Archivos Mensuales: octubre 2013

Una sociedad de políticos

Esta semana estuvo movida en materia electoral.

Del lado del Uribe Centro Democrático (¡!) se profundizó su carácter personalista y autoritario con el tema de la convención. Francisco Santos hizo gala de una de las razones por las que no puede ser presidente de Colombia: su pusilanimidad. Toda la semana estuvo tratando de conquistar al Mesías del supuesto partido para que lo eligiera. Óscar Iván Zuluaga, mientras tanto, hizo todos los torcidos posibles para ser el seleccionado.

También aparecieron los de siempre. Ya suenan cantantes, actores y deportistas para formar parte de algunas listas.

Dentro de esta categoría, hay un personaje bien interesante. Éste es Antanas Mockus. No se puede entender cómo una persona que participa en cada elección posible desde hace más de una década siga siendo visto como ajeno a la política.

Pero no solo eso. Ha hecho sentir su nombre hablando en contra de la politiquería (como Álvaro Uribe también lo hizo) siendo que es igual de politiquero a los demás: los errores que ha cometido han sido por su vanidad personal; engaña a quien se le ponga en su camino; renuncia a lo que sea para alcanzar un puesto superior; entre otras.

Algo sí se le debe reconocer: sabe cómo llegarle a la gente. Siempre que intenta reencaucharse adopta el tema que esté vigente. Ahora le dio por ser el guardián de un acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC.

Lo de siempre, les decía.

Otra categoría es la conformada por los que “no lo superan”. Acá está Vivian Morales. Nunca ha sido exitosa en ninguna de sus facetas en la vida pública. En la más reciente, no hay que olvidarlo, salió de la Fiscalía no solo por vicios de forma en su elección, sino por una presión generalizada quela cuestionó, no por sus amistades o alianzas políticas (como la que tiene con Ernesto Samper), sino por su matrimonio con uno de los personajes más oscuros de la política colombiana.

Bueno. Pues ella no supera sus fracasos. Ahora, reveló a comienzos de la semana, está pensando presentar su candidatura a nombre de un movimiento cristiano 

. Hablo de ella, no porque haya peligro (¿posibilidad?) que llegue a la Presidencia. Hablo de ella porque este caso refleja un problema de formación de estos “profesionales” de la política: la señora Morales no puede pensar en ser presidenta de un país para representar solo a un grupo. El presidente, en teoría, representa a – y está al servicio de – todos los colombianos.

Una categoría que, aunque no es nueva, merece tener una mención especial es la de los “salvadores”. No me refiero al que se presentó como tal en 2002. Hablo de los personajes que adquieren relevancia pública por su conocimiento, por su rigurosidad, por su trayectoria académica y que, aprovechándose de ello, deciden saltar a la arena política.

En el pasado hemos tenido muchos ejemplos: el mismo Antanas Mockus, Sergio Fajardo y, en menor medida, Alfredo Rangel. Ahora, aunque no lo haya confirmado, puede ser el caso de Claudia López.

Estos personajes tienen tres problemas en su conversión. Primero, asumen que por su conocimiento y trayectoria son dueños de la verdad. Segundo, critican a la “clase política” pero actúan igual que ella: son presos de sus vanidades personales y de su arrogancia. Tercero, lo que es más grave, al dar el salto de la academia a la política, pierden su autoridad y resultan siendo más de lo mismo.

Mucho más podría decirse sobre las categorías mencionadas o sobre los efectos que ha tenido cada una en el país.

Pero, ¿qué tienen en común todos estos personajes? Creo que todos ellos reflejan una de las características de nuestro proceso de formación como nación. En Colombia, el reconocimiento, el éxito profesional y la seguridad económica se conciben como resultado de los cargos que, en el Estado, se hayan ocupado.

Pareciera que las demás actividades en el país son la plataforma de lanzamiento para ejercer la única que se considera digna: la política.

Las personas prefieren ser funcionarios públicos a ser empresarios, científicos, investigadores sociales o académicos. Muchas veces se ha hablado de la puerta giratoria. Aquéllos empresarios que se convierten en ministros, candidatos o burócratas. Se ha señalado que esta realidad afecta el funcionamiento del Estado y que promueve la captura del mismo por unos intereses particulares.

