Archivos Mensuales: julio 2013

SESGOS Y REALIDAD: EL CASO DE LA POLÍTICA COMERCIAL (Los impactos)

Hasta ahora, he mostrado el sesgo de uno de los que considero tuvo mayor impacto en el anuncio hecho por el gobierno nacional de frenar la política de apertura comercial y de concentrarse,  más bien, en el fortalecimiento industrial. También mostré que ese sesgo se refleja en la percepción que tiene José Antonio Ocampo sobre la realidad de apertura comercial del país. No obstante, puede ser que nuestro experto haya exagerado su apreciación para hacer más “digerible” al público nacional y a los tomadores de decisión la gravedad del asunto. En realidad, puede ser que la política comercial sí esté afectando de manera grave a la industria nacional.

Esta discusión debe comenzar por reconocer que, en los últimos periodos, ha existido una caída en la producción industrial. Es decir, el sector está en recesión. ¿Qué tanto tiene que ver esta situación con los acuerdos comerciales que han entrado en vigor de manera reciente?

Para responder esta pregunta es necesario reconocer los siguientes hechos. Primero, es muy pronto para medir los resultados de acuerdos que, como el de Estados Unidos, han sido implementados de manera muy reciente y hasta ahora están siendo reconocidos por los empresarios. Segundo, no hay que olvidar que las estrategias de libre comercio SÍ generan perdedores en el corto plazo. Tercero, sin embargo, así como hay perdedores, también hay ganadores. Cuarto, lo interesante es que no solo los ganadores son más, sino que las ganancias son mayores que las pérdidas. Es decir, el número de perdedores está concentrado en algunos sectores no eficientes. Los ganadores, para ponerlo sencillo, somos todos, porque todos somos consumidores, principales beneficiados de las estrategias de apertura comercial. Quinto, aunque un sector sea perdedor en un acuerdo específico, no necesariamente lo será frente a todos los acuerdos. Incluso si así lo fuera, el número de perdedores “absolutos” tenderá a ser muy pequeño y, por lo tanto, si así lo dispone la sociedad, podrán ser compensados.

Como las posturas de Ocampo y de otros críticos no están enfocadas en el largo plazo ni en las ganancias de los acuerdos, por ahora, no me voy a concentrar en eso. Me concentraré, en esta oportunidad, en los efectos actuales en el ámbito comercial y en el industrial.

Sobre el primero, desde su posición mercantilista, Ocampo se queja que Estados Unidos ha exportado más a Colombia que lo que ésta lo ha hecho a ese país, por ejemplo. Esta es una visión desafortunada, por decir lo menos: ¿Solo sirven los acuerdos en los que nosotros exportemos más que la contraparte? ¿Solo aquéllos en los que los dos países incrementen sus exportaciones en la misma proporción? Fíjense que las dos preguntas demuestran la superficialidad de las preocupaciones de Ocampo: lo primero es ingenuo; es ingenuo esperar que siempre Colombia exporte más que sus socios comerciales. Lo segundo no es posible.

Pero vayamos a las cifras, que es lo que más gusta. Según datos del DANE y del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, las exportaciones de Colombia, desde 1980, se han multiplicado por 14, mientras que las importaciones por 12,5. Entre 1990 y 2000, es cierto, para mayor preocupación de los críticos, las importaciones crecieron más que las exportaciones. Sin embargo, desde 2005, tanto las exportaciones como las importaciones han crecido en la misma proporción. ¿Qué se puede concluir de todo esto? Primero, nada. A lo sumo se podría decir que estos indicadores tienen comportamientos que tienen que ver, entre otras, con la situación internacional del momento. Segundo, se podría evidenciar que los acuerdos comerciales que han entrado en vigor de manera reciente han servido para crear comercio (tanto exportaciones como importaciones). Tercero, si nos atenemos a la visión mercantilista, no tendríamos que preocuparnos porque, en el largo plazo, las exportaciones han crecido de manera más acelerada que las importaciones.

Lo anterior se refleja de manera más clara cuando se calculan las variaciones del comercio año a año. Los mayores crecimientos del comercio, tanto de exportaciones como de importaciones, se han presentado desde el año 2003. La mayor de todas se da entre el año 2010 – 2011. También en este cálculo, las exportaciones han crecido de manera más acelerada que las importaciones…

Me imagino, sin embargo, que lo anterior no servirá para demostrar la debilidad de la visión mercantilista. Miremos, entonces, la balanza comercial. Con Estados Unidos, la Unión Europea y Chile, ésta es superavitaria (exportamos más de lo que importamos) y creciente. Con Japón, México, Canadá y Brasil, tenemos una balanza deficitaria. ¿Conclusión? Si nos apegáramos a la visión mercantilista, tendríamos que apoyar los TLC con Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que le exigimos al gobierno acabar los acuerdos con México, Canadá o Brasil y dejar de negociar el de Japón. Sin embargo, y esta es una paradoja, los que más se critican son los acuerdos con los socios con los que tenemos un mayor superávit.

Pero, ¿qué exportamos? En este aspecto, sí debemos reconocer que la cosa no se ve tan positiva. En 1995, el sector con mayores exportaciones era el industrial (65,09%). Para 2012, el principal es el sector minero (casi 57%). ¿Culpa de los acuerdos comerciales? Como el mismo José Antonio Ocampo lo reconoce, no es necesario firmar un acuerdo comercial para exportar bienes como petróleo o carbón. El problema debe estar, entonces, en decisiones domésticas que han estimulado la concentración del país en el sector extractivo. Pero en esas decisiones nada tienen que ver los TLC.

A pesar de lo anterior, afirma Ocampo, origen de esta discusión, que los tratados han incentivado la desindustrialización del país. En esto no estoy tan seguro. Por un lado, es cierto, la industria ha perdido importancia dentro del total de las exportaciones colombianas. Pero esto no quiere decir que la producción industrial haya caído de manera sostenida en el tiempo. Puede ser, más bien, que los recursos naturales de extracción, como el petróleo, han aumentado su importancia. De pronto, como resultado de una mayor demanda internacional o de un incremento en sus precios internacionales. ¿Les suena conocido?

Antes de continuar, una aclaración adicional. Según José Antonio Ocampo, el comercio con China nos afecta porque este país solo demanda recursos extractivos. Creo que nuestro experto se equivocó al no tener las cifras a la mano en el momento de la entrevista: claro que a China exportamos petróleo o carbón, pero también este país es uno de los principales destinos de las exportaciones industriales. De hecho, es el segundo destino de exportaciones industriales, dentro del grupo de países con los que no tenemos acuerdos comerciales. 

Muy bien, con la aclaración hecha, llegamos al tema de la industria que, como señalé más arriba, ha mostrado unos resultados preocupantes en el último año. Sin embargo, cuando se mira el informe que, sobre el sector, presenta el Ministerio, se encuentran varios hechos interesantes. Primero, además de China, Estados Unidos (con cerca de un 40%), Canadá, Chile y Suiza son los principales destinos de estas exportaciones. Segundo, no toda la industria está “desapareciendo”. Por un lado, porque se han presentado caídas en algunos sectores que, aunque preocupantes, se pueden deber a una situación crítica en el ámbito internacional o de la demanda doméstica. Dentro de los subsectores que más han caído están la producción de plásticos, la refinación de petróleo, los químicos, los textiles y las piezas de automotores. Por el otro, porque existen otros subsectores como el de las prendas de vestir, la industria de bebidas, los lácteos, otros productos alimenticios, equipos de transporte, automotores y electrónicos de uso doméstico que siguen creciendo.

¿Está desapareciendo la industria colombiana? Está claro que no. ¿Qué les preocupa, entonces, a los críticos? Como lo he señalado en comentarios anteriores, lo que demuestran las críticas, cuando son contrastadas con la realidad, es que se pretenden mantener todos los sectores, a toda costa. En últimas, lo que se busca es que algunos productores sobrevivan a costa de las ayudas que el gobierno les dé, con cargo a los impuestos que todos los demás pagamos…y con la privación para todos los consumidores y muchos productores de aprovechar mercados más grandes y diversificados.

Tal vez por esto, porque no se puede hablar de una crisis generalizada del sector, la Asociación Nacional de Industriales – ANDI, no ha hecho ninguna crítica a los acuerdos comerciales del país. Esto, sin embargo, para Ocampo es algo que se debe criticar: ¿Cómo los industriales, y su gremio, no se han levantado para exigir mayor protección? ¿Acaso no les interesa? Como señalé antes, en esta crítica, vuelve y juega, Ocampo considera que su conocimiento y su trayectoria le dan algún tipo de superioridad para saber lo que quieren – y lo que deben hacer – los empresarios, mejor que ellos mismos.

En consecuencia, después de todo lo que he mostrado, tenemos una idea, que ha llegado a afectar las decisiones del gobierno nacional, basada en un sesgo específico, contradictorio, paradójico, generador de privilegios para unos pocos y antiliberal que, además, no se compadece con la evolución del pensamiento económico…y mucho menos con la realidad del país, según muestran las cifras. Ni Colombia es un país exageradamente abierto o expuesto al comercio internacional como para poder hablar de “indigestión”, ni los pocos acuerdos que hemos firmado o que han entrado en vigor pueden ser los únicos culpables del comportamiento coyuntural, de corto plazo, que muestran algunos sectores industriales.   

Lamentablemente, esta visión errada es la que atrajo la atención del gobierno nacional. No critico que Juan Manuel Santos sueñe con pasar a la historia. Al fin y al cabo ese puede – ¿debe?- ser uno de los objetivos de cualquier político. El punto es si el presidente se dará la oportunidad de ser recordado por sus buenas decisiones o por sus errores (que, en otros ámbitos, ya están superando a los aciertos). Puede ser que el anuncio hecho por el gobierno sea estratégico y que solo busque neutralizar el ruido de las críticas a la política comercial. Puede ser que no estemos ante una posibilidad real de un retroceso en lo poco que hemos avanzado hacia una economía más libre – y, por lo tanto, con mayores oportunidades de creación de riqueza. Lo cierto es que el gobierno, más tarde que temprano, tendrá que tomar posiciones claras, así le generen enemigos. No se puede ser amigo de todo el mundo. Así no se consigue pasar a la historia. Esperemos a ver. 

