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Debates perdidos

No sé qué será. Tal vez sea el hecho que en un mismo día pueden sucederse tres o cuatro noticias relevantes en el país. Tal vez sea el parroquialismo colombiano, esa actitud de desinterés por lo que sucede en el entorno global, complementada por la creencia, equivocada, de que somos el país más importante – por lo bueno y por lo malo – del mundo. No sé qué será pero existe evidencia para mostrar que en el país ignoramos muchos de los aspectos de los que podríamos observar en el resto del mundo para evitar cometer errores o, por lo menos, para no generarnos falsas expectativas.

No estoy hablando de la situación caótica, no anticipada, en la que nos encontramos debido a la destitución (que no es destitución pero que podría serlo aunque no se sabe si lo será) de Gustavo Petro. Tampoco hablo del ejemplo que tenemos en Venezuela y Argentina de los efectos de adoptar los modelos equivocados que todo lo prometen y que todo lo destruyen.

A lo que hago referencia es a un hecho más simple. Esta semana, dos reconocidos economistas estadounidenses, William Easterly y Jeffrey Sachs, tuvieron su enésimo intercambio sobre el tema que los ha enfrentado por muchos años: la efectividad de la cooperación internacional. Lo interesante de este intercambio es que, al final, ambos contradictores han llegado al mismo punto, defendido por Easterly desde el principio: la cooperación internacional no genera desarrollo, ni crecimiento. A lo sumo puede generar algunos resultados positivos en ciertos casos, en temas puntuales, enmarcada en circunstancias específicas.

Mientras esto sucede en el mundo, en Colombia, como si nada, el presidente del Senado, Juan Fernando Cristo, propone una novedosa iniciativa: ¡un Plan Colombia II! Lo peor es que la expone en Estados Unidos, país donde ha tenido lugar el intercambio que les mencioné.

La propuesta no sería criticable si, en su esencia, no partiera del supuesto del que parte y que se resume en que la cooperación internacional es la mejor forma para generar desarrollo. Cristo considera que un nuevo Plan Colombia es necesario para ayudar en el proceso de consolidación del Estado, en el posconflicto y en el crecimiento de las regiones más pobres del país. Lo ridículo del caso no es solo que esté tan equivocado sino que lo esté, teniendo a su disposición todo lo que se ha escrito sobre el tema y que, como les dije, esta misma semana se movió hacia un consenso que antes nunca se había dado.

Pero además de esto, la propuesta del senador no puede ser bien recibida en Colombia por muchas razones. Primero, porque desconoce las molestias que el Plan Colombia en su primera versión generó en el país y que seguro resurgirán en cualquier versión que se impulse. Mucho se discutió sobre la subordinación a los Estados Unidos y sobre la incapacidad del gobierno colombiano para definir los usos de los recursos.

Ahora, si me dicen que esta vez no habrá problema porque este plan está pensado en los temas “sociales”, pues eso demostraría que somos un país de hipócritas y de oportunistas (segunda razón), como lo es el senador Cristo. El problema no era, entonces, que hubiera una subordinación del país a los Estados Unidos sino que los recursos se gastaran en lo que las “mayorías” no esperaban.

Y esto lleva a la tercera razón. El Plan Colombia original fue criticado por su énfasis en lo militar. Tal vez, si el énfasis está en lo “social” servirá para generar crecimiento o desarrollo. Además de falsa, esta idea desconoce el hecho que los recursos seguirán siendo invertidos según los intereses estadounidenses. En el mismo sentido, desconoce que no estamos hablando de cualquier país, sino de Colombia, en donde un día sí y el otro también escuchamos escándalos de corrupción. ¿Quieren ponerles más recursos a disposición de los corruptos?

Un punto adicional es que exigir más cooperación es desconocer que Colombia ya no es el mismo país, de ingresos bajos y de bajo crecimiento, de hace algunos años. Yo sé que es muy difícil creer que las cosas están mejorando porque es mejor quejarse, como nos gusta, y pensar que todo es desastroso. Pero las cosas han cambiado, aunque de manera lenta. Eso lo demuestran no solo las cifras sino aspectos cotidianos como el consumo de proteínas, el acceso a bienes y servicios, entre otros.

