Archivos Mensuales: septiembre 2013

Pasiones

La política colombiana sería un caso de estudio muy interesante para aplicar el concepto de dependencia del sendero: las consecuencias no anticipadas (secuencias reactivas) y los procesos cíclicos quedarían perfectos.

Y no hablo, no solamente, de la “alta política”. No se trata de cuestionar cómo un gobierno que llegó al poder generando tantas expectativas, tres años después tenga tantas dificultades.

Tampoco hablo, no solamente, de los asuntos políticos. ¿Algo más cíclico que los escándalos de corrupción, la captura del Estado, las leguleyadas en el manejo del Estado o la ineptitud de los elegidos?

Ni hablo, no solamente, de los “políticos”. ¿No es el fracaso de Santos una consecuencia no anticipada del gobierno Uribe y éste, a su vez, del de Pastrana y así sucesivamente? ¿Casi todas las décadas, por lo menos desde los años 60, no tienen un gobierno de esperanza, que fracasa, otro podrido por la corrupción y uno más que parece hacer mucho, sin hacerlo? (Adivinen cuál gobierno, larguísimo, hizo por los tres).   

Sin embargo, no hablo de todo eso. Hoy quiero referirme a la política cotidiana, a la que hacen los ciudadanos mismos y a la forma como la hacen.

En Colombia, la política se “vive”. Así como en algunos países puede vivirse el fútbol. En otros, el dinero o el éxito. En este país, lo que genera pasión es la política. Nuestras conversaciones “banales” incluyen, en general, algún tema político. Así las personas no tengan idea de lo que están hablando, la política apasiona.

Esto no pasaría de ser una característica más del país, sino fuera porque, de manera no anticipada por nadie, de tiempo en tiempo, esa pasión genera niveles de polarización tales que se puede pasar a la violencia física.

Lo anterior, me parece, se está manifestando cada vez más. Y, repito, no estoy hablando solo de “los políticos”, sino de los ciudadanos.

Hoy la política es sinónimo de odio. No encuentro debates sobre las ideas. La descalificación del contrario se hace, no por sus planteamientos, creencias o propuestas, sino por “lo que es”.

Y esto sí que es delicado. Es tradición que a todos los izquierdistas se les acuse de guerrilleros. Ahora, todos los uribistas son paramilitares, asesinos. Así no puede haber lugar al debate: a nadie le interesa.

Los argumentos que se utilizan en esta oleada de odio solo lo incrementan. La familia o el pasado familiar de los contendientes es uno de los preferidos. Si éste no funciona, lo siguiente es utilizar la justicia: todos deben ser llevados a los estrados judiciales.

Se está configurando una visión del “nosotros” frente al “ustedes”. Los primeros siendo los dueños de la virtud y de la verdad, acosados por el contexto, frente a los segundos, los demonios del país. No hay debate; hay caricaturas.

Algo curioso es que los bandos se colectivizan, mientras que las gestiones se personalizan. No es el gobierno; es Juan Manuel Santos (otro demonio).

No existe la posibilidad que el contrincante esté mal en su opinión. No. El contrario es malo. Solo quiere destruir, acabar, asesinar.

¿La consecuencia de todo esto? Dos procesos se están gestando. Estos han sido comunes a las peores atrocidades de la historia de la humanidad, incluido el recordado genocidio de Ruanda de 1994…y, sí, la denominada Gran Violencia de Colombia.  

Por un lado, un proceso de desindividualización. Como decía, usted no puede ser usted, sino tiene que ser algún “ustedes”. No existen individuos, sino bandos que, disfrazados de grupos políticos, no pueden tener nada en común con los contrarios.

¿Por qué? Por el segundo fenómeno: la deshumanización. Siempre se puede debatir con un ser humano, pero nunca con un monstruo. En Ruanda, se utilizaron las imágenes de animales para deshumanizar (cucarachas, culebras). En Colombia, se deshumanizan llamándolos delincuentes. O, debido a los traumas que nos han generado, la deshumanización se logra cuando son “guerrilleros” o “paramilitares”, o “narcotraficantes”.