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SESGOS Y REALIDAD: EL CASO DE LA POLÍTICA COMERCIAL (El grado de apertura)

Ayer mostré que las declaraciones de José Antonio Ocampo develan un sesgo mercantilista en su visión económica. Hoy no pretendo criticar ese sesgo, sino contrastarlo con lo que muestran los datos. Es decir, el ejercicio de hoy consiste en reconocer que estar sesgado no significa necesariamente que se está errado. Veamos a ver.  

En el siglo XX, la ciencia económica adquirió muchas de sus características actuales. Una de ellas es el uso exagerado de cifras y datos como si éstos fueran neutrales y capturaran la realidad de manera exhaustiva. Como de lo que se trata acá es de partir del supuesto que las apreciaciones de Ocampo son correctas y no producto de su sesgo, tengo que utilizar las mismas herramientas que él utiliza para hacer sus observaciones. Por ello, en esta ocasión he profundizado en diferentes fuentes de información estadística. Otras las he construido con datos de diferentes orígenes, como el Banco Mundial.  

Según nuestro experto, la política de los TLC es negativa porque genera desindustrialización. Según él, la más grave en los últimos 30 años. Según él, ésta es causada por la revaluación del peso frente al dólar, la política comercial y la falta de política industrial con “dientes”. No sé ustedes pero yo me pregunto qué dirá ahora Ocampo con los pronósticos de devaluación. En la entrevista se adelanta al hecho para decir que, en realidad, esa no es la principal causa de los problemas económicos, sino un factor más que incrementa los problemas de falta de políticas. No obstante, como suele suceder en el caso de personas de tanta experiencia, con todas las cifras y el conocimiento que manejan, es que suelen ignorar o no tener en cuenta las preocupaciones de quienes toman las decisiones de manera directa. En el último informe industrial de 2012 del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, se afirma que, según encuestas aplicadas directamente a los industriales colombianos, su mayor preocupación era la tasa de cambio, seguida por la falta de demanda, la creciente competencia y, por último, el costo de las materias primas. Pero lo que piensen los empresarios, así sean ellos los que toman las decisiones, no es importante. Para eso es que José Antonio Ocampo es un gran economista…

Bueno, a partir de su hipótesis, el analista afirma que Colombia sufre una “indigestión” de TLC. Esto es, el problema es que tenemos muchos acuerdos comerciales y no sabemos, en sus propias palabras, qué hacer con ellos (¡!). Yo pensaba que los acuerdos comerciales eran…para comerciar. Pero no, hasta ahora me doy cuenta que los estados tienen que darle funciones adicionales a través de estudios y de planeación que hacen nuestros expertos, como el mismo Ocampo.

Pero hoy no critico el sesgo, solo lo contrasto con lo que muestran los datos. Según lo mencionado por Ocampo, lo primero que debe generarnos interrogantes es, entonces, cuántos acuerdos son los deseables.  Esa respuesta no la tenemos, claro está. Por ello, decidí mirar el tema de la “indigestión” de acuerdos comerciales desde diferentes ámbitos.

Si se afirma que Colombia tiene muchos acuerdos, esto se tendrá que reflejar en el grado de apertura. Existen dos fuentes que nos permiten medir la exposición de las economías nacionales al comercio internacional. Una de ellas es construida por la Cámara de Comercio Internacional (ICC) y que se denomina Índice de Apertura de Mercados (Open Markets Index).  Éste se mide entre 1 y 6, siendo 6 una economía completamente expuesta; completamente abierta. El índice mide, a su vez, cuatro componentes: la apertura de comercio observada, la política comercial, la apertura a flujos de capitales (inversión extranjera) y la infraestructura para el comercio. Los invito a que revisen las consideraciones metodológicas y el peso de cada uno de los componentes en la obtención del índice agregado.

De 75 economías analizadas, en 2011, Colombia ocupó el puesto 59, con un índice de 2,7 (apertura debajo del promedio). En ese año, de los países que conforman los CIVETS, solo Egipto estaba por debajo de Colombia. Otros países por debajo del país fueron Uganda, Venezuela, Sudán, Etiopía, Bangladesh…y Brasil. Ignorando los primeros cinco casos, Ocampo afirma que Colombia debería seguir el ejemplo de Brasil en su apertura comercial (¡!).  Por último, de los cuatro componentes, en el que peor le fue al país fue, precisamente, en el de apertura. El mejor fue de inversión extranjera. La política comercial y la infraestructura, aunque con muy bajos puntajes (2,8 ambos), se ubicaron en el medio.

En 2013, la cosa cambió. Este año el país ocupó el puesto 52 de 75 países, con un puntaje de 3,0 (límite inferior de la categoría “promedio”).  De los CIVETS, solo Egipto e Indonesia estuvieron peor ubicados. Los demás ejemplos siguieron siendo los mismos. Ahora, el componente en el que mejor nos fue (3,5) es el de política comercial. El de apertura sigue siendo el más bajo (2,4), aunque mejoró. El componente de inversión extranjera bajó a 3,4 y el de infraestructura subió a 2,9.

¿Podemos a partir de estos datos afirmar que, en realidad, un problema es que estamos muy expuestos al comercio internacional? La verdad es que yo no lo veo. Al contrario, lo que nos muestra esta fuente es que el país tiene una inserción mediocre en el ámbito del comercio internacional.  

La segunda forma de medir la exposición al comercio internacional es sumando exportaciones e importaciones y dividiendo por el total del producto interno bruto. Esto se conoce como Índice de apertura comercial. Para comparar a Colombia, solo incluí los datos de 11 países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Costa Rica, Ecuador, México, Perú, Uruguay, Venezuela y Estados Unidos (aunque esta última comparación no tenga ningún sentido desde un punto de vista metodológico).  Según datos de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo (UNCTAD), en el promedio desde 1980, Colombia tiene un nivel de relevancia del comercio en su economía superior solo a la que tienen Estados Unidos y Argentina.

¿El más abierto? ¿El más expuesto al comercio internacional? De nuevo, eso no lo muestra tampoco este índice. Sin embargo, Ocampo podría afirmar que, en este caso, miremos el ejemplo de los Estados Unidos: un país cuyo índice de apertura es cercano al 20%. Si bien esto es cierto, no se puede afirmar que éste país sea más cerrado o que Colombia. Lo único que podría reflejar, en este caso, es que de la producción nacional, muy poca se genera por los flujos comerciales. ¿Cómo llegaron a eso? Pues bien, la respuesta, en este caso, es que pueden ser muchos factores, pero la limitación del comercio internacional no es una de ellas.  

Con estos datos, fíjense, las conclusiones pueden, a lo sumo, ser mixtas. Existen países con economías abiertas, como Estados Unidos, que no dependen tanto del comercio exterior, así como países con economías más cerradas, como Brasil, que tampoco lo hacen. Algunos pueden mostrar efectos positivos, como Brasil, pero muchos otros no tanto, como Sudán o Venezuela. La lección, entonces, no está acá. Lo primero que debe saltar a la vista es que Colombia no es un país, ni tan abierto, ni tan expuesto al comercio internacional como se esperaría si se cree que son correctas las apreciaciones de Ocampo.

Pero, existe más evidencia sobre esto. Según información de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Colombia tiene un número semejante de acuerdos comerciales que Canadá, Rusia o la mayoría de países centroamericanos; tiene más acuerdos comerciales que la mayoría de países africanos y suramericanos; sin embargo, tiene menos acuerdos que países como Perú, Chile, México, Estados Unidos, China e India. Entonces, solo por número de acuerdos, tampoco se ve la “indigestión”. A menos, claro está, que Colombia no pueda darse “el lujo” de querer ser como Perú, Chile o México. Además, no sé si sea mejor estar en el grupo de países suramericanos o africanos – que claramente demuestran los efectos positivos de tener muy pocos acuerdos – o estar en el de los seis primeros.

Por su parte, según la página del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, sin mirar el grado de profundidad o de completitud, Colombia tiene 12 acuerdos vigentes, tres suscritos  y cuatro en negociación. Si asumiéramos que todos entren en vigor, el país tendría “disponible” un mercado que suma un poco más del 20% de la población mundial, con un PIB agregado cercano al 70% global. No sé si estas cifras puedan generar “indigestión” a un país, pero lo que sí es cierto es que para algunos conocedores del tema, como José Antonio Ocampo, esto es algo malo. ¿Para qué un mercado disponible tan grande? ¿Con semejante porción de la riqueza global? ¿Qué podemos hacer con todo eso? Acá la lógica no la entiendo, pero la transmito: según lo planteado por nuestro experto, lo que tendríamos que concluir que es mejor menos a más en cuestiones de comercio. Interesante planteamiento. Debe ser muy avanzado, eso sí, porque contradice lo planteado por todo el pensamiento económico hasta la actualidad, incluso el Marxista.

Por ningún lado se ve, entonces, lo que critica con preocupación José Antonio Ocampo. Los datos no muestran que Colombia sea un país sobre-expuesto al comercio internacional. Tampoco muestra que lo esté más que países semejantes o que otros que, como los CIVETS, tienen niveles de desarrollo semejantes. Mucho menos esto se ve en el número de acuerdos comerciales y la comparación que se puede hacer con el resto de países en el mundo. Algo que sí muestran los datos es que la oportunidad de comerciar es, por decir lo menos, interesante: un mercado de 20% de la población mundial, que representa casi el 70% de la riqueza global. Pero esto lo señala Ocampo como algo negativo. Las oportunidades se convierten en algo malo bajo esos planteamientos.

Claro que frente a lo anterior, otros seguidores de la visión de Ocampo podrían afirmar que, como yo también tengo mi sesgo, evado la discusión de fondo: los efectos de los acuerdos que tenemos en la economía colombiana. Pero este aspecto lo abordaré en la última parte de este comentario.

