Archivos Mensuales: noviembre 2013

Denuncias, respuestas y alternativas

Esta semana se profundizó el enfrentamiento entre el senador del Polo Democrático, Jorge Enrique Robledo, y el ministro de agricultura, Rubén Darío Lizarralde. 

Es decir, lo de siempre. No me malinterpreten: me parece que la labor de control político que ha ejercido el Polo Democrático desde hace muchos años ha sido determinante para el país. Me parece que se debe valorar ese papel.

Sin embargo, también me parece que se está exagerando en esta práctica. Los escándalos políticos han servido bastante a quien los destape. En el caso del Polo, éstos podrían explicar los resultados electorales que ha tenido en los últimos años y que sus representantes sean considerados como los mejores congresistas del país.

Como el objetivo de un partido político es, lógicamente, hacer política, el éxito que han tenido los escándalos en los últimos años, ha llevado a que muchos se hayan dedicado casi que a “vivir” de ellos. Este parece ser el caso del senador Robledo. Ante cualquier nombramiento, el senador advierte, de manera automática, debates de control político por el pasado turbio de los nombrados. La idea es destapar criminales y castigarlos con su salida del gobierno.

Vuelvo y digo: no critico esa labor. Solo que debido a su práctica recurrente, sería interesante saber cuáles son los personajes que el senador – y la opinión pública – quisieran fueran nombrados. Tal vez la respuesta inmediata es obvia: personajes que “hagan bien las cosas”, que no sean “corruptos”, que sean “éticos”.

En esto, podríamos estar todos de acuerdo. Sin embargo, en la realidad, las cosas se complican. ¿Qué significa hacer bien las cosas? Por ejemplo, para el senador Robledo el problema de Lizarralde no solo es su pasado, sino que pretenda implementar un modelo agrícola que el senador considera equivocado. Pero que el senador piense así no quiere decir que sea una verdad absoluta.

Ahora bien, el senador – quien al parecer refleja el sentir de la opinión pública – asume que los nombrados no tomarán decisiones éticas, si tienen intereses particulares, previos, en los sectores para los que han sido nombrados.

Al parecer, el senador considera que el hacer mal las cosas (desde su punto de vista, no hay que olvidarlo) y al presumirse que los nombrados no serán éticos, automáticamente éstos serán corruptos y, por lo tanto, delincuentes, criminales.

Si aceptáramos la lógica anterior, tendríamos que aceptar que, el nombramiento ideal sería de una persona que creyera en un modelo  de izquierda y que no tuviera interés alguno en el sector frente al que ha sido nombrado. Lo primero significaría que todos los nombrados, sin importar quién esté en el poder, tendrían que provenir del Polo “Democrático”. Es decir, este primer requisito demuestra las débiles credenciales democráticas de este partido.

Para cumplir con lo segundo, el personaje tendría que ubicarse en algunos de los siguientes casos. Primero, tendría que no haber tenido, nunca, nada que ver con el sector. Segundo, en caso de haber tenido alguna relación, tendría que haber tenido poco éxito (no haber ocupado ninguna presidencia, por ejemplo). Tercero, tendría que ser un desconocido para quien esté en el poder.

Sin embargo, la posibilidad de un nombramiento con esas características sería imposible, en un caso, e indeseable, en los otros. Imposible porque es natural que se nombren individuos con los que se tenga confianza y no a simples desconocidos. Más, si hablamos de un ámbito tan cerrado como el de la alta política. Indeseables porque nombrar a un fracasado o a quien no tenga ninguna experiencia en el sector aseguraría malas gestiones.

Muy bien. Pero,¿ Y la respuesta del Ministro Lizarralde? Pareciera que el presidente Santos hubiera llevado al extremo la condición de no nombrar amigos…y que estuviera gobernando con sus enemigos. Ha tomado tan malas decisiones que a veces es inconcebible. La grabación de la conversación del senador Robledo no solo es un terrible – y tonto – error político, sino que profundiza las suspicacias frente a Lizarralde. Pero lo más grave es que pone en duda tres principios básicos de cualquier sociedad libre: la libertad de expresión, el derecho a la intimidad y la garantía de estos principios por parte del Estado.

