Archivos Mensuales: agosto 2013

¿Hacia dónde vamos?

Esta semana no podía dejar de lado el tema del paro agrario. Lo que está sucediendo en Colombia me parece que será determinante para el eterno proceso de construcción de sociedad. Por ello no quise dedicar este comentario a un aspecto específico, sino contarles algunas de las reflexiones que he hecho en relación con lo que está pasando.

Quiero comenzar con el papel de la fuerza pública. En particular, con las denuncias de excesos llevados a cabo por el ESMAD. Es cierto que el Estado debe impedir los bloqueos de vías y responder con la fuerza si los uniformados son atacados. También es cierto que la policía debe impedir cualquier tipo de acción que afecte el goce de los derechos de los ciudadanos (vida, propiedad, movilidad, etc.). Sin embargo, lo anterior no implica que el Estado pueda excederse, por ningún motivo, en el tratamiento que le da a los civiles.

No se puede aceptar ni justificar ningún tipo de exceso cometido por las fuerzas del orden. Hacerlo pone en peligro la construcción de una sociedad abierta, libre y la convierte en una policiaca. Las fuerzas del orden están al servicio de los ciudadanos, no en su contra.

A pesar de lo anterior, como lo dije en otro comentario, esos excesos son el resultado de la permisividad, incluso de la demanda, que manifiestan los ciudadanos frente a lo que debe hacer el Estado. Creer que éste solo puede intervenir en acciones que se consideran positivas (acabar con la pobreza, reducir la desigualdad o producir bienes) es engañarse. Si la sociedad permite, exige, del Estado su acción en los ámbitos mencionados, también abre la posibilidad para que éste se exceda en otros, considerados como no tan deseables.

Y es, precisamente, en este aspecto, en el que me parece que la sociedad colombiana está fallando, como el paro en curso lo demuestra.

Desde hace mucho tiempo no veía en las redes sociales ni en los medios de comunicación del país tanto consenso en torno a ideas que son absolutamente, absolutamente equivocadas. La pésima calidad de vida de los campesinos y la baja competitividad de la industria, resulta ahora, son consecuencia de los tratados de libre comercio, en particular el de Estados Unidos (que comenzó hace un año) y el de la Unión Europea (que ni siquiera ha comenzado).

Lo anterior se sustenta, también de manera equivocada, en ideas como que solo debemos importar lo que no producimos; o que un país como Colombia no puede competir con los países ricos; o que esos países hacen este tipo de acuerdos para enviarnos todo los que no les sirve; o que las multinacionales son malas porque se quedan con nuestros recursos y acaban con la competencia nacional.

Decía que frente a lo mencionado se ha creado un desafortunado consenso que, me parece, surge de dos factores. Primero, la falta de debate en el país. En Colombia no se tolera, no se estimula el debate. Por el contrario, cuando éste se plantea, las personas reaccionan con agresividad y resultan descalificando, como persona, al que piensa diferente.

Estoy de acuerdo en que los funcionarios que hemos elegido en el país son de baja calidad y que no hacen bien su tarea. También podemos estar de acuerdo en que los altos dirigentes de las empresas son ambiciosos o egoístas. Pero de ahí a pensar que su única obsesión es acabar con los ciudadanos, matarlos (y no en sentido figurado), es un absurdo.

Falta debate, venía diciendo. ¿En un año se puede culpar a un TLC de la situación del país? ¿Se puede culpar a otro que ni ha comenzado? ¿Alguien ha mirado las cifras, el comportamiento del comercio exterior colombiano en los últimos años? ¿El crecimiento? ¿Los indicadores sociales? ¿Nadie ha generado ganancias con la tímida apertura que hemos hecho? ¿Alguien ha tenido en cuenta las difíciles condiciones de la economía internacional?

Ninguna de estas preguntas se han siquiera intentado responder. Se ha convertido en verdad revelada, en cambio, un documental claramente amañado, producido para TeleSUR, en el que se denuncian unos excesos cometidos por el Estado. No se trata de mostrar lo negativo del acuerdo porque tal cosa no puede demostrarse. De lo que se trata es de apoyarse en teorías de la conspiración para asumir que el TLC es una muestra más de la supuesta perversión de los Estados Unidos y del capitalismo.