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SESGOS Y REALIDAD: EL CASO DE LA POLÍTICA COMERCIAL (Sesgos)

En su afán de pasar a la historia quedando bien con todos los sectores, el gobierno colombiano anunció, la semana pasada, una menor concentración en la firma de tratados de libre comercio y una mayor en la implementación de una política industrial más agresiva.

Esta decisión se puede entender como un guiño del gobierno a aquéllos sectores que, incluso desde antes de la entrada en vigencia de algunos acuerdos comerciales, ya predecían la destrucción de la economía nacional, como resultado de su desindustrialización o de una supuesta quiebra del sector agrícola. Hasta el momento, infortunadamente, la situación económica internacional les ha permitido utilizar algunos resultados iniciales como una demostración de su visión apocalíptica.

Dentro de los críticos a la política comercial, creo que quien tuvo una mayor incidencia en la reciente decisión del gobierno fue el reconocido economista colombiano José Antonio Ocampo. A principios de julio, este experto criticó la política comercial del país y afirmó que era necesaria una política industrial más agresiva. Debido a su reconocimiento internacional, a su trayectoria profesional y a sus demostradas credenciales investigativas, seguramente sus palabras fueron escuchadas con atención en el gobierno Santos. Sin querer negar los hechos anteriores, el gobierno ha olvidado que, así como cualquier otro analista, Ocampo tiene un sesgo ideológico en sus planteamientos y que, por lo tanto, sus apreciaciones no pueden considerarse como una verdad revelada sin más ni más.

No sabemos si la decisión del ministro Sergio Díaz-Granados se implementará. Es común que los gobiernos hagan anuncios semejantes pero que, a la postre, no los cumplan. Igual, al parecer se mantendrán las negociaciones que ya se vienen haciendo con países como Panamá, Turquía, Japón o Israel.  En el mismo sentido, las prioridades que planteó el Ministro para su política industrial (costos de energía eléctrica y construcción de infraestructura) pueden convertirse en un saludo a la bandera.

No obstante, el que los funcionarios actuales, de alguna manera, le hayan dado la razón al sector más crítico a la política de libre comercio es fuente de preocupación, no solo para quienes la defendemos, sino porque, en el largo plazo, puede afectar la senda de crecimiento del país. Por ello decidí esta semana concentrarme en debatir no solo la decisión anunciada, sino las ideas en las que ésta se basa. Por la extensión y complejidad del tema, decidí hacerlo en tres entregas. En la segunda y terceras, asumiré que las ideas planteadas por Ocampo son reales y simplemente las contrastaré con lo que muestran las cifras.  

Hoy comienzo por los sesgos de quien creo tuvo mayor incidencia en el anuncio gubernamental. No pienso hacer una descripción de la reconocida trayectoria de José Antonio Ocampo. Lo único que quiero mostrar es que, a pesar de su conocimiento y de los altos cargos que ha ocupado – incluso en la burocracia internacional, sus apreciaciones parten de una visión específica. Esto es, que Ocampo demuestra un sesgo explícito. De manera muy breve, se puede afirmar que este economista colombiano es un exponente de una exagerada visión mercantilista. Para quienes tienen esta visión, los estados se enriquecen cuando más exportan, cuando más divisas poseen y cuando más protegen su sector productivo. Los fenómenos contrarios son muestra de debilidad o la antesala de la destrucción económica…lo que sea que esa destrucción signifique.

En una de las entrevistas en las que criticó la política comercial, hizo, entre otras, las siguientes afirmaciones que demuestran su sesgo mercantilista. Por un lado, criticó la prioridad que le dio el gobierno a la entrada del país a la OCDE. Pero esta crítica no la hizo por consideraciones económicas, sino porque, a su parecer, un país latinoamericano debe concentrarse en la región. Además, porque, para él, el país podría perder el liderazgo regional (así aún no lo tenga). Esto porque la entrada en esta organización podría ser vista por los demás países como que “Colombia quiere ostentar de ser mejor familia (…)”.  Hmmm…muy bien. Claro está, el análisis internacional no es el fuerte de este economista.

Veamos en lo que sí es fuerte, donde más se ven sus convicciones mercantilistas. Por ejemplo, a él no le preocupa si las empresas se quiebran o no, sino lo que le preocupa es que los empresarios prefieran importar. Es decir, la crisis colombiana surge de la decisión de algunas unidades productivas de adquirir sus insumos o los productos terminados en el exterior. Nada importa si los dueños de esas compañías tomaron tales decisiones porque así pueden mantener sus fuentes de ingreso. El problema de fondo está en que no producen en Colombia. 

En otro apartado de la entrevista afirma que un serio problema es que no existan aranceles de largo plazo, sino que éstos se han reducido. Es interesante notar en este punto que, en general, los mercantilistas plantean que los aranceles deben existir por un periodo de tiempo específico, mientras que las industrias locales se fortalecen. Para Ocampo no es suficiente que esta política proteccionista existió en Colombia, por lo menos, desde el gobierno de Rafael Nuñez, a finales del siglo XIX, hasta la década de 1990. ¡No! Para este experto, al parecer, los aranceles altos deberán existir hasta el final de los tiempos. Eso sí, nunca nos explica cuál es la utilidad de los mismos si la idea es que nunca desaparezcan. ¿Ven? Puro mercantilismo.

Además, esta posición demuestra otro aspecto de la visión mercantilista: lo que se busca fortalecer es al Estado, como si éste fuera un ser superior al individuo.  Para Ocampo es de admirar – y, por lo tanto, de seguir – el ejemplo de Brasil, con su muy limitada apertura. Nada se le debe criticar a este modelo cuyos únicos afectados por la decisión de ser un Estado fuerte o poderoso sean los mismos ciudadanos, como lo demuestran no solo los movimientos sociales de estos días, sino otros ejemplos más cotidianos.

Una tercera afirmación que muestra el mercantilismo de Ocampo es que critica que Colombia no tenga más reservas internacionales, como algunos otros países de la región y de fuera de ella. Es decir, una política de acumulación de divisas es la adecuada. ¿Para qué? Esto no es claro si tenemos en cuenta que la idea no es importar sino solo exportar.  De nuevo, puro mercantilismo: la riqueza está en poseer divisas, hoy, oro, en el pasado.

De igual forma, se preocupa Ocampo porque Colombia no tiene un sector de alta tecnología. ¿Cómo los países desarrollados han creado ese tipo de sectores? De la nada, parece pensar Ocampo. O, mejor, de la planeación estatal, del enriquecimiento que genera exportar mucho y no importar nada. Pues bien, así eso no demuestre la historia de los Estados Unidos o de los países europeos, la crítica se mantiene: si Colombia quiere ser un país desarrollado, debe tener una industria de alta tecnología. Aunque la cosa sea al revés, esta es la visión mercantilista.

Uno de los economistas más reconocidos del país, entonces, así no lo crean, también tiene sus sesgos. Es claro que yo no estoy de acuerdo con ellos, pero ¿y si estoy equivocado? ¿No será que una persona con esa trayectoria, esa experiencia y ese conocimiento, evita que sus sesgos nublen su visión, y procura solo hacer observaciones objetivas? Si tienen recepción sus apreciaciones no solo en el gobierno nacional sino en el ámbito de Naciones Unidas, ¿no será que su visión es la correcta? Pues bien, partiré de este supuesto para, mañana, mostrar qué tan basadas en las cifras están las apreciaciones de Ocampo sobre lo negativo de los acuerdos comerciales y sobre la necesidad de una política industrial.

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MODELOS

Un anuncio importante pasó desapercibido por los medios colombianos esta semana. Tal vez la situación de paros y movilizaciones sociales han desviado la atención. También puede deberse al debate que ha generado la tensión de los últimos días entre el gobierno nacional y la oficina del representante para los derechos humanos de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que, a todas estas, no entiendo por qué algunos consideran que ha sido de mucha utilidad en la – siempre – delicada situación que en este aspecto tiene el país. Con todo, espero que las razones sean las anteriores y no que nuestros medios, debido a la visión que sobre algunos temas tienen las mayorías, decidan eliminar algunos hechos por considerarlos contrarios a lo que “queremos seguir pensando” en Colombia.

El anuncio al que hago referencia es el del Fondo Monetario Internacional sobre la situación económica china. A mediados de la semana, esta organización señaló que la sostenibilidad del crecimiento de ese país se ve amenazada. La cosa es mucho más compleja, pero tres razones aportan los expertos para alertar sobre la posibilidad del agotamiento del crecimiento de China. Primero, su dependencia del sector externo, es decir, su concentración en exportación de bienes. Segundo, la limitada evolución del consumo doméstico y la mayor importancia del gasto público. Tercero, el tipo de crecimiento de los últimos años, que ha sido estimulado por el Estado y que ha tenido dos impactos. Por un lado, ha afectado la estabilidad del – ya antes débil – sistema financiero. Por el otro, la “inversión” de recursos se ha hecho en sectores que no incrementarán la productividad. El informe lo pueden encontrar en la página del FMI.

Este anuncio es bien importante porque desde ya las cifras (esas que se pueden manipular y que cada cual utiliza según su posición) están mostrando algo que mencioné hace algunas semanas en uno de mis comentarios adicionales. En ese les contaba que un medio nacional había publicado esa semana un artículo cuyo título era algo así como las claves del modelo chino. En ese reportaje se mencionaban algunos de los logros que se pueden enumerar de la China actual (como la imponente infraestructura) y se preguntaban (algo que no contestaron) por qué se había logrado este impulso en una economía bajo un régimen autoritario.

¿Por qué relaciono la noticia de esta semana con lo que escribí hace algún tiempo? Pues bien, por dos razones. Primero, porque veo que existe una profunda confusión sobre lo que es el modelo chino y las razones de su éxito. Segundo, porque, debido a esa confusión, países como Colombia pueden extraer las lecciones equivocadas y, además, crear esperanzas falsas.

