OPORTUNIDADES

Las movilizaciones sociales han adquirido visibilidad en los últimos años. Desde la aparición del movimiento de los indignados en España y de los “ocupantes” de Wall Street en Estados Unidos, pasando por la denominada Primavera Árabe, casi ningún país del mundo ha quedado fuera de esta oleada. Las causas para el malestar de amplios sectores de la población pueden diferir: la situación de crisis económica en algunos casos, la corrupción e ineptitud de los dirigentes en otros. De igual forma, puede ser diferente este periodo de insatisfacción frente al sucedido durante los años 60, cuando las movilizaciones se concentraron en rechazar la situación de temor constante por la inminencia de un enfrentamiento nuclear entre las dos superpotencias o, como fue el caso de Europa del Este, contra la dominación soviética.

No se puede olvidar que los grandes cambios de la humanidad hacia una mayor libertad se dieron, en la mayoría de casos, a través de este tipo de movilizaciones, incluso violentas. La separación entre el Estado y la Iglesia (que en algunos países se olvida muy a menudo) es un ejemplo de ello. Lo mismo se puede decir de la Revolución Gloriosa que, en Inglaterra, significó la derrota de la monarquía y, por lo tanto, la puesta en duda sobre la idea del Estado como superior a los individuos. La Revolución Francesa, por su parte, permitió avanzar en el reconocimiento de la existencia de ciudadanos y no de súbditos, con todo lo que esto implica en la relación del individuo con el Estado y, claro está, en el reconocimiento de la libertad como valor supremo. Muchos otros movimientos sociales (a mediados del siglo XIX, años 60 del XX, etc.) podrían ser mencionados.

Lo interesante de notar es que, casi todos, permitieron al mundo avanzar en el reconocimiento de la importancia de la libertad y, de manera no intencionada, en la construcción de mejores niveles de vida y en el sistema social y político de la actualidad, muy superior al de épocas pasadas. ¿Esta vez será igual? Aún no podemos aventurarnos a dar una respuesta a esta pregunta, pero sí podemos ver, aunque sea de manera superficial, algunas de las características de las movilizaciones actuales. Como son las más recientes – y, además, las más interesantes – me voy a concentrar en los desórdenes en Turquía, Suecia y Brasil.

A diferencia de los indignados o del Occupy, estas movilizaciones no se han dado como respuesta a la crisis: Ninguno de estos tres países ha sido golpeado de manera importante por ella. De hecho, estamos hablando, en los tres casos, de territorios con una situación económica atípica en los últimos años. Suecia es un país desarrollado, uno de los más admirados globalmente por su estado de bienestar y por la calidad de vida de sus habitantes. Brasil forma parte de los denominados BRIICS (que incluye además de a éste, a Rusia, India, Indonesia, China y Sudáfrica), es la quinta economía del mundo y, para muchos, se convertirá en un país desarrollado en las próximas décadas. Turquía, por su parte, forma parte de los CIVETS (junto con Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto y Sudáfrica), es una economía en crecimiento y un ejemplo de que la democracia y un Estado laico son posibles en el mundo musulmán.

A pesar de lo anterior, estos tres países han sido escenario de fuertes enfrentamientos entre diferentes sectores de la sociedad y sus estados en los últimos días. Las respuestas han variado: En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff ha afirmado que escuchará las demandas de los manifestantes. En Turquía, la represión, instigada por el primer ministro Recep Tayyip Erdogan, ha dejado varios heridos y algunos muertos. En Suecia, los desórdenes han sido controlados como una cuestión de policía. De igual manera, las causas inmediatas de las manifestaciones son diferentes: el incremento de las tarifas del transporte público en Brasil, la construcción sobre un parque público en Turquía y el asesinato, en manos de la policía, de un anciano en Suecia. Pero en los tres casos, las reivindicaciones de los manifestantes han trascendido las causas inmediatas. Insatisfacción por el estado actual de las cosas es lo que ha hecho que las movilizaciones persistan.

Como no podemos saber, aún, en qué terminará esta nueva oleada de movilizaciones sociales, lo que sí podemos es aproximarnos a sus características. Es claro que, incluyendo los tres casos mencionados, la crisis económica global no puede explicarlo todo. ¿Cómo explicarlas? ¿Qué se puede extraer de estos casos?