Que falta mucho, replicarán algunos. Es cierto. Pero eso no quiere decir que podamos, a través de una fórmula mágica acelerar la inclusión de los más desfavorecidos o eliminar de un tajo la pobreza y la miseria en el país. Para hacerlo necesitamos responsabilizarnos por nuestro destino y éste es otro elemento que afectaría un Plan Colombia II (cuarta razón). Cuando se propuso el primero, les dimos la responsabilidad a los gringos (como de manera despectiva nos referimos a los que, cuando nos conviene, llamamos nuestros principales aliados) del manejo y definición de nuestro conflicto armado y del tema de las drogas. ¿Ahora también los vamos a responsabilizar por eliminar la pobreza y por generar desarrollo? Eso sí ya es el descaro absoluto.

La última razón que encuentro es que apoyar esta iniciativa plantearía un retroceso en la construcción de la identidad del país en el ámbito internacional. Es cierto que Colombia no es ningún líder en ningún lado, como pretendía el presidente Juan Manuel Santos. Pero lo que sí es cierto es que hemos dejado de lado la actitud de “pasar el sombrero”, de mendigar recursos por todo el mundo que tuvimos hasta finales del primer gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

Que nos vean en el mundo como iguales, que podemos competir en igualdad de condiciones, por ejemplo, puede ser molesto para algunos (como los proteccionistas), pero ésta es la fuente de otros logros como los incrementos en la inversión extranjera, la eliminación de visas (que también les molesta a algunos, pero que beneficia a tantos), la puesta en marcha de acuerdos comerciales (que tantos detestan pero que mostrarán sus beneficios en el largo plazo), entre otros.

Por todo lo anterior, el senador Cristo debería haber pensado mejor su propuesta y haberse limitado a callar que se le da tan bien. En el entretanto, ésta pasó de agache entre los avisos de tutelas que benefician al alcalde Petro y la noticia de profundas implicaciones políticas, económicas y sociales que capturó la atención del país por estos días: la lesión de Falcao. Ojalá que la falta de atención también signifique su pronto olvido.

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PISA y Educación: algunos puntos para comenzar el debate

La noticia de esta semana definitivamente fueron los resultados de Colombia en las pruebas PISA (Program for International Student Assessment)Los pésimos resultados han desatado un fuerte debate nacional.

Con esa capacidad a la auto-crítica que tenemos en el país, se han perdido de vista varios aspectos que no son del todo negativos. Primero, el debate mismo. El hecho que el tema haya generado tanta preocupación demuestra que todavía tenemos alguna habilidad para discernir entre lo importante de lo urgente – o de lo anecdótico. Segundo, el debate no se está dando solo en Colombia. En Estados Unidos, Francia y España los resultados también han generado preocupación. Tercero, no se debe olvidar que estamos muy mal ubicados en un grupo de países que han decidido, unilateralmente, participar. Muchos otros de América Latina, por ejemplo, ni siquiera se atreven a exponer a sus estudiantes a las pruebas.

No obstante, los puntos dos y tres que acabo de mencionar pueden sonar a – y, en efecto son, puras – patadas de ahogado. La verdad es que no importa cuántos sean ni si el problema no es solo para Colombia. Al país le fue muy, muy mal en las pruebas, lo que demuestra, no que nuestros jóvenes, que ya casi llegan a la universidad, tengan pocos conocimientos, sino que con los que cuentan no les sirven para resolver problemas prácticos. Es decir, para enfrentarse a la vida. Por ello, no cuentan con herramientas suficientes para ser exitosos en el futuro.

Con algo tan grave en mente, sin embargo, el debate que se está presentando no le da la talla a los problemas evidenciados. Además de nuestra capacidad de auto-crítica (molesta por lo excesiva, pero necesaria) se ve afectada por la forma como, en general, abordamos los debates.

