Lecciones II

Caos. El gobierno federal de los Estados Unidos cesó sus operaciones desde el pasado lunes 30 de septiembre debido a la imposibilidad de llegar a un acuerdo al interior del Congreso para financiar las actividades públicas.

Y nada. Nada ha sucedido. Se había prevenido que tal situación generaría un verdadero caos, que la situación económica empeoraría. Hasta ahora (escribo tres días después del cierre), ni los mercados de capitales, acostumbrados a responder de manera esquizofrénica a cualquier hecho que parezca grave, han hecho eco de tal alarmismo.

Para poner los hechos en contexto: primero, esta no es la primera vez que ha sucedido un cierre del gobierno federal. Y no será la última. Segundo, el cierre se ha dado en la prestación de servicios que se consideran no esenciales. La seguridad y la justicia, por ejemplo, siguen funcionando.

No obstante lo anterior, los alarmistas siguen repitiendo, como un mantra, que la situación es extremadamente grave y que la economía global sufrirá profundos daños si esta situación continúa así hasta finales de octubre cuando se debe negociar un pago de la deuda estadounidense. Es decir, el caos se aplazará un mes más. Seguro que esta vez sí será.

Para poner los hechos en contexto: primero, la que se avecina no es la primera negociación de incremento del techo de la deuda. Y no será la última. Segundo, es muy posible, para alivio de los alarmistas, que los republicanos cedan en sus pretensiones y que resulten negociando porque su intención no es ninguna otra, a mi juicio, que recuperar el poder. Tercero, es posible que una cesación de pagos de los Estados Unidos sería grave para los Estados Unidos y para la economía global. Por un tiempo.

Y pongan el énfasis en la última parte. Es importante notar que la referencia al caos, las alarmas y la preocupación están construidas sobre percepciones. No se puede afirmar que el cierre del gobierno federal haya sido caótico o que esté haya generado un antes y un después en la historia de los Estados Unidos.

Aunque a nuestros medios llegue la visión según la cual Estados Unidos camina a media marcha, la verdad es que lo que está a media marcha es Washington, DC. Es decir, el poder político.

Y eso, no se debe olvidar, es lo que tiene tan alarmados, preocupados, deprimidos (¿?) y con sensación de vacío a muchos.  Lo que refleja la situación que se está viviendo no es sino el contraste entre la percepción de los estatistas frente a los que no lo somos.

La verdad es que los primeros parecen ser más y utilizan todo tipo de argumentos para seguirlo siendo.

Ochocientos mil empleados públicos están cesantes desde el lunes. ¡800.000! Una grave crisis social. Lo que no se piensa es, más bien, que el gobierno de los Estados Unidos está desaprovechando las habilidades y conocimientos de cerca de un millón de personas que se dedican a funciones que no son de utilidad, que no son esenciales. ¿No es ésta la verdadera crisis social?

Las imágenes más tristes, deprimentes son las de los parques nacionales cerrados. Los museos. La Estatua de la Libertad. ¿No es ésta una crisis cultural? ¿Del turismo? No se piensa, por el contrario, que si estos monumentos fueran administrados por manos privadas no tendrían que estar cerrados. ¿No es ésta, más bien, una demostración que la cultura y el turismo no pueden depender de la acción del Estado?

El presidente Barack Obama quien, como he dicho en otros comentarios, es un perfecto ejemplo de un pésimo mandatario, afirma que no permitirá que el “buen nombre” de los Estados Unidos se vea afectado. Una grave crisis internacional. Sin embargo, hubiera sido mejor que pensara en eso antes de haber adelantado acciones de espionaje en el mundo, de su política de asesinatos selectivos, de los drones o de su afán por intervenir en Siria.

Incluso, el nombre de los Estados Unidos hubiera podido mejorarse si hubiera cumplido alguna de sus promesas de campaña: terminar las guerras en Irak y Afganistán, cerrar Guantánamo o eliminar el embargo a Cuba. ¿Qué buen nombre quiere preservar el presidente?

Los estatistas, en su preocupación, en su angustia, culpabilizan a los republicanos por el caos (que no existe). En efecto, los republicanos han sido un obstáculo.