Me parece que existen dos aspectos que se deben tener en cuenta, como causas y como experiencia, para comprender estas movilizaciones. El primero es que, a pesar de toda la planeación y de las buenas intenciones, no pueden existir sociedades perfectas. Suecia ha sido considerado como un país modelo, como un territorio en el que la calidad de vida se acerca al ideal de cualquier ser humano. Brasil, por lo menos en América Latina y en muchos organismos internacionales, ha sido observado como un ejemplo de inclusión social, de democratización, de gobiernos responsables, de izquierda moderada (vegetariana, como denominaron algunos), que  alcanzó unos notables logros sociales, mientras mantuvo una senda de crecimiento económico. Por su parte, Turquía, por lo menos bajo el gobierno de Tayyip Erdogan, ha sido vista como que es posible la extensión de los valores musulmanes en una sociedad laica y democrática y sin afectar el crecimiento. Parece ser que los ciudadanos en los tres países no están de acuerdo con la opinión de los observadores externos…

La mención que hago frente a la imposibilidad de la perfección en ninguna sociedad puede parecer obvia para muchos. Pero la verdad es que no lo es cuando se tienen presentes los debates que se hacen, en diversos escenarios, sobre las decisiones económicas, políticas o sociales. Si en realidad comprendemos que no pueden existir sociedades perfectas, no tenemos por qué preocuparnos por evitar, por siempre, las crisis, tema que abordé hace algunas semanas. Tampoco tenemos por qué considerar que la forma como algunos crecen es la mejor: a pesar de las apariencias, parecen ser insuficientes los logros en reducción de la desigualdad o de pobreza en cualquier país del mundo, cualquiera sea su gobierno. Tampoco tenemos que permitir que, en lugares donde se ha ganado aunque sea un poco la separación entre Iglesia y Estado, ésta se pierda: esa es, precisamente, la lucha que tienen los jóvenes en Turquía en este mismo momento.  

Un segundo aspecto está relacionado con algo que ha sido repetitivo en mis comentarios: las instituciones incluyentes y su relación con el desarrollo. Si partimos del reconocimiento que ninguna sociedad es perfecta, que siempre habrá algo para mejorar, también podemos partir del hecho que aquéllas que se acercan más al ideal de contar con instituciones, formales e informales, económicas y políticas, de carácter incluyente, son las que más éxito tienen en la solución de sus problemas de violencia y/o de desarrollo. Incluso en países como Suecia, ejemplo de desarrollo, esta lucha continúa: los desórdenes se concentraron en las zonas más pobres de Estocolmo (que serían ricas si se comparan con otros países) y donde más inmigrantes viven. En Brasil, los jóvenes que han hecho parte de las movilizaciones son, en su mayoría, de clases medias que consideran que no han sido partícipes del crecimiento y, por lo tanto, exigen menos inversión en escenarios deportivos y más en sus necesidades. En Turquía, aquéllos que han sido reprimidos por las fuerzas del “orden” quieren otro tipo de inclusión: desean evitar a toda costa la restricción de sus libertades individuales para, por ejemplo, consumir licor o usar las vestimentas que deseen…quieren, en últimas, mantener el legado de separación entre el Estado y la Iglesia que habían logrado forjar desde los años 1920.

Teniendo en cuenta este aspecto, el de la inclusión, estas movilizaciones no pueden entenderse como un proceso de lucha de clases o como una exigencia para una mayor acción por parte de los estados. Como sí pueden comprenderse es que las mayorías, en diversas partes del mundo, están exigiendo poder decidir sus destinos como quieran y no como se los hayan impuesto. Esto es, en últimas, una reivindicación de carácter profundamente liberal. ¿Cómo resolver las reivindicaciones de los inmigrantes en Suecia? No excluyéndolos, por su origen, de los derechos de los demás. ¿Cómo enfrentar las peticiones de los brasileños? Permitiendo que puedan acceder a la educación que quieran y, posteriormente, al tipo de trabajos que deseen. Se trata, entonces, de abandonar la idea, muy de los gobiernos desde la dictadura y perpetuada por la retórica de Lula y por la menos elocuente Rousseff, del dirigismo estatal en la que el crecimiento importa porque, por ejemplo, se decida producir más productos agrícolas que sean insumos para los biocombustibles. No. Lo que los jóvenes están pidiendo es más capitalismo, no menos. ¿Cómo resolver las violentas manifestaciones en Turquía? Evitando que las decisiones de un partido político eliminen lo poco o mucho que han avanzado en la consolidación de instituciones democráticas y liberales.

Para los demás casos, esta observación también es válida. Los jóvenes españoles, los indignados, aunque sin saberlo, están exigiendo más capitalismo: no rescates a los bancos y más empleo. Pero más empleo para ellos implica, necesariamente, menos regulación estatal del mercado laboral. Por su parte, los jóvenes en Estados Unidos se equivocaron de dirección: lo que debieron ocupar fue Washington DC y no Wall Street. Es el Estado el causante de las crisis y, posteriormente, el artífice de los programas de rescate que perpetúan la toma de malas decisiones.