Primero, todo ha quedado en buscar culpables específicos. Unos han culpado a los profesores, quienes ya se han defendido y acusado a los estudiantes. Seguramente como éstos no tendrán ni idea de cómo les fue (nuestros jóvenes no se caracterizan por su interés por la actualidad política ni por su interés por…algo), la cadena de culpas se diluirá en el tiempo.

Por otro lado, algunos han pedido la cabeza de la actual ministra de educación. Otros han pedido, además, la de la ministra del gobierno Uribe. Asumamos que las obtengan: ¿con eso ya se soluciona el problema? No es posible que haya alguien que crea que el resultado se debe a que la ministra de turno haga bien o mal su trabajo, que es político, en Bogotá.

Pero como así se piensa, esto refleja un problema más profundo que, además, afecta casi todos los debates sobre asuntos públicos en el país. Éste tiene que ver con que se presume que el desempeño de la sociedad (en su economía, en su ética, en los servicios que se proveen o, claro está, en la calidad de su educación) resulta de la planeación, coordinación y diseño que se haga desde el gobierno.

Y esta idea es completamente equivocada. La educación, así como la mayoría de fenómenos sociales, es un sistema complejo, producto de la interacción entre los individuos, su capacidad de organización y la estructura de incentivos – formales e informales – existentes.

El no reconocer lo anterior lleva a una simplificación exagerada de las cuestiones a debatir que, paradójicamente, resultan en la complejidad excesiva de su verdadera naturaleza. Ejemplos de esto último son los enfoques que se le han dado a la cuestión de los malos resultados y que se han concentrado únicamente en pensar que la solución será el incremento de la financiación estatal a la educación pública o, como he visto en redes sociales, al cambio del modelo “neoliberal” que supuestamente existe en el país.

Me explico. En Colombia (como en otros países) no aceptamos que el sistema educativo sea resultado de muchos factores que no podemos controlar de manera directa, sino que resulta de la interacción entre miles y miles de individuos. Así, los problemas del sistema educativo que tenemos son resultado de miles de estudiantes, de sus familias, de los profesores, del entorno en el que se encuentran, de los valores que ellos tienen, de sus prioridades, de sus planes, entre muchos otros factores. A su vez, todo lo anterior tiene relación directa con el entorno social que condiciona esos planes, los modelos mentales que se crean y de las necesidades que tienen percepciones específicas sobre cómo puede ser alcanzadas o satisfechas.

Por lo anterior, la única forma de mejorar el sistema educativo existente es a través de su mayor descentralización. Dicho de otra manera, a través de su liberalización. En la recepción que esta simple afirmación tiene demuestra que no se pueden concebir soluciones aparentemente simples. Preferimos grandes planes, con miles de metas, que deban ser ejecutados por pesados ministerios para tener a quién culpar por nuestra incapacidad de lograr nuestros propios objetivos.

Como lo que acabo de afirmar es considerado casi un sacrilegio en diferentes ámbitos y como un despropósito o una propuesta ignorante, en otros, se debe profundizar en ella. Proponer que la solución al problema de la educación solo se logra a través de su liberalización no es bien recibido por las mayorías.

Sin embargo, es la única solución, además de lo dicho, por la naturaleza misma del servicio del que estamos hablando. La educación no es un bien público, aunque sea algo deseable. No es un bien público porque no cumple sus características (no es rival ni excluyente). Por lo tanto, la mejor forma de su provisión es a través del mercado. Es más, ésta es la única forma de mejorar su calidad.

Pero esto es impensable, irrealizable. Nadie va a proponer, mucho menos aceptar, que el Estado deje de intervenir en un sector que se considera estratégico. Con esta realidad, es necesario, sin embargo, introducir el componente de competencia en el sistema educativo. Un sistema de vouchers como el propuesto desde hace décadas por Milton Friedman es la mejor solución, demostrada por diferentes sistemas educativos en el mundo.

