Fantasías útiles

La semana pasada Colombia fue sorprendida con la noticia de un atentado en contra de la candidata Aída Abello, reconocida líder de la izquierda democrática y cuya historia está marcada por la persecución, hasta el punto que tuvo que abandonar el país luego de otro atentado en su contra a mediados de los años 90. Tal vez precisamente esa historia llevó a que la noticia generara tal impacto. Editoriales y análisis se apresuraron a condenar el atentado.

En un primer momento, se pensó lo obvio: las fuerzas de la extrema derecha volvieron a ensañarse en contra de la candidata. Como en el pasado. Ella misma confirmó que éstas eran sus sospechas en declaraciones a los medios.

A pesar de lo anterior, lo realmente sorprendente es que no haya generado el mismo impacto la noticia – también sorpresiva – de que el atentado no fue adelantado por grupos de derecha, sino por la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), como este mismo grupo lo reconoció.   

El uso de la violencia en medio de la campaña política es condenable. Por ello, es comprensible la alarma que generó el atentado. También, es comprensible que (casi) nadie les haya creído a las autoridades cuando éstas afirmaron que el atentado había sido cometido por el grupo guerrillero que finalmente aceptó los hechos. Por un lado, siempre existen temores a que la historia se repita. Por el otro, nuestras autoridades no se han ganado la confianza como resultado de los muchos excesos en los que han incurrido.

Sin embargo, éstas tenían razón. ¿Y la respuesta? Hasta el momento de escribir estas líneas: ninguna. Nadie ha aparecido con una editorial en la que se reconozca el error. La candidata no ha concedido una nueva entrevista (por lo menos en los medios en Internet) para retirar lo dicho en la anterior. Nadie ha aceptado el error de comprensión del atentado.

No quiero dedicar estas líneas a criticar tal posición. Así es. Así ha sido. Así seguirá siendo. Pero lo que sí quiero es tratar de comprenderla. Me parece que esta actitud es la esencia misma de la supervivencia política de las posturas estatistas (y no solo de izquierda): la promoción del terror, de los escenarios apocalípticos, así sean estos meras fantasías. A su vez, ¿qué puede explicar la necesidad de recurrir a esta estrategia? La incapacidad que tiene cualquiera de esas ideologías de sustentar, a través de la lógica y de la deducción (no de ejemplos puntuales, de cifras o de casos extremos), sus posturas. A falta del uso de la razón, apelan a argumentos metafísicos.

No digo que ésta sea una estrategia deliberada. Puede que no. Pero es necesaria. Los estatistas no pueden reconocer que, en este caso, Colombia no es el mismo país de hace diez, veinte o treinta años. Lo único que pueden creer es en un país que, siempre, va hacia una situación peor. Por eso, según sus planteamientos, es necesario un cambio de sistema, de modelo. Esto lleva, en el caso de algunos estatistas, como los del Uribismo, a caer en la contradicción de que, a pesar de haber tenido ocho años en el poder, consideran que la situación empeoró desde el día uno del gobierno de Juan Manuel Santos.

Del lado de la izquierda, la posición es un poco más sencilla porque nunca han tenido el poder. Y cuando lo tienen, como en las sucesivas alcaldías de Bogotá, justifican los desastres como resultado del desviacionismo de Lucho, de la corrupción de Moreno o de la fantasiosa persecución a Petro.

Reitero que comprendo que la candidata Abello se haya apresurado a buscar culpables, basada en su experiencia. Pero es criticable que se hayan dejado llevar sus seguidores que, además, han permanecido en el país, a diferencia de su líder. ¿No se han dado cuenta que, a diferencia de los 80 y 90, las extremas están haciendo política desde la legalidad? ¿No les causó curiosidad, por lo menos, que haya un atentado, precisamente, contra Aída Abello, una candidata más, mientras que no lo ha habido contra figuras más importantes de la izquierda radical en el país?

Ahora bien, el hecho que no hayan pedido excusas o reconocido su error de interpretación tampoco se debe, creo yo, a una decisión deliberada, sino, más bien, a la creencia real que tienen en las ideas metafísicas, en las teorías de la conspiración. ¿No es más impactante rechazar el atentado porque lo ejerció una mano negra, fuerzas oscuras o algo semejante a rechazarlo por el error cometido por una guerrilla que, además, les genera simpatía por las ideas que ésta defiende?

La construcción de mártires es un proceso que les ha funcionado muy bien a las religiones. El estatismo, al ser una doctrina cuyas lógicas la ubican en la categoría de una religión más, también requiere de ello. Lo lamentable es que, para ponerlo de manera coloquial, el que pega primero, pega dos veces. Ya sabemos que el atentado lo adelantó la guerrilla. Esto demuestra, una vez más, la necesidad urgente de desmovilizar estos grupos ilegales. Sin embargo, no es esto lo que se está discutiendo, sino que la sola denuncia del atentado borró todo lo avanzado en el país en los últimos años y se está concentrando, una vez más, en la necesidad de cambiar de rumbo. La realidad dista mucho de las fantasías creadas, pero éstas es difícil desmontarlas.

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