A pesar de lo anterior, es muy posible que ninguno de los aspectos mencionados se tenga en cuenta en la resolución de las manifestaciones. Como ya se ha visto en el caso de Estados Unidos o en el de la Primavera Árabe, el resultado puede ser la búsqueda de una sociedad perfecta, que solo puede llevar a malas decisiones, o a una mayor exclusión, con la imposición de regímenes que favorecen los intereses – o las visiones – de algunos a costa de los de los demás. Queda, sin embargo, una pequeña posibilidad: como demuestra la historia, más allá de los resultados inmediatos y de las recetas formuladas, la forma que éstas adquieran puede generar resultados inesperados que, a la postre, llevarán a un mundo más liberal en los años por venir. Ojalá en un tiempo, estos años de inestabilidad y de movilizaciones podamos compararlos con los grandes eventos de la historia en la comprensión que solo una mayor libertad puede ser la causa de mejores sociedades.  

COMENTARIO ADICIONAL. Infortunadamente en Colombia, a nadie le importa la libertad. En la misma semana, se aprobaron los desmanes de las FF.MM., se propuso la restricción a la libertad de comunicación a propósito del tema de los presos, se decidió controlar el precio de los medicamentos, las FARC propusieron su visión anti-democrática de la política y, una vez más, la Iglesia Católica (el solo preguntarles en una sociedad laica es algo inadmisible) y la Procuraduría mostraron su visión sobre la existencia de ciudadanos de segunda, que no pueden tener los mismos derechos que los demás. ¡Y no existe una sola posición consistente que muestre que, todo lo anterior, menoscaba lo poco que existe de libertad! 

COMENTARIO ADICIONAL II. Con sorpresa vi esta semana una publicación en la que se preguntan cuál es el secreto del crecimiento chino con un capitalismo autoritario. Ningún secreto: China ha crecido gracias a las reformas hacia una mayor liberalización y a pesar de su autoritarismo. Sin embargo, si este último no cambia, es muy difícil que se mantenga la senda de crecimiento. Se los anuncio: el modelo chino no será exitoso si las reformas no se profundizan en lo económico y si no se hacen en lo político. ¿Ahora querrán importar el autoritarismo a Colombia? ¿No tenemos suficiente con los fracasos de la mayoría de nuestros vecinos?

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6 pensamientos en “OPORTUNIDADES

  1. Paula Matiz dice:

    Sólo quiero agregar algunos aspectos que llaman profundamente mi atención.
    Concuerdo, especialmente, con la problemática que enfrenta la inclusión. Si algo han demostrado las manifestaciones de los últimos días es que el ejercicio democrático implica mucho más que la tendencia (derecha o izquierda) y es mucho más que una legitimación por medio de votaciones libres. La democracia de hoy por hoy exige una acción constante de participación e inclusión efectiva. No es simplemente el ejercicio al voto, es la acción de diálogo permanente y la creación de canales de comunicación en los cuales las preguntas, sugerencias, necesidades, dudas y requerimientos de la población sean, en efecto, escuchadas. Y no se trata solamente de encontrar un formato de quejas y reclamos, se trata de un ejercicio real, donde al menos se perciba algún tipo de respuesta, más aún para los sectores de oposición y “apolíticos” pues al parecer, la democracia está tomando el camino de “quien no gana, no cuenta”. Es importante anotar que la gran mayoría de los manifestantes, especialmente de Turquía y Brasil (no conozco muy en detalle el caso sueco), se consideran “apolíticos”, aunque acaban de demostrar lo lejos que están de ello. Digamos que no se consideran cercanos a ningún partido político (cualquiera que sea su naturaleza). La BBC, publica una estadística (ignoro la ficha técnica de la misma) donde mencionan que el 84% de los manifestantes de Sao Paolo no apoya ningún partido, 53% es menor de 25 años, 77% posee educación superior y 71% protesta por primera vez. ¿Estarán fallando los partidos?, ¿O estará fallando el sistema en la creación real de dinámicas participativas y de comunicación?, ¿Ambas?
    Lo cierto es que son manifestaciones de jóvenes , bien preparados y no alineados a ningún partido que no exigen ser oídos como partido político o ser insertos dentro del sistema de gobierno (como quizá hubiera sido el caso de algunas manifestaciones del pasado), sencillamente piden ser consultados y cuanto menos, atendidos.
    Comentario adicional I: En Colombia no hemos salido de la colonia. Para ejercer la libertad es necesario aprender a hablar. Somos un país de mudos y las instituciones, al igual que en la colonia, son intolerablemente jerárquicas. Los que hablan tienen que pedir permiso y luego perdón, como si eso no fuera un derecho. Me pregunto ¿cuántos serán los jóvenes colombianos que apoyan los partidos políticos?, ¿la juventud colombiana es también “apolítica”?. Lo que si estoy segura es que el nivel de educación está bien lejos (por mucho) de los niveles de los jóvenes turcos, brasileros y suecos.
    Comentario adicional II: ¿importar autoritarismo? … ¿Acaso nuestra historia no nos demuestra que no hemos carecido de éste? Al igual que el ejercicio de la democracia implica más que elecciones, el autoritarismo no es simplemente el sistema político.
    Comentario adicional III: me encantó el tema de la semana. Un abrazo.