Pues bien, lo mismo sucede en las demás expresiones de la puerta giratoria. No hay nada de diferente. Los colombianos tenemos que darnos cuenta, algún día, que hacer algo por el país no implica necesariamente estar en el Congreso o en el Palacio de Nariño. Hacer algo por el país es igual a luchar, cada uno, por su bienestar y su éxito profesional e individual en cualquiera de las actividades existentes.

Es más, podría afirmar que hacer algo por el país requiere que los más rigurosos y capacitados se decidan por actividades diferentes a la política y por sectores diferentes al Estado. Mejorar la política, como ya lo he dicho, no se logra al todos convertirnos en políticos, sino al reducir los incentivos para los comportamiento desviados. Esto, a su vez, solo se logra si limitamos la capacidad de acción del Estado.  

COMENTARIO ADICIONAL. Muy bien por la decisión que tomó esta semana la Corte sobre el tema del fuero militar. Sin embargo, hubiera sido mejor que ésta se hubiera tomado por defender los derechos individuales y no por cuestiones de forma. Pero eso es mucho pedir, ¿no?

COMENTARIO ADICIONAL II. La supuesta representación de los estudiantes en el país, la MANE, demostró esta semana, con sus equivocaciones y vanidades, que en el futuro político, habrá muchos “salvadores” más, sin contar con el conocimiento, la rigurosidad y la trayectoria de los mencionados. Mucha preparación política en las calles y poca atención (¿presencia?) en las clases.

COMENTARIO ADICIONAL III. No he querido escribir sobre el proceso de paz con las FARC porque considero que, a pesar de todas las críticas en contra, podría ser una oportunidad para el país. Pero ésta cada vez se desvanece más. Sostener, como quieren algunos, una negociación sin ningún límite, en la que la sociedad trata de convencer desesperadamente a los dirigentes de la guerrilla de incorporarse a la vida civil es una gran equivocación. Una negociación en la que una parte cede en todo lleva a un mal acuerdo que, tarde o temprano, será incumplido. Así tampoco habrá paz.

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Ante la enfermedad, más enfermedad

Definitivamente en Colombia nunca faltan las noticias. Esta semana la atención se la llevó el desastre del conjunto de apartamentos Space de Medellín.

No tengo idea alguna sobre arquitectura, tierras ni crecimiento urbano. Pero sí quiero llamar la atención sobre un aspecto a propósito de este caso. Aunque no es el único.

La caída de estos edificios, así como la mayoría de hechos que suceden en el país, demuestran que el sector público es el único en el cual perder y cometer errores no solo no le cuesta a quien los comete, sino que existen incentivos para ello. Este sistema perverso, además, parece ser más potente en el caso de Colombia.

Me explico. Además de la aparición de cientos de expertos en temas arquitectónicos, de ingeniería, de tierras y de planeación urbana, esta semana lo que más escuché fue la necesidad de un fortalecimiento de la regulación para la aprobación de nuevas construcciones, no solo en Medellín sino en toda Colombia.

Es decir, aún no se sabe qué pasó con esos edificios, pero todos los analistas concuerdan en que nunca hubiera pasado, si una mayor regulación, una más estricta, existiera en el país. Ninguno de esos analistas se pregunta cómo mejorar una regulación que ya existe y que ha demostrado ser inefectiva y de muy difícil mejoramiento.

¿Cómo garantizar que los curadores urbanos, por ejemplo, no aprueben proyectos de construcción donde no deben? Si se les baja los salarios, se incentiva la corrupción. Si se les paga por proyecto negado, en lugar de por lo aprobados, se desincentiva la construcción en ciudades en crecimiento y en un país en desarrollo. Si se crea un organismo de control, ya tenemos superintendencias, contralorías y procuradurías que demuestran la inutilidad de los mismos.

Ahora, si el problema es la planeación urbana, los famosos POT, algo olvidan los analistas. Los anteriores POT también fueron implementados por mandatarios como los que tenemos en la actualidad. ¿Cómo se puede garantizar que los actuales sí van a funcionar y no que no van a fallar como supuestamente fallaron los anteriores?

Y fíjense que esto sucede frente a esta desgracia. Pero si observan las noticias que a diario se muestran en nuestro país, se darán cuenta que en todos los casos la conclusión de los analistas, de los medios y del ciudadano en general es la misma: necesitamos más regulación, una más fuerte. No sé pero pareciera una estrategia que hemos adoptado para externalizar las culpas. No sé.

