Lecciones

Si hay un aspecto en el que existe – casi – consenso en el pensamiento sobre desarrollo es que éste se alcanza cuando las sociedades establecen las instituciones, formales e informales, adecuadas. Douglass North ha repetido en sus escritos que las instituciones son las reglas del juego a partir de las cuales los individuos toman decisiones económicas. En consecuencia, la segunda parte del – casi – consenso es que las instituciones adecuadas son aquéllas que amplían la libertad.

Como demuestra la realidad del mundo, lograr lo descrito en el párrafo precedente, aunque suene muy sencillo, no lo es. Muy pocas agrupaciones en la historia de la humanidad han logrado crear, con un poco de suerte y mucho de decisiones correctas, sociedades con las características mencionadas. Una de esas sociedades es la estadounidense. Por esta razón, el estudio de este país es obligatorio para hablar de desarrollo, de creación de riqueza.

En general, el proceso de construcción de un entramado institucional adecuado es acumulativo, de largo plazo, puesto que cuando éste comienza se van estableciendo, de manera no intencionada, una suerte de anclajes positivos. Esto es, las instituciones correctas, así como las incorrectas, presentan un fenómeno de auto-reforzamiento que se denomina dependencia del sendero: la historia importa.

Esto no implica, sin embargo, que el proceso no se pueda reversar como resultado de tomar malas decisiones. De hecho, la historia de la humanidad también se encuentra llena de ejemplos de sociedades que crearon  entramados institucionales que facilitaron la creación de riqueza pero que, con el tiempo, acumularon tantos errores que resultaron destruyendo lo que, con mucho esfuerzo, sus antepasados habían logrado edificar. Me parece que, en el futuro, también el estudio de los Estados Unidos se tendrá que abordar para mostrar esto.

Digo lo anterior a propósito de los escándalos en los que se ha visto envuelto el presidente Barack Obama en los últimos meses. No solo la gravísima noticia sobre el espionaje que han hecho las agencias de inteligencia de este país, aprobado por el presidente, sino también las noticias relacionadas con el acoso que ha hecho la agencia fiscal a las organizaciones conservadoras o el ocultamiento de hechos relacionados con la seguridad nacional, o los escándalos del Departamento de Estado, o la lista de personas a asesinar en el mundo o el uso de drones. Pero esto no es todo: entre otras, además, las deportaciones han aumentado a cifras récord durante los años del gobierno Obama.

Es decir, el gobierno de este presidente, que generó tantas expectativas tanto al interior de los Estados Unidos como en el resto del mundo, resultó peor de lo que esperábamos sus críticos. Esto, sin embargo, no es resultado únicamente de la visión – y de la arrogancia – de Barack Obama, sino que refleja el resultado de hechos históricos que son desviaciones frente al entramado institucional que permitió que ese país se convirtiera en lo que es en materia de desarrollo. El alejamiento de la libertad que se ha dado en Estados Unidos viene, por lo menos, desde finales del siglo XIX o desde los denominados gobiernos progresistas de principios del siglo XX. Además, la radicalización, tanto de la derecha como de la izquierda, que viene desde los años 60 y que se ha materializado en la búsqueda, desde ambas posturas, de un gobierno central cada vez más grande, poderoso y con muchas funciones que no aparecen en la Constitución.

Lo que veo es que, cada vez más, los estadounidenses consideran que la riqueza con la que cuentan siempre ha existido o que nunca sus antepasados tuvieron que, a partir de las ideas correctas, tomar decisiones difíciles que, a la postre, permitieron el surgimiento de características estadounidenses como la aventura, la innovación, el emprendimiento y la libertad que impulsaron el proceso de crecimiento económico de ese país. Estados Unidos sigue siendo uno de los países donde más libertad existe y, por ello, sigue siendo uno de los países más ricos del planeta. Pero como todo esto es reversible, lo que está sucediendo con el gobierno de Barack Obama es de suma gravedad.

Sin embargo, en esas amenazas no es en lo que quiero profundizar. Más bien, quiero hacer referencia a algunas lecciones que, me parece, nos debe dejar lo que está sucediendo en Estados Unidos. Primero, está el tema de las expectativas sociales: la ilusión no es acción. Barack Obama subió al poder porque encarnaba muchas de las ilusiones que tenían las minorías en Estados Unidos, los jóvenes y las mayorías en el – agotado – ámbito internacional, como resultado de las pésimas políticas que, en este ámbito, tomó el gobierno, también pésimo, de George W. Bush. Sin embargo, repito, las ilusiones no implican acción. De todas las expectativas que existían sobre el gobierno Obama, ninguna se ha cumplido. La lección, entonces, es sencilla: las decisiones de las mayorías no se deben basar en la retórica del candidato o en lo que se quisiera que hiciera, sino en su capacidad demostrada, en su trayectoria y en las posibilidades reales para que cumpla lo que promete.

