Cuidado con lo que deseamos…

Como resultado inmediato de su criticada gestión frente al paro nacional, el gobierno de Juan Manuel Santos fue duramente golpeado en su popularidad esta semana, como demuestran las encuestas.

No pienso defender a un gobierno que es, como casi todos, indefendible. He mencionado en comentarios anteriores que el actual presidente de Colombia ha cometido gran parte de los errores que le cobran hoy las mayorías debido a su obsesión, no de implementar un modelo de país, sino de pasar a la historia. Su único interés, de carácter personal, ha sido más importante que aprender la difícil tarea de gobernar…y asumir los costos asociados con ella.

Pasar a la historia, para Juan Manuel Santos, consistía en plantear proyectos que sonaban muy bien y que, en teoría, serían implementados en un ambiente de armonía y consenso. Infortunadamente, así no funciona la realidad política, mucho menos en un país como Colombia.

En consecuencia, su estrategia de buscar tener a todos los sectores “contentos” lo ha llevado, desde hace tiempo, a presentar problemas de liderazgo; a manejar de manera errática situaciones específicas; a equivocarse en su comunicación con los ciudadanos; a no saber explicar que algunos problemas son heredados y no creados por él (caso Nicaragua o actual situación social). En últimas, ha llevado a que el gobierno se presente como aislado y acorralado, no solo frente a la ciudadanía, sino frente a su entorno político.

Su figura se ha convertido en sinónimo de ineptitud, de arrogancia, de traición o de engaño, según sea la posición desde donde se mire.

Por lo anterior, cada vez es más probable que Juan Manuel Santos no sea reelegido. En esta eventualidad, ¿qué opciones existen?

Por un lado, está el uribismo. Cada vez más cuestionado por su relación con los grupos paramilitares. Cada vez más estatista y, por lo tanto, menos defensor de las libertades individuales. Cada vez menos comprometido con la libertad económica. Cada vez más cerca de convertirse en el destructor de la institucionalidad colombiana. Cada vez más parecido a una secta religiosa en la que Álvaro Uribe Vélez ha sido convertido en un dios del cual depende el futuro del país.

Por el otro, está la izquierda del Polo Democrático Alternativo, de Marcha Patriótica, de Colombianos y Colombianas por la paz (así éste y muchos otros se muestren como grupos sin ninguna pretensión política). Acá existe una gran consistencia programática. Una coherencia histórica en sus planteamientos. Carisma – y retórica – apreciable de algunos de sus líderes. El único problema es que sus propuestas, en caso de ser implementadas, destinarían a Colombia a la pobreza, al subdesarrollo y, paradójicamente como sus archi-enemigos políticos, los uribistas, a la destrucción de la institucionalidad.

En el intermedio, esta semana se impulsó el nombre de Antonio Navarro como una alternativa adecuada. Alternativa en cuanto a nombre, porque según sus planteamientos, estaríamos más cerca de una visión como la propuesta por el sector de la izquierda que he mencionado. Este personaje es respetado y demostró, o eso dicen muchos, una buena gestión como gobernador de Nariño. No obstante, ser gobernador no es igual a ser presidente. Así como en Bogotá se demostró que ser congresista no es igual a ser alcalde.

Como he dicho de manera insistente en anteriores comentarios, los individuos toman sus propias decisiones que afectan sus vidas en todas las dimensiones. Una de ellas es el ámbito social, el público.

Los ciudadanos colombianos están hoy, muy felices, con la caída en las encuestas de Juan Manuel Santos. Sin embargo, no reconocen su responsabilidad en el hecho que esta persona esté en el cargo en el que está como resultado de la decisión que millones de ellos tomaron hace un poco más de tres años.

Hoy muchos quisieran cambiar el nombre de quién está en el poder. Algunos quisieran que regresara a quien consideran como un dios o, en caso de no poderse, mientras tanto, que fuera elegida una marioneta que actúe en su nombre, como esperaban que lo hiciera el mismo Santos.

Otros quisieran que el elegido fuera un representante de la izquierda radical, con su discurso disfrazado de preocupación por lo social y su creencia en que es el Estado el que debe tomar todas las decisiones en lugar de los ciudadanos. 

De pronto otros quisieran que fuera una supuesta alternativa que, seguramente, fracasará como lo hacen, en general, aquellos que se consideran como tales.

Es comprensible el malestar social en Colombia. Sin embargo, éste seguirá existiendo hasta tanto los ciudadanos no reconozcamos que los únicos que podemos mejorar o empeorar nuestras vidas somos nosotros mismos. Por ahora, valdría la pena reconocer que el panorama que describo es resultado de las malas decisiones que hemos tomado de manera sistemática. No podemos seguir esperando que algún elegido, por sí mismo, construya el país ideal. Ojalá, mientras tanto, la encrucijada en la que nos encontramos hacia futuro no genere un daño del cual sea más difícil salir.

Cuidado con lo que deseamos, porque de pronto se cumple.  

COMENTARIO ADICIONAL. No importa el pésimo gobierno de Gustavo Petro en Bogotá: ahora fue premiado como ejemplo en el mundo de liderazgo frente al cambio climático. Interesante que el premio es resultado del sistema de transporte impulsado por Transmilenio, sistema que ha sido criticado por los ciudadanos y que fue considerado por el mismo Petro como inútil, pasado de moda y un sistema que tenía que remplazarse.

COMENTARIO ADICIONAL II. Y lo que se ha resuelto del paro se ha hecho con más Estado y repartiendo más recursos. ¿Alcanzará para todos? ¿Alcanzará para los que vengan?

COMENTARIO ADICIONAL III. La inminente decisión de intervenir en Siria dará mucho de qué hablar en las próximas semanas. Por ahora, podemos ver cómo los líderes estadounidenses siguen cometiendo errores en la política exterior. Además, Barack Obama es el ejemplo perfecto por el que es mejor no creer tanto en los líderes que se presentan como alternativas cuyo único interés es hacer del mundo un lugar mejor. Esta visión, las más de las veces, no refleja la bondad de quien las propone, sino una visión arrogante y autoritaria de su papel en el mundo.

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