Muy bien, sigo explicando. Decía que el sector público es el único en donde perder y cometer errores no solo no le cuesta a quien los comete, sino que existen incentivos para ello.

El curador que aprobó el proyecto del Space está siendo criticado. Sin embargo, debido a que existe un consenso sobre la necesidad de fortalecer la regulación urbana, se está hablando de la creación de una superintendencia de construcción o de un fortalecimiento de las curadurías. Es decir, si usted no cumple con sus funciones, el siguiente año le subirán el presupuesto y se hará patente la necesidad de darle más poderes, funciones y funcionarios. Hasta acá los incentivos.

No le cuesta a nadie porque, a pesar de las críticas, el curador no tendrá que asumir su error a menos que se le logre demostrar haber aceptado recursos, no como pago de sus honorarios, sino como soborno. Y eso es complicado. Pero, además, todos se han lavado las manos: nadie es culpable ahora de la aprobación del proyecto y de su construcción. Ni la Alcaldía, ni los secretarios encargados del tema, ni el curador mismo. Nadie.

Lo anterior no sucede solo en el caso de la construcción. Tomen cualquier noticia en la que el consenso sea la necesidad de más regulación y se darán cuenta que el problema se originó precisamente por los errores cometidos por los reguladores. ¿Ven? Cometen errores, todos se lavan las manos y el castigo es más recursos y más funciones.

Termino de explicar. Decía que este sistema perverso parece ser más potente en Colombia. Lo digo porque si a lo anterior le sumamos la existencia, casi siempre, de la corrupción, quiere decir que los incentivos perversos para la comisión de errores y la elusión de la responsabilidad son más graves.

Las críticas que se le hacen al curador consisten, en parte, a que éste poseía un apartamento en el proyecto que él mismo aprobó. Como dije es muy difícil comprobar la existencia de un soborno en este caso, pero por lo menos es clara la de intereses que hubieran impedido tomar la decisión.

Con más regulación, deberían saberlo los analistas, no solo se estimula la irresponsabilidad y los errores sino que se abren más posibilidad para la profundización de la corrupción. Y las dificultades para comprobarla…y, claro está, para castigarla.

A pesar de todo lo anterior, en Colombia existe una creencia, consolidada, sobre la maldad de todo lo que huela a privado y la superioridad de todo lo estatal. Para todo lo que pase, la culpa siempre será de los privados y, por lo tanto, una mayor regulación será siempre la solución. Como los errores de esta mayor regulación se verán solo en el futuro, la responsabilidad actual se diluye en el tiempo y cuando esos errores sean evidentes, una mayor regulación se considerará necesaria.

La enfermedad se cura con mayor enfermedad. En Colombia, no permitimos siquiera que sean las medicinas peores que la enfermedad. Y, mientras tanto, seguiremos, cada semana, presenciando noticias, en muchos casos atroces, que nos indignarán y que buscaremos solucionar acudiendo a un papá Estado que solo tiene incentivos para hacer las cosas mal.

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Aumenta la ¿indignación?

Esta semana asistí a una conferencia –homenaje a James Buchanan, el fundador de la escuela de la elección pública (public choice) y recipiente del premio Nobel de economía en 1986.

Muchos aportes ha hecho esta corriente de pensamiento económico para la comprensión de las amenazas a la libertad generadas por la extensión ilimitada de las funciones estatales. Dentro de ellos, uno de sus principios, por su simpleza, es esencial: el abuso de poder no es una cuestión ética, sino que responde a la naturaleza del ser humano y a la necesidad de avanzar sus intereses individuales.

Lo anterior tiene varias implicaciones. Primero, que los funcionarios públicos son seres humanos como cualquier otro, no ángeles. Segundo, en consecuencia, que éstos tenderán a actuar como cualquier otro: no pretenden alcanzar ningún bien general, sino satisfacer sus intereses egoístas. Tercero, que la acción estatal, al pretender buscar el bienestar social, debe estar limitada en sus funciones, recursos, herramientas y acciones. Cuarto, que todo lo anterior no debe ser una discusión ética, sino política y, principalmente, económica.

Las discusiones que se han presentado esta semana en Colombia son un caso de estudio interesante para demostrar la pertinencia de las enseñanzas de Buchanan.

Sin embargo, el abordaje de éstas no se ha hecho a partir de la visión de la escuela de la elección pública, sino como una cuestión del deber ser. Esto es, como una cuestión ética. Tal vez por esta razón es que los asuntos que generaron polémica en el país durante los días pasados no han sido discutidos por primera vez sino que se han convertido en costumbre: son asuntos que se debaten de manera cíclica, hasta el hartazgo.

