DESPUÉS DE LA TORMENTA…VENDRÁ OTRA

Esta semana ha sido el turno de la política exterior del país. Una vez más, Colombia se convirtió en el centro de la polémica en la región latinoamericana por cuenta, a finales de la semana pasada, de la visita de Henrique Capriles al presidente Juan Manuel Santos y, posteriormente, por la declaraciones de este último sobre la supuesta intención del país de entrar a formar parte de la Organización del Tratado Atlántico Norte – OTAN. Algunos, incluso, han buscado integrar estos dos hechos con la visita del vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden. Aunque la cosa comenzó a calmarse desde el martes, no debemos dejar pasar la oportunidad para profundizar en este tema.

No es raro que se critique la política exterior de Colombia como resultado de las preocupaciones que nuestras decisiones generan en los países vecinos. Tampoco es raro que se hable sobre un supuesto aislamiento del país, sobre la necesidad de profundizar la integración con nuestros “hermanos” o que se culpe a nuestros mandatarios por las crisis que se generan con algunos gobiernos de la región.

Pero vamos por partes. ¿Aislamiento? ¿Podemos hablar de aislamiento si, hace tan solo dos semanas, logramos unos acuerdos en el marco de la Alianza del Pacífico con países como México, Chile y Perú? ¿Podemos hablar de aislamiento si estamos finalizando un tratado de libre comercio con Costa Rica? ¿Nos hemos aislado de Brasil, cuyo expresidente y aliado cercano de la actual presidenta, visitó Colombia esta misma semana? Fíjense que, en realidad, aquellos que hacen referencia a un supuesto aislamiento lo que les preocupa es que nos aislemos de los países que conforman el ALBA.  

Se afirma, por ejemplo, que una crisis con Venezuela pondría en riesgo el proceso de paz con las FARC. Si esto fuera cierto, si las FARC abandonaran la mesa de negociación por una eventual crisis real con Venezuela, tendríamos que concluir que el grupo guerrillero no tenía mayor interés en un acuerdo. No se debe olvidar que las negociaciones efectivas, que llegan a acuerdos de largo plazo, tienen como condición, necesaria, aunque no suficiente, que quienes se sientan a la mesa perciban que ésta es su mejor alternativa y esto no depende de los aliados externos.

Sobre el tema de la integración latinoamericana, la crítica es más reiterada pero menos contundente  ¿Cuál de los más de diez diferentes – y estancados – procesos de integración quieren los críticos que Colombia se encargue de profundizar? Además, no se debe olvidar que la integración depende no solo de un país, en este caso Colombia, sino de todos los gobiernos. Si los procesos no avanzan no es por las decisiones de un país, sino por la indecisión de todos. Por último, fíjense también, que los procesos que les preocupan a los críticos son aquellos que, como la UNASUR, no plantean ningún tipo de integración real (se excluye el tema económico) sino la conformación de contrapesos a lo ya creado en el ámbito global (como el Consejo de Defensa Suramericano que busca ser el contrapeso del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Esa es la intención, pero es claro que la realidad es totalmente contraria). Otro ejemplo podría la CELAC, cuyo presidente actual, Raúl Castró, líder cubano, está encargado de defender la democracia en la región (¡!). Es decir, integración, ahí sí, para que, todos unidos, nos aislemos del resto del mundo.

Un comentario especial merece la idea sobre la hermandad latinoamericana. Muchos afirman que las decisiones de nuestro país amenazan la armonía y la supuesta existencia de una relación – histórica y cultural – entre hermanos. Como a estos analistas les gusta tanto la imagen de la familia, frente a esto tendríamos que preguntarnos, primero, si es verdad que las relaciones al interior de las familias, entre hermanos, son siempre armónicas y no conflictivas. Segundo, incluso si este fuera el caso ¿Un individuo no puede tomar sus propias decisiones, sin tener en cuenta, los deseos, expectativas e intereses de sus hermanos? Es claro que esta imagen de la existencia de relaciones de hermandad entre latinoamericanos, incluso si fuera cierta, no tendría por qué frenar las decisiones que el país quisiera adoptar. 

En tercer lugar, está el tema de las crisis con los vecinos. ¿En realidad las declaraciones de nuestros funcionarios o, lo que sería más grave, las decisiones sobre política exterior que se toman en el país son la razón de las constantes crisis? Para responder esta pregunta, es importante distinguir entre diplomacia y política exterior. La primera se podría entender como la forma y la segunda como la sustancia. En este sentido, podemos afirmar que nuestros mandatarios sí han tenido problemas de diplomacia: la forma como anuncian las decisiones u objetivos que buscan. Otra cosa es la sustancia: ¿las decisiones que se han tomado en las últimas semanas afectan la relación con los países vecinos y, más específicamente, con aquellos del Socialismo del Siglo XXI?