En consecuencia, de esta respuesta solo se puede esperar un golpe más al debilitado apoyo al gobierno Santos y la caída de Lizarralde.

Tenemos, entonces, por un lado, un partido político que ha hecho una tarea relevante de control político pero que la ha llevado al extremo y, por el otro, un gobierno con tendencia a cometer dos errores por cada decisión. ¿Cómo se puede solucionar esta situación?

Algunos, como Claudia López y Antanas Mockus, sentados en su trono de la sabiduría y de la superioridad, creen que la alternativa es nombrarse ellos mismos – y a sus amigos genios. Así, el país sería perfecto. Muchos creerán en esta alternativa. Sin embargo, después se desilusionarán porque olvidan tres hechos. Primero, no existe garantía alguna que los genios lo harán mejor que los demás seres humanos. Segundo, la toma de la política por académicos, genios, filósofos y demás también crea nuevos problemas: peleas de egos, largas disertaciones y debates sin definición de acción, inmovilidad en las decisiones, etc. Tercero, existen dos posibilidades: más tarde que temprano los genios adaptan las mismas prácticas que la clase política a la que remplazaron o, en caso de ser muy resistentes en su superioridad ética, terminarán por no hacer mucho.

¿No hay alternativa, entonces? Claro que sí: la construcción de una sociedad cuyo valor supremo sea la libertad. En tal sociedad, el Estado estaría limitado y tendría funciones enumeradas. Dentro de éstas, se incluirían la seguridad y la justicia, pero no se esperaría que el Estado fuera el proveedor de todo tipo de beneficios y mucho menos que fuera el creador de la riqueza. Así, las prácticas políticas (como nombrar amigos o personas que tengan intereses en sectores específicos) serían neutralizadas por lo que pueden y no pueden hacer los nombrados. El Estado dejaría de ser el creador de beneficios para grupos específicos.

A eso es que habría que apuntarle. Una sociedad no liberal manejada por políticos o por genios tiene los mismos resultados: obsesión – equivocada – con el control político por parte de unos pocos y respuesta cada vez menos democrática, más autoritaria del Estado.

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Discusiones

Estas dos semanas han estado cargadas de fuertes polémicas en el país. Todas ellas tienen dos características: no son debates, sino diálogos entre sordos y los objetos de discusión son superficiales, así como la forma de abordarlos.

La primera fue la elección de Óscar Iván Zuluaga como candidato del Uribe Centro Democrático. Los críticos han considerado que Álvaro Uribe logró imponer su títere. Unos más radicales, como León Valencia, han utilizado la estrategia de deslegitimar su elección a través de generar dudas sobre su relación con los paramilitares y/o algún pasado criminal, que nadie ha comprobado.

Los uribistas, por su parte, consideran que éste era el mejor candidato posible y hablan de sus supuestas credenciales del pasado para demostrarlo. Se ha hablado de Zuluaga como el mejor alcalde de un pueblo que nadie conoce hace muchos años, así como de su supuesta gran gestión como Ministro de Hacienda.

Así, la campaña se va convirtiendo en un monótono ejercicio de personalización sin concentrarse en lo realmente importante: las ideas, las propuestas.

Pero esta polémica pasó a un segundo plano por un hecho realmente determinante en el futuro y el desarrollo del país: los grafitis del cantante Justin Bieber. La polémica llegó incluso al análisis de su presentación y de si dobló o cantó en vivo.

Para la policía nacional, los dibujos fueron una muestra de la expresión artística del cantante. Para los críticos, indignados, ésta fue una muestra más de la actitud complaciente de los colombianos para con los extranjeros.

Ha sido tan profunda la polémica que los argumentos se concentraron en preguntarnos qué hubiera sucedido si algún cantante colombiano (ponga acá usted el nombre de cualquier artista popular que quiera) hubiera hecho lo mismo en Canadá….¿ven? La respuesta a esta pregunta es determinante para nuestro futuro como nación.

