Denuncias, respuestas y alternativas

Esta semana se profundizó el enfrentamiento entre el senador del Polo Democrático, Jorge Enrique Robledo, y el ministro de agricultura, Rubén Darío Lizarralde. 

Es decir, lo de siempre. No me malinterpreten: me parece que la labor de control político que ha ejercido el Polo Democrático desde hace muchos años ha sido determinante para el país. Me parece que se debe valorar ese papel.

Sin embargo, también me parece que se está exagerando en esta práctica. Los escándalos políticos han servido bastante a quien los destape. En el caso del Polo, éstos podrían explicar los resultados electorales que ha tenido en los últimos años y que sus representantes sean considerados como los mejores congresistas del país.

Como el objetivo de un partido político es, lógicamente, hacer política, el éxito que han tenido los escándalos en los últimos años, ha llevado a que muchos se hayan dedicado casi que a “vivir” de ellos. Este parece ser el caso del senador Robledo. Ante cualquier nombramiento, el senador advierte, de manera automática, debates de control político por el pasado turbio de los nombrados. La idea es destapar criminales y castigarlos con su salida del gobierno.

Vuelvo y digo: no critico esa labor. Solo que debido a su práctica recurrente, sería interesante saber cuáles son los personajes que el senador – y la opinión pública – quisieran fueran nombrados. Tal vez la respuesta inmediata es obvia: personajes que “hagan bien las cosas”, que no sean “corruptos”, que sean “éticos”.

En esto, podríamos estar todos de acuerdo. Sin embargo, en la realidad, las cosas se complican. ¿Qué significa hacer bien las cosas? Por ejemplo, para el senador Robledo el problema de Lizarralde no solo es su pasado, sino que pretenda implementar un modelo agrícola que el senador considera equivocado. Pero que el senador piense así no quiere decir que sea una verdad absoluta.

Ahora bien, el senador – quien al parecer refleja el sentir de la opinión pública – asume que los nombrados no tomarán decisiones éticas, si tienen intereses particulares, previos, en los sectores para los que han sido nombrados.

Al parecer, el senador considera que el hacer mal las cosas (desde su punto de vista, no hay que olvidarlo) y al presumirse que los nombrados no serán éticos, automáticamente éstos serán corruptos y, por lo tanto, delincuentes, criminales.

Si aceptáramos la lógica anterior, tendríamos que aceptar que, el nombramiento ideal sería de una persona que creyera en un modelo  de izquierda y que no tuviera interés alguno en el sector frente al que ha sido nombrado. Lo primero significaría que todos los nombrados, sin importar quién esté en el poder, tendrían que provenir del Polo “Democrático”. Es decir, este primer requisito demuestra las débiles credenciales democráticas de este partido.

Para cumplir con lo segundo, el personaje tendría que ubicarse en algunos de los siguientes casos. Primero, tendría que no haber tenido, nunca, nada que ver con el sector. Segundo, en caso de haber tenido alguna relación, tendría que haber tenido poco éxito (no haber ocupado ninguna presidencia, por ejemplo). Tercero, tendría que ser un desconocido para quien esté en el poder.

Sin embargo, la posibilidad de un nombramiento con esas características sería imposible, en un caso, e indeseable, en los otros. Imposible porque es natural que se nombren individuos con los que se tenga confianza y no a simples desconocidos. Más, si hablamos de un ámbito tan cerrado como el de la alta política. Indeseables porque nombrar a un fracasado o a quien no tenga ninguna experiencia en el sector aseguraría malas gestiones.

Muy bien. Pero,¿ Y la respuesta del Ministro Lizarralde? Pareciera que el presidente Santos hubiera llevado al extremo la condición de no nombrar amigos…y que estuviera gobernando con sus enemigos. Ha tomado tan malas decisiones que a veces es inconcebible. La grabación de la conversación del senador Robledo no solo es un terrible – y tonto – error político, sino que profundiza las suspicacias frente a Lizarralde. Pero lo más grave es que pone en duda tres principios básicos de cualquier sociedad libre: la libertad de expresión, el derecho a la intimidad y la garantía de estos principios por parte del Estado.

En consecuencia, de esta respuesta solo se puede esperar un golpe más al debilitado apoyo al gobierno Santos y la caída de Lizarralde.

Tenemos, entonces, por un lado, un partido político que ha hecho una tarea relevante de control político pero que la ha llevado al extremo y, por el otro, un gobierno con tendencia a cometer dos errores por cada decisión. ¿Cómo se puede solucionar esta situación?

Algunos, como Claudia López y Antanas Mockus, sentados en su trono de la sabiduría y de la superioridad, creen que la alternativa es nombrarse ellos mismos – y a sus amigos genios. Así, el país sería perfecto. Muchos creerán en esta alternativa. Sin embargo, después se desilusionarán porque olvidan tres hechos. Primero, no existe garantía alguna que los genios lo harán mejor que los demás seres humanos. Segundo, la toma de la política por académicos, genios, filósofos y demás también crea nuevos problemas: peleas de egos, largas disertaciones y debates sin definición de acción, inmovilidad en las decisiones, etc. Tercero, existen dos posibilidades: más tarde que temprano los genios adaptan las mismas prácticas que la clase política a la que remplazaron o, en caso de ser muy resistentes en su superioridad ética, terminarán por no hacer mucho.

¿No hay alternativa, entonces? Claro que sí: la construcción de una sociedad cuyo valor supremo sea la libertad. En tal sociedad, el Estado estaría limitado y tendría funciones enumeradas. Dentro de éstas, se incluirían la seguridad y la justicia, pero no se esperaría que el Estado fuera el proveedor de todo tipo de beneficios y mucho menos que fuera el creador de la riqueza. Así, las prácticas políticas (como nombrar amigos o personas que tengan intereses en sectores específicos) serían neutralizadas por lo que pueden y no pueden hacer los nombrados. El Estado dejaría de ser el creador de beneficios para grupos específicos.

A eso es que habría que apuntarle. Una sociedad no liberal manejada por políticos o por genios tiene los mismos resultados: obsesión – equivocada – con el control político por parte de unos pocos y respuesta cada vez menos democrática, más autoritaria del Estado.

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Discusiones

Estas dos semanas han estado cargadas de fuertes polémicas en el país. Todas ellas tienen dos características: no son debates, sino diálogos entre sordos y los objetos de discusión son superficiales, así como la forma de abordarlos.

La primera fue la elección de Óscar Iván Zuluaga como candidato del Uribe Centro Democrático. Los críticos han considerado que Álvaro Uribe logró imponer su títere. Unos más radicales, como León Valencia, han utilizado la estrategia de deslegitimar su elección a través de generar dudas sobre su relación con los paramilitares y/o algún pasado criminal, que nadie ha comprobado.

Los uribistas, por su parte, consideran que éste era el mejor candidato posible y hablan de sus supuestas credenciales del pasado para demostrarlo. Se ha hablado de Zuluaga como el mejor alcalde de un pueblo que nadie conoce hace muchos años, así como de su supuesta gran gestión como Ministro de Hacienda.

Así, la campaña se va convirtiendo en un monótono ejercicio de personalización sin concentrarse en lo realmente importante: las ideas, las propuestas.

Pero esta polémica pasó a un segundo plano por un hecho realmente determinante en el futuro y el desarrollo del país: los grafitis del cantante Justin Bieber. La polémica llegó incluso al análisis de su presentación y de si dobló o cantó en vivo.

Para la policía nacional, los dibujos fueron una muestra de la expresión artística del cantante. Para los críticos, indignados, ésta fue una muestra más de la actitud complaciente de los colombianos para con los extranjeros.