Esa falta de debate lleva a un segundo fenómeno que es la falta de reflexión sobre lo que se considera como verdad. ¿Los campesinos colombianos estaban mejor hace dos o tres años, cuando no teníamos TLC? ¿Lo han estado alguna vez en la historia del país? No ha existido reflexión sobre los efectos de las estrategias de apertura comercial en el crecimiento, en la formación de capital humano o en la generación de competencia, factor esencial para la innovación, las mejoras en calidad, ingreso para los más pobres y posibilidad de elección.

Es decir, no se ha reflexionado, mucho menos debatido, sobre los efectos del comercio no solo en los indicadores económicos, sino también en la dignidad de los individuos al darles la posibilidad de elegir por sí mismos, de construir su vida como quieran.

Y es que la dignidad es un atributo individual, no colectivo como confunden tan a menudo en Colombia. Esta confusión, resultado del consenso existente en torno a ideas absolutamente equivocadas, ha llevado al surgimiento de actitudes odiosas, claramente condescendientes. Los campesinos son seres humanos como cualquier otro. Ellos no son diferentes, inferiores, incapaces.

Su dignidad depende de reconocer lo anterior y no, como ha sucedido en el paro actual, de que los habitantes de las ciudades sientan compasión o se disfracen como ellos, así como hacían a principios del siglo XX en Estados Unidos cuando algunos humoristas se disfrazaban de afroamericanos. La más odiosa muestra de condescendencia hacia los campesinos es lo que ha existido en Colombia en estos días: tratándolos como individuos incapaces, inferiores no es la forma de mejorar sus ingresos o su calidad de vida.

Tampoco lo es, como sucede tan a menudo en el país, convertirlos en seres a los que se les debe admiración. Hace algunos años se convirtió a los militares en héroes a los que les debíamos agradecimiento. Ahora se pretende hacer lo mismo con los campesinos porque es lo políticamente correcto.

Así, creando una sociedad de lo políticamente correcto, basada en ideas falsas, equivocadas, los ciudadanos – y ciudadanas (¡!)- se sienten muy nobles, muy buenos, muy virtuosos.

No se dan cuenta que, en lugar de eso, al construir un país basado en el nacionalismo chauvinista, el proteccionismo económico y la condescendencia hacia el que vive en situación de pobreza lo que logran es una sociedad que promueve el odio, la exclusión e impide cualquier posibilidad de desarrollo.

Según lo que veo que está sucediendo, me temo que una sociedad como la descrita es la que nos espera en el futuro.

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VACAS Y CAMPESINOS

Esta semana fueron publicados dos resultados interesantes. En uno se enumeran los políticos más influyentes en Twitter. En el otro, los congresistas mejor calificados por los formadores de opinión. No pienso debatir los resultados. La gente tiene sus preferencias y eso está bien. Eso sí, porque la gente los perciba como buenos, no quiere decir que lo sean. Es más, como ya lo mostré hace varios meses en algún comentario, muchas veces sus ideas están erradas o son muy superficiales.

Sobre esto último es lo que quiero hablar. A propósito del TLC con Europa, el senador mejor calificado trinó afirmando que es mejor ser vaca en Europa que campesino en Colombia. Uno podría pensar que ésta es una afirmación efectista, que explica por qué es uno de los más influyentes en Twitter. Sin embargo, al parecer la mencionada no es un eslogan o una frase fácil, sino que el senador en cuestión cree en ella, pues la repitió en una entrevista.

Así que hoy solo me voy a referir a esa frase. ¿Qué tanto tiene de fondo? ¿Qué implica? ¿Qué demuestra? ¿Es real?

Me sorprende que un senador con la preparación y el reconocimiento que éste tiene crea realmente en una frase que forma parte de la “sabiduría convencional”. Todavía recuerdo que, desde el colegio, mis profesoras decían exactamente lo mismo. He escuchado tanto la misma afirmación que se me hace increíble que un senador de la república la repita como si fuera una verdad absoluta. Alguien podrá decirme que si todos los piensan, se debe a que es cierta. Es posible. Como también es posible que, por ejemplo, Colombia tenga el segundo mejor himno del mundo…

Pero bueno, no por lo anterior puedo descalificar lo que el senador afirmó. Para ello, es necesario ver el fondo de la afirmación. ¿Por qué se afirma que es mejor ser vaca en Europa que campesino en Colombia? Por la existencia de subsidios a la agricultura en ese continente que, para el caso de la Unión Europea, consiste en la denominada PAC (Política Agrícola Común). En realidad, lo que se critica es que en este continente se le otorguen tantos recursos a los ganaderos y agricultores, mientras que en Colombia no los tengan o sean muy pocos.