Para lo demás, lamento decirles que no existe mayor cosa para hacer. Como demostró F.A. Hayek hace muchos años, los sistemas sociales complejos no pueden ser alterados ni diseñados para alcanzar fines previamente definidos porque no tenemos, como humanos, la capacidad para hacerlo. Sobre lo demás, trataré de volver en próximos comentarios adicionales semanales. Estoy leyendo juiciosamente los volúmenes del informe PISA y mirando la base de datos que proveen para contrastar lo mucho que se ha dicho hasta el momento con lo que se propone.

Por lo pronto, ojalá la próxima semana a Álvaro Uribe no se le ocurra decir otra bobada más, ni que Juan Manuel Santos decida salir haciendo otra payasada o que las FARC hagan otra de sus absurdas propuestas porque podríamos perder lo poco que hemos avanzado en un debate que sí es importante para el país y del cual, ojalá, salgan resultados reales y no contentarnos con una renuncia más de una ministra a la que seguramente le hubiera ido muy mal en PISA, así como a los senadores que tanto le exigen.

COMENTARIO ADICIONAL. De lo que he avanzado, ¿sabían que el país sí mejoró en su desempeño en todas las áreas? Mejoramos el promedio en matemáticas en 1,1 puntos, el de lectura en 3,0 y el de ciencias en 1,8. Así que el problema es que los demás países de la prueba están haciendo las cosas mejor que nosotros.

COMENTARIO ADICIONAL II. Otro hallazgo: ¿sabían que Colombia es uno de los países que mejor paga a sus profesores, como porcentaje del PIB, de la muestra?

COMENTARIO ADICIONAL III. Trataré de sistematizar toda la información y publicar, cuando la tenga, varios comentarios sobre ello.

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Una sociedad de políticos

Esta semana estuvo movida en materia electoral.

Del lado del Uribe Centro Democrático (¡!) se profundizó su carácter personalista y autoritario con el tema de la convención. Francisco Santos hizo gala de una de las razones por las que no puede ser presidente de Colombia: su pusilanimidad. Toda la semana estuvo tratando de conquistar al Mesías del supuesto partido para que lo eligiera. Óscar Iván Zuluaga, mientras tanto, hizo todos los torcidos posibles para ser el seleccionado.

También aparecieron los de siempre. Ya suenan cantantes, actores y deportistas para formar parte de algunas listas.

Dentro de esta categoría, hay un personaje bien interesante. Éste es Antanas Mockus. No se puede entender cómo una persona que participa en cada elección posible desde hace más de una década siga siendo visto como ajeno a la política.

Pero no solo eso. Ha hecho sentir su nombre hablando en contra de la politiquería (como Álvaro Uribe también lo hizo) siendo que es igual de politiquero a los demás: los errores que ha cometido han sido por su vanidad personal; engaña a quien se le ponga en su camino; renuncia a lo que sea para alcanzar un puesto superior; entre otras.

Algo sí se le debe reconocer: sabe cómo llegarle a la gente. Siempre que intenta reencaucharse adopta el tema que esté vigente. Ahora le dio por ser el guardián de un acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC.

Lo de siempre, les decía.

Otra categoría es la conformada por los que “no lo superan”. Acá está Vivian Morales. Nunca ha sido exitosa en ninguna de sus facetas en la vida pública. En la más reciente, no hay que olvidarlo, salió de la Fiscalía no solo por vicios de forma en su elección, sino por una presión generalizada quela cuestionó, no por sus amistades o alianzas políticas (como la que tiene con Ernesto Samper), sino por su matrimonio con uno de los personajes más oscuros de la política colombiana.

Bueno. Pues ella no supera sus fracasos. Ahora, reveló a comienzos de la semana, está pensando presentar su candidatura a nombre de un movimiento cristiano 

. Hablo de ella, no porque haya peligro (¿posibilidad?) que llegue a la Presidencia. Hablo de ella porque este caso refleja un problema de formación de estos “profesionales” de la política: la señora Morales no puede pensar en ser presidenta de un país para representar solo a un grupo. El presidente, en teoría, representa a – y está al servicio de – todos los colombianos.

Una categoría que, aunque no es nueva, merece tener una mención especial es la de los “salvadores”. No me refiero al que se presentó como tal en 2002. Hablo de los personajes que adquieren relevancia pública por su conocimiento, por su rigurosidad, por su trayectoria académica y que, aprovechándose de ello, deciden saltar a la arena política.