Ha sido tan profunda la polémica que los argumentos se concentraron en preguntarnos qué hubiera sucedido si algún cantante colombiano (ponga acá usted el nombre de cualquier artista popular que quiera) hubiera hecho lo mismo en Canadá….¿ven? La respuesta a esta pregunta es determinante para nuestro futuro como nación.

Rápidamente, esta profunda discusión fue eclipsada por el colapso de un techo en la Universidad Nacional. Se podría pensar que esta polémica sí es central para el país: se está hablando de educación. Sin embargo, esta visión está errada por dos razones. Primero, porque no se está abordando la situación real de la educación, sino de su infraestructura. Segundo, porque la polémica no se ha centrado sino en criticar la falta de recursos para financiar las universidad públicas.

No obstante, ¿la situación de precariedad de estos edificios no demuestra, más bien, que la opción no puede ser más inversión pública? ¿No será necesario explorar, realmente, la posibilidad de nuevas fuentes de ingreso? Además que concentrarse exclusivamente en criticar la falta de mayor inversión estatal es desconocer, por un lado, la nada despreciable cantidad de recursos que se destinan a este sector y, por el otro, que los recursos no son ilimitados y que existen diferentes rubros que requieren de la inversión.

Sin haber concluido la anterior, esta semana se presentaron dos polémicas más. La primera ha tenido, la verdad, muy poco impacto. Ésta se generó como resultado de las incursiones de aviones rusos en el espacio aéreo colombiano.

Aunque éste puede ser un asunto importante para el país, en realidad no lo es tanto, si el único análisis al que lleva (como en efecto lo ha hecho) es el de si Colombia debe responder o cómo hacerlo. Este énfasis es superficial en tanto no profundiza en cuál es el país que se pretende crear de cara al ámbito internacional ni mucho menos las estrategias que serán utilizadas para responder ante los desafíos que se presenten en el futuro…sobre todo de nuestros “hermanos” latinoamericanos.

Esta última parte de la discusión se evita porque algunos consideran, de nuevo en una dinámica de diálogo entre sordos, que las relaciones con los países del Socialismo del siglo XXI deben estar basadas en su concepción como amenazas a nuestra seguridad, mientras que otros piensan que no es deseable desafiarlos, ni cuestionarlos en ningún momento por….bueno, la verdad es que no es clara la razón.

La otra polémica vino por cuenta del acuerdo que se dio en el segundo punto de la agenda en el marco del proceso de paz. Éste sí es un tema determinante para el futuro del país, pero los avances que se den no lo son, entre otras, por dos razones. Primero, nadie sabe lo que se está negociando. Segundo, no se puede hablar de un acuerdo hasta tanto no se hayan agotado todos los temas pendientes.

En consecuencia, la polémica sobre este avance no solo es sobre algo superficial, sino que se basa en el absoluto desconocimiento sobre lo que está sucediendo y sobre el futuro del proceso. Pero no solo es superficial sino que se basa en posiciones antagónicas, irreconciliables. Los enemigos del proceso utilizan el mantra de la impunidad. Pareciera como si para ellos, antes de esta negociación, Colombia hubiera sido un país ejemplo de justicia eficiente, capaz de procesar y castigar a todo aquél que osara romper sus leyes.

Los amigos del proceso, por otro lado, reciben con júbilo el avance y anticipan la llegada de la paz en el corto plazo. Para ellos, nada importa la arrogancia demostrada por los representantes de la guerrilla en la mesa de negociación. Tampoco importa que, hasta el momento, no se prevea una desmovilización efectiva de este grupo ilegal. Mucho menos tienen en cuenta que la guerrilla, como cualquier otro actor en un conflicto, tiene unos intereses y unos cálculos que pueden cambiar con el tiempo. No. Para los “amigos” del proceso, todo se reduce a una supuesta voluntad de paz que, además una gran parte de ellos, encuentra (sin justificación alguna), en la guerrilla y que le exige al gobierno.

En todos los temas se hace evidente la capacidad que tenemos en el país de plantear polémicas realmente importantes y que las abordamos de manera rigurosa y profunda. Algunos culparán a los medios pero la verdad es que las mayorías se prestan fácilmente para reproducir las discusiones sobre temas irrelevantes que solo muestran lo mucho que falta para que nos concentremos en abordar los aspectos que nos han impedido generar desarrollo.

Ni la elección de Zuluaga, ni la indignación por lo que haga un cantante cualquiera en el país, ni una mayor inversión en los edificios de la Universidad Nacional, ni los sobrevuelos ilegales que hagan países extranjeros, ni los avances en puntos parciales del proceso de paz son los debates que necesitamos. 

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Una sociedad de políticos

Esta semana estuvo movida en materia electoral.

Del lado del Uribe Centro Democrático (¡!) se profundizó su carácter personalista y autoritario con el tema de la convención. Francisco Santos hizo gala de una de las razones por las que no puede ser presidente de Colombia: su pusilanimidad. Toda la semana estuvo tratando de conquistar al Mesías del supuesto partido para que lo eligiera. Óscar Iván Zuluaga, mientras tanto, hizo todos los torcidos posibles para ser el seleccionado.

También aparecieron los de siempre. Ya suenan cantantes, actores y deportistas para formar parte de algunas listas.

Dentro de esta categoría, hay un personaje bien interesante. Éste es Antanas Mockus. No se puede entender cómo una persona que participa en cada elección posible desde hace más de una década siga siendo visto como ajeno a la política.

Pero no solo eso. Ha hecho sentir su nombre hablando en contra de la politiquería (como Álvaro Uribe también lo hizo) siendo que es igual de politiquero a los demás: los errores que ha cometido han sido por su vanidad personal; engaña a quien se le ponga en su camino; renuncia a lo que sea para alcanzar un puesto superior; entre otras.

Algo sí se le debe reconocer: sabe cómo llegarle a la gente. Siempre que intenta reencaucharse adopta el tema que esté vigente. Ahora le dio por ser el guardián de un acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC.

Lo de siempre, les decía.

Otra categoría es la conformada por los que “no lo superan”. Acá está Vivian Morales. Nunca ha sido exitosa en ninguna de sus facetas en la vida pública. En la más reciente, no hay que olvidarlo, salió de la Fiscalía no solo por vicios de forma en su elección, sino por una presión generalizada quela cuestionó, no por sus amistades o alianzas políticas (como la que tiene con Ernesto Samper), sino por su matrimonio con uno de los personajes más oscuros de la política colombiana.

Bueno. Pues ella no supera sus fracasos. Ahora, reveló a comienzos de la semana, está pensando presentar su candidatura a nombre de un movimiento cristiano 

. Hablo de ella, no porque haya peligro (¿posibilidad?) que llegue a la Presidencia. Hablo de ella porque este caso refleja un problema de formación de estos “profesionales” de la política: la señora Morales no puede pensar en ser presidenta de un país para representar solo a un grupo. El presidente, en teoría, representa a – y está al servicio de – todos los colombianos.

Una categoría que, aunque no es nueva, merece tener una mención especial es la de los “salvadores”. No me refiero al que se presentó como tal en 2002. Hablo de los personajes que adquieren relevancia pública por su conocimiento, por su rigurosidad, por su trayectoria académica y que, aprovechándose de ello, deciden saltar a la arena política.

En el pasado hemos tenido muchos ejemplos: el mismo Antanas Mockus, Sergio Fajardo y, en menor medida, Alfredo Rangel. Ahora, aunque no lo haya confirmado, puede ser el caso de Claudia López.

Estos personajes tienen tres problemas en su conversión. Primero, asumen que por su conocimiento y trayectoria son dueños de la verdad. Segundo, critican a la “clase política” pero actúan igual que ella: son presos de sus vanidades personales y de su arrogancia. Tercero, lo que es más grave, al dar el salto de la academia a la política, pierden su autoridad y resultan siendo más de lo mismo.