Sobre lo primero, creo que existen tres grandes fuentes de confusión. Primero, en la actualidad, la mayoría de analistas en diferentes áreas están dedicados a explorar las razones del crecimiento chino y sobre las posibilidades de su desarrollo en un futuro cercano. Se habla mucho, por ejemplo, de cuándo se convertirá este país en la economía más grande del mundo. No obstante, como señaló Niall Ferguson en un libro reciente (Civilización. Occidente y el Resto, 2012), lo que tendríamos que preguntarnos es, más bien, cuáles fueron los errores que cometieron en ese país para haber perdido el primer lugar. China fue la economía más grande del mundo hasta, más o menos, el siglo XVIII. Tiene todas las condiciones objetivas para serlo: tamaño de la población, territorio, capacidad de invención (como atestigua su pasado), entre otros. Lo interesante, entonces, de este caso es develar cómo cometieron tantos errores, durante tanto tiempo, para que, incluso hoy, no hayan podido recuperar un puesto que les pertenece por razones “naturales”.

Una segunda fuente de confusión ha sido la de las razones del crecimiento. En América Latina, se hace énfasis en la existencia de una dictadura comunista. Se olvida, en general, que dictaduras semejantes han causado inmensos fracasos, como fue el de la ex Unión Soviética. También se olvida que el Partido Comunista Chino ha tenido el poder desde 1949 y el éxito económico no comenzó sino hasta finales de la década de los 80. Entonces, los buenos resultados (admirables, para algunos) hasta el momento no se deben a la dictadura, sino a las decisiones que ésta ha tomado. El fracaso se presentó cuando se adoptaron planes como el del Gran Salto Adelante o el de la Revolución Cultural. El éxito no llegó sino hasta cuando se habían consolidado los procesos de apertura iniciados por Deng Xiaoping en 1978. Además, esos buenos resultados han llegado a los sectores – productivos y geográficos – que se han beneficiado de las reformas capitalistas. Fíjense, entonces, que el chino es otro ejemplo más de la superioridad del capitalismo por sobre cualquier otro régimen económico. No existe ningún milagro: es la fuerza de un sistema productivo que ha demostrado su efectividad en todos los casos en los que se le ha permitido a cada individuo tomar sus propias decisiones.

Las dos confusiones anteriores llevan a una tercera. Como China es considerada un “milagro” y éste se debe a un modelo que, supuestamente, combina una fuerte dictadura comunista con altas tasas de crecimiento, se considera que este modelo es inagotable. Por ello es que, en casi todos las proyecciones que hacen los organismos internacionales (más cifras, fíjense), se concluye que China será la economía más grande en 2015…o en 2020…o en 2030…o en 2050. Fechas semejantes se dan para los otros indicadores: peso en el producto interno bruto mundial, porcentaje del comercio exterior global, producto interno bruto per cápita, etc.

Lo interesante del anuncio de esta semana es que esa percepción está cambiando…aunque no sea en América Latina. El modelo chino no es eterno, ni garantía de éxito en términos de desarrollo. ¿Por qué? Porque, como mencioné en el párrafo anterior, las reformas capitalistas han tenido efectos muy positivos solo en algunos sectores (aquellos que han sido liberalizados), mientras en los demás se sigue aplicando la receta del fracaso:los mandatos de una dictadura comunista. Si China no adelanta las reformas hacia una mayor liberalización en el futuro, como señaló esta semana el FMI, su milagro será cuestión del pasado. Como lo fue, en su momento, el milagro soviético, o el japonés, o el de Asia Pacífico…

Las confusiones que describo han provocado que en América Latina, algunos extraigan las lecciones equivocadas. Por ejemplo, se considera que la planeación centralizada es la fuente del éxito económico. O que la clave del crecimiento está en exportar, mientras se reducen las importaciones. O que el papel central del desarrollo está en el gasto público. O que todos los problemas económicos (baja productividad, o baja competitividad) se solucionan con una sola cosa: construcción de infraestructura. La de la planeación y la del gasto público son lecciones completamente equivocadas. Ningún país se ha desarrollado porque tenga un grupo de genios decidiendo lo que los demás deben hacer (planeación) o como resultado del gasto excesivo – e irresponsable – que hacen esos mismos genios. Por el contrario, esas son ideas que han llevado a muchos países al fracaso. Los énfasis en las exportaciones y en la construcción de infraestructura, aunque son aspectos importantes, no son la clave del desarrollo. Exportar es tan importante como lo es importar. Tener infraestructura facilita los intercambios o la movilidad, pero no reemplaza los muchos otros factores que garantizan el éxito económico: el libre comercio, la libertad económica, las decisiones individuales…esto es, ¡el capitalismo real!

Las confusiones y las lecciones equivocadas para abordar el “milagro” chino también han producido algunas esperanzas falsas…que solo llevarán a una nueva frustración. La más reiterativa es que si China se convierte en el centro de nuestra política exterior, estaríamos del lado de los “ganadores”. Incluso si esto último fuera cierto, no debe ser el Estado el que decida hacia dónde concentrar, por ejemplo, nuestro comercio. China es importante, pero ya hemos cometido antes el error de concentrarnos en un solo país. Además, los socios comerciales de un país deben resultar de los cálculos y de las decisiones de los empresarios. Para ello, sin embargo, necesitaríamos de una estrategia de apertura unilateral.

La segunda esperanza falsa es la conveniencia del dirigismo económico. Me parece que acá el problema está en que en América Latina no hemos reconocido que llevamos al menos dos siglos con algo muy cercano al autoritarismo económico y nunca ha funcionado, ni funcionará. Precisamente, las principales fallas de la economía china actual se encuentran en los ámbitos que aún controla el Estado.

Por último, está la esperanza de que por más equivocadas que sean las decisiones que tomemos en la actualidad, sus efectos se pueden corregir fácilmente en el futuro. ¡Esto no es cierto! Las decisiones tienen consecuencias inesperadas que generan un fenómeno que se conoce como dependencia del sendero. Éste consiste, más o menos, en que los efectos futuros de nuestras decisiones de hoy limitan nuestras alternativas en ese futuro…como en China. Una de las razones por las cuales las reformas hacia un verdadero capitalismo, que les garantizaría un modelo, tal vez no tan chino, pero sí efectivo y mucho más humano, no se han materializado es que se han cometido tantos errores en el pasado que las alternativas disponibles hoy impiden, en muchos casos, profundizar esas reformas. Dos ejemplos. Primero, la dictadura misma. ¿El Partido Comunista Chino no presentará los anclajes suficientes como para impedir que se piense en la necesidad de reducir su poder en todas las dimensiones de la vida y de la economía? Segundo, el modelo de crecimiento. ¿Existen incentivos suficientes para que las autoridades chinas permitan una mayor libertad a sus habitantes, que incrementaría, por ejemplo, el poder de las clases medias lo que, a su vez, estimularía el consumo interno y reduciría su dependencia del ámbito exterior?

Mientras en el mundo se debate sobre el agotamiento del “modelo” chino, esperemos que en Colombia se puedan resolver las discusiones sobre nuestro “desarrollo”: si es bueno extender un año o más la permanencia de la Oficina de la ONU en nuestro país con el fin de garantizar…bueno, de garantizar que sus funcionarios pasen una temporada más en uno de los países más felices del mundo…es decir, que disfruten del “modelo” colombiano.

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PUERTAS

En comentarios pasados, he mencionado que la perfección no es posible. También he dicho que, sin embargo, pareciera que el ser humano, por su afán de generar estabilidad en su vida y con la creencia en poder resolverlo todo a través de acciones/decisiones intencionales (lo que F.A. Hayek llamó el constructivismo racionalista), eso es lo que busca. Existen muchos ejemplos para demostrar estas dos afirmaciones. Uno de los hechos más importantes de la semana me permite profundizar en ello, pero también en la demostración de por qué es importante reconocer lo primero y evitar (es decir, debatir) lo segundo.

El hecho al que hago referencia es, en general, el “descubrimiento” del espionaje adelantado por los Estados Unidos en el mundo y, en particular, en Colombia. Tan pronto como fue revelado lo primero, hace una semana, los países europeos, indignados, exigieron explicaciones. Esta semana fue la oportunidad de Colombia…y la verdad sea dicha, la respuesta fue tibia por decir lo menos. Pero no así por parte de los analistas, de los opositores o de algunos congresistas, entre otros.

Las reacciones frente a las denuncias me han extrañado, debo decirlo con franqueza. No recuerdo ninguna de mis clases, desde el colegio, en las que, cuando se hablara de Estados Unidos, no se mencionaran las labores de espionaje de la CIA o del poder del gobierno federal, en el plano interno, como en el externo. Lo mismo puedo decir de los medios de comunicación. Denuncias de este tipo han sido la norma. No sé si la reacción es genuina, de sorpresa e indignación, o si solo es una forma de sobredimensionar algo que ya se sabía con anterioridad. De pronto, es simplemente la reacción normal cuando las personas comprueban algún prejuicio. No sé cuál será la explicación…

Ahora bien, ¿alguien dudaba que Estados Unidos adelantaba ese tipo de operaciones en el mundo? Si nos referimos al caso de Colombia, ¿alguien cree que no lo harían frente a un “aliado” en el que “invierten” tantos recursos? Responder “sí” sería tan ingenuo – y tan descarado (¿?) – como exigir que los estados deben dar recursos de “cooperación” sin pedir nada a cambio. Es decir, sin condiciones. Pero, esperen un momento: esto es lo que se hace…

Por otro lado, si el problema es que sean los Estados Unidos los que lo hacen, ¿alguien duda que los demás estados del mundo también lo hagan? ¿Acaso no han escuchado hablar de las labores de “inteligencia” que hacen las representaciones estatales en otros países? Esta función – y, por lo tanto, estrategias como las de espionaje o de recolección de información – son tradicionales. Se consideran como una función del Estado dentro de la más amplia de seguridad y defensa.

Si abordamos el tema de la tibia respuesta del gobierno colombiano, la cosa tampoco debería sorprender o indignar. Pongamos un caso hipotético: nuestro gobierno no es un “arrodillado”, sino uno “digno”, uno que nos genera “orgullo”. ¿Cuál hubiera sido la respuesta adecuada? ¿La misma de Brasil o Francia que, al igual que la tibia de Colombia, no ha logrado nada? ¿Qué buscamos con la respuesta, dura o tibia, del país? ¿Que nos pidan excusas? ¿Para qué? ¿Que no lo vuelvan a hacer? De nuevo, ¿alguien creería en eso? ¿Qué garantía se podría establecer? ¿Cómo se le haría seguimiento? Y, como no obtendríamos mucho, ¿qué podemos hacer? ¿Rompemos relaciones? ¿Vamos a la guerra? ¿Los espiamos también a ellos? De esto último, no podemos decir que no lo hagamos ya…en Colombia, infortunadamente, no tenemos un Snowden. Tenemos un PUMA…y esto sí lo aceptamos…por cuestiones de seguridad.