Rápidamente, esta profunda discusión fue eclipsada por el colapso de un techo en la Universidad Nacional. Se podría pensar que esta polémica sí es central para el país: se está hablando de educación. Sin embargo, esta visión está errada por dos razones. Primero, porque no se está abordando la situación real de la educación, sino de su infraestructura. Segundo, porque la polémica no se ha centrado sino en criticar la falta de recursos para financiar las universidad públicas.

No obstante, ¿la situación de precariedad de estos edificios no demuestra, más bien, que la opción no puede ser más inversión pública? ¿No será necesario explorar, realmente, la posibilidad de nuevas fuentes de ingreso? Además que concentrarse exclusivamente en criticar la falta de mayor inversión estatal es desconocer, por un lado, la nada despreciable cantidad de recursos que se destinan a este sector y, por el otro, que los recursos no son ilimitados y que existen diferentes rubros que requieren de la inversión.

Sin haber concluido la anterior, esta semana se presentaron dos polémicas más. La primera ha tenido, la verdad, muy poco impacto. Ésta se generó como resultado de las incursiones de aviones rusos en el espacio aéreo colombiano.

Aunque éste puede ser un asunto importante para el país, en realidad no lo es tanto, si el único análisis al que lleva (como en efecto lo ha hecho) es el de si Colombia debe responder o cómo hacerlo. Este énfasis es superficial en tanto no profundiza en cuál es el país que se pretende crear de cara al ámbito internacional ni mucho menos las estrategias que serán utilizadas para responder ante los desafíos que se presenten en el futuro…sobre todo de nuestros “hermanos” latinoamericanos.

Esta última parte de la discusión se evita porque algunos consideran, de nuevo en una dinámica de diálogo entre sordos, que las relaciones con los países del Socialismo del siglo XXI deben estar basadas en su concepción como amenazas a nuestra seguridad, mientras que otros piensan que no es deseable desafiarlos, ni cuestionarlos en ningún momento por….bueno, la verdad es que no es clara la razón.

La otra polémica vino por cuenta del acuerdo que se dio en el segundo punto de la agenda en el marco del proceso de paz. Éste sí es un tema determinante para el futuro del país, pero los avances que se den no lo son, entre otras, por dos razones. Primero, nadie sabe lo que se está negociando. Segundo, no se puede hablar de un acuerdo hasta tanto no se hayan agotado todos los temas pendientes.

En consecuencia, la polémica sobre este avance no solo es sobre algo superficial, sino que se basa en el absoluto desconocimiento sobre lo que está sucediendo y sobre el futuro del proceso. Pero no solo es superficial sino que se basa en posiciones antagónicas, irreconciliables. Los enemigos del proceso utilizan el mantra de la impunidad. Pareciera como si para ellos, antes de esta negociación, Colombia hubiera sido un país ejemplo de justicia eficiente, capaz de procesar y castigar a todo aquél que osara romper sus leyes.

Los amigos del proceso, por otro lado, reciben con júbilo el avance y anticipan la llegada de la paz en el corto plazo. Para ellos, nada importa la arrogancia demostrada por los representantes de la guerrilla en la mesa de negociación. Tampoco importa que, hasta el momento, no se prevea una desmovilización efectiva de este grupo ilegal. Mucho menos tienen en cuenta que la guerrilla, como cualquier otro actor en un conflicto, tiene unos intereses y unos cálculos que pueden cambiar con el tiempo. No. Para los “amigos” del proceso, todo se reduce a una supuesta voluntad de paz que, además una gran parte de ellos, encuentra (sin justificación alguna), en la guerrilla y que le exige al gobierno.

En todos los temas se hace evidente la capacidad que tenemos en el país de plantear polémicas realmente importantes y que las abordamos de manera rigurosa y profunda. Algunos culparán a los medios pero la verdad es que las mayorías se prestan fácilmente para reproducir las discusiones sobre temas irrelevantes que solo muestran lo mucho que falta para que nos concentremos en abordar los aspectos que nos han impedido generar desarrollo.

Ni la elección de Zuluaga, ni la indignación por lo que haga un cantante cualquiera en el país, ni una mayor inversión en los edificios de la Universidad Nacional, ni los sobrevuelos ilegales que hagan países extranjeros, ni los avances en puntos parciales del proceso de paz son los debates que necesitamos. 

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