Remedios y otros excesos

Los excesos en los que incurren las fuerzas del orden colombianas para supuestamente cumplir con su deber se están convirtiendo en noticia de todos los días. El caso más reciente fue el del domingo pasado en un club nocturno (amanecedero) en el sur de Bogotá.

Antes de éste, fueron los excesos del ESMAD en los días del reciente paro o los relacionados con las movilizaciones en la región del Catatumbo o los denominados falsos positivos del Ejército…y las miles de historias que, seguramente, tienen lugar cada día en diferentes partes del país.

Frente a los hechos del domingo, parte de la sociedad colombiana vuelve a reaccionar, alarmada. La otra parte, seguramente, justifica los hechos o no les da importancia.

Seguramente, en los próximos días, volverán los de siempre a plantear los debates de siempre. Los defensores de derechos humanos afirmarán que eso no se debe hacer y pedirán, posiblemente, que Naciones Unidas, una ONG internacional o cualquier gobierno extranjero denuncie lo que está sucediendo.

Las agrupaciones de izquierda, por su parte, aprovecharán la coyuntura para captar más votos con el supuesto interés que tienen en la protección de los derechos individuales que tanto desprecian en los demás ámbitos.

Los representantes de derecha asegurarán que los hechos no son ciertos o que, si lo fueron, fue en reacción a la comisión de delitos por parte de quiénes se encontraban infringiendo las regulaciones locales. Nos recordarán que los policías, así como los militares, son héroes a los que les debemos admiración. Concluirán que cualquier exceso es ínfimo frente al objetivo último de la existencia de estas fuerzas: una supuesta seguridad.

Y después, seguramente, nada. Ya se han anunciado algunos suspendidos y las investigaciones de siempre.

Mientras, el gobierno de turno disminuye la gravedad de los acontecimientos con la famosa consigna de “son unas manzanas podridas”. El problema es que pareciera ser que esas manzanas no son ni pocas ni incapaces de expandir su daño en las instituciones para las que trabajan.

¿Qué ha sucedido con las fuerzas de seguridad en Colombia? Los excesos que tanto se ven deben ser analizados por la amenaza que plantean a la libertad y al disfrute de los derechos por parte de los civiles.

No se trata de afirmar que estas fuerzas sean innecesarias o, como algunos pueden pensar, que deba culpárseles de todos los males del país o de los resultados negativos de las movilizaciones y protestas que tienen lugar. Es innegable que los muchos de los civiles aprovechan estas situaciones para cometer crímenes…y deben ser castigados en consecuencia. Es decir, con proporcionalidad a lo que han hecho.

Con esta aclaración, encuentro cuatro razones que explican los excesos que se están convirtiendo en la norma. Primero, la tensión entre libertad y seguridad se resuelve teniendo de presente que el aparato de seguridad del Estado está subordinado, siempre, al poder civil. A pesar de este principio, esta tensión se olvida a menudo, incluso, en las sociedades más democráticas y liberales del mundo, como Estados Unidos. En Colombia, sí que se ha olvidado. Creo que esto se explica en el papel que ha tenido el tema del conflicto armado en el país.   

Segundo, este último punto ha generado uno de los fenómenos más perversos para la limitación de la acción estatal. Éste consiste en la militarización de la policía y en el despliegue de las fuerzas militares al interior del país. Este tema es muy amplio y complejo. Lo que se debe resaltar es que lo mencionado ha llevado a que la policía adopte las lógicas de amigo/enemigo propias de las Fuerzas Militares y que esta visión se aplique a los mismos individuos que, en principio, se debía proteger.

Los dos anteriores puntos, más visibles, se deben a una suerte de paranoia nacional permanente. En Colombia existe una obsesión con los temas de seguridad. Algunos teóricos, para el caso de la política exterior, han denominado esto securitización. Lo preocupante es que ésta se ha presentado en todas las dimensiones. Cómo será la cosa que la jerga utilizada para tratar los temas económicos tiene que es propia del sector de seguridad.

La última razón tiene que ver con algo que he mencionado en otros comentarios. En Colombia existe una excesiva permisividad para la acción estatal. Es más, como han demostrado los eventos más recientes, no solo existe permisividad, sino que la sociedad exige, demanda que el Estado restrinja la libertad de los individuos en diferentes ámbitos. Esto abre la puerta para que se cometan todo tipo de excesos.

Así no lo deseen, aquellos que piden tanto la intervención del Estado en la economía para garantizar unos precios “justos” o para que ningún sector pierda en el comercio, están abriendo la posibilidad a que se cometan los excesos que, después, tanto critican.

A pesar de lo anterior, y de que los excesos son evidentes, las soluciones que se comienzan a ventilar resultan insultantes, por decir lo menos. En lugar de explorar formas de reducir los abusos cometidos por el Estado; esto es, de limitarlo, lo que se discute es cómo prohibir, regular y limitar más a los establecimientos que no cumplen los horarios impuestos por el Estado o cómo criminalizar la protesta. Es decir, el resultado de las violaciones cometidas por agentes del Estado en los derechos individuales se resuelve limitando más a los individuos y no al Estado.

Si a esto se le suman la creciente intervención en la economía y las regulaciones en casi todas las dimensiones, las amenazas a la libertad en Colombia ya no son evidentes, sino preocupantes. Y a nadie parece importarle.

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