Mucho más podría decirse sobre las categorías mencionadas o sobre los efectos que ha tenido cada una en el país.

Pero, ¿qué tienen en común todos estos personajes? Creo que todos ellos reflejan una de las características de nuestro proceso de formación como nación. En Colombia, el reconocimiento, el éxito profesional y la seguridad económica se conciben como resultado de los cargos que, en el Estado, se hayan ocupado.

Pareciera que las demás actividades en el país son la plataforma de lanzamiento para ejercer la única que se considera digna: la política.

Las personas prefieren ser funcionarios públicos a ser empresarios, científicos, investigadores sociales o académicos. Muchas veces se ha hablado de la puerta giratoria. Aquéllos empresarios que se convierten en ministros, candidatos o burócratas. Se ha señalado que esta realidad afecta el funcionamiento del Estado y que promueve la captura del mismo por unos intereses particulares.

Pues bien, lo mismo sucede en las demás expresiones de la puerta giratoria. No hay nada de diferente. Los colombianos tenemos que darnos cuenta, algún día, que hacer algo por el país no implica necesariamente estar en el Congreso o en el Palacio de Nariño. Hacer algo por el país es igual a luchar, cada uno, por su bienestar y su éxito profesional e individual en cualquiera de las actividades existentes.

Es más, podría afirmar que hacer algo por el país requiere que los más rigurosos y capacitados se decidan por actividades diferentes a la política y por sectores diferentes al Estado. Mejorar la política, como ya lo he dicho, no se logra al todos convertirnos en políticos, sino al reducir los incentivos para los comportamiento desviados. Esto, a su vez, solo se logra si limitamos la capacidad de acción del Estado.  

COMENTARIO ADICIONAL. Muy bien por la decisión que tomó esta semana la Corte sobre el tema del fuero militar. Sin embargo, hubiera sido mejor que ésta se hubiera tomado por defender los derechos individuales y no por cuestiones de forma. Pero eso es mucho pedir, ¿no?

COMENTARIO ADICIONAL II. La supuesta representación de los estudiantes en el país, la MANE, demostró esta semana, con sus equivocaciones y vanidades, que en el futuro político, habrá muchos “salvadores” más, sin contar con el conocimiento, la rigurosidad y la trayectoria de los mencionados. Mucha preparación política en las calles y poca atención (¿presencia?) en las clases.

COMENTARIO ADICIONAL III. No he querido escribir sobre el proceso de paz con las FARC porque considero que, a pesar de todas las críticas en contra, podría ser una oportunidad para el país. Pero ésta cada vez se desvanece más. Sostener, como quieren algunos, una negociación sin ningún límite, en la que la sociedad trata de convencer desesperadamente a los dirigentes de la guerrilla de incorporarse a la vida civil es una gran equivocación. Una negociación en la que una parte cede en todo lleva a un mal acuerdo que, tarde o temprano, será incumplido. Así tampoco habrá paz.

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Ante la enfermedad, más enfermedad

Definitivamente en Colombia nunca faltan las noticias. Esta semana la atención se la llevó el desastre del conjunto de apartamentos Space de Medellín.

No tengo idea alguna sobre arquitectura, tierras ni crecimiento urbano. Pero sí quiero llamar la atención sobre un aspecto a propósito de este caso. Aunque no es el único.

La caída de estos edificios, así como la mayoría de hechos que suceden en el país, demuestran que el sector público es el único en el cual perder y cometer errores no solo no le cuesta a quien los comete, sino que existen incentivos para ello. Este sistema perverso, además, parece ser más potente en el caso de Colombia.

Me explico. Además de la aparición de cientos de expertos en temas arquitectónicos, de ingeniería, de tierras y de planeación urbana, esta semana lo que más escuché fue la necesidad de un fortalecimiento de la regulación para la aprobación de nuevas construcciones, no solo en Medellín sino en toda Colombia.

Es decir, aún no se sabe qué pasó con esos edificios, pero todos los analistas concuerdan en que nunca hubiera pasado, si una mayor regulación, una más estricta, existiera en el país. Ninguno de esos analistas se pregunta cómo mejorar una regulación que ya existe y que ha demostrado ser inefectiva y de muy difícil mejoramiento.

¿Cómo garantizar que los curadores urbanos, por ejemplo, no aprueben proyectos de construcción donde no deben? Si se les baja los salarios, se incentiva la corrupción. Si se les paga por proyecto negado, en lugar de por lo aprobados, se desincentiva la construcción en ciudades en crecimiento y en un país en desarrollo. Si se crea un organismo de control, ya tenemos superintendencias, contralorías y procuradurías que demuestran la inutilidad de los mismos.

Ahora, si el problema es la planeación urbana, los famosos POT, algo olvidan los analistas. Los anteriores POT también fueron implementados por mandatarios como los que tenemos en la actualidad. ¿Cómo se puede garantizar que los actuales sí van a funcionar y no que no van a fallar como supuestamente fallaron los anteriores?

Y fíjense que esto sucede frente a esta desgracia. Pero si observan las noticias que a diario se muestran en nuestro país, se darán cuenta que en todos los casos la conclusión de los analistas, de los medios y del ciudadano en general es la misma: necesitamos más regulación, una más fuerte. No sé pero pareciera una estrategia que hemos adoptado para externalizar las culpas. No sé.

Muy bien, sigo explicando. Decía que el sector público es el único en donde perder y cometer errores no solo no le cuesta a quien los comete, sino que existen incentivos para ello.

El curador que aprobó el proyecto del Space está siendo criticado. Sin embargo, debido a que existe un consenso sobre la necesidad de fortalecer la regulación urbana, se está hablando de la creación de una superintendencia de construcción o de un fortalecimiento de las curadurías. Es decir, si usted no cumple con sus funciones, el siguiente año le subirán el presupuesto y se hará patente la necesidad de darle más poderes, funciones y funcionarios. Hasta acá los incentivos.

No le cuesta a nadie porque, a pesar de las críticas, el curador no tendrá que asumir su error a menos que se le logre demostrar haber aceptado recursos, no como pago de sus honorarios, sino como soborno. Y eso es complicado. Pero, además, todos se han lavado las manos: nadie es culpable ahora de la aprobación del proyecto y de su construcción. Ni la Alcaldía, ni los secretarios encargados del tema, ni el curador mismo. Nadie.

Lo anterior no sucede solo en el caso de la construcción. Tomen cualquier noticia en la que el consenso sea la necesidad de más regulación y se darán cuenta que el problema se originó precisamente por los errores cometidos por los reguladores. ¿Ven? Cometen errores, todos se lavan las manos y el castigo es más recursos y más funciones.

Termino de explicar. Decía que este sistema perverso parece ser más potente en Colombia. Lo digo porque si a lo anterior le sumamos la existencia, casi siempre, de la corrupción, quiere decir que los incentivos perversos para la comisión de errores y la elusión de la responsabilidad son más graves.

Las críticas que se le hacen al curador consisten, en parte, a que éste poseía un apartamento en el proyecto que él mismo aprobó. Como dije es muy difícil comprobar la existencia de un soborno en este caso, pero por lo menos es clara la de intereses que hubieran impedido tomar la decisión.

Con más regulación, deberían saberlo los analistas, no solo se estimula la irresponsabilidad y los errores sino que se abren más posibilidad para la profundización de la corrupción. Y las dificultades para comprobarla…y, claro está, para castigarla.

A pesar de todo lo anterior, en Colombia existe una creencia, consolidada, sobre la maldad de todo lo que huela a privado y la superioridad de todo lo estatal. Para todo lo que pase, la culpa siempre será de los privados y, por lo tanto, una mayor regulación será siempre la solución. Como los errores de esta mayor regulación se verán solo en el futuro, la responsabilidad actual se diluye en el tiempo y cuando esos errores sean evidentes, una mayor regulación se considerará necesaria.