Y con esto último llego a donde quería llegar. Con lo anterior no quiero decir que está bien que exista el espionaje. Tampoco quiero decir que, como es Estados Unidos el que lo hizo, entonces está bien. Mucho menos pretendo decir que tenemos que aceptar que, como todos los estados lo hacen, la violación a la privacidad, a la diferencia de pensamiento, a la libertad de expresión y demás graves implicaciones que cualquier acto de espionaje incluye, sean males menores o que no sean graves. Todo lo contrario. Los actos de espionaje reflejan una grave violación a la libertad individual y un grave abuso y exceso en lo que deben hacer los estados. Es cierto que estos actos deben generar indignación. La confirmación de algo que todos sabíamos y decíamos de manera informal, sin pruebas, es una grave afrenta a la dignidad. Pero no a la nacional, porque tal cosa no existe, sino a la individual. Los individuos son los únicos que poseemos ciertos atributos, siendo la dignidad uno de ellos.

El problema, entonces, es más profundo de lo que parece a primera vista. El problema recae en la idea que muchos han apoyado – y que siguen apoyando – sobre lo que es, y para lo que debe ser, el Estado. El ser humano requiere de cierto nivel de certidumbre para desarrollar sus proyectos y objetivos. Esa certidumbre se obtiene, como demostraron en su momento autores como Ludwig Von Mises o, más a profundidad, Friedrich A. Hayek, a través del orden que resulta de la confluencia, simultánea y libre, de miles, de millones de individuos en todo tiempo y lugar. El orden resultante, sin embargo, al ser perceptible,
aunque no explicable, por los seres humanos (con nuestras limitaciones en conocimiento e información), muchos lo han considerado como producto de acciones/decisiones deliberadas. Esta forma de ver la cuestión, al parecer, ha sido preferible para una parte mayoritaria de sociedades, que la otra, percibida como caótica. Por ello, por buscar una mayor estabilidad, de fomentar un mayor orden social, se ha llegado – casi – a un consenso consistente en que los estados son los garantes de tal orden y de la certidumbre resultante. Llevada al extremo, esta visión considera que el Estado es el único capaz de
crear algún tipo de orden, que ese orden es deseable y que, por esta vía, se podrá alcanzar, algún día, una estabilidad permanente…una situación de equilibrio (como explican, equivocadamente, los modelos neoclásicos)…una situación de perfección.

No obstante, esta visión, como dije al principio, está equivocada. Es más, no solo está equivocada, sino que su implementación lleva a consecuencias inesperadas que, ahí sí, resultan negativas para las mayorías que apoyaron la idea estatista (¿o estatizante?) en primer lugar. Vale la pena aclarar también este punto. Yo soy un tipo medio pesimista con el tema del avance de la libertad. Sin embargo, debo reconocer que, por lo menos en la actualidad, muchas libertades son aceptadas y consideradas necesarias por parte de las mayorías. Eso está bien. A pesar de eso, esas mismas mayorías que defienden algunas
libertades (porque está de moda, porque es políticamente correcto, por valores, por quedar bien o por lo que sea), rechazan otras porque consideran que éstas generan – o que pueden generar- resultados negativos. ¿Ven la idea de perfección inherente? Un ejemplo: en general, se considera que está bien que exista libertad de expresión o de credo. Pero, la libertad de hacerse daño uno mismo (consumir comida chatarra, fumar, consumir drogas, etc.) se considera que debe ser regulada o limitada. En otras palabras, nos gusta la parte “buena” de la libertad, pero no soportamos sus resultados “indeseables” si ésta se aplica de manera consistente.

Lo que me hace ser pesimista es que la mayoría de libertades son consideradas indeseables: no solo algunas individuales, sino prácticamente todas las económicas. Y aquí entra en escena el Estado. Como esta organización ha sido considerada como la única capaz de generar un orden que facilite la certidumbre, dentro de ésta se incluye la solución de todos los que son considerados efectos “negativos” de la libertad. Por ello, se le ha dado un papel de regulador en diferentes esferas. Algunas de éstas también son consideradas buenas: acabar con la “pobreza” o generar “igualdad”, por ejemplo. No importa que estos objetivos no se cumplan. Lo importante es que el Estado supuestamente debe estar encargado de estas tareas. En estos aspectos nadie critica la acción estatal: se deben pagar impuestos. Por lo tanto, es normal que el Estado reciba, busque y coleccione toda la información económica de todos los individuos. No entregarla es considerado un delito.

Pero resulta que, lamentablemente, así no lo crean algunos, esta visión también genera resultados “indeseables”. Existe un consenso, por cuestiones pragmáticas, teóricas y hasta éticas, en que el Estado debe garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Sin embargo, lo que no está claro es esa seguridad en qué debe consistir y, por lo tanto, cuáles herramientas se pueden utilizar. Es decir, apoyamos que el Estado garantice – y proteja, por ejemplo, el derecho a la vida. Pero por esta decisión, ha sido difícil limitar la extensión de la visión de seguridad y que haya llegado a lo que es hoy: la “seguridad para los
edificios”, por mencionar solo una de sus desviaciones. ¿Si hay un ataque a alguno de esos edificios, muchas personas no morirán? Entonces, lo que se tiene que evitar es que existan tales ataques. ¿Ven lo complicado del asunto? Para simplificar el razonamiento, me adelanto a decir que en esta dificultad es que tiene lugar la discusión sobre el tema del espionaje, tanto al interior del Estado como en otros estados.

Pero, ¿cómo puedo ser tan sacrílego? ¿Cómo puedo comparar una labor tan noble como acabar con la pobreza con una tan mezquina como espiar, sobre todo si esto lo hace un demonio como Estados Unidos? Pues bien, la relación se puede explicar, entre otras, por dos mecanismos que operan en el contexto que acabo de ilustrarles. Primero, porque como a los estados se les han extendido tantas funciones de intervención, en tantas dimensiones de la individualidad, es muy difícil establecer los límites, agotar las excepciones o explicar, de manera consistente, por qué se puede intervenir en un área mientras que en otra no. Segundo, porque la idea del Estado como un ente organizador, con atributos superiores a los de los individuos, ha llevado a ideas equivocadas, desde hace mucho tiempo, como las de “secreto de Estado”, “razón de Estado”, “interés nacional”…o “dignidad nacional”. Estas expresiones, vacías en su contenido (expresiones comadreja, las llamó F.A. Hayek), abren la puerta a la acción estatal a áreas en las que, incluso, no ha sido aprobada por los ciudadanos.

Esto ha sucedido en los Estados Unidos, en donde el fortalecimiento del gobierno federal, de manera sostenida, desde principios del siglo XX, acelerada, desde la Segunda Guerra Mundial, e intolerable, desde los gobiernos de George W. Bush (2001 – 2009) hasta hoy, ha llevado a justificar este tipo de intervenciones como forma de preservar, paradójicamente, la libertad. Pero también ha sucedido en Colombia, como resultado de la situación de conflicto persistente. Además, en las relaciones entre los dos países, porque Colombia, desde el (des)gobierno de Ernesto Samper (1994 – 1998) hasta hoy (aunque
pensábamos que esto iba a cambiar), decidió construir su identidad a partir de los referentes de amenazas internacionales, como los son las drogas ilícitas y el conflicto armado. Esto, en un primer momento, facilitó la recepción de recursos de “cooperación”. Pero, de manera no intencionada, generó otros resultados. La famosa subordinación y la intervención en nuestros asuntos domésticos por parte de diferentes actores internacionales, cada uno con sus visiones e intereses, son algunos de ellos.

El tema del espionaje, entonces, no se resuelve con expresiones de preocupación o indignación, ni se comprende a partir de nociones transnochadas (e inútiles) de imperio, de subdesarrollo o de sumisión. El tema, con todo lo preocupante que es, persistirá y se comprenderá cuando se acepte, al fin, que las sociedades deben ser consistentes en sus decisiones. Cuando se abre una puerta, se debe aceptar todo lo bueno, o lo que se percibe como tal, así como lo malo. Por mi parte, el llamado es a que escojamos la puerta de la libertad.

COMENTARIO ADICIONAL. Esta semana se publicaron los datos de exportaciones del país para mayo y el acumulado de 2013. Como éstas disminuyeron en el absoluto, los opositores aprovecharon. Como ya lo he dicho, las cifras no sirven de mucho porque necesitan de interpretación para decir algo. Sí, las exportaciones bajaron. Pero, ¿no podemos tener en cuenta la situación económica internacional? Además, fíjense que los sectores que cayeron son los de bienes tradicionales, mientras que los de manufacturados aumentaron. ¿No se puede pensar en una reconversión de la canasta exportadora del país? Pero no, vamos por lo fácil: es mejor seguir exportando petróleo, oro y flores.

