivianos, nicaragüenses o ecuatorianos se molestan con lo que hacemos. Pero ellos pueden afirmar que los queremos asesinar o que nuestros expresidentes son paramilitares. El ejemplo de esta semana de Chile, que le exigió respeto al presidente Evo Morales por la forma como se ha referido el presidente Sebastián Piñera debería ser también una lección para el país.

COMENTARIO ADICIONAL III. Ahora sí que no tenemos alcalde en Bogotá. Como lo hizo Ernesto Samper, las labores de Gustavo Petro ahora están encaminadas únicamente a aferrarse al poder. La pregunta es: ¿para qué?

COMENTARIO ADICIONAL IV. Me preocupa que, como es evidente en su última columna, Antonio Caballero esté optimista. Las razones de su optimismo serían un daño gravísimo para Colombia. Prefiero seguir leyendo su acostumbrado odio por todo y por todos…

DESPUÉS DE LA TORMENTA…VENDRÁ OTRA

Esta semana ha sido el turno de la política exterior del país. Una vez más, Colombia se convirtió en el centro de la polémica en la región latinoamericana por cuenta, a finales de la semana pasada, de la visita de Henrique Capriles al presidente Juan Manuel Santos y, posteriormente, por la declaraciones de este último sobre la supuesta intención del país de entrar a formar parte de la Organización del Tratado Atlántico Norte – OTAN. Algunos, incluso, han buscado integrar estos dos hechos con la visita del vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden. Aunque la cosa comenzó a calmarse desde el martes, no debemos dejar pasar la oportunidad para profundizar en este tema.

No es raro que se critique la política exterior de Colombia como resultado de las preocupaciones que nuestras decisiones generan en los países vecinos. Tampoco es raro que se hable sobre un supuesto aislamiento del país, sobre la necesidad de profundizar la integración con nuestros “hermanos” o que se culpe a nuestros mandatarios por las crisis que se generan con algunos gobiernos de la región.

Pero vamos por partes. ¿Aislamiento? ¿Podemos hablar de aislamiento si, hace tan solo dos semanas, logramos unos acuerdos en el marco de la Alianza del Pacífico con países como México, Chile y Perú? ¿Podemos hablar de aislamiento si estamos finalizando un tratado de libre comercio con Costa Rica? ¿Nos hemos aislado de Brasil, cuyo expresidente y aliado cercano de la actual presidenta, visitó Colombia esta misma semana? Fíjense que, en realidad, aquellos que hacen referencia a un supuesto aislamiento lo que les preocupa es que nos aislemos de los países que conforman el ALBA.  

Se afirma, por ejemplo, que una crisis con Venezuela pondría en riesgo el proceso de paz con las FARC. Si esto fuera cierto, si las FARC abandonaran la mesa de negociación por una eventual crisis real con Venezuela, tendríamos que concluir que el grupo guerrillero no tenía mayor interés en un acuerdo. No se debe olvidar que las negociaciones efectivas, que llegan a acuerdos de largo plazo, tienen como condición, necesaria, aunque no suficiente, que quienes se sientan a la mesa perciban que ésta es su mejor alternativa y esto no depende de los aliados externos.

Sobre el tema de la integración latinoamericana, la crítica es más reiterada pero menos contundente  ¿Cuál de los más de diez diferentes – y estancados – procesos de integración quieren los críticos que Colombia se encargue de profundizar? Además, no se debe olvidar que la integración depende no solo de un país, en este caso Colombia, sino de todos los gobiernos. Si los procesos no avanzan no es por las decisiones de un país, sino por la indecisión de todos. Por último, fíjense también, que los procesos que les preocupan a los críticos son aquellos que, como la UNASUR, no plantean ningún tipo de integración real (se excluye el tema económico) sino la conformación de contrapesos a lo ya creado en el ámbito global (como el Consejo de Defensa Suramericano que busca ser el contrapeso del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Esa es la intención, pero es claro que la realidad es totalmente contraria). Otro ejemplo podría la CELAC, cuyo presidente actual, Raúl Castró, líder cubano, está encargado de defender la democracia en la región (¡!). Es decir, integración, ahí sí, para que, todos unidos, nos aislemos del resto del mundo.

Un comentario especial merece la idea sobre la hermandad latinoamericana. Muchos afirman que las decisiones de nuestro país amenazan la armonía y la supuesta existencia de una relación – histórica y cultural – entre hermanos. Como a estos analistas les gusta tanto la imagen de la familia, frente a esto tendríamos que preguntarnos, primero, si es verdad que las relaciones al interior de las familias, entre hermanos, son siempre armónicas y no conflictivas. Segundo, incluso si este fuera el caso ¿Un individuo no puede tomar sus propias decisiones, sin tener en cuenta, los deseos, expectativas e intereses de sus hermanos? Es claro que esta imagen de la existencia de relaciones de hermandad entre latinoamericanos, incluso si fuera cierta, no tendría por qué frenar las decisiones que el país quisiera adoptar. 