Es cierto, no me cabe duda, que hay intereses políticos y no un verdadero compromiso con la causa anti-estatista: los republicanos han incrementado el papel del Estado siempre que han tenido el poder.

No obstante, culpar a una minoría del partido republicano es desconocer el rechazo que las decisiones de Obama han generado en un porcentaje importante de la opinión pública estadounidense.

Ahora bien, se culpa al partido republicano por querer utilizar esta coyuntura para frenar la puesta en marcha de la reforma sanitaria conocida como Obamacare.

Lamentablemente, tengo que manifestar mi pesimismo sobre este aspecto. Creo que, como el interés del GOP es político, esta ley terminará por ser implementada.

Lo anterior pone en duda los planteamientos de, entre otros, el presidente Obama que han catalogado la situación como si fuera resultado del extremismo ideológico de algunos. ¡Ojalá fuera ideología! Pero no, es pura política. Los hechos, estoy casi seguro, me darán la razón.

También lamento que no tengo el espacio para profundizar en el Obamacare. Pero lo que sí puedo decir es que no porque se rechace esta ley, se está en contra de la cobertura universal en salud. Existen otras alternativas que no fueron discutidas porque ha primado la visión estatista.

No se ha reflexionado lo suficiente sobre los efectos de esta ley. ¿En realidad generará el cubrimiento de todos los estadounidenses? ¿Cuál será el impacto en la calidad de los servicios médicos?

Además de los anteriores, dos elementos no han sido objeto de reflexión. Primero, los efectos que, sobre el empleo, ha generado esta regulación. La disminución en horas trabajadas o la pauperización (para usar un término que gusta tanto a los estatistas) en la contratación son algunos de ellos.

Segundo, los efectos sobre la economía. Mejor, en la macroeconomía (que es de lo que siempre hablan los estatistas). Los costos proyectados del sistema, sumados a la difícil situación de endeudamiento y de déficit que tienen los Estados Unidos hoy, son alarmas que llevan a pensar en la necesidad de replantear el Obamacare.

Este último punto me devuelve al alarmismo, a la depresión, al vacío que sienten los estatistas. La situación de la economía global. ¿No será mejor que Estado Unidos, la economía más grande del mundo, resuelva sus desajustes? ¿No será que un nivel de endeudamiento o de déficit fiscal insostenible en ese país es peor que un cierre parcial?

Se podría decir que sí. Pero, ¿y la cesación de pagos? Repito que éste me parece una posibilidad remota. Repito que tendría efectos negativos. En el corto plazo.

Lo importante acá es definir, esos efectos negativos, serían para quién. Lo más seguro es que éstos se concentrarían en la capacidad de acción del Estado, de los estados, en el mundo. Lo más grave, para los estatistas, sería reconocer lo que nunca han querido: que el Estado es una organización como cualquier otra, que también se quiebra y que, por lo tanto, no puede hacerlo todo. Tiene que tener funciones definidas.

Por último, para terminar este comentario, quiero referirme a la preocupación de los estatistas fuera de los Estados Unidos. Es comprensible que los europeos estén preocupados: para ellos, el Estado de bienestar es la única opción posible. Lo demás es maldad.

Los latinoamericanos sí me queda un poco más difícil comprenderlos. ¿Quieren preservar el poder de un gobierno que ha intervenido en sus países, que ha generado todos los males de la actualidad y que los ha humillado? Esto sí que no tiene sentido.

Tal vez, los estatistas latinoamericanos están tan preocupados, angustiados, deprimidos porque si se demuestra que el gobierno de los Estados Unidos no es infalible, que es vulnerable y que es el sector privado el único capaz de generar riqueza y de mantener un país funcionando, como ha sucedido en estos días, no podrán seguir justificando sus fracasos como culpa del “imperio” del norte. Lo que es más importante, no podrían seguir manteniendo que se deben implementar sus visiones equivocadas porque existirá una prueba en contrario irrefutable.

Con este shutdown (palabra que suena más dramática), Estados Unidos vuelve a ser fuente de lecciones para el mundo. Esperemos a ver si, esta vez, son dignas de imitar o si, como me temo, serán una demostración más de la manipulación de las ideologías con fines electorales. 

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