De todos los asuntos, menciono cuatro. Esta semana generó indignación la prima con la que el gobierno nacional busca mantener su coalición en el Congreso. Además, se descubrió la financiación que algunas EPS han hecho de campañas para el legislativo. En el mismo sentido, fue objeto de intenso debate el activismo financiero, por llamarlo de alguna manera, del gobierno de Juan Manuel Santos: del promotor de la prosperidad democrática este gobierno pasó a convertirse, en cuestión de meses, en el repartidor de recursos a grupos de presión y a comprar la lealtad de los políticos en el país. Por último, ha llamado la atención el papel que están jugando los representantes de las entidades de control (la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría), quienes se han concentrado en disputas personales, en lugar de cumplir con sus – muchas y poco definidas – funciones.

Lo dicho. Los anteriores no son temas nuevos: ¿cuántas veces se ha intentado controlar la financiación de campañas políticas en el país? ¿Cuántas veces se han denunciado los incrementos exagerados en los salarios percibidos por congresistas o magistrados? ¿Cuántas veces se ha denunciado la repartija de puestos y de recursos que hacen los gobiernos para comprar gobernabilidad? ¿Cuántas molestias han generado los representantes de las diferentes ramas del poder público por defender sus intereses personales?

Ésta, como las anteriores veces, la indignación se convierte en una discusión sobre la ética de nuestros gobernantes. Es cierto, estoy de acuerdo, nuestra clase política se caracteriza por su descaro en la mala administración de la cosa pública. Sin embargo, las preguntas que habría que plantearse son, primero, si es posible renovar del todo esta corrupta clase política y, segundo, si al hacerlo las cosas mejorarían.

Sobre lo primero, no hay que olvidar que, aunque no muchos, en Colombia han llegado al poder personajes cuya bandera ha sido el servicio público y la lucha contra la corrupción. Además, muchos de ellos han sido ajenos a la clase dirigente “de siempre”. Lo interesante es que, en todos los casos, o se han convertido en ejemplos de aquellos fenómenos que denunciaban o fracasaron en el intento.

De los primeros, se pueden mencionar los ejemplos de Apolinar Salcedo, Campo Elías Terán o, incluso, de Álvaro Uribe Vélez (el de 2001). Los tres llegaron al poder denunciando la corrupción. Los tres son hoy recordados por la corrupción en sus administraciones.

En el segundo caso está el ejemplo de Antanas Mockus. Sé que en los últimos días ha surgido un movimiento espontáneo que intenta rescatar la importancia de este personaje. Sin embargo, no se debe olvidar que, aunque no se lo pueda acusar de corrupto, sí fracasó en el intento de limpiar la política. Y también, no lo deben olvidar sus seguidores, ha cometido sus principales errores por vanidades personales. Por perseguir sus intereses egoístas.

¿La alternativa? ¿Nombrar a alguien completamente externo a la política? ¿No es eso también peligroso? ¿Nombrar a un desconocido? ¿No es eso imposible?

Sobre lo segundo, hay que tener mucho cuidado con lo que se espera. Si algo puede enseñar la historia es que aquellos personajes que se presentan a sí mismo como ángeles, como superiores, como incorruptibles, no solo mienten, sino que resultan siendo peores que los políticos del común. Las peores atrocidades de la historia del siglo XX, por lo menos, las llevaron a cabo personajes con esas características.

Ahora bien, si tal personaje pudiera existir, si Colombia fuera una tierra tan bendecida que lograra tener a un dirigente sin las pasiones humanas, a un verdadero ángel, a un ser que solo pensara en el bien común, no en sus intereses, ¿cuánto tiempo se debe esperar para tenerlo? ¿No se agravarán aún más los problemas mientras tal personaje llega al poder?

Todo lo anterior para decir dos cosas. Es un poco agotador que cada ciertos meses nos metamos, como sociedad, en las mismas discusiones sobre los mismos fenómenos y que nos rasguemos las vestiduras con los mismos diagnósticos equivocados.

