RESTRICCIONES A LA LIBERTAD Y UNANIMIDAD

La unanimidad en una sociedad, en general, es peligrosa. Pero lo es más cuando refleja un consenso entre los ciudadanos para permitirle al Estado reducir la libertad, puesto que, como lo he dicho en diferentes comentarios, justificar la limitación de la libertad en un ámbito abre la posibilidad para restringirla en muchos otros…hasta que, sin darnos cuenta, tenemos un sociedad sin ningún espacio de acción o de decisión individual. Sin embargo, este hecho, el de la unanimidad, es muy común en las sociedades, sobre todo cuando las restricciones se justifican como necesarias para alcanzar un objetivo que se considera adecuado. Por ejemplo, cuando se habla de la solidaridad o de ser mejores seres humanos, más morales, o de tener paz o seguridad. En todos estos casos, muchas sociedades prefieren ceder libertad para obtener el objetivo esperado.

La unanimidad, además, se auto-refuerza cuando las limitaciones parecen arrojar resultados positivos. Las mayorías justificarán, así, la pérdida de libertad como un mal menor, como algo que “tenía que hacerse”. No obstante, en todos esos casos, siempre existen otras opciones; las medidas adoptadas generan consecuencias indeseables; resultan siendo muy costosas, no solo desde el punto de vista financiero; y son difícilmente cumplibles. En consecuencia, y parafraseando la célebre cita de Benjamin Franklin para el tema de la seguridad, podría decirse que las sociedades que sacrifican su libertad para obtener unos beneficios pequeños y temporales, no merecen ni lo primero ni lo segundo. Lo que demuestra la experiencia, además, es que en efecto no los obtienen.

Todo lo que acabo de decir se ve reflejado en dos decisiones locales, acontecidas en Colombia, a finales de la semana pasada. La primera es la entrada en vigor del toque de queda para menores de edad en Barranquilla. La segunda es la iniciativa del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, de decretar el cierre de las tiendas en donde se vendan bebidas embriagantes entre las nueve de la noche y las diez de la mañana.

Ambas medidas pretenden garantizar una mayor seguridad. Ambas medidas, además, buscan estimular mejores comportamientos en los ciudadanos. Por un lado, que los jóvenes no anden por las calles en la noche. Por el otro, que las personas no beban en exceso, en la vía pública, ni que generen desórdenes como peleas o, incluso, asesinatos. Ambas medidas han sido aceptadas por las mayorías, defendidas por muchos y vistas como necesarias por otros. Ambas medidas restringen la libertad… Y ambas medidas están equivocadas.

Seamos claros: ¿El Estado no debe proteger a los ciudadanos? Sí. ¿El Estado no debe proteger, en particular, a los más jóvenes, el futuro del país? Podemos estar de acuerdo también en esto. ¿No es mejor una sociedad sin alcoholismo, drogadicción o cualquier otro fenómeno semejante? Es cierto.

Sin embargo, en los dos casos, como mencioné más arriba, las medidas adoptadas no son la única opción que existe. Si lo que se busca es incrementar la seguridad ciudadana, ¿no es mejor procurar una mayor capacidad de respuesta de la policía ante los delitos, peleas o intentos de asesinato que se cometan en nuestras ciudades? Fíjense que la implicación de ambas políticas es, por el contrario, que el Estado deje de cumplir sus funciones y que haga que éstas sean responsabilidad de los individuos. Es decir, la policía de ambas ciudades no tendrá que mejorar el cumplimiento de sus funciones, sino que esto se hará a través de la no movilidad de los más jóvenes, en Barranquilla, o del cierre de las tiendas, en Bogotá. Después, si bajan los índices de homicidios o mejora la seguridad, nos dirán que fue como resultado de las estrategias de la policía, pero han sido los ciudadanos, al sacrificar su libertad, los que han tenido que hacer todo el trabajo.

Por otro lado, ambas políticas tendrán consecuencias indeseables. Por ejemplo, ¿no incentiva el toque de queda una mayor clandestinidad y riesgo para los jóvenes que, así exista un decreto, querrán salir con sus amigos o ir a una fiesta? En el caso de la decisión de la “Bogotá Humana”, ¿no se verán afectados, en sus ingresos, los tenderos? ¿No se verán afectadas las personas que tienen como costumbre, porque así lo quieren, hacer sus compras a altas horas de la noche? En los dos casos, ¿no se incrementará la posibilidad de mayor corrupción de la policía como resultado de los sobornos que tenderos, jóvenes o padres de familia harán para evadir las normas adoptadas?  

Además, ambas políticas son altamente costosas. En los dos casos, primero, está el tema de la policía. Si la policía tiene problemas para cumplir su función de evitar robos, asesinatos o desórdenes en la vía pública de nuestras ciudades, ¿podrá cumplir, ahora, con el mandato de perseguir a todo jovencito o jovencita que escape de su hogar para ir a una noche de fiesta? ¿Podrá encontrar, multar y cerrar todo establecimiento que siga vendiendo licor después de la hora señalada? Segundo, ya ha anunciado la Alcaldía de Bogotá que los tenderos afectados recibirán ayudas. Es decir, no les permiten obtener sus ingresos como lo han hecho hasta hoy, sino que, además, el resultado es volverlos dependientes del Estado local.

