Aumenta la ¿indignación?

Esta semana asistí a una conferencia –homenaje a James Buchanan, el fundador de la escuela de la elección pública (public choice) y recipiente del premio Nobel de economía en 1986.

Muchos aportes ha hecho esta corriente de pensamiento económico para la comprensión de las amenazas a la libertad generadas por la extensión ilimitada de las funciones estatales. Dentro de ellos, uno de sus principios, por su simpleza, es esencial: el abuso de poder no es una cuestión ética, sino que responde a la naturaleza del ser humano y a la necesidad de avanzar sus intereses individuales.

Lo anterior tiene varias implicaciones. Primero, que los funcionarios públicos son seres humanos como cualquier otro, no ángeles. Segundo, en consecuencia, que éstos tenderán a actuar como cualquier otro: no pretenden alcanzar ningún bien general, sino satisfacer sus intereses egoístas. Tercero, que la acción estatal, al pretender buscar el bienestar social, debe estar limitada en sus funciones, recursos, herramientas y acciones. Cuarto, que todo lo anterior no debe ser una discusión ética, sino política y, principalmente, económica.

Las discusiones que se han presentado esta semana en Colombia son un caso de estudio interesante para demostrar la pertinencia de las enseñanzas de Buchanan.

Sin embargo, el abordaje de éstas no se ha hecho a partir de la visión de la escuela de la elección pública, sino como una cuestión del deber ser. Esto es, como una cuestión ética. Tal vez por esta razón es que los asuntos que generaron polémica en el país durante los días pasados no han sido discutidos por primera vez sino que se han convertido en costumbre: son asuntos que se debaten de manera cíclica, hasta el hartazgo.

De todos los asuntos, menciono cuatro. Esta semana generó indignación la prima con la que el gobierno nacional busca mantener su coalición en el Congreso. Además, se descubrió la financiación que algunas EPS han hecho de campañas para el legislativo. En el mismo sentido, fue objeto de intenso debate el activismo financiero, por llamarlo de alguna manera, del gobierno de Juan Manuel Santos: del promotor de la prosperidad democrática este gobierno pasó a convertirse, en cuestión de meses, en el repartidor de recursos a grupos de presión y a comprar la lealtad de los políticos en el país. Por último, ha llamado la atención el papel que están jugando los representantes de las entidades de control (la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría), quienes se han concentrado en disputas personales, en lugar de cumplir con sus – muchas y poco definidas – funciones.

Lo dicho. Los anteriores no son temas nuevos: ¿cuántas veces se ha intentado controlar la financiación de campañas políticas en el país? ¿Cuántas veces se han denunciado los incrementos exagerados en los salarios percibidos por congresistas o magistrados? ¿Cuántas veces se ha denunciado la repartija de puestos y de recursos que hacen los gobiernos para comprar gobernabilidad? ¿Cuántas molestias han generado los representantes de las diferentes ramas del poder público por defender sus intereses personales?

Ésta, como las anteriores veces, la indignación se convierte en una discusión sobre la ética de nuestros gobernantes. Es cierto, estoy de acuerdo, nuestra clase política se caracteriza por su descaro en la mala administración de la cosa pública. Sin embargo, las preguntas que habría que plantearse son, primero, si es posible renovar del todo esta corrupta clase política y, segundo, si al hacerlo las cosas mejorarían.

Sobre lo primero, no hay que olvidar que, aunque no muchos, en Colombia han llegado al poder personajes cuya bandera ha sido el servicio público y la lucha contra la corrupción. Además, muchos de ellos han sido ajenos a la clase dirigente “de siempre”. Lo interesante es que, en todos los casos, o se han convertido en ejemplos de aquellos fenómenos que denunciaban o fracasaron en el intento.

De los primeros, se pueden mencionar los ejemplos de Apolinar Salcedo, Campo Elías Terán o, incluso, de Álvaro Uribe Vélez (el de 2001). Los tres llegaron al poder denunciando la corrupción. Los tres son hoy recordados por la corrupción en sus administraciones.

En el segundo caso está el ejemplo de Antanas Mockus. Sé que en los últimos días ha surgido un movimiento espontáneo que intenta rescatar la importancia de este personaje. Sin embargo, no se debe olvidar que, aunque no se lo pueda acusar de corrupto, sí fracasó en el intento de limpiar la política. Y también, no lo deben olvidar sus seguidores, ha cometido sus principales errores por vanidades personales. Por perseguir sus intereses egoístas.

¿La alternativa? ¿Nombrar a alguien completamente externo a la política? ¿No es eso también peligroso? ¿Nombrar a un desconocido? ¿No es eso imposible?

Sobre lo segundo, hay que tener mucho cuidado con lo que se espera. Si algo puede enseñar la historia es que aquellos personajes que se presentan a sí mismo como ángeles, como superiores, como incorruptibles, no solo mienten, sino que resultan siendo peores que los políticos del común. Las peores atrocidades de la historia del siglo XX, por lo menos, las llevaron a cabo personajes con esas características.

Ahora bien, si tal personaje pudiera existir, si Colombia fuera una tierra tan bendecida que lograra tener a un dirigente sin las pasiones humanas, a un verdadero ángel, a un ser que solo pensara en el bien común, no en sus intereses, ¿cuánto tiempo se debe esperar para tenerlo? ¿No se agravarán aún más los problemas mientras tal personaje llega al poder?

Todo lo anterior para decir dos cosas. Es un poco agotador que cada ciertos meses nos metamos, como sociedad, en las mismas discusiones sobre los mismos fenómenos y que nos rasguemos las vestiduras con los mismos diagnósticos equivocados.

Hasta que no comprendamos que la política es lo que tenemos y que quienes son elegidos son seres humanos como los demás. Hasta que no aceptemos que la única opción es la consolidación de una Estado limitado, con unas funciones muy específicas y simples. Hasta que no reconozcamos que la única opción es la extensión de la libertad.  Hasta ese momento, seguiremos indignándonos porque los políticos avanzan sus intereses con los recursos y herramientas que, como sociedad, les hemos facilitado. Es más, no deberíamos quejarnos porque ellos hacen lo que hacen con los recursos y herramientas que, paradójicamente, nosotros mismos les hemos exigido que tomen y creen. 

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