Hasta que no comprendamos que la política es lo que tenemos y que quienes son elegidos son seres humanos como los demás. Hasta que no aceptemos que la única opción es la consolidación de una Estado limitado, con unas funciones muy específicas y simples. Hasta que no reconozcamos que la única opción es la extensión de la libertad.  Hasta ese momento, seguiremos indignándonos porque los políticos avanzan sus intereses con los recursos y herramientas que, como sociedad, les hemos facilitado. Es más, no deberíamos quejarnos porque ellos hacen lo que hacen con los recursos y herramientas que, paradójicamente, nosotros mismos les hemos exigido que tomen y creen. 

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Lecciones II

Caos. El gobierno federal de los Estados Unidos cesó sus operaciones desde el pasado lunes 30 de septiembre debido a la imposibilidad de llegar a un acuerdo al interior del Congreso para financiar las actividades públicas.

Y nada. Nada ha sucedido. Se había prevenido que tal situación generaría un verdadero caos, que la situación económica empeoraría. Hasta ahora (escribo tres días después del cierre), ni los mercados de capitales, acostumbrados a responder de manera esquizofrénica a cualquier hecho que parezca grave, han hecho eco de tal alarmismo.

Para poner los hechos en contexto: primero, esta no es la primera vez que ha sucedido un cierre del gobierno federal. Y no será la última. Segundo, el cierre se ha dado en la prestación de servicios que se consideran no esenciales. La seguridad y la justicia, por ejemplo, siguen funcionando.

No obstante lo anterior, los alarmistas siguen repitiendo, como un mantra, que la situación es extremadamente grave y que la economía global sufrirá profundos daños si esta situación continúa así hasta finales de octubre cuando se debe negociar un pago de la deuda estadounidense. Es decir, el caos se aplazará un mes más. Seguro que esta vez sí será.

Para poner los hechos en contexto: primero, la que se avecina no es la primera negociación de incremento del techo de la deuda. Y no será la última. Segundo, es muy posible, para alivio de los alarmistas, que los republicanos cedan en sus pretensiones y que resulten negociando porque su intención no es ninguna otra, a mi juicio, que recuperar el poder. Tercero, es posible que una cesación de pagos de los Estados Unidos sería grave para los Estados Unidos y para la economía global. Por un tiempo.

Y pongan el énfasis en la última parte. Es importante notar que la referencia al caos, las alarmas y la preocupación están construidas sobre percepciones. No se puede afirmar que el cierre del gobierno federal haya sido caótico o que esté haya generado un antes y un después en la historia de los Estados Unidos.

Aunque a nuestros medios llegue la visión según la cual Estados Unidos camina a media marcha, la verdad es que lo que está a media marcha es Washington, DC. Es decir, el poder político.

Y eso, no se debe olvidar, es lo que tiene tan alarmados, preocupados, deprimidos (¿?) y con sensación de vacío a muchos.  Lo que refleja la situación que se está viviendo no es sino el contraste entre la percepción de los estatistas frente a los que no lo somos.

La verdad es que los primeros parecen ser más y utilizan todo tipo de argumentos para seguirlo siendo.

Ochocientos mil empleados públicos están cesantes desde el lunes. ¡800.000! Una grave crisis social. Lo que no se piensa es, más bien, que el gobierno de los Estados Unidos está desaprovechando las habilidades y conocimientos de cerca de un millón de personas que se dedican a funciones que no son de utilidad, que no son esenciales. ¿No es ésta la verdadera crisis social?

Las imágenes más tristes, deprimentes son las de los parques nacionales cerrados. Los museos. La Estatua de la Libertad. ¿No es ésta una crisis cultural? ¿Del turismo? No se piensa, por el contrario, que si estos monumentos fueran administrados por manos privadas no tendrían que estar cerrados. ¿No es ésta, más bien, una demostración que la cultura y el turismo no pueden depender de la acción del Estado?

El presidente Barack Obama quien, como he dicho en otros comentarios, es un perfecto ejemplo de un pésimo mandatario, afirma que no permitirá que el “buen nombre” de los Estados Unidos se vea afectado. Una grave crisis internacional. Sin embargo, hubiera sido mejor que pensara en eso antes de haber adelantado acciones de espionaje en el mundo, de su política de asesinatos selectivos, de los drones o de su afán por intervenir en Siria.

Incluso, el nombre de los Estados Unidos hubiera podido mejorarse si hubiera cumplido alguna de sus promesas de campaña: terminar las guerras en Irak y Afganistán, cerrar Guantánamo o eliminar el embargo a Cuba. ¿Qué buen nombre quiere preservar el presidente?