COMENTARIO ADICIONAL II. Además, ¿con la comparación de un mes respecto del mismo mes en el año inmediatamente anterior o de disminución en un año puede concluirse que las cosas están destinadas solo a empeorar? Si este fuera el caso, debido a que es indeterminado el tiempo que tomará llegar a USD 0 (sí, cero dólares) y a que no tengo el profundo conocimiento que tienen los gurús de la economía colombiana para saber cuánto es el nivel mínimo de exportaciones que debemos tener, les anuncio que Colombia, si se mantiene la tendencia, tendrá exportaciones de USD 10 (sí, ¡diez millones de dólares!) más o menos en 2066. Tienen tiempo para huir. Los cálculos son míos, así que seguramente están equivocados. Pero, eso sí, como son cifras, hay que creerles…

COMENTARIO ADICIONAL III. La buena noticia es que, seguramente, para ese momento, si también se mantienen las tendencias, nuestros vecinos, como Venezuela, habrán alcanzado el desarrollo. Con la inflación de ese país en los niveles en los que está, muy pronto la gente andará con billetes de millones o de miles de millones de nuevos bolívares en los bolsillos (riqueza contante y sonante, ¿no les digo?) y podrán comprar lo que quieran, así no haya nada. Además, lograron un reconocimiento internacional, avalado por la gran y respetada OEA, para que les den explicaciones por lo que sucedió con Evo Morales…es decir, alcanzaron la “dignidad nacional”…¿ven? Riqueza. Como si fuera poco, la integración se habrá consolidado con el gran peso – y la utilidad -de Mercosur. Así que a pedir asilo, como se lo han dado a Snowden. Busquen algo del “imperio”, lo denuncian y con eso garantizan su exilio en el paraíso del futuro.

COMENTARIO ADICIONAL IV. Debo reconocer que, por lo menos, aunque equivocada, la izquierda es consistente con sus críticas a las cifras. Para ellos, el problema son los tratados de libre comercio. Siempre lo han dicho. Lo que no entiendo es cómo los uribistas también están criticando las mismas cifras. ¿Cómo lo explicarán? ¿Será que Juan Manuel Santos impidió que vendiéramos más, mientras que Uribe se iba, por el mundo, como buen culebrero, haciendo ventas? Qué comprensión tan limitada de las funciones de quien está en el poder.

COMENTARIO ADICIONAL V. Los sectores con intereses particulares siguen provechando. No solo el paro que tienen previsto para recibir más ayudas, sino que, esta semana, recibieron su partida (mermelada la está llamando la izquierda, seguro por la expresión que alguna vez utilizó Juan Carlos Echeverry) los alcaldes locales. Vamos bien…tocará aprovechar y armar un grupo de algo para que nos den alguna ayuda por todas las angustias que nos hace pasar el hecho que las cosas se hagan tan mal en el país.

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HABLARON LOS QUE ¿SABEN?

Cuando comencé a escribir este blog, me propuse dar mi posición sobre noticias de actualidad. Quería ampliar el debate. Sin embargo, hubo varios asuntos
sobre los que pensé no escribir. Uno de ellos era el del actual gobierno de Bogotá, el de Gustavo Petro. Esto, por varias razones. Primero, porque me parecía
que era evidente el fracaso de esta nueva ilusión para los bogotanos. Segundo, porque, aunque disfruto la política, hablar específicamente sobre la gestión
de un alcalde implicaba, así no lo quisiera, quedar del lado de alguien en la discusión electoral. Tercero, porque, a menos que fueran decisiones
específicas, la cosa no sería de actualidad. Otras razones tenía, pero no vale la pena enumerárselas todas.

La fuerza de los hechos, sin embargo, me llevó a pensar que no debo omitir el tema y dedicarle un comentario, aunque no sea el principal, al gobierno de
“Bogotá Humana”. Esta decisión la tomé porque, en estos días, sucedieron dos hechos que me pusieron a pensar. Hace poco me llegó una comunicación de
organizaciones de colombianos acá en Francia para adelantar una movilización en contra del proceso de revocatoria del mandato de Petro. Al otro día vi la
comunicación hecha por “académicos, intelectuales y artistas” en el mismo sentido.

Decidí escribir para debatir estos hechos, no para promover nada. Si me preguntan sobre la revocatoria, soy neutral. Si se va bien, si no igual. Creo, como
ya lo he dicho, que los ciudadanos deben ser responsables por sus decisiones. Los bogotanos han tomado malas decisiones durante tres periodos y no han
querido aprender. Me parece que una revocatoria, a pesar de estar contemplada por las leyes electorales, impide ese responsabilización que deben hacer los
ciudadanos y, además, impide el proceso de aprendizaje. Me parece que, al contrario, la revocatoria actual tiene solo móviles políticos, que le ha dado más
atención de la que se merece Petro y que, como suele suceder en Colombia, no prosperará porque a los ciudadanos no les interesa y porque los políticos,
incluido Petro, aprovechan estas coyunturas para utilizar todas sus estrategias y leguleyadas para evitar escuchar a las personas. No estoy de acuerdo con la
revocatoria porque me parece, en últimas, que no tiene nada que ver con la democracia. Es, más bien, una burla de ella.

Por otro lado, sobre el proceso en la Procuraduría, sí que soy institucionalista. Me parece que, en principio, un personaje que no ha sido elegido por las
mayorías, que forma parte de una rama del poder público frente a la que dudo profundamente, no puede ir sacando y sancionando a aquéllos que se han hecho
elegir. No creo que un Procurador tenga esa función y me parece que ese es otro de los problemas institucionales que generó la Constitución del 91.

En resumen, no quiero defender ninguna de las amenazas en curso al mandato de Petro. Pero tampoco puede defender su gobierno. Y no es – solo – una cuestión
ideológica. Si me preguntan, no estoy de acuerdo con casi ninguno de sus planteamientos. Me parece que lo que prometió es, en algunos casos, soñar mucho;
algo irrealizable, en otros; e indeseable, en casi todos. Pero, igual, el tema es para debatir antes de las elecciones y no ahora. Además, muchas personas
pueden estar a favor de esas ideas y eso está bien. El debate se hará en las próximas elecciones cuando, aún sin aprender nada, los electores bogotanos
vuelvan a decidirse por el candidato que sea de la izquierda y que les prometa lo que quieren escuchar. Además de la cuestión ideológica, no podría defender
la gestión de una persona que, como lo dije a mis conocidos antes de las elecciones, era muy buen congresista…y que sigue siéndolo. Petro no tenía idea de
gobernar. Y sigue sin tenerla. Su arrogancia, su técnica confrontacional y su terquedad son otras características que me impiden sentir simpatía por su
gestión. Fíjense, que la cosa es profunda: ni me parece bueno, ni estoy de acuerdo con sus ideas…ni me cae bien, soy honesto.

Por lo anterior, porque acá sí que tengo un sesgo evidente, no quiero hablar solo de Petro, sino de lo que dicen aquéllos que, utilizando su reconocimiento –
y conocimiento, decidieron utilizar una serie de argumentos débiles, por decir lo menos, en su apoyo al alcalde. El documento firmado por “académicos,
intelectuales y artistas” tiene cuatro bases principales de argumentación. La primera, que es la razón por la cual decidieron escribir, es la idea según la
cual los intentos de revocatoria del mandato de Gustavo Petro son una persecución orquestada por la “ultraderecha”. Esta es una de las creencias que ha
expresado el mismo alcalde. Lo que no ven ni uno ni los otros es que, de esta manera, lo que hacen es descalificar a todos quiénes no están de acuerdo con el
actual gobierno local. ¿Todos los ciudadanos que critican a Petro y que, equivocadamente o no, lo quieren por fuera son representantes de la extrema derecha?
La respuesta obvia es que no. Y, sin embargo, al iniciar el documento de respaldo al gobierno local de esa manera, pareciera que así fuera. Ese tipo de
descalificaciones, de cacería de brujas, que han sido tan comunes en Colombia, no hay que olvidarlo, han sido factores presentes en cada una de las etapas de
nuestra violencia.

A partir de esta idea que todo el que desee que Petro quede por fuera de la alcaldía es militante de la extrema derecha, surgen otras. Primero, deciden
demostrar que el liderazgo tanto de la revocatoria como del proceso de la procuraduría están en manos de individuos con estas creencias. Eso, no podemos
dudarlo, es cierto. Pero tampoco creo que por esa razón, podamos descalificar sus intenciones. Por ejemplo, olvidan los firmantes que la Procuraduría (con lo
cual no estoy de acuerdo) ha adelantado procesos semejantes contra representantes de todo tipo de corrientes políticas. Además, en Colombia tenemos que
acostumbrarnos, algún día, a debatir las ideas y no a desacreditar a las personas. Una acusación grave sale del documento: el asesinato de Álvaro Gómez fue
adelantado por la extrema derecha. Me parece que deberían llevar las pruebas del caso ante las autoridades competentes y no hacer ese tipo de afirmaciones
sin más ni más.

Estoy de acuerdo, como ya lo mencioné, con el reconocimiento que hacen de Petro como un muy buen congresista. Sin embargo, esa labor previa no implica, como
alertamos muchos en la campaña, que sea un buen ejecutor o administrador, como ha quedado demostrado. Afirman nuestros “académicos, intelectuales y artistas”
que esa extrema derecha lo que quiere es no darle tiempo a que se demuestre la conveniencia de las decisiones de Petro. Como profundizaré más adelante, esta
es una de las afirmaciones preferidas por aquellos que comparten ideas como las de Petro: algún día, en algún futuro, las decisiones funcionarán, aunque sus
resultados sean negativos en el corto, mediano…y largo plazos. Algún día será…

Esto último da lugar al segundo aspecto del cual parten los “académicos, intelectuales y artistas” para denunciar el ataque a la gran obra de Petro: sus
logros. Primero afirman que lo que él ha buscado es “rescatar” de las manos privadas los servicios que deben ser públicos. Esta es una discusión larga,
compleja. Demuestra esas dos visiones que deben ser debatidas con argumentos: los privados son malos, por definición, mientras que todo lo público es bueno,
por definición. Y al contrario. Como hoy no quiero profundizar en esos debates, solo quisiera preguntarles a los firmantes por qué todos los servicios
públicos que ha buscado “recuperar” Petro deber ser “recuperados”. ¿Acaso no estaban siendo prestados? ¿Cuál es el objetivo que sean propiedad “pública”?
Porque lo que me parece es que los “académicos, intelectuales y artistas” que firman la misiva caen en el mismo error que critican: el dogmatismo. Todo debe
ser público porque…bueno, porque debe ser así. Y punto.