¿Qué implica lo anterior? Encuentro tres implicaciones relevantes. Primero, que el senador (y todos aquéllos que creen en este tipo de afirmaciones) hacen una comparación directa entre los subsidios que recibe el agro europeo y los que recibe el colombiano. Pero, acá, comenzamos a tener problemas. Como no es posible comparar la población, ni el tamaño de las economías (Producto Interno Bruto) de manera directa, tampoco se pueden comparar, de esa forma, las ayudas que se les dan a los diferentes sectores.  El senador afirma que el sector agrícola en Europa recibe 70 mil millones de euros al año. ¿Si en Colombia se otorgara exactamente el mismo monto ya sería aceptable ser campesino en este país? Si la respuesta es que sí,  entonces tendríamos que concluir que el senador peca por creerse en “Dinamarca y no en Cundinamarca”.

Unos subsidios de ese monto en Colombia representarían el 26,5% del PIB y estarían destinados para un sector que solo produce el 5,96% (los cálculos son míos con datos de esta fuente). Mientras tanto, en Europa los subsidios representan el 5,63% del PIB (cálculos basados en esta fuente). Así que el senador propone que más de un cuarto del PIB se vaya para un sector minoritario. Me dirán que no. Que lo que digo es injusto. Que el senador también ha propuesto ayudas a la industria. Perfecto. Si tenemos en cuenta que la industria es responsable del 11,88% del PIB colombiano (esto es, de más del doble que la agricultura), podríamos esperar que las ayudas tendrían que ser proporcionales. Es decir, en la lógica del senador, para poder estar felices en Colombia y no desear ser un semoviente en otro continente, tendríamos que destinar más del 75% de todo lo que producimos solo a dos sectores de la producción nacional. ¡Buenas cuentas! Pero, precisamente por eso es que no se pueden hacer este tipo de comparaciones directas.

Alguien me dirá que el senador no espera que se otorguen los subsidios en el mismo monto, que él ha hecho el trabajo muy juicioso y que tiene cálculos que serán proporcionales a la economía colombiana. Pero, eso tendría que hacerse en el caso de que no existieran subsidios en Colombia. Pero sí existen. Si esto se tiene en cuenta, ¿por qué hacer la comparación?

Existe otra implicación de la afirmación hecha. Ésta concibe que la única fuente de bienestar económico es la que proviene del Estado.  Es decir, según el senador, las vacas en Europa tienen una gran “vida” porque es el Estado el que les otorga los recursos. Pero eso tampoco es cierto. Los agricultores y ganaderos europeos, además de las ayudas, obtienen sus ingresos del mercado, no del Estado. Es cierto que los subsidios y la protección de la PAC distorsionan el mercado, pero entonces tendríamos que estar en contra de éstos y no del TLC.

Una tercera implicación es que, lamentablemente, para el senador el ser humano es unidimensional (al mejor estilo de Herbert Marcuse, un autor muy utilizado por la izquierda, pero que criticaba este hecho y que afirmaba que era el capitalismo el que lo generaba. Vean pues que no es el capitalismo, sino la visión de izquierda). Me explico, ¿alguien puede sostener que es mejor ser una vaca por el solo hecho de que éstas reciben ayudas? ¿No vale la pena ser ser humano por mucho más que solo los ingresos? Esta parece ser una implicación superficial pero no lo es. Este tipo de afirmaciones, de pensamientos son los que le han quitado gran parte de la dignidad al hecho de ser individuos, de ser humanos y de la riqueza (además de la monetaria) que este hecho otorga a quienes lo somos.

Las tres implicaciones mencionadas no solo demuestran que el senador mejor calificado, no solo no hace la tarea sino que se basa en simplificaciones de la realidad. Lo preocupante es que, al parecer, se cree lo que dice. Esto lleva, entonces, a demostrar que, como dije al principio, no porque sea bien calificado, podemos afirmar que sea bueno o a que sus ideas lo sean porque, además, éstas están basadas en supuestos que no se sostienen ante un proceso de revisión un poco profundo.