En el pasado hemos tenido muchos ejemplos: el mismo Antanas Mockus, Sergio Fajardo y, en menor medida, Alfredo Rangel. Ahora, aunque no lo haya confirmado, puede ser el caso de Claudia López.

Estos personajes tienen tres problemas en su conversión. Primero, asumen que por su conocimiento y trayectoria son dueños de la verdad. Segundo, critican a la “clase política” pero actúan igual que ella: son presos de sus vanidades personales y de su arrogancia. Tercero, lo que es más grave, al dar el salto de la academia a la política, pierden su autoridad y resultan siendo más de lo mismo.

Mucho más podría decirse sobre las categorías mencionadas o sobre los efectos que ha tenido cada una en el país.

Pero, ¿qué tienen en común todos estos personajes? Creo que todos ellos reflejan una de las características de nuestro proceso de formación como nación. En Colombia, el reconocimiento, el éxito profesional y la seguridad económica se conciben como resultado de los cargos que, en el Estado, se hayan ocupado.

Pareciera que las demás actividades en el país son la plataforma de lanzamiento para ejercer la única que se considera digna: la política.

Las personas prefieren ser funcionarios públicos a ser empresarios, científicos, investigadores sociales o académicos. Muchas veces se ha hablado de la puerta giratoria. Aquéllos empresarios que se convierten en ministros, candidatos o burócratas. Se ha señalado que esta realidad afecta el funcionamiento del Estado y que promueve la captura del mismo por unos intereses particulares.

Pues bien, lo mismo sucede en las demás expresiones de la puerta giratoria. No hay nada de diferente. Los colombianos tenemos que darnos cuenta, algún día, que hacer algo por el país no implica necesariamente estar en el Congreso o en el Palacio de Nariño. Hacer algo por el país es igual a luchar, cada uno, por su bienestar y su éxito profesional e individual en cualquiera de las actividades existentes.

Es más, podría afirmar que hacer algo por el país requiere que los más rigurosos y capacitados se decidan por actividades diferentes a la política y por sectores diferentes al Estado. Mejorar la política, como ya lo he dicho, no se logra al todos convertirnos en políticos, sino al reducir los incentivos para los comportamiento desviados. Esto, a su vez, solo se logra si limitamos la capacidad de acción del Estado.  

COMENTARIO ADICIONAL. Muy bien por la decisión que tomó esta semana la Corte sobre el tema del fuero militar. Sin embargo, hubiera sido mejor que ésta se hubiera tomado por defender los derechos individuales y no por cuestiones de forma. Pero eso es mucho pedir, ¿no?

COMENTARIO ADICIONAL II. La supuesta representación de los estudiantes en el país, la MANE, demostró esta semana, con sus equivocaciones y vanidades, que en el futuro político, habrá muchos “salvadores” más, sin contar con el conocimiento, la rigurosidad y la trayectoria de los mencionados. Mucha preparación política en las calles y poca atención (¿presencia?) en las clases.

COMENTARIO ADICIONAL III. No he querido escribir sobre el proceso de paz con las FARC porque considero que, a pesar de todas las críticas en contra, podría ser una oportunidad para el país. Pero ésta cada vez se desvanece más. Sostener, como quieren algunos, una negociación sin ningún límite, en la que la sociedad trata de convencer desesperadamente a los dirigentes de la guerrilla de incorporarse a la vida civil es una gran equivocación. Una negociación en la que una parte cede en todo lleva a un mal acuerdo que, tarde o temprano, será incumplido. Así tampoco habrá paz.

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Ante la enfermedad, más enfermedad

Definitivamente en Colombia nunca faltan las noticias. Esta semana la atención se la llevó el desastre del conjunto de apartamentos Space de Medellín.

No tengo idea alguna sobre arquitectura, tierras ni crecimiento urbano. Pero sí quiero llamar la atención sobre un aspecto a propósito de este caso. Aunque no es el único.