    • crittiko dice:

      Gracias Paula!! Una cosa: cuando hablas de la tendencia actual de la democracia según la cual “quien no gana, no cuenta”, me parece que es correcta. Eso es, precisamente, lo que evita una democracia liberal y no democracia a secas. Muy de acuerdo con lo demás. Un abrazo.

  2. César Páez dice:

    Curiosamente, en el análisis de Garay brilla por su ausencia la demanda ciudadana por mayores servicios estatales

    • crittiko dice:

      Reconozco que esa petición puede estar en la lógica de muchos de los manifestantes. No lo veo en el caso de Turquía ni en el de Brasil. En el de Suecia, podría asumirse, ya que los inmigrantes que manifestaron solicitaban, específicamente, una mayor participación en los beneficios de los que disfrutan el resto de ciudadanos…y en el caso de Suecia eso solo puede significar una inserción en el Estado de bienestar. Sin embargo, lo que quería mostrar en mi comentario es que, a pesar de lo que pidan específicamente lo manifestantes (y por eso hice referencia a los indignados y a Occupy), esos deseos solo se pueden lograr a través de una mayor libertad y no de una acción directa de los estados. Por ello es importante el tema de la inexistencia de sociedades perfectas (aunque no de su perfectibilidad “eterna”). La búsqueda de esa perfección explica, en general, la solicitud de una mayor intervención del Estado. Así, se considera, todos los problemas se podrán solucionar: la desigualdad, la pobreza, la falta de inclusión, la inestabilidad en los resultados económicas, la calidad de vida, la violencia y demás…sin embargo, lo que sostengo es que, en general, una mayor intervención del Estado en lo que resulta es en todo lo contrario: la generación de instituciones que benefician a algunos a costa de los demás. Me parece, aunque eso es todo un debate que seguirá, que una mayor libertad es la única forma de alcanzar la inclusión. Profesor Páez, muchas gracias por sus comentarios! Como siempre es un honor debatir con usted.

    • Paula Matiz dice:

      Lejos estoy de ser una experta en estos temas, como quizá lo sean ustedes. Sin embargo, no dejo de pensar que si bien la demanda por mayores servicios estatales fue en principio la causa de la movilización (servicio de transporte en Brasil y la protección del parque en Turquía), en este momento las demandas ciudadanas van mucho más allá. La encuesta de Datafolha en Brasil (ignoro la ficha técnica) demuestra que los manifestantes protestan por varias razones y no solamente el servicio estatal (transporte principalmente, salud y educación), sino también contra la corrupción (40%), contra los políticos (24%) y contra la violencia y la represión (31%). Observaciones menos “científicas” indican que también se manifiestan contra el gasto público (inversión por la Copa mundo, entre otros). En el caso de Turquía ni siquiera se protesta por servicios estatales, no piden ni educación, ni salud, ni transporte. Protestan por el un plan de desarrollo inconsulto, por la represión policial, por la restricción de libertades (leyes de restricción de consumo de alcohol y vestuario inconsultas), por el arresto inconstitucional de abogados y médicos, y últimamente por el arresto de los “standing protests”.
      No quiero subestimar el hecho que evidentemente demandas por servicios del estado está allí presente, pero si quiero anotar que la situación es mucho más compleja. Tan es así, que ni la anulación del incremento del servicio de trasporte en Brasil, ni las reuniones del Primer Ministro turco con algunos representantes de las manifestaciones, han logrado detener las protestas.
      En mi opinión, las manifestaciones están en mayor medida en el inconformismo mismo del Estado, del ejercicio del poder, de la conformación política y en los mecanismos de inclusión, principalmente. Las demandas por servicios estatales son la parte tangible del problema y quizá lo que pueda ser concretamente solucionable en un corto plazo, mientras que el gran componente lo representa el ejercicio de libertades que requieren, más que medidas, estrategias a mayor largo plazo.

      • crittiko dice:

        Paula, yo no lo hubiera podido expresar mejor. Estoy completamente de acuerdo, como mencione antes, yo no veo una exigencia por mayor intervencion del Estado ni en Brasil ni en Turquia.

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