Mencionan lo que, para esos pensadores, son logros de la administración Petro. La baja en el desempleo. Ahí sí que me pierdo: ¿Cuál ha sido la política de
Bogotá Humana en la promoción de empleo? ¿Cuántos puestos de trabajo han sido creados como resultado de esas políticas? El hecho que la tasa de desempleo
haya bajado (aunque siga siendo alta), coincidencialmente, durante el gobierno Petro, no quiere decir que haya sido como resultado de su gestión. Ese tipo de
conclusiones, apresuradas, sin ningún respaldo ni rigurosidad, son muy comunes en nuestro mundo “académico, intelectual y artístico”, que no se caracteriza
por su labor científica.

Otros logros que mencionan son, además, puras promesas…para el futuro. Algún día serán. Mencionan, por ejemplo, la garantía de construir el metro. ¿No
teníamos la misma garantía desde Lucho Garzón? ¿Durante Samuel Moreno? ¿Durante la campaña de Petro? Además, se hace referencia a la supuesta superación de
la corrupción. Aquí también me perdí: no tenía conocimiento que esté demostrado que, gracias al gran Petro, la corrupción haya desaparecido de Bogotá. ¿O son
solo declaraciones, sin más ni más? Una tercera promesa: un supuesto cambio cultural en Bogotá. No tengo idea de lo que quieren decir por esto. Pero Petro sí
que debe ser un gran hombre para ser capaz de cambiar la cultura de una sociedad completa. Me preocupa, sin embargo, que nuestros “académicos, intelectuales
y artistas” vean con buenos ojos este tipo de acciones. ¿La cultura es resultado de decisiones intencionales, deliberadas? ¿Olvidaron los ejemplos de
“grandes” hombres que, en el pasado, tuvieron las mismas ideas? No sé si el término de Revolución Cultural les diga algo a nuestros “académicos,
intelectuales y artistas” pero a mi no me parecen procesos tan positivos. De pronto, ésta también era una declaración sin más ni más…pura retórica.

Los otros logros que describen forman parte de las muchas cifras que, de manera compulsiva, el mismo Petro publica todos los días en su cuenta de Twitter.
Como son cifras, habrá que creerles. Como son cifras, su interpretación depende del observador. Mencionan la baja en las cifras de homicidio. Sin embargo, no
sé si hayan visto estos “académicos, intelectales y artistas” pero la percepción ciudadana de seguridad y muchas cifras objetivas no han mejorado. Mencionan
la reducción en las tarifas de Transmilenio. Mencionan la gratuidad en el servicio de agua para los estratos más bajos. De fondo, entonces, nuestros
“académicos, intelectuales y artistas” lo que apoyan es que las cosas sean gratuitas o con precios bajos. Como a cualquiera le gustan. Sin embargo, ¿no
tendrán efectos estas decisiones en el futuro?

Una mención especial se merece el tema del agua gratuita. No sé ustedes pero a mi se me hace que esta decisión es contradictoria con otro supuesto logro del
gobierno de Petro, que es la ecología, el desarrollo sostenible, la protección del medio ambiente. ¿Al ser gratuito un bien no se promueve su consumo
irresponsable sobre todo si éste es un denominado recurso de uso común, como lo es el agua? Supuestamente el Alcalde es un hombre verde, ambientalista, pero
al generar estos incentivos a lo que nos puede llevar, también a futuro, es a una escasez del recurso…de la que después nuestros “académicos, intelectuales
y artistas” culparán, seguramente, al neoliberalismo, a la ultraderecha y a los empresarios.

En esta dimensión de los supuestos logros de la administración, veo dos ideas de fondo. Por un lado, nuestros “académicos, intelectuales y artistas” apoyan
la gestión de Petro porque se ha enfocado en los más pobres (cosa que habría que demostrar porque hasta ahora eso solo es retórica). Lo que olvidan nuestros
pensadores, sin embargo, es que los representantes, los mandatarios deben estar al servicio de todos y no de un grupo específico en la sociedad. Bueno, si lo
que se busca, en realidad, es defender la democracia. Segundo, como lo mencioné más arriba, de fondo nuestros formadores de opinión descalifican a los que no
están de acuerdo con Petro porque no se esperan al futuro. Esto es, como siempre sucede con este tipo de modelos de sociedad, al nunca generar los beneficios
esperados, la única defensa que existe (y que supuestamente debe ser superior a cualquier otra) es que sus intenciones son loables, altruistas o
humanitarias. No importan sus fracasos: el punto es que piensan en los más pobres o en los más necesitados.

Por eso es que esos mismos “académicos, intelectuales y artistas”, seguramente, apoyan a los gobiernos del Socialismo del Siglo XXI o a Cuba. ¿No ven que dan
educación y salud? Olvidan estos pensadores, que todo lo saben, que existen muchos otros países en los que, además de tener educación y salud, también se
tienen altos niveles de vida…y un sector privado que presta servicios “públicos”. Nos piden apoyar estos regímenes por sus intenciones y olvidar sus
fracasos, que están en todas las dimensiones, incluida la educación y la salud…pero esta es otra discusión que tendremos que profundizar en el futuro
también.

Una tercera idea en la que se basan los firmantes es que reconocen los errores cometidos por Petro (¡qué bueno!), pero que están seguros que, debido a la
actual coyuntura crítica, él enderezará el rumbo y hará las cosas mejor (claro, porque como las ha hecho está muy bien pero siempre se puede mejorar). Acá me
parece que nuestros “académicos, intelectuales y artistas” pecan por ingenuos…o por ver solo lo que quieren ver. ¿Alguna vez, desde su llegada al poder,
Petro ha demostrado que considera que está cometiendo algún error? ¿Alguna vez han visto, por lo menos una intención, de escuchar a los críticos? ¿Creen que
después de esta coyuntura crítica, de la cual seguramente saldrá victorioso, va a abandonar su ego o su arrogancia? Me da pena, pero eso sí que es pensar con
el deseo, sin tener en cuenta nada de la realidad…

La última idea de base es que, con las amenazas al gobierno de Petro, se está es en contra del proceso de paz. Esta idea también la ha mencionado, muchas
veces, el mismo alcalde. Me parece que esta idea no solo está errada, sino que es exagerada y hasta cínica. Es claro que la relación que se hace es fácil:
Petro fue beneficiado por un proceso de paz y ahora lo quieren sacar al haber sido elegido. En consecuencia, los que lo quieren sacar son enemigos de la paz.
Este tipo de razonamiento, simple, básico, es innegable, lo tienen muchos representantes de la derecha colombiana. Pero, claro, ellos son así: básicos. me
sorprende es que nuestros “académicos, intelectuales y artistas” crean en ese argumento. Otros exguerrilleros, como Antonio Navarro, han sido elegidos para
otros cargos y no han sido perseguidos. Además, el mismo Petro nunca tuvo este tipo de persecución cuando hacía las cosas bien; esto es, cuando fue
Congresista. Petro habla muy bien…critica muy bien…investiga bien. Nadie intentó amenazar su permanencia en el legislativo porque eso es lo que hacen
allá. Pero, además, nuestros “académicos, intelectuales y artistas” caen en un problema al pensar de esta manera porque si seguimos este argumento,
tendríamos que concluir dos cosas. Primero, que después del proceso de paz tenemos que elegir a todos los que se desmovilizan. Segundo, que no podemos
criticarlos ni decir que hacen las cosas mal. Todo esto, porque fueron guerrilleros. Estas dos implicaciones de esa afirmación llevan a la negación de lo que
supuestamente defienden: la democracia y el Estado social de derecho. Esto, porque si es obligatorio elegirlos siempre, entonces es necesario prohibir la
competencia de ideas y la existencia de otros grupos con planteamientos diferentes. Además, porque se acabarían los principios de rendición de cuentas y de
libre expresión, propios de las democracias.

Lo anterior sería impensable (nuestros “académicos, intelectuales y artistas” serían incapaces de pensar algo semejante) si no llegaran, al final de su carta
a una profunda contradicción con todo el documento. Afirman que, más que defender a una persona o a una plataforma política, lo que están defendiendo es las
legítimas reglas del juego del Estado social de derecho. Es decir, lo que defienden es el tipo de Estado que creó la Constitución del 91, el mismo documento
en el que se contempla la posibilidad de…de la revocatoria del mandato a los representantes elegidos en las urnas. No se debe olvidar que esto es en contra
de lo que están pero al final dicen que es lo que buscan defender. Si esto es así, ¿para qué la carta? Me parece que, y por eso lo que mencioné en el párrafo
anterior, nuestros “académicos, intelectuales y artistas” a lo que le temen es a la decisión que puedan tomar los bogotanos, esas mayorías que creen
incapaces de pensar por sí mismas y de tomar sus propias decisiones a no ser que sean manipuladas por la “ultraderecha” o las compañías multinacionales (a
propósito, ¡las extrañé en el documento!)

Pero tenemos que tranquilizarnos. Los bogotanos, para su sopresa, sí piensan por sí mismos y es casi seguro que ni saldrán a votar, en favor o en contra,
porque no les interesa o porque no les darán la oportunidad. Por lo tanto, la administración que va por muy buen camino (ya veremos en el mediano plazo cómo
queda la ciudad) se quedará. Y el Procurador, por sus cálculos políticos, no creo que se atreva a hacerle nada, además, a quien tuvo un papel relevante para
elegirlo en una primera ocasión. Tenemos que tranquilizarnos porque, mientras tanto, tendremos una ciudad con todo gratis o muy barato, una gran cantidad de
cifras y de promesas, con caos vehicular, sin movilidad, problemas de suelo, inseguridad (percibida y real), corrupción (así no salga en las noticias) y un
sistema de transporte, siempre, a punto de colapsar. Pero, al fin y al cabo, no podemos criticar: algún día alcanzaremos nuestro objetivo de desarrollo.
Algún día, si nos va bien, seremos Cuba.

El viernes vuelvo con el comentario de verdad.

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IDEAS Y SOCIEDADES CONVULSIONADAS

Egipto volvió a ser noticia esta semana. Rusia también. Ambos casos por distintas razones. ¿Por qué los menciono en el mismo espacio? Vamos por partes. Las dos semanas anteriores, los hechos internacionales me permitieron referirme a la importancia de las movilizaciones sociales en la construcción de sociedades con instituciones incluyentes, liberales. Había mencionado que, aún sin ser conscientes de ello, la mayoría de las reivindicaciones que hacen los manifestantes en Brasil, Turquía o Colombia se han configurado porque sus sociedades no tienen instituciones de carácter liberal.También había afirmado que, sin poder hacer predicciones, solo podemos esperar que, ojalá, en esos casos, las movilizaciones resulten en decisiones que, a futuro, de manera no intencionada, creen sociedades como las que he mencionado.