La enfermedad se cura con mayor enfermedad. En Colombia, no permitimos siquiera que sean las medicinas peores que la enfermedad. Y, mientras tanto, seguiremos, cada semana, presenciando noticias, en muchos casos atroces, que nos indignarán y que buscaremos solucionar acudiendo a un papá Estado que solo tiene incentivos para hacer las cosas mal.

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Aumenta la ¿indignación?

Esta semana asistí a una conferencia –homenaje a James Buchanan, el fundador de la escuela de la elección pública (public choice) y recipiente del premio Nobel de economía en 1986.

Muchos aportes ha hecho esta corriente de pensamiento económico para la comprensión de las amenazas a la libertad generadas por la extensión ilimitada de las funciones estatales. Dentro de ellos, uno de sus principios, por su simpleza, es esencial: el abuso de poder no es una cuestión ética, sino que responde a la naturaleza del ser humano y a la necesidad de avanzar sus intereses individuales.

Lo anterior tiene varias implicaciones. Primero, que los funcionarios públicos son seres humanos como cualquier otro, no ángeles. Segundo, en consecuencia, que éstos tenderán a actuar como cualquier otro: no pretenden alcanzar ningún bien general, sino satisfacer sus intereses egoístas. Tercero, que la acción estatal, al pretender buscar el bienestar social, debe estar limitada en sus funciones, recursos, herramientas y acciones. Cuarto, que todo lo anterior no debe ser una discusión ética, sino política y, principalmente, económica.

Las discusiones que se han presentado esta semana en Colombia son un caso de estudio interesante para demostrar la pertinencia de las enseñanzas de Buchanan.

Sin embargo, el abordaje de éstas no se ha hecho a partir de la visión de la escuela de la elección pública, sino como una cuestión del deber ser. Esto es, como una cuestión ética. Tal vez por esta razón es que los asuntos que generaron polémica en el país durante los días pasados no han sido discutidos por primera vez sino que se han convertido en costumbre: son asuntos que se debaten de manera cíclica, hasta el hartazgo.

De todos los asuntos, menciono cuatro. Esta semana generó indignación la prima con la que el gobierno nacional busca mantener su coalición en el Congreso. Además, se descubrió la financiación que algunas EPS han hecho de campañas para el legislativo. En el mismo sentido, fue objeto de intenso debate el activismo financiero, por llamarlo de alguna manera, del gobierno de Juan Manuel Santos: del promotor de la prosperidad democrática este gobierno pasó a convertirse, en cuestión de meses, en el repartidor de recursos a grupos de presión y a comprar la lealtad de los políticos en el país. Por último, ha llamado la atención el papel que están jugando los representantes de las entidades de control (la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría), quienes se han concentrado en disputas personales, en lugar de cumplir con sus – muchas y poco definidas – funciones.

Lo dicho. Los anteriores no son temas nuevos: ¿cuántas veces se ha intentado controlar la financiación de campañas políticas en el país? ¿Cuántas veces se han denunciado los incrementos exagerados en los salarios percibidos por congresistas o magistrados? ¿Cuántas veces se ha denunciado la repartija de puestos y de recursos que hacen los gobiernos para comprar gobernabilidad? ¿Cuántas molestias han generado los representantes de las diferentes ramas del poder público por defender sus intereses personales?

Ésta, como las anteriores veces, la indignación se convierte en una discusión sobre la ética de nuestros gobernantes. Es cierto, estoy de acuerdo, nuestra clase política se caracteriza por su descaro en la mala administración de la cosa pública. Sin embargo, las preguntas que habría que plantearse son, primero, si es posible renovar del todo esta corrupta clase política y, segundo, si al hacerlo las cosas mejorarían.

Sobre lo primero, no hay que olvidar que, aunque no muchos, en Colombia han llegado al poder personajes cuya bandera ha sido el servicio público y la lucha contra la corrupción. Además, muchos de ellos han sido ajenos a la clase dirigente “de siempre”. Lo interesante es que, en todos los casos, o se han convertido en ejemplos de aquellos fenómenos que denunciaban o fracasaron en el intento.

De los primeros, se pueden mencionar los ejemplos de Apolinar Salcedo, Campo Elías Terán o, incluso, de Álvaro Uribe Vélez (el de 2001). Los tres llegaron al poder denunciando la corrupción. Los tres son hoy recordados por la corrupción en sus administraciones.

En el segundo caso está el ejemplo de Antanas Mockus. Sé que en los últimos días ha surgido un movimiento espontáneo que intenta rescatar la importancia de este personaje. Sin embargo, no se debe olvidar que, aunque no se lo pueda acusar de corrupto, sí fracasó en el intento de limpiar la política. Y también, no lo deben olvidar sus seguidores, ha cometido sus principales errores por vanidades personales. Por perseguir sus intereses egoístas.

¿La alternativa? ¿Nombrar a alguien completamente externo a la política? ¿No es eso también peligroso? ¿Nombrar a un desconocido? ¿No es eso imposible?

Sobre lo segundo, hay que tener mucho cuidado con lo que se espera. Si algo puede enseñar la historia es que aquellos personajes que se presentan a sí mismo como ángeles, como superiores, como incorruptibles, no solo mienten, sino que resultan siendo peores que los políticos del común. Las peores atrocidades de la historia del siglo XX, por lo menos, las llevaron a cabo personajes con esas características.

Ahora bien, si tal personaje pudiera existir, si Colombia fuera una tierra tan bendecida que lograra tener a un dirigente sin las pasiones humanas, a un verdadero ángel, a un ser que solo pensara en el bien común, no en sus intereses, ¿cuánto tiempo se debe esperar para tenerlo? ¿No se agravarán aún más los problemas mientras tal personaje llega al poder?

Todo lo anterior para decir dos cosas. Es un poco agotador que cada ciertos meses nos metamos, como sociedad, en las mismas discusiones sobre los mismos fenómenos y que nos rasguemos las vestiduras con los mismos diagnósticos equivocados.

Hasta que no comprendamos que la política es lo que tenemos y que quienes son elegidos son seres humanos como los demás. Hasta que no aceptemos que la única opción es la consolidación de una Estado limitado, con unas funciones muy específicas y simples. Hasta que no reconozcamos que la única opción es la extensión de la libertad.  Hasta ese momento, seguiremos indignándonos porque los políticos avanzan sus intereses con los recursos y herramientas que, como sociedad, les hemos facilitado. Es más, no deberíamos quejarnos porque ellos hacen lo que hacen con los recursos y herramientas que, paradójicamente, nosotros mismos les hemos exigido que tomen y creen. 

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Lecciones II

Caos. El gobierno federal de los Estados Unidos cesó sus operaciones desde el pasado lunes 30 de septiembre debido a la imposibilidad de llegar a un acuerdo al interior del Congreso para financiar las actividades públicas.

Y nada. Nada ha sucedido. Se había prevenido que tal situación generaría un verdadero caos, que la situación económica empeoraría. Hasta ahora (escribo tres días después del cierre), ni los mercados de capitales, acostumbrados a responder de manera esquizofrénica a cualquier hecho que parezca grave, han hecho eco de tal alarmismo.

Para poner los hechos en contexto: primero, esta no es la primera vez que ha sucedido un cierre del gobierno federal. Y no será la última. Segundo, el cierre se ha dado en la prestación de servicios que se consideran no esenciales. La seguridad y la justicia, por ejemplo, siguen funcionando.

No obstante lo anterior, los alarmistas siguen repitiendo, como un mantra, que la situación es extremadamente grave y que la economía global sufrirá profundos daños si esta situación continúa así hasta finales de octubre cuando se debe negociar un pago de la deuda estadounidense. Es decir, el caos se aplazará un mes más. Seguro que esta vez sí será.