Con esto no quiero decir que estén mal las encuestas. Mucho menos que sean las personas las que están mal. Como he dicho en muchos de mis comentarios, esto demuestra, más bien, todo el trabajo de argumentación y de debate que queda por delante para los que defendemos ideas liberales. Tampoco quiero que éste sea un ataque directo a la izquierda o a la importancia de sus representantes para hacer oposición o para estimular debates que el país necesita. La intención con este comentario era mostrar, una vez más, que las ideas, incluso las aportadas por los más respetados de la sociedad, pueden ser peligrosas, no solo por sus implicaciones, sino porque parten de creencias que no superan la prueba de realidad. El problema es que, en caso de prosperar, esas ideas sí se concretan en políticas que acaban con lo poco que se ha avanzado en cualquier país, incluso en Colombia, donde, para algunos, es tan malo ser hasta campesino.

AVISO. Las próximas dos semanas no escribo. Vuelvo a publicar comentarios desde el 30 de agosto. 

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Mi nuevo libro: Naciones liberales, ¿países ricos?

Mi nuevo libro: Naciones liberales, ¿países ricos?

Una contribución al debate sobre la economía del desarrollo desde la Nueva economía institucional y el liberalismo. A partir de la discusión de las teorías del desarrollo, de indicadores y cifras, así como de la descripción de algunos casos específicos, muestro que la liberalización económica contribuye a la generación de desarrollo siempre y cuando existan marcos institucionales favorables a la libertad de los individuos. Esto es, las políticas liberales no son suficientes si los individuos no pueden tomar sus decisiones económicas en entornos específicos.

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RESTRICCIONES A LA LIBERTAD Y UNANIMIDAD

La unanimidad en una sociedad, en general, es peligrosa. Pero lo es más cuando refleja un consenso entre los ciudadanos para permitirle al Estado reducir la libertad, puesto que, como lo he dicho en diferentes comentarios, justificar la limitación de la libertad en un ámbito abre la posibilidad para restringirla en muchos otros…hasta que, sin darnos cuenta, tenemos un sociedad sin ningún espacio de acción o de decisión individual. Sin embargo, este hecho, el de la unanimidad, es muy común en las sociedades, sobre todo cuando las restricciones se justifican como necesarias para alcanzar un objetivo que se considera adecuado. Por ejemplo, cuando se habla de la solidaridad o de ser mejores seres humanos, más morales, o de tener paz o seguridad. En todos estos casos, muchas sociedades prefieren ceder libertad para obtener el objetivo esperado.

La unanimidad, además, se auto-refuerza cuando las limitaciones parecen arrojar resultados positivos. Las mayorías justificarán, así, la pérdida de libertad como un mal menor, como algo que “tenía que hacerse”. No obstante, en todos esos casos, siempre existen otras opciones; las medidas adoptadas generan consecuencias indeseables; resultan siendo muy costosas, no solo desde el punto de vista financiero; y son difícilmente cumplibles. En consecuencia, y parafraseando la célebre cita de Benjamin Franklin para el tema de la seguridad, podría decirse que las sociedades que sacrifican su libertad para obtener unos beneficios pequeños y temporales, no merecen ni lo primero ni lo segundo. Lo que demuestra la experiencia, además, es que en efecto no los obtienen.

Todo lo que acabo de decir se ve reflejado en dos decisiones locales, acontecidas en Colombia, a finales de la semana pasada. La primera es la entrada en vigor del toque de queda para menores de edad en Barranquilla. La segunda es la iniciativa del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, de decretar el cierre de las tiendas en donde se vendan bebidas embriagantes entre las nueve de la noche y las diez de la mañana.

Ambas medidas pretenden garantizar una mayor seguridad. Ambas medidas, además, buscan estimular mejores comportamientos en los ciudadanos. Por un lado, que los jóvenes no anden por las calles en la noche. Por el otro, que las personas no beban en exceso, en la vía pública, ni que generen desórdenes como peleas o, incluso, asesinatos. Ambas medidas han sido aceptadas por las mayorías, defendidas por muchos y vistas como necesarias por otros. Ambas medidas restringen la libertad… Y ambas medidas están equivocadas.

Seamos claros: ¿El Estado no debe proteger a los ciudadanos? Sí. ¿El Estado no debe proteger, en particular, a los más jóvenes, el futuro del país? Podemos estar de acuerdo también en esto. ¿No es mejor una sociedad sin alcoholismo, drogadicción o cualquier otro fenómeno semejante? Es cierto.