Vuelvo sobre lo primero. Inglaterra nunca hubiera podido ser lo que fue en el siglo XIX si antes no hubiera desarrollado instituciones como la de derechos de propiedad privada, que fueron protegidos por estructuras de justicia que estaban disponibles para cualquier ciudadano, término éste que solo pudo surgir como resultado de la eliminación de la monarquía absolutista previa a la Revolución Gloriosa. Un siglo después, el concepto de ciudadanía fue profundizado ante los hechos de la Revolución Francesa. En el mismo sentido, Estados Unidos adquirió la riqueza que demuestra (y malgasta) en la actualidad, también como resultado de las bases institucionales que fueron consignadas en su Declaración de Independencia, que acaba de cumplir 237 años (ojalá su contenido fuera revisado por los ciudadanos de ese país, así como por su actual gobierno) y puestas en marcha a través de su Constitución. En los tres casos, movimientos, las más de las veces violentos, de individuos, sin intereses unificados, permitieron la consolidación de instituciones como las mencionadas. En ninguno de ellos, además, las decisiones que se tomaron de manera inmediata y que lograron reducir la inestabilidad o el uso de la violencia estaban concebidas para incluir a todos o para crear estados que respondieran a las demandas de los ciudadanos o para beneficiar económicamente a los que habían sido excluidos. No obstante, las decisiones que se tomaron tuvieron dos características. Primero, estuvieron basadas en una concepción universalista, de igualitarismo (no económico), defendido, desde siempre, por autores liberales. Segundo, se adoptaron estrategias específicas que, a la postre, por procesos de auto-reforzamiento de las decisiones iniciales, llevaron a la consolidación de instituciones que he denominado incluyentes (término que no creé yo, sino que utilizan los autores de la Nueva Economía Institucional).

También en la historia de la humanidad, podemos encontrar muchos movimientos similares que se han convertido en fracasos. ¿Ejemplos? Los invito a revisar la historia (de la independencia, de formación del Estado, de cambio de siglo, de mediados de siglo XX, de finales de siglo o la reciente) de casi toda América Latina. En esta región podemos encontrar muchas movilizaciones sociales que han resultado en fracasos, hasta la actualidad. Creería que un elemento determinante de estos fracasos ha sido que, en la base de esas movilizaciones, existe una noción de la “revancha”. Es decir, las movilizaciones no se han hecho, en la mayoría de casos, porque los manifestantes exijan ser incluidos porque tienen derecho sino que lo hacen para adquirir privilegios que antes no tenían, mientras eliminan los de quienes los explotaron en el pasado. Es decir, como señaló Álvaro Vargas Llosa (Rumbo a la Libertad, 2005), el Estado no es concebido como al servicio de todos, sino como un botín de guerra o como una herramienta de movilidad social. El Estado para algunos. Pero, bueno, ésta es solo mi opinión.

Volviendo la tema central, ¿para qué menciono todo esto? Porque los dos casos que fueron noticia esta semana demuestran otro tipo de fracasos. Comencemos por el más evidente: Rusia. Después de cerca de 70 años (o más si incluyéramos la era zarista) de régimen totalitario, la caída de la Unión Soviética a principios de la década de los 90 llevó a muchos a saludar la llegada, por fin, de la democracia y del capitalismo. Hoy, no podemos hablar ni de lo uno ni de lo otro. Por el contrario, después del débil – y corrupto – periodo de Boris Yeltsin, la llegada al poder de Vladimir Putin, o de su títere, Dmitri Medvedev, o el retorno en propiedad de Putin, ha significado el renacimiento de muchos de los abusos cometidos durante la época soviética. Una de las entromisiones más recientes en la vida privada ha sido la campaña del régimen en contra del homosexualismo. En otras palabras, después de más de 20 años de la caída de un sistema totalitario en este país solo podemos ver el intento de revivirlo.

El caso de Egipto es un poco más complejo, pero tampoco pinta bien. Las movilizaciones que se enmarcaron en la denominada “primavera árabe” y que generaron, en 2011, la caída del régimen autoritario de Hosni Mubarak, también hicieron que los analistas se apresuraran en sus apreciaciones. En ese entonces se dijo que aquélla era una lucha por la democracia, un despertar, con ansias de libertad, de los jóvenes árabes. Sin embargo, el primer campanazo fue la elección del candidato apoyado por los islamistas en 2012. Un poco más de un año después, ese presidente, Mohamed Morsi, tampoco fue del gusto de las mayorías egipcias. La decisión, entonces, fue salir de nuevo a las calles y recurrir a las armas de los militares para sacarlo del poder. No podemos apresurarnos nuevamente. La sucesión no es clara. La constitución se ha suspendido. Los militares siguen controlando las decisiones como en los mejores años de Mubarak. Los que saben afirman que esta nueva oleada de movilizaciones se da porque la economía no ha despegado o porque Morsi traicionó las expectativas de quienes lo llevaron a la presidencia. Todo esto puede ser cierto, pero varios problemas se configuran. Primero, si los jóvenes egipcios no comprenden que la economía no despegará hasta tanto no existan condiciones de estabilidad en su país, no importa quién esté en el poder, las movilizaciones continuarán. Segundo, el golpe de Estado demuestra el desinterés de los ciudadanos egipcios por la consolidación de instituciones democráticas y la valoración de las vías de hecho. Tercero, quienes se tomaron las calles no se consideran responsables de sus decisiones previas. Este último punto es importante y debe ser profundizado un poco más. Al haber llevado al poder al candidato de los islamistas se espera que todos los ciudadanos se beneficien de sus decisiones…o las sufran. El objetivo último de la democracia es que, en el próximo encuentro, en las próxima elecciones, se castigará o se premiará la gestión de quien llegó al poder. Los ciudadanos que se tomaron, nuevamente, las calles se olvidaron que la democracia no garantiza buenas decisiones (como sabemos muy bien los bogotanos, por ejemplo), pero que si se quiere consolidar un nuevo Estado, con instituciones fuertes, es necesario enfrentar las consecuencias y aprender de la experiencia. Cada vez que se comete un error, no se puede acudir a las fuerzas militares para deshacerse de quien no nos gusta.

Mucho se puede especular sobre las razones por las cuales las dos sociedades mencionadas no han podido establecer las instituciones adecuadas para promover el crecimiento y garantizar la estabilidad. Se podría afirmar que, históricamente, ninguna de las dos ha tenido experiencia con la democracia o con instituciones liberales. Sin embargo, Inglaterra tampoco la tenía en el momento de la Revolución Gloriosa, ni Francia en el de su revolución. Tal vez los pobladores de lo que es hoy Estados Unidos sí la tenían pero nadie podía predecir que esa experiencia se mantendría, como lo demuestran los fuertes debates en el momento de la redacción de la Constitución. También se podría afirmar que existe una fuerte dependencia del sendero en los dos casos. Igual, lo sufrieron los casos de las sociedades que lograron establecer las instituciones adecuadas. Lo importante, no obstante, es que, por las razones que sean, éstas aprovecharon las coyunturas críticas o las ventanas de política o como quiera denominárseles para tomar las decisiones correctas…y enderezar el camino: equivocarse es algo malo pero no tiene que ser eterno.

Creo que, más bien, lo que podemos encontrar en los dos casos es que, debido a la falta de consciencia de los ciudadanos sobre la importancia de la libertad en la consecución de sus objetivos, las decisiones que se toman no solo son equivocadas sino que se toman a partir de los modelos mentales (como los llama Douglass North) inadecuados. Es decir, me parece que las equivocaciones en el caso ruso – y las que se siguen tomando en el egipcio – tienen su origen en la adopción, por parte de los manifestantes y de sus dirigentes, de ideas que no son ni útiles ni correctas. Por esto es que es importante mostrar, como lo he intentado hacer, que las reivindicaciones que hacen los ciudadanos en distintas partes del mundo se pueden resolver a partir de la extensión de la libertad y no de su desprecio. También por esto es que la mayoría de sociedades siguen luchando, por distintos medios, siendo las movilizaciones sociales uno de ellos, por la consolidación de espacios en los que puedan construir las vidas como deseen, en todos los ámbitos, sin lograrlo. El problema está en que se pretenden unos objetivos, mientras se utilizan los medios que no solo no son los adecuados, sino que impiden esos objetivos. Este debate todavía está por darse.

COMENTARIO ADICIONAL. Como les anuncié cuando la primera protesta cafetera, cada vez más sectores deciden avanzar sus intereses por medio de paros y los primeros regresan, con ganas de más. No lo duden, los paros seguirán porque nunca será suficiente y siempre sentirán que no les cumplen. El problema es que la caja de Pandora la abrió el gobierno y ahora es difícil cerrarla.

COMENTARIO ADICIONAL II. Lo anterior se explica, además, porque nos apresuramos a sentirnos muy ricos porque crecimos un poco durante algunos años y ahora todos quieren aprovechar.

COMENTARIO ADICIONAL III. El panorama se complica, fuera de todo, con el oportunismo político de esa alianza de facto (y absurda) entre la oposición uribista y la izquierda. Están jugando con fuego ambas colectividades y ninguno piensa, realmente, en el país.

COMENTARIO ADICIONAL IV. Alguna vez dije que la izquierda pretendía establecer una economía cerrada y me dijeron que no, que eso sería absurdo. Sin embargo, en todas las declaraciones, cualquier tipo de comercio les parece negativo. ¿Con quién proponen que comerciemos?

COMENTARIO ADICIONAL V. Todavía no ha pasado la Cumbre de UNASUR, pero, ya que hoy hablé de la importancia de las ideas, ¿de verdad tenemos que seguir pensando que todo lo que nos pasa o nos hacen se debe a que nos discriminan o se aprovechan de nuestra debilidad relativa?

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