Para poner los hechos en contexto: primero, la que se avecina no es la primera negociación de incremento del techo de la deuda. Y no será la última. Segundo, es muy posible, para alivio de los alarmistas, que los republicanos cedan en sus pretensiones y que resulten negociando porque su intención no es ninguna otra, a mi juicio, que recuperar el poder. Tercero, es posible que una cesación de pagos de los Estados Unidos sería grave para los Estados Unidos y para la economía global. Por un tiempo.

Y pongan el énfasis en la última parte. Es importante notar que la referencia al caos, las alarmas y la preocupación están construidas sobre percepciones. No se puede afirmar que el cierre del gobierno federal haya sido caótico o que esté haya generado un antes y un después en la historia de los Estados Unidos.

Aunque a nuestros medios llegue la visión según la cual Estados Unidos camina a media marcha, la verdad es que lo que está a media marcha es Washington, DC. Es decir, el poder político.

Y eso, no se debe olvidar, es lo que tiene tan alarmados, preocupados, deprimidos (¿?) y con sensación de vacío a muchos.  Lo que refleja la situación que se está viviendo no es sino el contraste entre la percepción de los estatistas frente a los que no lo somos.

La verdad es que los primeros parecen ser más y utilizan todo tipo de argumentos para seguirlo siendo.

Ochocientos mil empleados públicos están cesantes desde el lunes. ¡800.000! Una grave crisis social. Lo que no se piensa es, más bien, que el gobierno de los Estados Unidos está desaprovechando las habilidades y conocimientos de cerca de un millón de personas que se dedican a funciones que no son de utilidad, que no son esenciales. ¿No es ésta la verdadera crisis social?

Las imágenes más tristes, deprimentes son las de los parques nacionales cerrados. Los museos. La Estatua de la Libertad. ¿No es ésta una crisis cultural? ¿Del turismo? No se piensa, por el contrario, que si estos monumentos fueran administrados por manos privadas no tendrían que estar cerrados. ¿No es ésta, más bien, una demostración que la cultura y el turismo no pueden depender de la acción del Estado?

El presidente Barack Obama quien, como he dicho en otros comentarios, es un perfecto ejemplo de un pésimo mandatario, afirma que no permitirá que el “buen nombre” de los Estados Unidos se vea afectado. Una grave crisis internacional. Sin embargo, hubiera sido mejor que pensara en eso antes de haber adelantado acciones de espionaje en el mundo, de su política de asesinatos selectivos, de los drones o de su afán por intervenir en Siria.

Incluso, el nombre de los Estados Unidos hubiera podido mejorarse si hubiera cumplido alguna de sus promesas de campaña: terminar las guerras en Irak y Afganistán, cerrar Guantánamo o eliminar el embargo a Cuba. ¿Qué buen nombre quiere preservar el presidente?

Los estatistas, en su preocupación, en su angustia, culpabilizan a los republicanos por el caos (que no existe). En efecto, los republicanos han sido un obstáculo.

Es cierto, no me cabe duda, que hay intereses políticos y no un verdadero compromiso con la causa anti-estatista: los republicanos han incrementado el papel del Estado siempre que han tenido el poder.

No obstante, culpar a una minoría del partido republicano es desconocer el rechazo que las decisiones de Obama han generado en un porcentaje importante de la opinión pública estadounidense.

Ahora bien, se culpa al partido republicano por querer utilizar esta coyuntura para frenar la puesta en marcha de la reforma sanitaria conocida como Obamacare.

Lamentablemente, tengo que manifestar mi pesimismo sobre este aspecto. Creo que, como el interés del GOP es político, esta ley terminará por ser implementada.

Lo anterior pone en duda los planteamientos de, entre otros, el presidente Obama que han catalogado la situación como si fuera resultado del extremismo ideológico de algunos. ¡Ojalá fuera ideología! Pero no, es pura política. Los hechos, estoy casi seguro, me darán la razón.

También lamento que no tengo el espacio para profundizar en el Obamacare. Pero lo que sí puedo decir es que no porque se rechace esta ley, se está en contra de la cobertura universal en salud. Existen otras alternativas que no fueron discutidas porque ha primado la visión estatista.

No se ha reflexionado lo suficiente sobre los efectos de esta ley. ¿En realidad generará el cubrimiento de todos los estadounidenses? ¿Cuál será el impacto en la calidad de los servicios médicos?

Además de los anteriores, dos elementos no han sido objeto de reflexión. Primero, los efectos que, sobre el empleo, ha generado esta regulación. La disminución en horas trabajadas o la pauperización (para usar un término que gusta tanto a los estatistas) en la contratación son algunos de ellos.

Segundo, los efectos sobre la economía. Mejor, en la macroeconomía (que es de lo que siempre hablan los estatistas). Los costos proyectados del sistema, sumados a la difícil situación de endeudamiento y de déficit que tienen los Estados Unidos hoy, son alarmas que llevan a pensar en la necesidad de replantear el Obamacare.

Este último punto me devuelve al alarmismo, a la depresión, al vacío que sienten los estatistas. La situación de la economía global. ¿No será mejor que Estado Unidos, la economía más grande del mundo, resuelva sus desajustes? ¿No será que un nivel de endeudamiento o de déficit fiscal insostenible en ese país es peor que un cierre parcial?

Se podría decir que sí. Pero, ¿y la cesación de pagos? Repito que éste me parece una posibilidad remota. Repito que tendría efectos negativos. En el corto plazo.

Lo importante acá es definir, esos efectos negativos, serían para quién. Lo más seguro es que éstos se concentrarían en la capacidad de acción del Estado, de los estados, en el mundo. Lo más grave, para los estatistas, sería reconocer lo que nunca han querido: que el Estado es una organización como cualquier otra, que también se quiebra y que, por lo tanto, no puede hacerlo todo. Tiene que tener funciones definidas.

Por último, para terminar este comentario, quiero referirme a la preocupación de los estatistas fuera de los Estados Unidos. Es comprensible que los europeos estén preocupados: para ellos, el Estado de bienestar es la única opción posible. Lo demás es maldad.

Los latinoamericanos sí me queda un poco más difícil comprenderlos. ¿Quieren preservar el poder de un gobierno que ha intervenido en sus países, que ha generado todos los males de la actualidad y que los ha humillado? Esto sí que no tiene sentido.

Tal vez, los estatistas latinoamericanos están tan preocupados, angustiados, deprimidos porque si se demuestra que el gobierno de los Estados Unidos no es infalible, que es vulnerable y que es el sector privado el único capaz de generar riqueza y de mantener un país funcionando, como ha sucedido en estos días, no podrán seguir justificando sus fracasos como culpa del “imperio” del norte. Lo que es más importante, no podrían seguir manteniendo que se deben implementar sus visiones equivocadas porque existirá una prueba en contrario irrefutable.

Con este shutdown (palabra que suena más dramática), Estados Unidos vuelve a ser fuente de lecciones para el mundo. Esperemos a ver si, esta vez, son dignas de imitar o si, como me temo, serán una demostración más de la manipulación de las ideologías con fines electorales. 

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Pasiones

La política colombiana sería un caso de estudio muy interesante para aplicar el concepto de dependencia del sendero: las consecuencias no anticipadas (secuencias reactivas) y los procesos cíclicos quedarían perfectos.

Y no hablo, no solamente, de la “alta política”. No se trata de cuestionar cómo un gobierno que llegó al poder generando tantas expectativas, tres años después tenga tantas dificultades.

Tampoco hablo, no solamente, de los asuntos políticos. ¿Algo más cíclico que los escándalos de corrupción, la captura del Estado, las leguleyadas en el manejo del Estado o la ineptitud de los elegidos?