La caída de estos edificios, así como la mayoría de hechos que suceden en el país, demuestran que el sector público es el único en el cual perder y cometer errores no solo no le cuesta a quien los comete, sino que existen incentivos para ello. Este sistema perverso, además, parece ser más potente en el caso de Colombia.

Me explico. Además de la aparición de cientos de expertos en temas arquitectónicos, de ingeniería, de tierras y de planeación urbana, esta semana lo que más escuché fue la necesidad de un fortalecimiento de la regulación para la aprobación de nuevas construcciones, no solo en Medellín sino en toda Colombia.

Es decir, aún no se sabe qué pasó con esos edificios, pero todos los analistas concuerdan en que nunca hubiera pasado, si una mayor regulación, una más estricta, existiera en el país. Ninguno de esos analistas se pregunta cómo mejorar una regulación que ya existe y que ha demostrado ser inefectiva y de muy difícil mejoramiento.

¿Cómo garantizar que los curadores urbanos, por ejemplo, no aprueben proyectos de construcción donde no deben? Si se les baja los salarios, se incentiva la corrupción. Si se les paga por proyecto negado, en lugar de por lo aprobados, se desincentiva la construcción en ciudades en crecimiento y en un país en desarrollo. Si se crea un organismo de control, ya tenemos superintendencias, contralorías y procuradurías que demuestran la inutilidad de los mismos.

Ahora, si el problema es la planeación urbana, los famosos POT, algo olvidan los analistas. Los anteriores POT también fueron implementados por mandatarios como los que tenemos en la actualidad. ¿Cómo se puede garantizar que los actuales sí van a funcionar y no que no van a fallar como supuestamente fallaron los anteriores?

Y fíjense que esto sucede frente a esta desgracia. Pero si observan las noticias que a diario se muestran en nuestro país, se darán cuenta que en todos los casos la conclusión de los analistas, de los medios y del ciudadano en general es la misma: necesitamos más regulación, una más fuerte. No sé pero pareciera una estrategia que hemos adoptado para externalizar las culpas. No sé.

Muy bien, sigo explicando. Decía que el sector público es el único en donde perder y cometer errores no solo no le cuesta a quien los comete, sino que existen incentivos para ello.

El curador que aprobó el proyecto del Space está siendo criticado. Sin embargo, debido a que existe un consenso sobre la necesidad de fortalecer la regulación urbana, se está hablando de la creación de una superintendencia de construcción o de un fortalecimiento de las curadurías. Es decir, si usted no cumple con sus funciones, el siguiente año le subirán el presupuesto y se hará patente la necesidad de darle más poderes, funciones y funcionarios. Hasta acá los incentivos.

No le cuesta a nadie porque, a pesar de las críticas, el curador no tendrá que asumir su error a menos que se le logre demostrar haber aceptado recursos, no como pago de sus honorarios, sino como soborno. Y eso es complicado. Pero, además, todos se han lavado las manos: nadie es culpable ahora de la aprobación del proyecto y de su construcción. Ni la Alcaldía, ni los secretarios encargados del tema, ni el curador mismo. Nadie.

Lo anterior no sucede solo en el caso de la construcción. Tomen cualquier noticia en la que el consenso sea la necesidad de más regulación y se darán cuenta que el problema se originó precisamente por los errores cometidos por los reguladores. ¿Ven? Cometen errores, todos se lavan las manos y el castigo es más recursos y más funciones.

Termino de explicar. Decía que este sistema perverso parece ser más potente en Colombia. Lo digo porque si a lo anterior le sumamos la existencia, casi siempre, de la corrupción, quiere decir que los incentivos perversos para la comisión de errores y la elusión de la responsabilidad son más graves.

Las críticas que se le hacen al curador consisten, en parte, a que éste poseía un apartamento en el proyecto que él mismo aprobó. Como dije es muy difícil comprobar la existencia de un soborno en este caso, pero por lo menos es clara la de intereses que hubieran impedido tomar la decisión.