Segundo, está el tema de la libertad. Definitivamente, estamos en un mundo en el que este valor, tan importante para la creación y preservación de la sociedad misma, es ignorado, rechazado o poco apreciado. Esto lo digo porque nunca llamaron la atención los abusos que estaba cometiendo, desde el principio, el gobierno Obama, sino hasta ahora. ¿Por qué? Porque los abusos que cometió desde que llegó al poder estaban encaminados a reducir la libertad económica y esa, al parecer, a nadie le importa. De hecho, las mayorías consideran que eso es lo que se debe hacer. No es sino hasta que se tocan otro tipo de libertades, como las de comunicación o expresión, cuando se levantan, exaltados, aquellos que apoyaron las restricciones que, antes se estructuraron, en contra de los empresarios o de quienes trabajan en el odiado Wall Street. La lección en este punto es que, infortunadamente, cuando se apoyan los abusos en uno de los ámbitos, después no existen límites para los abusos en el otro. La reducción de la libertad económica lleva, tarde o temprano, a una reducción de la libertad individual. Como mencionó, de manera acertada, una columnista caracterizada por su desprecio a la libertad económica, los escándalos más recientes no los hubiera podido describir ni George Orwell en su famoso libro 1984.

Tercero, está el tema de la hipocresía. No entiendo por qué las mayorías esperanzadas no se dan cuenta que lo que les prometen no es realizable y que, en caso que lo fuera, no es deseable. Es mejor escoger un líder que, desde el principio, exponga sus puntos de vista, sus creencias y sus intenciones de manera abierta y no uno que diga lo que esas mayorías esperanzadas quieren oír. George W. Bush cometió los errores que, en su campaña prometió. El problema está en los electores estadounidenses que se lo permitieron. Por su parte, Obama se mostró como un redentor, preocupado por sus conciudadanos y por el mundo, pero, en realidad, considera que el Estado es un fin en sí mismo. La lección: las sociedades del mundo deben dejar de buscar salvadores, elegidos y seres superiores y comenzar a entender que los líderes son representantes, con funciones específicas y poderes que deben estar muy limitados.

Cuarto, está el tema del crecimiento del Estado. Muchos liberales lo han reseñado: cuando se pierden los límites que deben tener los estados en su accionar, se abre un proceso que, en muchos casos, puede degenerar en totalitarismo. No estoy diciendo que Estados Unidos sea un régimen totalitario, pero la extensión de sus funciones que, como dije antes, comenzó desde finales del siglo XIX, ha llegado a límites impensables para los padres fundadores. No sabemos cuándo ni cómo vaya a terminar, pero las perspectivas no se ven positivas. La lección, entonces, es que tenemos que retomar las discusiones sobre lo que en realidad debe hacer el Estado. No se deben abandonar los debates, sino impulsarlos con más fuerza.

Quinto, la supuesta tensión entre libertad y seguridad. Ninguna sociedad en el mundo puede ceder a la tentación, que siempre tendrán quienes detentan el poder, de avanzar su capacidad de intromisión en las vidas de los demás por consideraciones de amenazas a la seguridad. Tratar de enfrentar, por ejemplo el terrorismo, restringiendo la libertad es cumplir con el objetivo de los terroristas: acabar con las sociedades en las que prima el individuo, sus deseos y objetivos y no los de una supuesta masa social. La lección es clara: si el Estado busca cumplir su objetivo de brindar seguridad a través de la restricción de la libertad individual, lo que en realidad hace es garantizar la persistencia de las organizaciones estatales a costa de los individuos. El Estado no es lo que se debe defender, sino a los seres humanos que lo crearon y lo sostienen.

Sexto, como muchos autores liberales (y otros que ni fueron autores, ni liberales, como Ronald Reagan) han reconocido en el pasado: el Estado no es la solución, sino el problema. El Estado no puede solucionar las crisis, sino que las genera, no puede generar desarrollo, sino impedirlo y no puede crear libertad, sino restringirla. Por esto es que debemos continuar en el proceso de limitar las funciones del Estado al máximo, incluso la de cómo brindar seguridad.

Muchas otras lecciones seguramente se me escapan. Estados Unidos es un país apasionante para estudiar y analizar y extraer de él lecciones para otros países tanto en lo bueno, como en lo malo. Infortunadamente, creo que, en los años por venir, tendremos que extraer sobre todo las muchas lecciones que nos dejen sobre lo que no hay que hacer.    

COMENTARIO ADICIONAL. El presidente Santos sigue emocionado. Ahora, cree que puede ser un actor importante para solucionar el conflicto Israel – Palestina. Creo que sus asesores deberían calmarlo porque me parece que, en su éxtasis de optimismo, ha perdido el norte. Su objetivo no es el Premio Nobel de Paz o figurar en el mundo, sino ser el representante de los colombianos. Punto.

COMENTARIO ADICIONAL II. El único país en donde está mal visto defenderse es Colombia. Como dije la semana pasada, en Colombia todos se exaltan cuando los venezolanos, bolivianos, nicaragüenses o ecuatorianos se molestan con lo que hacemos. Pero ellos pueden afirmar que los queremos asesinar o que nuestros expresidentes son paramilitares. El ejemplo de esta semana de Chile, que le exigió respeto al presidente Evo Morales por la forma como se ha referido el presidente Sebastián Piñera debería ser también una lección para el país.

COMENTARIO ADICIONAL III. Ahora sí que no tenemos alcalde en Bogotá. Como lo hizo Ernesto Samper, las labores de Gustavo Petro ahora están encaminadas únicamente a aferrarse al poder. La pregunta es: ¿para qué?

COMENTARIO ADICIONAL IV. Me preocupa que, como es evidente en suúltima columna, Antonio Caballero esté optimista. Las razones de su optimismo serían un daño gravísimo para Colombia. Prefiero seguir leyendo su acostumbrado odio por todo y por todos…

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Un pensamiento en “Lecciones

  1. Lecciones por aprender, en un país sin ganas de hacerlo! Excelente articulo!

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