Lo peor es que, como dije al principio, esto no solo es culpa del odio entre el senador Cepeda y el – futuro – senador Uribe. Las redes sociales, los comentarios que hacen personas del común…y los intelectuales también son culpables.

¡Los “intelectuales”!: hoy escriben con odio y en un futuro, no muy lejano, si la cosa sigue degenerándose, se lavarán las manos, culpando a la “cultura” y a la “ignorancia” por las atrocidades.

Antes he hablado sobre la importancia de los debates, de la argumentación. Eso sí que hace falta.

También, la sanción moral. No creo que culpar a un político de delincuente o de asesino, sea odiar. Menos en Colombia. Pero sí creo que esto no puede ser la base del debate. ¿Cree que algún candidato es delincuente? No vote por él.

Pero para sancionar moralmente, los ciudadanos ahí sí no están listos: miren los casos de Ernesto Samper o de Horacio Serpa.

La sanción moral, al ser moral, no puede ser impuesta por el Estado ni de obligatorio cumplimiento. Depende de la flexibilidad que tienen los ciudadanos frente al cumplimiento de las normas. Por ello, cada individuo tiene mucho para hacer en este punto.

Para demostrar culpabilidades está la justicia, no las redes sociales o los medios de comunicación. Pero, actualmente, todos los bandos acuden a la justicia para descalificar al contrario y, cuando les toca su turno, la descalifican, aduciendo “persecución”. ¿Cómo quejarse de la politización de la justicia?

Lo más importante, sin embargo, es que la sociedad colombiana, a partir del debate constante, se dé cuenta, de una vez por todas, que la discusión política es interesante, apasionante, incluso. Pero no puede plantearse como el centro de la vida.

Los odios entre candidatos también son estrategias políticas, como demuestran los coqueteos entre Progresistas y el Partido Verde o el frente común entre el uribismo  y el Polo Democrático para oponerse el gobierno actual.

Es necesario que los ciudadanos colombianos reconozcan que los únicos dueños de sus decisiones y de su destino son ellos mismos y no quien ocupe la Casa de Nariño. La libertad, y su defensa, es el mejor remedio para superar esta dependencia del sendero que, en el caso de la política, solo ha generado violencia y odio en nuestro país.

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Remedios y otros excesos

Los excesos en los que incurren las fuerzas del orden colombianas para supuestamente cumplir con su deber se están convirtiendo en noticia de todos los días. El caso más reciente fue el del domingo pasado en un club nocturno (amanecedero) en el sur de Bogotá.

Antes de éste, fueron los excesos del ESMAD en los días del reciente paro o los relacionados con las movilizaciones en la región del Catatumbo o los denominados falsos positivos del Ejército…y las miles de historias que, seguramente, tienen lugar cada día en diferentes partes del país.

Frente a los hechos del domingo, parte de la sociedad colombiana vuelve a reaccionar, alarmada. La otra parte, seguramente, justifica los hechos o no les da importancia.

Seguramente, en los próximos días, volverán los de siempre a plantear los debates de siempre. Los defensores de derechos humanos afirmarán que eso no se debe hacer y pedirán, posiblemente, que Naciones Unidas, una ONG internacional o cualquier gobierno extranjero denuncie lo que está sucediendo.

Las agrupaciones de izquierda, por su parte, aprovecharán la coyuntura para captar más votos con el supuesto interés que tienen en la protección de los derechos individuales que tanto desprecian en los demás ámbitos.

Los representantes de derecha asegurarán que los hechos no son ciertos o que, si lo fueron, fue en reacción a la comisión de delitos por parte de quiénes se encontraban infringiendo las regulaciones locales. Nos recordarán que los policías, así como los militares, son héroes a los que les debemos admiración. Concluirán que cualquier exceso es ínfimo frente al objetivo último de la existencia de estas fuerzas: una supuesta seguridad.

Y después, seguramente, nada. Ya se han anunciado algunos suspendidos y las investigaciones de siempre.