Los estatistas, en su preocupación, en su angustia, culpabilizan a los republicanos por el caos (que no existe). En efecto, los republicanos han sido un obstáculo.

Es cierto, no me cabe duda, que hay intereses políticos y no un verdadero compromiso con la causa anti-estatista: los republicanos han incrementado el papel del Estado siempre que han tenido el poder.

No obstante, culpar a una minoría del partido republicano es desconocer el rechazo que las decisiones de Obama han generado en un porcentaje importante de la opinión pública estadounidense.

Ahora bien, se culpa al partido republicano por querer utilizar esta coyuntura para frenar la puesta en marcha de la reforma sanitaria conocida como Obamacare.

Lamentablemente, tengo que manifestar mi pesimismo sobre este aspecto. Creo que, como el interés del GOP es político, esta ley terminará por ser implementada.

Lo anterior pone en duda los planteamientos de, entre otros, el presidente Obama que han catalogado la situación como si fuera resultado del extremismo ideológico de algunos. ¡Ojalá fuera ideología! Pero no, es pura política. Los hechos, estoy casi seguro, me darán la razón.

También lamento que no tengo el espacio para profundizar en el Obamacare. Pero lo que sí puedo decir es que no porque se rechace esta ley, se está en contra de la cobertura universal en salud. Existen otras alternativas que no fueron discutidas porque ha primado la visión estatista.

No se ha reflexionado lo suficiente sobre los efectos de esta ley. ¿En realidad generará el cubrimiento de todos los estadounidenses? ¿Cuál será el impacto en la calidad de los servicios médicos?

Además de los anteriores, dos elementos no han sido objeto de reflexión. Primero, los efectos que, sobre el empleo, ha generado esta regulación. La disminución en horas trabajadas o la pauperización (para usar un término que gusta tanto a los estatistas) en la contratación son algunos de ellos.

Segundo, los efectos sobre la economía. Mejor, en la macroeconomía (que es de lo que siempre hablan los estatistas). Los costos proyectados del sistema, sumados a la difícil situación de endeudamiento y de déficit que tienen los Estados Unidos hoy, son alarmas que llevan a pensar en la necesidad de replantear el Obamacare.

Este último punto me devuelve al alarmismo, a la depresión, al vacío que sienten los estatistas. La situación de la economía global. ¿No será mejor que Estado Unidos, la economía más grande del mundo, resuelva sus desajustes? ¿No será que un nivel de endeudamiento o de déficit fiscal insostenible en ese país es peor que un cierre parcial?

Se podría decir que sí. Pero, ¿y la cesación de pagos? Repito que éste me parece una posibilidad remota. Repito que tendría efectos negativos. En el corto plazo.

Lo importante acá es definir, esos efectos negativos, serían para quién. Lo más seguro es que éstos se concentrarían en la capacidad de acción del Estado, de los estados, en el mundo. Lo más grave, para los estatistas, sería reconocer lo que nunca han querido: que el Estado es una organización como cualquier otra, que también se quiebra y que, por lo tanto, no puede hacerlo todo. Tiene que tener funciones definidas.

Por último, para terminar este comentario, quiero referirme a la preocupación de los estatistas fuera de los Estados Unidos. Es comprensible que los europeos estén preocupados: para ellos, el Estado de bienestar es la única opción posible. Lo demás es maldad.

Los latinoamericanos sí me queda un poco más difícil comprenderlos. ¿Quieren preservar el poder de un gobierno que ha intervenido en sus países, que ha generado todos los males de la actualidad y que los ha humillado? Esto sí que no tiene sentido.

Tal vez, los estatistas latinoamericanos están tan preocupados, angustiados, deprimidos porque si se demuestra que el gobierno de los Estados Unidos no es infalible, que es vulnerable y que es el sector privado el único capaz de generar riqueza y de mantener un país funcionando, como ha sucedido en estos días, no podrán seguir justificando sus fracasos como culpa del “imperio” del norte. Lo que es más importante, no podrían seguir manteniendo que se deben implementar sus visiones equivocadas porque existirá una prueba en contrario irrefutable.

Con este shutdown (palabra que suena más dramática), Estados Unidos vuelve a ser fuente de lecciones para el mundo. Esperemos a ver si, esta vez, son dignas de imitar o si, como me temo, serán una demostración más de la manipulación de las ideologías con fines electorales. 

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