Una sociedad de políticos

Esta semana estuvo movida en materia electoral.

Del lado del Uribe Centro Democrático (¡!) se profundizó su carácter personalista y autoritario con el tema de la convención. Francisco Santos hizo gala de una de las razones por las que no puede ser presidente de Colombia: su pusilanimidad. Toda la semana estuvo tratando de conquistar al Mesías del supuesto partido para que lo eligiera. Óscar Iván Zuluaga, mientras tanto, hizo todos los torcidos posibles para ser el seleccionado.

También aparecieron los de siempre. Ya suenan cantantes, actores y deportistas para formar parte de algunas listas.

Dentro de esta categoría, hay un personaje bien interesante. Éste es Antanas Mockus. No se puede entender cómo una persona que participa en cada elección posible desde hace más de una década siga siendo visto como ajeno a la política.

Pero no solo eso. Ha hecho sentir su nombre hablando en contra de la politiquería (como Álvaro Uribe también lo hizo) siendo que es igual de politiquero a los demás: los errores que ha cometido han sido por su vanidad personal; engaña a quien se le ponga en su camino; renuncia a lo que sea para alcanzar un puesto superior; entre otras.

Algo sí se le debe reconocer: sabe cómo llegarle a la gente. Siempre que intenta reencaucharse adopta el tema que esté vigente. Ahora le dio por ser el guardián de un acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC.

Lo de siempre, les decía.

Otra categoría es la conformada por los que “no lo superan”. Acá está Vivian Morales. Nunca ha sido exitosa en ninguna de sus facetas en la vida pública. En la más reciente, no hay que olvidarlo, salió de la Fiscalía no solo por vicios de forma en su elección, sino por una presión generalizada quela cuestionó, no por sus amistades o alianzas políticas (como la que tiene con Ernesto Samper), sino por su matrimonio con uno de los personajes más oscuros de la política colombiana.

Bueno. Pues ella no supera sus fracasos. Ahora, reveló a comienzos de la semana, está pensando presentar su candidatura a nombre de un movimiento cristiano 

. Hablo de ella, no porque haya peligro (¿posibilidad?) que llegue a la Presidencia. Hablo de ella porque este caso refleja un problema de formación de estos “profesionales” de la política: la señora Morales no puede pensar en ser presidenta de un país para representar solo a un grupo. El presidente, en teoría, representa a – y está al servicio de – todos los colombianos.

Una categoría que, aunque no es nueva, merece tener una mención especial es la de los “salvadores”. No me refiero al que se presentó como tal en 2002. Hablo de los personajes que adquieren relevancia pública por su conocimiento, por su rigurosidad, por su trayectoria académica y que, aprovechándose de ello, deciden saltar a la arena política.

En el pasado hemos tenido muchos ejemplos: el mismo Antanas Mockus, Sergio Fajardo y, en menor medida, Alfredo Rangel. Ahora, aunque no lo haya confirmado, puede ser el caso de Claudia López.

Estos personajes tienen tres problemas en su conversión. Primero, asumen que por su conocimiento y trayectoria son dueños de la verdad. Segundo, critican a la “clase política” pero actúan igual que ella: son presos de sus vanidades personales y de su arrogancia. Tercero, lo que es más grave, al dar el salto de la academia a la política, pierden su autoridad y resultan siendo más de lo mismo.

Mucho más podría decirse sobre las categorías mencionadas o sobre los efectos que ha tenido cada una en el país.

Pero, ¿qué tienen en común todos estos personajes? Creo que todos ellos reflejan una de las características de nuestro proceso de formación como nación. En Colombia, el reconocimiento, el éxito profesional y la seguridad económica se conciben como resultado de los cargos que, en el Estado, se hayan ocupado.

Pareciera que las demás actividades en el país son la plataforma de lanzamiento para ejercer la única que se considera digna: la política.

Las personas prefieren ser funcionarios públicos a ser empresarios, científicos, investigadores sociales o académicos. Muchas veces se ha hablado de la puerta giratoria. Aquéllos empresarios que se convierten en ministros, candidatos o burócratas. Se ha señalado que esta realidad afecta el funcionamiento del Estado y que promueve la captura del mismo por unos intereses particulares.

Pues bien, lo mismo sucede en las demás expresiones de la puerta giratoria. No hay nada de diferente. Los colombianos tenemos que darnos cuenta, algún día, que hacer algo por el país no implica necesariamente estar en el Congreso o en el Palacio de Nariño. Hacer algo por el país es igual a luchar, cada uno, por su bienestar y su éxito profesional e individual en cualquiera de las actividades existentes.

Es más, podría afirmar que hacer algo por el país requiere que los más rigurosos y capacitados se decidan por actividades diferentes a la política y por sectores diferentes al Estado. Mejorar la política, como ya lo he dicho, no se logra al todos convertirnos en políticos, sino al reducir los incentivos para los comportamiento desviados. Esto, a su vez, solo se logra si limitamos la capacidad de acción del Estado.  

COMENTARIO ADICIONAL. Muy bien por la decisión que tomó esta semana la Corte sobre el tema del fuero militar. Sin embargo, hubiera sido mejor que ésta se hubiera tomado por defender los derechos individuales y no por cuestiones de forma. Pero eso es mucho pedir, ¿no?

COMENTARIO ADICIONAL II. La supuesta representación de los estudiantes en el país, la MANE, demostró esta semana, con sus equivocaciones y vanidades, que en el futuro político, habrá muchos “salvadores” más, sin contar con el conocimiento, la rigurosidad y la trayectoria de los mencionados. Mucha preparación política en las calles y poca atención (¿presencia?) en las clases.

COMENTARIO ADICIONAL III. No he querido escribir sobre el proceso de paz con las FARC porque considero que, a pesar de todas las críticas en contra, podría ser una oportunidad para el país. Pero ésta cada vez se desvanece más. Sostener, como quieren algunos, una negociación sin ningún límite, en la que la sociedad trata de convencer desesperadamente a los dirigentes de la guerrilla de incorporarse a la vida civil es una gran equivocación. Una negociación en la que una parte cede en todo lleva a un mal acuerdo que, tarde o temprano, será incumplido. Así tampoco habrá paz.

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