Una tercera fuente de costo social es el carácter paternalista de las dos medidas. ¿Debe el Estado enseñar a los padres a ser padres? ¿Debe el Estado decidir las horas en las que los jóvenes estén en sus casas? ¿Debe el Estado obligar a los individuos a no consumir bebidas alcohólicas, por más nocivas que éstas sean para la salud? Pero el paternalismo, además, se convierte en discriminación. En el caso de Barranquilla, solo es un grupo etario el afectado por la medida. Si somos consecuentes con el apoyo dado a la decisión, tendríamos que concluir que, entre menos personas estén en la calle, es menos probable la comisión de delitos. En consecuencia, ¿por qué no se decreta el toque de queda para todos los habitantes? En el caso de Bogotá, la medida es para unas localidades específicas que, además, resultan ser las de menores ingresos de la ciudad. ¿No es evidente la visión discriminatoria? ¿Para el Alcalde Petro y sus asesores, los más pobres son incapaces de decidir si beben o no? ¿Son ellos los más violentos cuando consumen bebidas alcohólicas? De nuevo, si asumimos que entre menos licor se consume, menores delitos se cometen, entonces, ¿por qué no se prohíbe la venta en toda la ciudad (algo que ya está contemplado) a toda hora (algo que tendría que contemplarse si la idea es ser consecuentes)?

Algunos dirán que los extremos que planteo son absurdos. Lo que no se dan cuenta es que las medidas adoptadas lo son más. Si la seguridad perfecta no se alcanza con la prohibición de la libre movilización de todos los ciudadanos, ¿por qué sí se hace cuando los afectados son los jóvenes? La medida no tendrá mayores efectos que los cosméticos, a los que están muy acostumbrados los políticos. De igual manera, en una ciudad completamente sobria, ¿podemos pensar en que la seguridad será total? Claramente, no. Aquí es donde se hace evidente que las políticas adoptadas no tendrán mayor efecto en los objetivos que se buscaron inicialmente.

A pesar de esto, no se pueden criticar en voz alta. De hecho, muchos ciudadanos, incluso algunos que se consideran liberales, las defienden. Héctor Abad argumentó su respaldo al decreto de Petro a partir de dos razones. Primero, afirma Abad que estar a favor del consumo no quiere decir que se esté a favor de la disponibilidad de lo que se consume. Lo que olvida este columnista, sin embargo, es que, bajo ese razonamiento, pues no estamos hablando de libertad. La libertad implica la capacidad del individuo para decidir si consume o no. Si se limita la disponibilidad del bien, no existe libertad. La segunda razón es la típica: países más avanzados (“mejor manejados que el nuestro”, los llama el autor) lo hacen. Esto es cierto: no conozco país desarrollado que no tenga prohibiciones al consumo de licor en horas determinadas. Lo que tampoco conozco es algún caso en el que se obligue a cerrar todas las tiendas. Pero la debilidad de la razón expuesta va más allá: cómo somos de selectivos en Colombia que lo que queremos copiar es, precisamente, lo que no deberíamos. Es decir, cuando se habla de profundizar el capitalismo, como lo han hecho todos los países desarrollados que existen, ahí sí se dice que esos son modelos que no funcionan para nuestra realidad. Pero cuando de prohibiciones se trata, sí tenemos como modelos a los países desarrollados. El problema, además, es que esos países son avanzados no porque prohíban el consumo de licor a ciertas horas. Más bien lo son a pesar de ello. 

Los valores, las decisiones y las virtudes solo pueden alcanzarse en escenarios de libertad. Usted no puede llamarse solidario si fue obligado a dar recursos a los demás, por ejemplo. Un pueblo virtuoso, con valores y con seguridad, solo puede preciarse de serlo cuando han sido los ciudadanos los que, algunos, han concluido que esa es la mejor forma de vivir. Las características deseables de cualquier sociedad, por mucho que lo sean, no pueden ser creadas por decreto. Sobre esto, mucho tienen que aprender nuestros dirigentes. Pero los ciudadanos a los que les gusta ser tratados como niños por el papá Estado, también.

COMENTARIO ADICIONAL. En un medio reconocido, vi un reportaje sobre cómo algunas compañías “buscan” engordar a las personas. Otra expresión del paternalismo: las personas engordan por decisión personal, a menos que tengan una enfermedad, y no porque las empresas los obliguen. Otra expresión de discriminación: según el reportaje son los más pobres los afectados. No piensa quien lo escribió que no es porque sean menos inteligentes, sino por sus ingresos…Y otra cosa: con este desprecio por el sobrepeso (la obesidad y demás), después están haciendo campañas para eliminar la anorexia.

COMENTARIO ADICIONAL II. Otra posición discriminatoria de la administración distrital en Bogotá: la intención de acabar con los colegios en concesión. Es decir, para Petro los niños más pobres no tienen el derecho de ser educados por los mismos profesores que los niños más ricos, sino que deben serlo por los capacitados docentes que pertenecen a Fecode.

COMENTARIO ADICIONAL III. Se celebró que una población del Tolima haya decidido, democráticamente, impedir la explotación minera por parte de una multinacional. Es cuestión de tiempo para que esa misma población esté bloqueando vías para exigir recursos del gobierno con la justificación de ser muy pobres.

COMENTARIO ADICIONAL IV. Los medios de comunicación le dan vitrina a un muchachito de 19 años, como es el hijo del presidente Santos, para que cuente su agradable experiencia prestando el servicio militar. Pero es peor que el jovencito la aproveche para enseñarnos sobre patriotismo. El patriotismo es un sentimiento que algunos tienen, otros no, pero que cada uno expresa como quiere. Además que demuestre su gran humanidad porque habló con sus “lanzas” como si fuera uno más de ellos y porque comió lentejas. Lo más grave es que, a la vuelta de unos años, este personaje se lanzará a la Presidencia o a algún cargo de decisión y, seguramente, llevará su propuesta, muy elaborada, de servicio militar obligatorio para todos, sin distinción. Ni cuando son jóvenes piensan en la libertad…

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