Mientras, el gobierno de turno disminuye la gravedad de los acontecimientos con la famosa consigna de “son unas manzanas podridas”. El problema es que pareciera ser que esas manzanas no son ni pocas ni incapaces de expandir su daño en las instituciones para las que trabajan.

¿Qué ha sucedido con las fuerzas de seguridad en Colombia? Los excesos que tanto se ven deben ser analizados por la amenaza que plantean a la libertad y al disfrute de los derechos por parte de los civiles.

No se trata de afirmar que estas fuerzas sean innecesarias o, como algunos pueden pensar, que deba culpárseles de todos los males del país o de los resultados negativos de las movilizaciones y protestas que tienen lugar. Es innegable que los muchos de los civiles aprovechan estas situaciones para cometer crímenes…y deben ser castigados en consecuencia. Es decir, con proporcionalidad a lo que han hecho.

Con esta aclaración, encuentro cuatro razones que explican los excesos que se están convirtiendo en la norma. Primero, la tensión entre libertad y seguridad se resuelve teniendo de presente que el aparato de seguridad del Estado está subordinado, siempre, al poder civil. A pesar de este principio, esta tensión se olvida a menudo, incluso, en las sociedades más democráticas y liberales del mundo, como Estados Unidos. En Colombia, sí que se ha olvidado. Creo que esto se explica en el papel que ha tenido el tema del conflicto armado en el país.   

Segundo, este último punto ha generado uno de los fenómenos más perversos para la limitación de la acción estatal. Éste consiste en la militarización de la policía y en el despliegue de las fuerzas militares al interior del país. Este tema es muy amplio y complejo. Lo que se debe resaltar es que lo mencionado ha llevado a que la policía adopte las lógicas de amigo/enemigo propias de las Fuerzas Militares y que esta visión se aplique a los mismos individuos que, en principio, se debía proteger.

Los dos anteriores puntos, más visibles, se deben a una suerte de paranoia nacional permanente. En Colombia existe una obsesión con los temas de seguridad. Algunos teóricos, para el caso de la política exterior, han denominado esto securitización. Lo preocupante es que ésta se ha presentado en todas las dimensiones. Cómo será la cosa que la jerga utilizada para tratar los temas económicos tiene que es propia del sector de seguridad.

La última razón tiene que ver con algo que he mencionado en otros comentarios. En Colombia existe una excesiva permisividad para la acción estatal. Es más, como han demostrado los eventos más recientes, no solo existe permisividad, sino que la sociedad exige, demanda que el Estado restrinja la libertad de los individuos en diferentes ámbitos. Esto abre la puerta para que se cometan todo tipo de excesos.

Así no lo deseen, aquellos que piden tanto la intervención del Estado en la economía para garantizar unos precios “justos” o para que ningún sector pierda en el comercio, están abriendo la posibilidad a que se cometan los excesos que, después, tanto critican.

A pesar de lo anterior, y de que los excesos son evidentes, las soluciones que se comienzan a ventilar resultan insultantes, por decir lo menos. En lugar de explorar formas de reducir los abusos cometidos por el Estado; esto es, de limitarlo, lo que se discute es cómo prohibir, regular y limitar más a los establecimientos que no cumplen los horarios impuestos por el Estado o cómo criminalizar la protesta. Es decir, el resultado de las violaciones cometidas por agentes del Estado en los derechos individuales se resuelve limitando más a los individuos y no al Estado.

Si a esto se le suman la creciente intervención en la economía y las regulaciones en casi todas las dimensiones, las amenazas a la libertad en Colombia ya no son evidentes, sino preocupantes. Y a nadie parece importarle.

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De vuelta al pasado

Contra todo pronóstico, el presidente Barack Obama está empeñado en una intervención militar en Siria. Cuando fue elegido por primera vez, los ingenuos del mundo celebraron su ascenso como el fin de lo que consideraron la era de la arrogancia y del guerrerismo de George W. Bush.