Ni hablo, no solamente, de los “políticos”. ¿No es el fracaso de Santos una consecuencia no anticipada del gobierno Uribe y éste, a su vez, del de Pastrana y así sucesivamente? ¿Casi todas las décadas, por lo menos desde los años 60, no tienen un gobierno de esperanza, que fracasa, otro podrido por la corrupción y uno más que parece hacer mucho, sin hacerlo? (Adivinen cuál gobierno, larguísimo, hizo por los tres).   

Sin embargo, no hablo de todo eso. Hoy quiero referirme a la política cotidiana, a la que hacen los ciudadanos mismos y a la forma como la hacen.

En Colombia, la política se “vive”. Así como en algunos países puede vivirse el fútbol. En otros, el dinero o el éxito. En este país, lo que genera pasión es la política. Nuestras conversaciones “banales” incluyen, en general, algún tema político. Así las personas no tengan idea de lo que están hablando, la política apasiona.

Esto no pasaría de ser una característica más del país, sino fuera porque, de manera no anticipada por nadie, de tiempo en tiempo, esa pasión genera niveles de polarización tales que se puede pasar a la violencia física.

Lo anterior, me parece, se está manifestando cada vez más. Y, repito, no estoy hablando solo de “los políticos”, sino de los ciudadanos.

Hoy la política es sinónimo de odio. No encuentro debates sobre las ideas. La descalificación del contrario se hace, no por sus planteamientos, creencias o propuestas, sino por “lo que es”.

Y esto sí que es delicado. Es tradición que a todos los izquierdistas se les acuse de guerrilleros. Ahora, todos los uribistas son paramilitares, asesinos. Así no puede haber lugar al debate: a nadie le interesa.

Los argumentos que se utilizan en esta oleada de odio solo lo incrementan. La familia o el pasado familiar de los contendientes es uno de los preferidos. Si éste no funciona, lo siguiente es utilizar la justicia: todos deben ser llevados a los estrados judiciales.

Se está configurando una visión del “nosotros” frente al “ustedes”. Los primeros siendo los dueños de la virtud y de la verdad, acosados por el contexto, frente a los segundos, los demonios del país. No hay debate; hay caricaturas.

Algo curioso es que los bandos se colectivizan, mientras que las gestiones se personalizan. No es el gobierno; es Juan Manuel Santos (otro demonio).

No existe la posibilidad que el contrincante esté mal en su opinión. No. El contrario es malo. Solo quiere destruir, acabar, asesinar.

¿La consecuencia de todo esto? Dos procesos se están gestando. Estos han sido comunes a las peores atrocidades de la historia de la humanidad, incluido el recordado genocidio de Ruanda de 1994…y, sí, la denominada Gran Violencia de Colombia.  

Por un lado, un proceso de desindividualización. Como decía, usted no puede ser usted, sino tiene que ser algún “ustedes”. No existen individuos, sino bandos que, disfrazados de grupos políticos, no pueden tener nada en común con los contrarios.

¿Por qué? Por el segundo fenómeno: la deshumanización. Siempre se puede debatir con un ser humano, pero nunca con un monstruo. En Ruanda, se utilizaron las imágenes de animales para deshumanizar (cucarachas, culebras). En Colombia, se deshumanizan llamándolos delincuentes. O, debido a los traumas que nos han generado, la deshumanización se logra cuando son “guerrilleros” o “paramilitares”, o “narcotraficantes”.

Lo peor es que, como dije al principio, esto no solo es culpa del odio entre el senador Cepeda y el – futuro – senador Uribe. Las redes sociales, los comentarios que hacen personas del común…y los intelectuales también son culpables.

¡Los “intelectuales”!: hoy escriben con odio y en un futuro, no muy lejano, si la cosa sigue degenerándose, se lavarán las manos, culpando a la “cultura” y a la “ignorancia” por las atrocidades.

Antes he hablado sobre la importancia de los debates, de la argumentación. Eso sí que hace falta.

También, la sanción moral. No creo que culpar a un político de delincuente o de asesino, sea odiar. Menos en Colombia. Pero sí creo que esto no puede ser la base del debate. ¿Cree que algún candidato es delincuente? No vote por él.

Pero para sancionar moralmente, los ciudadanos ahí sí no están listos: miren los casos de Ernesto Samper o de Horacio Serpa.

La sanción moral, al ser moral, no puede ser impuesta por el Estado ni de obligatorio cumplimiento. Depende de la flexibilidad que tienen los ciudadanos frente al cumplimiento de las normas. Por ello, cada individuo tiene mucho para hacer en este punto.

Para demostrar culpabilidades está la justicia, no las redes sociales o los medios de comunicación. Pero, actualmente, todos los bandos acuden a la justicia para descalificar al contrario y, cuando les toca su turno, la descalifican, aduciendo “persecución”. ¿Cómo quejarse de la politización de la justicia?

Lo más importante, sin embargo, es que la sociedad colombiana, a partir del debate constante, se dé cuenta, de una vez por todas, que la discusión política es interesante, apasionante, incluso. Pero no puede plantearse como el centro de la vida.

Los odios entre candidatos también son estrategias políticas, como demuestran los coqueteos entre Progresistas y el Partido Verde o el frente común entre el uribismo  y el Polo Democrático para oponerse el gobierno actual.

Es necesario que los ciudadanos colombianos reconozcan que los únicos dueños de sus decisiones y de su destino son ellos mismos y no quien ocupe la Casa de Nariño. La libertad, y su defensa, es el mejor remedio para superar esta dependencia del sendero que, en el caso de la política, solo ha generado violencia y odio en nuestro país.

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Remedios y otros excesos

Los excesos en los que incurren las fuerzas del orden colombianas para supuestamente cumplir con su deber se están convirtiendo en noticia de todos los días. El caso más reciente fue el del domingo pasado en un club nocturno (amanecedero) en el sur de Bogotá.

Antes de éste, fueron los excesos del ESMAD en los días del reciente paro o los relacionados con las movilizaciones en la región del Catatumbo o los denominados falsos positivos del Ejército…y las miles de historias que, seguramente, tienen lugar cada día en diferentes partes del país.

Frente a los hechos del domingo, parte de la sociedad colombiana vuelve a reaccionar, alarmada. La otra parte, seguramente, justifica los hechos o no les da importancia.

Seguramente, en los próximos días, volverán los de siempre a plantear los debates de siempre. Los defensores de derechos humanos afirmarán que eso no se debe hacer y pedirán, posiblemente, que Naciones Unidas, una ONG internacional o cualquier gobierno extranjero denuncie lo que está sucediendo.

Las agrupaciones de izquierda, por su parte, aprovecharán la coyuntura para captar más votos con el supuesto interés que tienen en la protección de los derechos individuales que tanto desprecian en los demás ámbitos.

Los representantes de derecha asegurarán que los hechos no son ciertos o que, si lo fueron, fue en reacción a la comisión de delitos por parte de quiénes se encontraban infringiendo las regulaciones locales. Nos recordarán que los policías, así como los militares, son héroes a los que les debemos admiración. Concluirán que cualquier exceso es ínfimo frente al objetivo último de la existencia de estas fuerzas: una supuesta seguridad.

Y después, seguramente, nada. Ya se han anunciado algunos suspendidos y las investigaciones de siempre.

Mientras, el gobierno de turno disminuye la gravedad de los acontecimientos con la famosa consigna de “son unas manzanas podridas”. El problema es que pareciera ser que esas manzanas no son ni pocas ni incapaces de expandir su daño en las instituciones para las que trabajan.

¿Qué ha sucedido con las fuerzas de seguridad en Colombia? Los excesos que tanto se ven deben ser analizados por la amenaza que plantean a la libertad y al disfrute de los derechos por parte de los civiles.