Miremos, entonces, las decisiones. Primero está la reunión del presidente Santos con el opositor venezolano, Henrique Capriles. Es cierto que esto tenía que molestar al tambaleante gobierno de Nicolás Maduro. Sin embargo, no debemos olvidar que, precisamente, tarde o temprano, habrá un cambio de gobierno en Venezuela y está en el interés de Colombia tener espacios de comunicación con los diversos sectores políticos de ese país. No podemos repetir el error que se cometió desde que subió al poder Hugo Chávez (las élites colombianas no creían que podría ganar)o cuando se le hizo el corto golpe de Estado. Ahora no podemos darnos el lujo de ignorar al creciente movimiento de oposición.   

Segundo está la declaración en el sentido del ingreso de Colombia a la OTAN. Hoy ya sabemos que lo que en realidad existe es una intención de firmar un acuerdo militar con esta organización con el fin de preparar a nuestras fuerzas militares para el posconflicto. Algunos expertos han afirmado que esta alianza militar ha sido útil en estas acciones en otros contextos. No sé si para el caso colombiano sean igual de efectivos. Tengo reservas sobre esta decisión: me parece que acercarse a esta alianza no va a contribuir en mucho a los intereses del país. Para lo que sí puede servir es, como afirmé la semana pasada, para abrir otro espacio en el proceso de consolidación de una nueva identidad social en el ámbito internacional. También es posible que esta decisión sirva, no a los intereses del país, sino a los del Ministerio de Defensa y de las Fuerzas Militares colombianas: un acuerdo con la OTAN podría servir para legitimar algunas de las – preocupantes – reformas que se están adelantando para enfrentar el desafío de las BACRIM o sobre justicia militar. En este sentido, la preocupación sobre el tema de la OTAN tendría que ser interno y no una cuestión regional: nadie, nunca, habló de tropas extranjeras en la región o de intervenciones en los países vecinos.

Otras acciones recientes que algunos han criticado con los mismos argumentos que señalé arriba han sido el tema de la OCDE, las negociaciones de acuerdos comerciales o la visita del vicepresidente de Estados Unidos. No creo que sea necesario mostrar que ninguna de las anteriores son amenazas a las relaciones con el resto de la región. Lo que sí me parece importante resaltar es que tenemos que abandonar la idea según la cual existe una incompatibilidad entre buenas relaciones con Estados Unidos o con las potencias del mundo y buenas relaciones con América Latina. Éstas no son excluyentes entre sí. Por el contrario, con un país con las necesidades de Colombia y la importancia del ámbito internacional, éstas deben ser vistas como complementarias.

Dos temas faltan por mirar. ¿Por qué Santos ha hecho lo que ha hecho en las últimas semanas? Existen muchas hipótesis. Yo no creo que exista algo detrás, malvado, en las decisiones de recibir a Capriles o la declaración sobre la OTAN. Tampoco creo que exista relación entre estos dos hechos o entre ellos y la visita del vicepresidente Biden. Lo que sí creo es que reflejan parte de las inquietudes del presidente Santos. La reunión con Capriles puede reflejar la intención del presidente de desmentir las críticas que le ha hecho el sector uribista – y que ha tenido recepción en la opinión pública – sobre su cercanía con el chavismo. El tema de la OTAN, no creo que haya sido desconocimiento sobre lo que es esta organización, pero sí puede deberse, como lo afirmé la semana pasada, al optimismo desmedido que tiene el presidente sobre sus logros en el ámbito de política exterior. Santos no desconocía que no podemos ingresar a esta organización. Simplemente, creo yo, se dejó llevar por la emoción y no calculó el impacto que podría tener su – desafortunada – afirmación.