Sin embargo, en los dos casos, como mencioné más arriba, las medidas adoptadas no son la única opción que existe. Si lo que se busca es incrementar la seguridad ciudadana, ¿no es mejor procurar una mayor capacidad de respuesta de la policía ante los delitos, peleas o intentos de asesinato que se cometan en nuestras ciudades? Fíjense que la implicación de ambas políticas es, por el contrario, que el Estado deje de cumplir sus funciones y que haga que éstas sean responsabilidad de los individuos. Es decir, la policía de ambas ciudades no tendrá que mejorar el cumplimiento de sus funciones, sino que esto se hará a través de la no movilidad de los más jóvenes, en Barranquilla, o del cierre de las tiendas, en Bogotá. Después, si bajan los índices de homicidios o mejora la seguridad, nos dirán que fue como resultado de las estrategias de la policía, pero han sido los ciudadanos, al sacrificar su libertad, los que han tenido que hacer todo el trabajo.

Por otro lado, ambas políticas tendrán consecuencias indeseables. Por ejemplo, ¿no incentiva el toque de queda una mayor clandestinidad y riesgo para los jóvenes que, así exista un decreto, querrán salir con sus amigos o ir a una fiesta? En el caso de la decisión de la “Bogotá Humana”, ¿no se verán afectados, en sus ingresos, los tenderos? ¿No se verán afectadas las personas que tienen como costumbre, porque así lo quieren, hacer sus compras a altas horas de la noche? En los dos casos, ¿no se incrementará la posibilidad de mayor corrupción de la policía como resultado de los sobornos que tenderos, jóvenes o padres de familia harán para evadir las normas adoptadas?  

Además, ambas políticas son altamente costosas. En los dos casos, primero, está el tema de la policía. Si la policía tiene problemas para cumplir su función de evitar robos, asesinatos o desórdenes en la vía pública de nuestras ciudades, ¿podrá cumplir, ahora, con el mandato de perseguir a todo jovencito o jovencita que escape de su hogar para ir a una noche de fiesta? ¿Podrá encontrar, multar y cerrar todo establecimiento que siga vendiendo licor después de la hora señalada? Segundo, ya ha anunciado la Alcaldía de Bogotá que los tenderos afectados recibirán ayudas. Es decir, no les permiten obtener sus ingresos como lo han hecho hasta hoy, sino que, además, el resultado es volverlos dependientes del Estado local.

Una tercera fuente de costo social es el carácter paternalista de las dos medidas. ¿Debe el Estado enseñar a los padres a ser padres? ¿Debe el Estado decidir las horas en las que los jóvenes estén en sus casas? ¿Debe el Estado obligar a los individuos a no consumir bebidas alcohólicas, por más nocivas que éstas sean para la salud? Pero el paternalismo, además, se convierte en discriminación. En el caso de Barranquilla, solo es un grupo etario el afectado por la medida. Si somos consecuentes con el apoyo dado a la decisión, tendríamos que concluir que, entre menos personas estén en la calle, es menos probable la comisión de delitos. En consecuencia, ¿por qué no se decreta el toque de queda para todos los habitantes? En el caso de Bogotá, la medida es para unas localidades específicas que, además, resultan ser las de menores ingresos de la ciudad. ¿No es evidente la visión discriminatoria? ¿Para el Alcalde Petro y sus asesores, los más pobres son incapaces de decidir si beben o no? ¿Son ellos los más violentos cuando consumen bebidas alcohólicas? De nuevo, si asumimos que entre menos licor se consume, menores delitos se cometen, entonces, ¿por qué no se prohíbe la venta en toda la ciudad (algo que ya está contemplado) a toda hora (algo que tendría que contemplarse si la idea es ser consecuentes)?

Algunos dirán que los extremos que planteo son absurdos. Lo que no se dan cuenta es que las medidas adoptadas lo son más. Si la seguridad perfecta no se alcanza con la prohibición de la libre movilización de todos los ciudadanos, ¿por qué sí se hace cuando los afectados son los jóvenes? La medida no tendrá mayores efectos que los cosméticos, a los que están muy acostumbrados los políticos. De igual manera, en una ciudad completamente sobria, ¿podemos pensar en que la seguridad será total? Claramente, no. Aquí es donde se hace evidente que las políticas adoptadas no tendrán mayor efecto en los objetivos que se buscaron inicialmente.