Con más regulación, deberían saberlo los analistas, no solo se estimula la irresponsabilidad y los errores sino que se abren más posibilidad para la profundización de la corrupción. Y las dificultades para comprobarla…y, claro está, para castigarla.

A pesar de todo lo anterior, en Colombia existe una creencia, consolidada, sobre la maldad de todo lo que huela a privado y la superioridad de todo lo estatal. Para todo lo que pase, la culpa siempre será de los privados y, por lo tanto, una mayor regulación será siempre la solución. Como los errores de esta mayor regulación se verán solo en el futuro, la responsabilidad actual se diluye en el tiempo y cuando esos errores sean evidentes, una mayor regulación se considerará necesaria.

La enfermedad se cura con mayor enfermedad. En Colombia, no permitimos siquiera que sean las medicinas peores que la enfermedad. Y, mientras tanto, seguiremos, cada semana, presenciando noticias, en muchos casos atroces, que nos indignarán y que buscaremos solucionar acudiendo a un papá Estado que solo tiene incentivos para hacer las cosas mal.

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Aumenta la ¿indignación?

Esta semana asistí a una conferencia –homenaje a James Buchanan, el fundador de la escuela de la elección pública (public choice) y recipiente del premio Nobel de economía en 1986.

Muchos aportes ha hecho esta corriente de pensamiento económico para la comprensión de las amenazas a la libertad generadas por la extensión ilimitada de las funciones estatales. Dentro de ellos, uno de sus principios, por su simpleza, es esencial: el abuso de poder no es una cuestión ética, sino que responde a la naturaleza del ser humano y a la necesidad de avanzar sus intereses individuales.

Lo anterior tiene varias implicaciones. Primero, que los funcionarios públicos son seres humanos como cualquier otro, no ángeles. Segundo, en consecuencia, que éstos tenderán a actuar como cualquier otro: no pretenden alcanzar ningún bien general, sino satisfacer sus intereses egoístas. Tercero, que la acción estatal, al pretender buscar el bienestar social, debe estar limitada en sus funciones, recursos, herramientas y acciones. Cuarto, que todo lo anterior no debe ser una discusión ética, sino política y, principalmente, económica.

Las discusiones que se han presentado esta semana en Colombia son un caso de estudio interesante para demostrar la pertinencia de las enseñanzas de Buchanan.

Sin embargo, el abordaje de éstas no se ha hecho a partir de la visión de la escuela de la elección pública, sino como una cuestión del deber ser. Esto es, como una cuestión ética. Tal vez por esta razón es que los asuntos que generaron polémica en el país durante los días pasados no han sido discutidos por primera vez sino que se han convertido en costumbre: son asuntos que se debaten de manera cíclica, hasta el hartazgo.

De todos los asuntos, menciono cuatro. Esta semana generó indignación la prima con la que el gobierno nacional busca mantener su coalición en el Congreso. Además, se descubrió la financiación que algunas EPS han hecho de campañas para el legislativo. En el mismo sentido, fue objeto de intenso debate el activismo financiero, por llamarlo de alguna manera, del gobierno de Juan Manuel Santos: del promotor de la prosperidad democrática este gobierno pasó a convertirse, en cuestión de meses, en el repartidor de recursos a grupos de presión y a comprar la lealtad de los políticos en el país. Por último, ha llamado la atención el papel que están jugando los representantes de las entidades de control (la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría), quienes se han concentrado en disputas personales, en lugar de cumplir con sus – muchas y poco definidas – funciones.

Lo dicho. Los anteriores no son temas nuevos: ¿cuántas veces se ha intentado controlar la financiación de campañas políticas en el país? ¿Cuántas veces se han denunciado los incrementos exagerados en los salarios percibidos por congresistas o magistrados? ¿Cuántas veces se ha denunciado la repartija de puestos y de recursos que hacen los gobiernos para comprar gobernabilidad? ¿Cuántas molestias han generado los representantes de las diferentes ramas del poder público por defender sus intereses personales?