Por último, si el amague de crisis de esta semana en la relación del país con algunos de sus vecinos no se debe a las decisiones que se toman ¿a qué se debe? ¿A las diferencias ideológicas? ¿A problemas de diplomacia? ¿A las características propias de los regímenes que, como el venezolano, han basado su poder en la construcción – y exageración – de amenazas externas? Creo que todos estos factores explican parte de la respuesta. Sin embargo, en realidad, el tipo de relaciones entre Colombia y sus vecinos ha dependido, históricamente, de dos variables. Por un lado, la estabilidad de los gobiernos. Esto no es una cuestión de si existe democracia o no. Esto es, más bien, que las relaciones con nuestros vecinos tienen mayores probabilidades de ser buenas, armónicas o estables entre más consolidados estén los gobernantes. Dentro de esta variable, es importante tener en cuenta la existencia de crisis internas, sean éstas sociales, económicas o, específicamente, políticas. Por otro lado, hasta hace muy poco, la segunda variable era la rivalidad por recursos de cooperación, sobre todo, con algunos de esos países (Ecuador, Perú o Bolivia).

Es decir, las crisis en las relaciones con los países vecinos se pueden esperar cuando alguno de ellos – incluido Colombia – tiene gobiernos con problemas domésticos y/o cuando uno de ellos logra atraer más recursos de cooperación que, por definición, son un juego de suma cero (lo que gana uno lo pierden los demás). Como Colombia, desde hace muy poco, ha disminuido su enfoque de buscar recursos de cooperación en el ámbito internacional, la variable que más fuerza tiene en la actualidad es, precisamente, la de la estabilidad. Fíjense que, por ejemplo, que yo sepa, el Ecuador de Rafael Correa, quien busca ser el sucesor de Hugo Chávez como líder del Socialismo del Siglo XXI, no mostró ninguna preocupación por la declaración de Colombia. Quienes lideraron la polémica fueron los – emproblemados – gobiernos de Nicaragua, Venezuela y Bolivia (país que, tradicionalmente, se ha comportado como país vecino). Si quieren profundizar sobre esta hipótesis, la muestro de manera más clara en mi libro ¿Política exterior o política de cooperación?

Decidí escribir sobre este tema, a pesar de haberse solucionado comenzando la semana, porque considero que es necesario que tengamos elementos suficientes, en las próximas crisis, para analizar los hechos. Es bien interesante que aquellos que critican las decisiones de estas semanas, con el argumento que éstas molestan a los gobernantes del ALBA, sean los mismos que hablan, de manera reiterada, sobre la necesidad de crear una política exterior independiente y autónoma….frente a Estados Unidos. Es decir, autonomía frente a la potencia pero sujeción frente a nuestros “hermanos”. Las decisiones que se toman en materia de política exterior debemos debatirlas a partir de nuestros intereses como nación y no a partir de consideraciones sobre quiénes se sienten afectados, sobre diferencias ideológicas, sobre la integración latinoamericana o sobre la existencia de unos lazos de hermandad con los países de la región.

Algunas decisiones, como los acuerdos comerciales, el ingreso a la OCDE o la reunión con Capriles, me parece que son positivos para el país. Otros, como el acercamiento con la OTAN, no necesariamente son negativos, pero me parece que son una pérdida de tiempo. No obstante estos debates tenemos que hacerlos entre nosotros. Las crisis seguirán así llegue Capriles al poder o quien sea en los otros países, si mi hipótesis es correcta. El desgaste diplomático, esto es, de forma, vale la pena según los beneficios que las decisiones – a partir de las que se explican esas crisis – generen para el país y no, como ya es tradición, por las angustias que tengan Ortega, Maduro, Morales o quienes vengan. Que ellos se calmen tomando malas decisiones domésticas. Nosotros, mientras tanto, seguiremos avanzando hacia una mayor inserción internacional. Eso sí genera beneficios.

COMENTARIO ADICIONAL. Los grupos neo-nazis asesinaron a un estudiante en París, hay algunos capturados, pero se anuncia complicado el proceso. En Bogotá, golpean a las personas, los capturan, pero los dejan libres porque no los asesinaron. Es un problema cuando los estados no cumplen ni siquiera las funciones para las cuales fueron creados. No entiendo, además, por qué las ideologías de odio tienen tanta recepción en sociedades tan distintas. Con estos fenómenos en crecimiento, sin protección por parte de los estados, lo único que queda es seguir defendiendo la libertad, única ideología que no se basa en el odio a nadie. 

COMENTARIO ADICIONAL II. Protestan, ahora, los zapateros y se anuncian manifestaciones de otros gremios. ¿Tendré que aceptar que Colombia va a ser el único país del mundo, en la historia, que no gana nada con una mayor apertura comercial o en realidad estamos, como le he dicho en varias ocasiones, ante una lógica de captura de rentas que impide la consolidación de instituciones incluyentes? Esperemos cuánto costarán las nuevas negociaciones…

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