En tercer lugar, está el tema de las crisis con los vecinos. ¿En realidad las declaraciones de nuestros funcionarios o, lo que sería más grave, las decisiones sobre política exterior que se toman en el país son la razón de las constantes crisis? Para responder esta pregunta, es importante distinguir entre diplomacia y política exterior. La primera se podría entender como la forma y la segunda como la sustancia. En este sentido, podemos afirmar que nuestros mandatarios sí han tenido problemas de diplomacia: la forma como anuncian las decisiones u objetivos que buscan. Otra cosa es la sustancia: ¿las decisiones que se han tomado en las últimas semanas afectan la relación con los países vecinos y, más específicamente, con aquellos del Socialismo del Siglo XXI?

Miremos, entonces, las decisiones. Primero está la reunión del presidente Santos con el opositor venezolano, Henrique Capriles. Es cierto que esto tenía que molestar al tambaleante gobierno de Nicolás Maduro. Sin embargo, no debemos olvidar que, precisamente, tarde o temprano, habrá un cambio de gobierno en Venezuela y está en el interés de Colombia tener espacios de comunicación con los diversos sectores políticos de ese país. No podemos repetir el error que se cometió desde que subió al poder Hugo Chávez (las élites colombianas no creían que podría ganar)o cuando se le hizo el corto golpe de Estado. Ahora no podemos darnos el lujo de ignorar al creciente movimiento de oposición.   

Segundo está la declaración en el sentido del ingreso de Colombia a la OTAN. Hoy ya sabemos que lo que en realidad existe es una intención de firmar un acuerdo militar con esta organización con el fin de preparar a nuestras fuerzas militares para el posconflicto. Algunos expertos han afirmado que esta alianza militar ha sido útil en estas acciones en otros contextos. No sé si para el caso colombiano sean igual de efectivos. Tengo reservas sobre esta decisión: me parece que acercarse a esta alianza no va a contribuir en mucho a los intereses del país. Para lo que sí puede servir es, como afirmé la semana pasada, para abrir otro espacio en el proceso de consolidación de una nueva identidad social en el ámbito internacional. También es posible que esta decisión sirva, no a los intereses del país, sino a los del Ministerio de Defensa y de las Fuerzas Militares colombianas: un acuerdo con la OTAN podría servir para legitimar algunas de las – preocupantes – reformas que se están adelantando para enfrentar el desafío de las BACRIM o sobre justicia militar. En este sentido, la preocupación sobre el tema de la OTAN tendría que ser interno y no una cuestión regional: nadie, nunca, habló de tropas extranjeras en la región o de intervenciones en los países vecinos.

Otras acciones recientes que algunos han criticado con los mismos argumentos que señalé arriba han sido el tema de la OCDE, las negociaciones de acuerdos comerciales o la visita del vicepresidente de Estados Unidos. No creo que sea necesario mostrar que ninguna de las anteriores son amenazas a las relaciones con el resto de la región. Lo que sí me parece importante resaltar es que tenemos que abandonar la idea según la cual existe una incompatibilidad entre buenas relaciones con Estados Unidos o con las potencias del mundo y buenas relaciones con América Latina. Éstas no son excluyentes entre sí. Por el contrario, con un país con las necesidades de Colombia y la importancia del ámbito internacional, éstas deben ser vistas como complementarias.

Dos temas faltan por mirar. ¿Por qué Santos ha hecho lo que ha hecho en las últimas semanas? Existen muchas hipótesis. Yo no creo que exista algo detrás, malvado, en las decisiones de recibir a Capriles o la declaración sobre la OTAN. Tampoco creo que exista relación entre estos dos hechos o entre ellos y la visita del vicepresidente Biden. Lo que sí creo es que reflejan parte de las inquietudes del presidente Santos. La reunión con Capriles puede reflejar la intención del presidente de desmentir las críticas que le ha hecho el sector uribista – y que ha tenido recepción en la opinión pública – sobre su cercanía con el chavismo. El tema de la OTAN, no creo que haya sido desconocimiento sobre lo que es esta organización, pero sí puede deberse, como lo afirmé la semana pasada, al optimismo desmedido que tiene el presidente sobre sus logros en el ámbito de política exterior. Santos no desconocía que no podemos ingresar a esta organización. Simplemente, creo yo, se dejó llevar por la emoción y no calculó el impacto que podría tener su – desafortunada – afirmación.