No contaron con tres realidades. Primero, sea quien sea el presidente de los Estados Unidos, los anclajes creados por el gobierno de este país en su supuesto liderazgo mundial. Segundo, la falta de experiencia y de preparación del candidato Obama y la inaplicabilidad de sus ideas, por muy agradables al oído que fueran. Tercero, la ley de las consecuencias inesperadas siempre actúa en realidades sociales complejas.

Barack Obama prometió un cambio en la posición de su país frente al resto del mundo. Relanzó la relación con Rusia; buscó alternativas en el caso de Irán; dio esperanzas en la apertura de relaciones con Cuba. Frente a cada intento, la realidad golpeó al idealismo de Obama hasta llevarlo, por ejemplo, a plantear la remota posibilidad de actuar frente al régimen de Al Asad en caso de que éste se excediera en una supuesta línea roja: el uso de armas químicas. Hoy, tal vez sin pensarlo, sin quererlo Obama, esa línea se cruzó y muchos en el gobierno de Estados Unidos consideran que deben actuar o serán vistos como débiles o irresponsables.

Frente a la posibilidad de una intervención, los de siempre han llegado con sus críticas. No faltan los pacifistas más puros: no a la violencia, no a la guerra. Esto estaría perfecto en un mundo sin dictadores como Al Asad. ¿No han muerto ya suficientes ciudadanos sirios en esa guerra civil? ¿De qué paz hablan?

Por otro lado, están los amantes de las teorías de la conspiración: Estados Unidos lo único que busca es petróleo…hmmm. ¡Claro! Ya están cansados de todo el petróleo que robaron en Irak y quieren más. Por eso no siguen empantanados en esa guerra y, en el intermedio, no tuvieron una crisis financiera que, según algunos (muchas veces los mismos de las teorías de la conspiración), ha sido la peor desde la Gran Depresión.

Otros, también seguidores de las conspiraciones internacionales, consideran que la intención es controlar la región. ¿Se imaginan? ¡Nunca hubiera esperando una pretensión más egoísta e irracional! ¿Buscar controlar una región, caracterizada por su paz, su democracia, su estabilidad? No hay derecho.

Este lado, ahora, recibe con júbilo las declaraciones del rey de la democracia y de la paz: Vladimir Putin. “Es el único sensato”, piensan. Por su ingenuidad frente a los demás y su obsesión por los teorías de la conspiración cuando de Estados Unidos se trata, no se dan cuenta que éste no está en contra de la intervención porque sea sensato, pacifista o un verdadero líder, sino porque también tiene intereses que, para este caso específico, se preservan más si no existe un cambio de régimen en Siria.

En el otro extremo, están los defensores de una acción militar. ¿No han muerto suficientes niños y niñas, mujeres y hombres, ancianos y ancianas? Pues bien, si esta fuera la racionalidad, Estados Unidos tendría que intervenir en casi todos los países del mundo…o, por lo menos, en aquellos donde existen conflictos armados hoy.

¿No se debe evitar el uso de armas que han sido consideradas por la humanidad como indeseables? Si bien esto es cierto, teniendo en cuenta el plan de Obama que no consiste sino en un ataque limitado, el control en el uso de armas químicas queda en entredicho. También lo está, incluso, si se lleva a cabo el plan propuesto por Rusia. El uso de armas prohibidas no se disminuirá con muestras de fuerza contra los irresponsables que las usan, sino evitando que éstos detenten el poder. Esto último, sin embargo, no depende de la acción de ningún actor externo.

Al contrario, un ataque de este tipo pondría en alerta a los demás regímenes en el mundo que, como Corea del Norte, no tiene líderes a los que les importen los límites internacionales o el derecho internacional.

¿Quién tiene razón en este caso, entonces? Como suele suceder en los complejos temas internacionales, nadie la tiene. Sin embargo, es cierto que una intervención en Siria es una pésima idea por varias razones.

Primero, porque si se cumple al pie de la letra el plan propuesto por Obama, no se logra nada. Al contrario, si éste se excede, Estados Unidos podría quedar envuelto en otra operación de nation-building a gran escala que no es claro si podrá asumir por razones económicas, políticas, de opinión pública y militares.