A pesar de esto, no se pueden criticar en voz alta. De hecho, muchos ciudadanos, incluso algunos que se consideran liberales, las defienden. Héctor Abad argumentó su respaldo al decreto de Petro a partir de dos razones. Primero, afirma Abad que estar a favor del consumo no quiere decir que se esté a favor de la disponibilidad de lo que se consume. Lo que olvida este columnista, sin embargo, es que, bajo ese razonamiento, pues no estamos hablando de libertad. La libertad implica la capacidad del individuo para decidir si consume o no. Si se limita la disponibilidad del bien, no existe libertad. La segunda razón es la típica: países más avanzados (“mejor manejados que el nuestro”, los llama el autor) lo hacen. Esto es cierto: no conozco país desarrollado que no tenga prohibiciones al consumo de licor en horas determinadas. Lo que tampoco conozco es algún caso en el que se obligue a cerrar todas las tiendas. Pero la debilidad de la razón expuesta va más allá: cómo somos de selectivos en Colombia que lo que queremos copiar es, precisamente, lo que no deberíamos. Es decir, cuando se habla de profundizar el capitalismo, como lo han hecho todos los países desarrollados que existen, ahí sí se dice que esos son modelos que no funcionan para nuestra realidad. Pero cuando de prohibiciones se trata, sí tenemos como modelos a los países desarrollados. El problema, además, es que esos países son avanzados no porque prohíban el consumo de licor a ciertas horas. Más bien lo son a pesar de ello. 

Los valores, las decisiones y las virtudes solo pueden alcanzarse en escenarios de libertad. Usted no puede llamarse solidario si fue obligado a dar recursos a los demás, por ejemplo. Un pueblo virtuoso, con valores y con seguridad, solo puede preciarse de serlo cuando han sido los ciudadanos los que, algunos, han concluido que esa es la mejor forma de vivir. Las características deseables de cualquier sociedad, por mucho que lo sean, no pueden ser creadas por decreto. Sobre esto, mucho tienen que aprender nuestros dirigentes. Pero los ciudadanos a los que les gusta ser tratados como niños por el papá Estado, también.

COMENTARIO ADICIONAL. En un medio reconocido, vi un reportaje sobre cómo algunas compañías “buscan” engordar a las personas. Otra expresión del paternalismo: las personas engordan por decisión personal, a menos que tengan una enfermedad, y no porque las empresas los obliguen. Otra expresión de discriminación: según el reportaje son los más pobres los afectados. No piensa quien lo escribió que no es porque sean menos inteligentes, sino por sus ingresos…Y otra cosa: con este desprecio por el sobrepeso (la obesidad y demás), después están haciendo campañas para eliminar la anorexia.

COMENTARIO ADICIONAL II. Otra posición discriminatoria de la administración distrital en Bogotá: la intención de acabar con los colegios en concesión. Es decir, para Petro los niños más pobres no tienen el derecho de ser educados por los mismos profesores que los niños más ricos, sino que deben serlo por los capacitados docentes que pertenecen a Fecode.

COMENTARIO ADICIONAL III. Se celebró que una población del Tolima haya decidido, democráticamente, impedir la explotación minera por parte de una multinacional. Es cuestión de tiempo para que esa misma población esté bloqueando vías para exigir recursos del gobierno con la justificación de ser muy pobres.

COMENTARIO ADICIONAL IV. Los medios de comunicación le dan vitrina a un muchachito de 19 años, como es el hijo del presidente Santos, para que cuente su agradable experiencia prestando el servicio militar. Pero es peor que el jovencito la aproveche para enseñarnos sobre patriotismo. El patriotismo es un sentimiento que algunos tienen, otros no, pero que cada uno expresa como quiere. Además que demuestre su gran humanidad porque habló con sus “lanzas” como si fuera uno más de ellos y porque comió lentejas. Lo más grave es que, a la vuelta de unos años, este personaje se lanzará a la Presidencia o a algún cargo de decisión y, seguramente, llevará su propuesta, muy elaborada, de servicio militar obligatorio para todos, sin distinción. Ni cuando son jóvenes piensan en la libertad…

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