Por último, si el amague de crisis de esta semana en la relación del país con algunos de sus vecinos no se debe a las decisiones que se toman ¿a qué se debe? ¿A las diferencias ideológicas? ¿A problemas de diplomacia? ¿A las características propias de los regímenes que, como el venezolano, han basado su poder en la construcción – y exageración – de amenazas externas? Creo que todos estos factores explican parte de la respuesta. Sin embargo, en realidad, el tipo de relaciones entre Colombia y sus vecinos ha dependido, históricamente, de dos variables. Por un lado, la estabilidad de los gobiernos. Esto no es una cuestión de si existe democracia o no. Esto es, más bien, que las relaciones con nuestros vecinos tienen mayores probabilidades de ser buenas, armónicas o estables entre más consolidados estén los gobernantes. Dentro de esta variable, es importante tener en cuenta la existencia de crisis internas, sean éstas sociales, económicas o, específicamente, políticas. Por otro lado, hasta hace muy poco, la segunda variable era la rivalidad por recursos de cooperación, sobre todo, con algunos de esos países (Ecuador, Perú o Bolivia).

Es decir, las crisis en las relaciones con los países vecinos se pueden esperar cuando alguno de ellos – incluido Colombia – tiene gobiernos con problemas domésticos y/o cuando uno de ellos logra atraer más recursos de cooperación que, por definición, son un juego de suma cero (lo que gana uno lo pierden los demás). Como Colombia, desde hace muy poco, ha disminuido su enfoque de buscar recursos de cooperación en el ámbito internacional, la variable que más fuerza tiene en la actualidad es, precisamente, la de la estabilidad. Fíjense que, por ejemplo, que yo sepa, el Ecuador de Rafael Correa, quien busca ser el sucesor de Hugo Chávez como líder del Socialismo del Siglo XXI, no mostró ninguna preocupación por la declaración de Colombia. Quienes lideraron la polémica fueron los – emproblemados – gobiernos de Nicaragua, Venezuela y Bolivia (país que, tradicionalmente, se ha comportado como país vecino). Si quieren profundizar sobre esta hipótesis, la muestro de manera más clara en mi libro ¿Política exterior o política de cooperación?

Decidí escribir sobre este tema, a pesar de haberse solucionado comenzando la semana, porque considero que es necesario que tengamos elementos suficientes, en las próximas crisis, para analizar los hechos. Es bien interesante que aquellos que critican las decisiones de estas semanas, con el argumento que éstas molestan a los gobernantes del ALBA, sean los mismos que hablan, de manera reiterada, sobre la necesidad de crear una política exterior independiente y autónoma….frente a Estados Unidos. Es decir, autonomía frente a la potencia pero sujeción frente a nuestros “hermanos”. Las decisiones que se toman en materia de política exterior debemos debatirlas a partir de nuestros intereses como nación y no a partir de consideraciones sobre quiénes se sienten afectados, sobre diferencias ideológicas, sobre la integración latinoamericana o sobre la existencia de unos lazos de hermandad con los países de la región.

Algunas decisiones, como los acuerdos comerciales, el ingreso a la OCDE o la reunión con Capriles, me parece que son positivos para el país. Otros, como el acercamiento con la OTAN, no necesariamente son negativos, pero me parece que son una pérdida de tiempo. No obstante estos debates tenemos que hacerlos entre nosotros. Las crisis seguirán así llegue Capriles al poder o quien sea en los otros países, si mi hipótesis es correcta. El desgaste diplomático, esto es, de forma, vale la pena según los beneficios que las decisiones – a partir de las que se explican esas crisis – generen para el país y no, como ya es tradición, por las angustias que tengan Ortega, Maduro, Morales o quienes vengan. Que ellos se calmen tomando malas decisiones domésticas. Nosotros, mientras tanto, seguiremos avanzando hacia una mayor inserción internacional. Eso sí genera beneficios.

COMENTARIO ADICIONAL. Los grupos neo-nazis asesinaron a un estudiante en París, hay algunos capturados, pero se anuncia complicado el proceso. En Bogotá, golpean a las personas, los capturan, pero los dejan libres porque no los asesinaron. Es un problema cuando los estados no cumplen ni siquiera las funciones para las cuales fueron creados. No entiendo, además, por qué las ideologías de odio tienen tanta recepción en sociedades tan distintas. Con estos fenómenos en crecimiento, sin protección por parte de los estados, lo único que queda es seguir defendiendo la libertad, única ideología que no se basa en el odio a nadie. 

COMENTARIO ADICIONAL II. Protestan, ahora, los zapateros y se anuncian manifestaciones de otros gremios. ¿Tendré que aceptar que Colombia va a ser el único país del mundo, en la historia, que no gana nada con una mayor apertura comercial o en realidad estamos, como le he dicho en varias ocasiones, ante una lógica de captura de rentas que impide la consolidación de instituciones incluyentes? Esperemos cuánto costarán las nuevas negociaciones…