Además, lo anterior le sumaría más inestabilidad a la región. 

Segundo, porque, como mencioné más arriba, la garantía de no usar armas de destrucción masiva, como las químicas no existe. Ya lo hizo Saddam Hussein a principios de los años 90 en contra de la población kurda. Se le impusieron sanciones. Se le “castigó” con todo el poder militar de una coalición internacional. ¿Resultado para el futuro? Hoy, Al Asad vuelve a usarlas. O los rebeldes, como sabiamente afirma el demócrata y defensor de la paz, Vladimir Putin.

Tercero, porque Estados Unidos no puede seguir asumiendo responsabilidades de policía del mundo. No solo por sus condiciones internas, sino también porque el mundo ha cambiado. Muchos otros países tienen vocación de liderazgo internacional y pueden asumirlo, como es el caso de China. Además, porque una nueva intervención es, paradójicamente, alimentar la idea de que el supuesto “imperialismo” estadounidense es indeseable, mientras que uno ruso o uno chino no lo sería. Esto sí es un riesgo para la estabilidad mundial, no solo en el ámbito de la seguridad, sino también de la economía.

¿Qué hacer entonces? Como sucede en la mayoría de estos casos, nada o muy poco. Es importante que la humanidad reconozca que las buenas intenciones pueden no generar las consecuencias esperadas. En muchos casos, por más dolor que exista, es importante que las sociedades, por sí mismas, alcancen sus objetivos. El “deber de proteger” ha demostrado ser inútil puesto que se construyó a partir de consideraciones morales, pero no de un análisis basado en la realidad de política internacional.

Estados Unidos no debería meterse en esta nueva aventura internacional. Esperemos a ver si Barack Obama, el hombre que sí puede, atiende las presiones en contra o, como todo lo ha hecho al interior, sus tendencias autoritarias primarán.

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Cuidado con lo que deseamos…

Como resultado inmediato de su criticada gestión frente al paro nacional, el gobierno de Juan Manuel Santos fue duramente golpeado en su popularidad esta semana, como demuestran las encuestas.

No pienso defender a un gobierno que es, como casi todos, indefendible. He mencionado en comentarios anteriores que el actual presidente de Colombia ha cometido gran parte de los errores que le cobran hoy las mayorías debido a su obsesión, no de implementar un modelo de país, sino de pasar a la historia. Su único interés, de carácter personal, ha sido más importante que aprender la difícil tarea de gobernar…y asumir los costos asociados con ella.

Pasar a la historia, para Juan Manuel Santos, consistía en plantear proyectos que sonaban muy bien y que, en teoría, serían implementados en un ambiente de armonía y consenso. Infortunadamente, así no funciona la realidad política, mucho menos en un país como Colombia.

En consecuencia, su estrategia de buscar tener a todos los sectores “contentos” lo ha llevado, desde hace tiempo, a presentar problemas de liderazgo; a manejar de manera errática situaciones específicas; a equivocarse en su comunicación con los ciudadanos; a no saber explicar que algunos problemas son heredados y no creados por él (caso Nicaragua o actual situación social). En últimas, ha llevado a que el gobierno se presente como aislado y acorralado, no solo frente a la ciudadanía, sino frente a su entorno político.

Su figura se ha convertido en sinónimo de ineptitud, de arrogancia, de traición o de engaño, según sea la posición desde donde se mire.

Por lo anterior, cada vez es más probable que Juan Manuel Santos no sea reelegido. En esta eventualidad, ¿qué opciones existen?

Por un lado, está el uribismo. Cada vez más cuestionado por su relación con los grupos paramilitares. Cada vez más estatista y, por lo tanto, menos defensor de las libertades individuales. Cada vez menos comprometido con la libertad económica. Cada vez más cerca de convertirse en el destructor de la institucionalidad colombiana. Cada vez más parecido a una secta religiosa en la que Álvaro Uribe Vélez ha sido convertido en un dios del cual depende el futuro del país.

