¿Hacia dónde vamos?

Esta semana no podía dejar de lado el tema del paro agrario. Lo que está sucediendo en Colombia me parece que será determinante para el eterno proceso de construcción de sociedad. Por ello no quise dedicar este comentario a un aspecto específico, sino contarles algunas de las reflexiones que he hecho en relación con lo que está pasando.

Quiero comenzar con el papel de la fuerza pública. En particular, con las denuncias de excesos llevados a cabo por el ESMAD. Es cierto que el Estado debe impedir los bloqueos de vías y responder con la fuerza si los uniformados son atacados. También es cierto que la policía debe impedir cualquier tipo de acción que afecte el goce de los derechos de los ciudadanos (vida, propiedad, movilidad, etc.). Sin embargo, lo anterior no implica que el Estado pueda excederse, por ningún motivo, en el tratamiento que le da a los civiles.

No se puede aceptar ni justificar ningún tipo de exceso cometido por las fuerzas del orden. Hacerlo pone en peligro la construcción de una sociedad abierta, libre y la convierte en una policiaca. Las fuerzas del orden están al servicio de los ciudadanos, no en su contra.

A pesar de lo anterior, como lo dije en otro comentario, esos excesos son el resultado de la permisividad, incluso de la demanda, que manifiestan los ciudadanos frente a lo que debe hacer el Estado. Creer que éste solo puede intervenir en acciones que se consideran positivas (acabar con la pobreza, reducir la desigualdad o producir bienes) es engañarse. Si la sociedad permite, exige, del Estado su acción en los ámbitos mencionados, también abre la posibilidad para que éste se exceda en otros, considerados como no tan deseables.

Y es, precisamente, en este aspecto, en el que me parece que la sociedad colombiana está fallando, como el paro en curso lo demuestra.

Desde hace mucho tiempo no veía en las redes sociales ni en los medios de comunicación del país tanto consenso en torno a ideas que son absolutamente, absolutamente equivocadas. La pésima calidad de vida de los campesinos y la baja competitividad de la industria, resulta ahora, son consecuencia de los tratados de libre comercio, en particular el de Estados Unidos (que comenzó hace un año) y el de la Unión Europea (que ni siquiera ha comenzado).

Lo anterior se sustenta, también de manera equivocada, en ideas como que solo debemos importar lo que no producimos; o que un país como Colombia no puede competir con los países ricos; o que esos países hacen este tipo de acuerdos para enviarnos todo los que no les sirve; o que las multinacionales son malas porque se quedan con nuestros recursos y acaban con la competencia nacional.

Decía que frente a lo mencionado se ha creado un desafortunado consenso que, me parece, surge de dos factores. Primero, la falta de debate en el país. En Colombia no se tolera, no se estimula el debate. Por el contrario, cuando éste se plantea, las personas reaccionan con agresividad y resultan descalificando, como persona, al que piensa diferente.

Estoy de acuerdo en que los funcionarios que hemos elegido en el país son de baja calidad y que no hacen bien su tarea. También podemos estar de acuerdo en que los altos dirigentes de las empresas son ambiciosos o egoístas. Pero de ahí a pensar que su única obsesión es acabar con los ciudadanos, matarlos (y no en sentido figurado), es un absurdo.

Falta debate, venía diciendo. ¿En un año se puede culpar a un TLC de la situación del país? ¿Se puede culpar a otro que ni ha comenzado? ¿Alguien ha mirado las cifras, el comportamiento del comercio exterior colombiano en los últimos años? ¿El crecimiento? ¿Los indicadores sociales? ¿Nadie ha generado ganancias con la tímida apertura que hemos hecho? ¿Alguien ha tenido en cuenta las difíciles condiciones de la economía internacional?

Ninguna de estas preguntas se han siquiera intentado responder. Se ha convertido en verdad revelada, en cambio, un documental claramente amañado, producido para TeleSUR, en el que se denuncian unos excesos cometidos por el Estado. No se trata de mostrar lo negativo del acuerdo porque tal cosa no puede demostrarse. De lo que se trata es de apoyarse en teorías de la conspiración para asumir que el TLC es una muestra más de la supuesta perversión de los Estados Unidos y del capitalismo.

Esa falta de debate lleva a un segundo fenómeno que es la falta de reflexión sobre lo que se considera como verdad. ¿Los campesinos colombianos estaban mejor hace dos o tres años, cuando no teníamos TLC? ¿Lo han estado alguna vez en la historia del país? No ha existido reflexión sobre los efectos de las estrategias de apertura comercial en el crecimiento, en la formación de capital humano o en la generación de competencia, factor esencial para la innovación, las mejoras en calidad, ingreso para los más pobres y posibilidad de elección.

Es decir, no se ha reflexionado, mucho menos debatido, sobre los efectos del comercio no solo en los indicadores económicos, sino también en la dignidad de los individuos al darles la posibilidad de elegir por sí mismos, de construir su vida como quieran.

Y es que la dignidad es un atributo individual, no colectivo como confunden tan a menudo en Colombia. Esta confusión, resultado del consenso existente en torno a ideas absolutamente equivocadas, ha llevado al surgimiento de actitudes odiosas, claramente condescendientes. Los campesinos son seres humanos como cualquier otro. Ellos no son diferentes, inferiores, incapaces.

Su dignidad depende de reconocer lo anterior y no, como ha sucedido en el paro actual, de que los habitantes de las ciudades sientan compasión o se disfracen como ellos, así como hacían a principios del siglo XX en Estados Unidos cuando algunos humoristas se disfrazaban de afroamericanos. La más odiosa muestra de condescendencia hacia los campesinos es lo que ha existido en Colombia en estos días: tratándolos como individuos incapaces, inferiores no es la forma de mejorar sus ingresos o su calidad de vida.

Tampoco lo es, como sucede tan a menudo en el país, convertirlos en seres a los que se les debe admiración. Hace algunos años se convirtió a los militares en héroes a los que les debíamos agradecimiento. Ahora se pretende hacer lo mismo con los campesinos porque es lo políticamente correcto.

Así, creando una sociedad de lo políticamente correcto, basada en ideas falsas, equivocadas, los ciudadanos – y ciudadanas (¡!)- se sienten muy nobles, muy buenos, muy virtuosos.

No se dan cuenta que, en lugar de eso, al construir un país basado en el nacionalismo chauvinista, el proteccionismo económico y la condescendencia hacia el que vive en situación de pobreza lo que logran es una sociedad que promueve el odio, la exclusión e impide cualquier posibilidad de desarrollo.

Según lo que veo que está sucediendo, me temo que una sociedad como la descrita es la que nos espera en el futuro.

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