No se trata de afirmar que estas fuerzas sean innecesarias o, como algunos pueden pensar, que deba culpárseles de todos los males del país o de los resultados negativos de las movilizaciones y protestas que tienen lugar. Es innegable que los muchos de los civiles aprovechan estas situaciones para cometer crímenes…y deben ser castigados en consecuencia. Es decir, con proporcionalidad a lo que han hecho.

Con esta aclaración, encuentro cuatro razones que explican los excesos que se están convirtiendo en la norma. Primero, la tensión entre libertad y seguridad se resuelve teniendo de presente que el aparato de seguridad del Estado está subordinado, siempre, al poder civil. A pesar de este principio, esta tensión se olvida a menudo, incluso, en las sociedades más democráticas y liberales del mundo, como Estados Unidos. En Colombia, sí que se ha olvidado. Creo que esto se explica en el papel que ha tenido el tema del conflicto armado en el país.   

Segundo, este último punto ha generado uno de los fenómenos más perversos para la limitación de la acción estatal. Éste consiste en la militarización de la policía y en el despliegue de las fuerzas militares al interior del país. Este tema es muy amplio y complejo. Lo que se debe resaltar es que lo mencionado ha llevado a que la policía adopte las lógicas de amigo/enemigo propias de las Fuerzas Militares y que esta visión se aplique a los mismos individuos que, en principio, se debía proteger.

Los dos anteriores puntos, más visibles, se deben a una suerte de paranoia nacional permanente. En Colombia existe una obsesión con los temas de seguridad. Algunos teóricos, para el caso de la política exterior, han denominado esto securitización. Lo preocupante es que ésta se ha presentado en todas las dimensiones. Cómo será la cosa que la jerga utilizada para tratar los temas económicos tiene que es propia del sector de seguridad.

La última razón tiene que ver con algo que he mencionado en otros comentarios. En Colombia existe una excesiva permisividad para la acción estatal. Es más, como han demostrado los eventos más recientes, no solo existe permisividad, sino que la sociedad exige, demanda que el Estado restrinja la libertad de los individuos en diferentes ámbitos. Esto abre la puerta para que se cometan todo tipo de excesos.

Así no lo deseen, aquellos que piden tanto la intervención del Estado en la economía para garantizar unos precios “justos” o para que ningún sector pierda en el comercio, están abriendo la posibilidad a que se cometan los excesos que, después, tanto critican.

A pesar de lo anterior, y de que los excesos son evidentes, las soluciones que se comienzan a ventilar resultan insultantes, por decir lo menos. En lugar de explorar formas de reducir los abusos cometidos por el Estado; esto es, de limitarlo, lo que se discute es cómo prohibir, regular y limitar más a los establecimientos que no cumplen los horarios impuestos por el Estado o cómo criminalizar la protesta. Es decir, el resultado de las violaciones cometidas por agentes del Estado en los derechos individuales se resuelve limitando más a los individuos y no al Estado.

Si a esto se le suman la creciente intervención en la economía y las regulaciones en casi todas las dimensiones, las amenazas a la libertad en Colombia ya no son evidentes, sino preocupantes. Y a nadie parece importarle.

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De vuelta al pasado

Contra todo pronóstico, el presidente Barack Obama está empeñado en una intervención militar en Siria. Cuando fue elegido por primera vez, los ingenuos del mundo celebraron su ascenso como el fin de lo que consideraron la era de la arrogancia y del guerrerismo de George W. Bush.

No contaron con tres realidades. Primero, sea quien sea el presidente de los Estados Unidos, los anclajes creados por el gobierno de este país en su supuesto liderazgo mundial. Segundo, la falta de experiencia y de preparación del candidato Obama y la inaplicabilidad de sus ideas, por muy agradables al oído que fueran. Tercero, la ley de las consecuencias inesperadas siempre actúa en realidades sociales complejas.

Barack Obama prometió un cambio en la posición de su país frente al resto del mundo. Relanzó la relación con Rusia; buscó alternativas en el caso de Irán; dio esperanzas en la apertura de relaciones con Cuba. Frente a cada intento, la realidad golpeó al idealismo de Obama hasta llevarlo, por ejemplo, a plantear la remota posibilidad de actuar frente al régimen de Al Asad en caso de que éste se excediera en una supuesta línea roja: el uso de armas químicas. Hoy, tal vez sin pensarlo, sin quererlo Obama, esa línea se cruzó y muchos en el gobierno de Estados Unidos consideran que deben actuar o serán vistos como débiles o irresponsables.

Frente a la posibilidad de una intervención, los de siempre han llegado con sus críticas. No faltan los pacifistas más puros: no a la violencia, no a la guerra. Esto estaría perfecto en un mundo sin dictadores como Al Asad. ¿No han muerto ya suficientes ciudadanos sirios en esa guerra civil? ¿De qué paz hablan?

Por otro lado, están los amantes de las teorías de la conspiración: Estados Unidos lo único que busca es petróleo…hmmm. ¡Claro! Ya están cansados de todo el petróleo que robaron en Irak y quieren más. Por eso no siguen empantanados en esa guerra y, en el intermedio, no tuvieron una crisis financiera que, según algunos (muchas veces los mismos de las teorías de la conspiración), ha sido la peor desde la Gran Depresión.

Otros, también seguidores de las conspiraciones internacionales, consideran que la intención es controlar la región. ¿Se imaginan? ¡Nunca hubiera esperando una pretensión más egoísta e irracional! ¿Buscar controlar una región, caracterizada por su paz, su democracia, su estabilidad? No hay derecho.

Este lado, ahora, recibe con júbilo las declaraciones del rey de la democracia y de la paz: Vladimir Putin. “Es el único sensato”, piensan. Por su ingenuidad frente a los demás y su obsesión por los teorías de la conspiración cuando de Estados Unidos se trata, no se dan cuenta que éste no está en contra de la intervención porque sea sensato, pacifista o un verdadero líder, sino porque también tiene intereses que, para este caso específico, se preservan más si no existe un cambio de régimen en Siria.

En el otro extremo, están los defensores de una acción militar. ¿No han muerto suficientes niños y niñas, mujeres y hombres, ancianos y ancianas? Pues bien, si esta fuera la racionalidad, Estados Unidos tendría que intervenir en casi todos los países del mundo…o, por lo menos, en aquellos donde existen conflictos armados hoy.

¿No se debe evitar el uso de armas que han sido consideradas por la humanidad como indeseables? Si bien esto es cierto, teniendo en cuenta el plan de Obama que no consiste sino en un ataque limitado, el control en el uso de armas químicas queda en entredicho. También lo está, incluso, si se lleva a cabo el plan propuesto por Rusia. El uso de armas prohibidas no se disminuirá con muestras de fuerza contra los irresponsables que las usan, sino evitando que éstos detenten el poder. Esto último, sin embargo, no depende de la acción de ningún actor externo.

Al contrario, un ataque de este tipo pondría en alerta a los demás regímenes en el mundo que, como Corea del Norte, no tiene líderes a los que les importen los límites internacionales o el derecho internacional.

¿Quién tiene razón en este caso, entonces? Como suele suceder en los complejos temas internacionales, nadie la tiene. Sin embargo, es cierto que una intervención en Siria es una pésima idea por varias razones.

Primero, porque si se cumple al pie de la letra el plan propuesto por Obama, no se logra nada. Al contrario, si éste se excede, Estados Unidos podría quedar envuelto en otra operación de nation-building a gran escala que no es claro si podrá asumir por razones económicas, políticas, de opinión pública y militares.

Además, lo anterior le sumaría más inestabilidad a la región. 