Por el otro, está la izquierda del Polo Democrático Alternativo, de Marcha Patriótica, de Colombianos y Colombianas por la paz (así éste y muchos otros se muestren como grupos sin ninguna pretensión política). Acá existe una gran consistencia programática. Una coherencia histórica en sus planteamientos. Carisma – y retórica – apreciable de algunos de sus líderes. El único problema es que sus propuestas, en caso de ser implementadas, destinarían a Colombia a la pobreza, al subdesarrollo y, paradójicamente como sus archi-enemigos políticos, los uribistas, a la destrucción de la institucionalidad.

En el intermedio, esta semana se impulsó el nombre de Antonio Navarro como una alternativa adecuada. Alternativa en cuanto a nombre, porque según sus planteamientos, estaríamos más cerca de una visión como la propuesta por el sector de la izquierda que he mencionado. Este personaje es respetado y demostró, o eso dicen muchos, una buena gestión como gobernador de Nariño. No obstante, ser gobernador no es igual a ser presidente. Así como en Bogotá se demostró que ser congresista no es igual a ser alcalde.

Como he dicho de manera insistente en anteriores comentarios, los individuos toman sus propias decisiones que afectan sus vidas en todas las dimensiones. Una de ellas es el ámbito social, el público.

Los ciudadanos colombianos están hoy, muy felices, con la caída en las encuestas de Juan Manuel Santos. Sin embargo, no reconocen su responsabilidad en el hecho que esta persona esté en el cargo en el que está como resultado de la decisión que millones de ellos tomaron hace un poco más de tres años.

Hoy muchos quisieran cambiar el nombre de quién está en el poder. Algunos quisieran que regresara a quien consideran como un dios o, en caso de no poderse, mientras tanto, que fuera elegida una marioneta que actúe en su nombre, como esperaban que lo hiciera el mismo Santos.

Otros quisieran que el elegido fuera un representante de la izquierda radical, con su discurso disfrazado de preocupación por lo social y su creencia en que es el Estado el que debe tomar todas las decisiones en lugar de los ciudadanos. 

De pronto otros quisieran que fuera una supuesta alternativa que, seguramente, fracasará como lo hacen, en general, aquellos que se consideran como tales.

Es comprensible el malestar social en Colombia. Sin embargo, éste seguirá existiendo hasta tanto los ciudadanos no reconozcamos que los únicos que podemos mejorar o empeorar nuestras vidas somos nosotros mismos. Por ahora, valdría la pena reconocer que el panorama que describo es resultado de las malas decisiones que hemos tomado de manera sistemática. No podemos seguir esperando que algún elegido, por sí mismo, construya el país ideal. Ojalá, mientras tanto, la encrucijada en la que nos encontramos hacia futuro no genere un daño del cual sea más difícil salir.

Cuidado con lo que deseamos, porque de pronto se cumple.  

COMENTARIO ADICIONAL. No importa el pésimo gobierno de Gustavo Petro en Bogotá: ahora fue premiado como ejemplo en el mundo de liderazgo frente al cambio climático. Interesante que el premio es resultado del sistema de transporte impulsado por Transmilenio, sistema que ha sido criticado por los ciudadanos y que fue considerado por el mismo Petro como inútil, pasado de moda y un sistema que tenía que remplazarse.

COMENTARIO ADICIONAL II. Y lo que se ha resuelto del paro se ha hecho con más Estado y repartiendo más recursos. ¿Alcanzará para todos? ¿Alcanzará para los que vengan?

COMENTARIO ADICIONAL III. La inminente decisión de intervenir en Siria dará mucho de qué hablar en las próximas semanas. Por ahora, podemos ver cómo los líderes estadounidenses siguen cometiendo errores en la política exterior. Además, Barack Obama es el ejemplo perfecto por el que es mejor no creer tanto en los líderes que se presentan como alternativas cuyo único interés es hacer del mundo un lugar mejor. Esta visión, las más de las veces, no refleja la bondad de quien las propone, sino una visión arrogante y autoritaria de su papel en el mundo.

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