Segundo, porque, como mencioné más arriba, la garantía de no usar armas de destrucción masiva, como las químicas no existe. Ya lo hizo Saddam Hussein a principios de los años 90 en contra de la población kurda. Se le impusieron sanciones. Se le “castigó” con todo el poder militar de una coalición internacional. ¿Resultado para el futuro? Hoy, Al Asad vuelve a usarlas. O los rebeldes, como sabiamente afirma el demócrata y defensor de la paz, Vladimir Putin.

Tercero, porque Estados Unidos no puede seguir asumiendo responsabilidades de policía del mundo. No solo por sus condiciones internas, sino también porque el mundo ha cambiado. Muchos otros países tienen vocación de liderazgo internacional y pueden asumirlo, como es el caso de China. Además, porque una nueva intervención es, paradójicamente, alimentar la idea de que el supuesto “imperialismo” estadounidense es indeseable, mientras que uno ruso o uno chino no lo sería. Esto sí es un riesgo para la estabilidad mundial, no solo en el ámbito de la seguridad, sino también de la economía.

¿Qué hacer entonces? Como sucede en la mayoría de estos casos, nada o muy poco. Es importante que la humanidad reconozca que las buenas intenciones pueden no generar las consecuencias esperadas. En muchos casos, por más dolor que exista, es importante que las sociedades, por sí mismas, alcancen sus objetivos. El “deber de proteger” ha demostrado ser inútil puesto que se construyó a partir de consideraciones morales, pero no de un análisis basado en la realidad de política internacional.

Estados Unidos no debería meterse en esta nueva aventura internacional. Esperemos a ver si Barack Obama, el hombre que sí puede, atiende las presiones en contra o, como todo lo ha hecho al interior, sus tendencias autoritarias primarán.

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Cuidado con lo que deseamos…

Como resultado inmediato de su criticada gestión frente al paro nacional, el gobierno de Juan Manuel Santos fue duramente golpeado en su popularidad esta semana, como demuestran las encuestas.

No pienso defender a un gobierno que es, como casi todos, indefendible. He mencionado en comentarios anteriores que el actual presidente de Colombia ha cometido gran parte de los errores que le cobran hoy las mayorías debido a su obsesión, no de implementar un modelo de país, sino de pasar a la historia. Su único interés, de carácter personal, ha sido más importante que aprender la difícil tarea de gobernar…y asumir los costos asociados con ella.

Pasar a la historia, para Juan Manuel Santos, consistía en plantear proyectos que sonaban muy bien y que, en teoría, serían implementados en un ambiente de armonía y consenso. Infortunadamente, así no funciona la realidad política, mucho menos en un país como Colombia.

En consecuencia, su estrategia de buscar tener a todos los sectores “contentos” lo ha llevado, desde hace tiempo, a presentar problemas de liderazgo; a manejar de manera errática situaciones específicas; a equivocarse en su comunicación con los ciudadanos; a no saber explicar que algunos problemas son heredados y no creados por él (caso Nicaragua o actual situación social). En últimas, ha llevado a que el gobierno se presente como aislado y acorralado, no solo frente a la ciudadanía, sino frente a su entorno político.

Su figura se ha convertido en sinónimo de ineptitud, de arrogancia, de traición o de engaño, según sea la posición desde donde se mire.

Por lo anterior, cada vez es más probable que Juan Manuel Santos no sea reelegido. En esta eventualidad, ¿qué opciones existen?

Por un lado, está el uribismo. Cada vez más cuestionado por su relación con los grupos paramilitares. Cada vez más estatista y, por lo tanto, menos defensor de las libertades individuales. Cada vez menos comprometido con la libertad económica. Cada vez más cerca de convertirse en el destructor de la institucionalidad colombiana. Cada vez más parecido a una secta religiosa en la que Álvaro Uribe Vélez ha sido convertido en un dios del cual depende el futuro del país.

Por el otro, está la izquierda del Polo Democrático Alternativo, de Marcha Patriótica, de Colombianos y Colombianas por la paz (así éste y muchos otros se muestren como grupos sin ninguna pretensión política). Acá existe una gran consistencia programática. Una coherencia histórica en sus planteamientos. Carisma – y retórica – apreciable de algunos de sus líderes. El único problema es que sus propuestas, en caso de ser implementadas, destinarían a Colombia a la pobreza, al subdesarrollo y, paradójicamente como sus archi-enemigos políticos, los uribistas, a la destrucción de la institucionalidad.

En el intermedio, esta semana se impulsó el nombre de Antonio Navarro como una alternativa adecuada. Alternativa en cuanto a nombre, porque según sus planteamientos, estaríamos más cerca de una visión como la propuesta por el sector de la izquierda que he mencionado. Este personaje es respetado y demostró, o eso dicen muchos, una buena gestión como gobernador de Nariño. No obstante, ser gobernador no es igual a ser presidente. Así como en Bogotá se demostró que ser congresista no es igual a ser alcalde.

Como he dicho de manera insistente en anteriores comentarios, los individuos toman sus propias decisiones que afectan sus vidas en todas las dimensiones. Una de ellas es el ámbito social, el público.

Los ciudadanos colombianos están hoy, muy felices, con la caída en las encuestas de Juan Manuel Santos. Sin embargo, no reconocen su responsabilidad en el hecho que esta persona esté en el cargo en el que está como resultado de la decisión que millones de ellos tomaron hace un poco más de tres años.

Hoy muchos quisieran cambiar el nombre de quién está en el poder. Algunos quisieran que regresara a quien consideran como un dios o, en caso de no poderse, mientras tanto, que fuera elegida una marioneta que actúe en su nombre, como esperaban que lo hiciera el mismo Santos.

Otros quisieran que el elegido fuera un representante de la izquierda radical, con su discurso disfrazado de preocupación por lo social y su creencia en que es el Estado el que debe tomar todas las decisiones en lugar de los ciudadanos. 

De pronto otros quisieran que fuera una supuesta alternativa que, seguramente, fracasará como lo hacen, en general, aquellos que se consideran como tales.

Es comprensible el malestar social en Colombia. Sin embargo, éste seguirá existiendo hasta tanto los ciudadanos no reconozcamos que los únicos que podemos mejorar o empeorar nuestras vidas somos nosotros mismos. Por ahora, valdría la pena reconocer que el panorama que describo es resultado de las malas decisiones que hemos tomado de manera sistemática. No podemos seguir esperando que algún elegido, por sí mismo, construya el país ideal. Ojalá, mientras tanto, la encrucijada en la que nos encontramos hacia futuro no genere un daño del cual sea más difícil salir.

Cuidado con lo que deseamos, porque de pronto se cumple.  

COMENTARIO ADICIONAL. No importa el pésimo gobierno de Gustavo Petro en Bogotá: ahora fue premiado como ejemplo en el mundo de liderazgo frente al cambio climático. Interesante que el premio es resultado del sistema de transporte impulsado por Transmilenio, sistema que ha sido criticado por los ciudadanos y que fue considerado por el mismo Petro como inútil, pasado de moda y un sistema que tenía que remplazarse.

COMENTARIO ADICIONAL II. Y lo que se ha resuelto del paro se ha hecho con más Estado y repartiendo más recursos. ¿Alcanzará para todos? ¿Alcanzará para los que vengan?

COMENTARIO ADICIONAL III. La inminente decisión de intervenir en Siria dará mucho de qué hablar en las próximas semanas. Por ahora, podemos ver cómo los líderes estadounidenses siguen cometiendo errores en la política exterior. Además, Barack Obama es el ejemplo perfecto por el que es mejor no creer tanto en los líderes que se presentan como alternativas cuyo único interés es hacer del mundo un lugar mejor. Esta visión, las más de las veces, no refleja la bondad de quien las propone, sino una visión arrogante y autoritaria de su papel en el mundo.

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