Ésta, como las anteriores veces, la indignación se convierte en una discusión sobre la ética de nuestros gobernantes. Es cierto, estoy de acuerdo, nuestra clase política se caracteriza por su descaro en la mala administración de la cosa pública. Sin embargo, las preguntas que habría que plantearse son, primero, si es posible renovar del todo esta corrupta clase política y, segundo, si al hacerlo las cosas mejorarían.

Sobre lo primero, no hay que olvidar que, aunque no muchos, en Colombia han llegado al poder personajes cuya bandera ha sido el servicio público y la lucha contra la corrupción. Además, muchos de ellos han sido ajenos a la clase dirigente “de siempre”. Lo interesante es que, en todos los casos, o se han convertido en ejemplos de aquellos fenómenos que denunciaban o fracasaron en el intento.

De los primeros, se pueden mencionar los ejemplos de Apolinar Salcedo, Campo Elías Terán o, incluso, de Álvaro Uribe Vélez (el de 2001). Los tres llegaron al poder denunciando la corrupción. Los tres son hoy recordados por la corrupción en sus administraciones.

En el segundo caso está el ejemplo de Antanas Mockus. Sé que en los últimos días ha surgido un movimiento espontáneo que intenta rescatar la importancia de este personaje. Sin embargo, no se debe olvidar que, aunque no se lo pueda acusar de corrupto, sí fracasó en el intento de limpiar la política. Y también, no lo deben olvidar sus seguidores, ha cometido sus principales errores por vanidades personales. Por perseguir sus intereses egoístas.

¿La alternativa? ¿Nombrar a alguien completamente externo a la política? ¿No es eso también peligroso? ¿Nombrar a un desconocido? ¿No es eso imposible?

Sobre lo segundo, hay que tener mucho cuidado con lo que se espera. Si algo puede enseñar la historia es que aquellos personajes que se presentan a sí mismo como ángeles, como superiores, como incorruptibles, no solo mienten, sino que resultan siendo peores que los políticos del común. Las peores atrocidades de la historia del siglo XX, por lo menos, las llevaron a cabo personajes con esas características.

Ahora bien, si tal personaje pudiera existir, si Colombia fuera una tierra tan bendecida que lograra tener a un dirigente sin las pasiones humanas, a un verdadero ángel, a un ser que solo pensara en el bien común, no en sus intereses, ¿cuánto tiempo se debe esperar para tenerlo? ¿No se agravarán aún más los problemas mientras tal personaje llega al poder?

Todo lo anterior para decir dos cosas. Es un poco agotador que cada ciertos meses nos metamos, como sociedad, en las mismas discusiones sobre los mismos fenómenos y que nos rasguemos las vestiduras con los mismos diagnósticos equivocados.

Hasta que no comprendamos que la política es lo que tenemos y que quienes son elegidos son seres humanos como los demás. Hasta que no aceptemos que la única opción es la consolidación de una Estado limitado, con unas funciones muy específicas y simples. Hasta que no reconozcamos que la única opción es la extensión de la libertad.  Hasta ese momento, seguiremos indignándonos porque los políticos avanzan sus intereses con los recursos y herramientas que, como sociedad, les hemos facilitado. Es más, no deberíamos quejarnos porque ellos hacen lo que hacen con los recursos y herramientas que, paradójicamente, nosotros mismos les hemos exigido que tomen y creen. 

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Pasiones

La política colombiana sería un caso de estudio muy interesante para aplicar el concepto de dependencia del sendero: las consecuencias no anticipadas (secuencias reactivas) y los procesos cíclicos quedarían perfectos.

Y no hablo, no solamente, de la “alta política”. No se trata de cuestionar cómo un gobierno que llegó al poder generando tantas expectativas, tres años después tenga tantas dificultades.

Tampoco hablo, no solamente, de los asuntos políticos. ¿Algo más cíclico que los escándalos de corrupción, la captura del Estado, las leguleyadas en el manejo del Estado o la ineptitud de los elegidos?

Ni hablo, no solamente, de los “políticos”. ¿No es el fracaso de Santos una consecuencia no anticipada del gobierno Uribe y éste, a su vez, del de Pastrana y así sucesivamente? ¿Casi todas las décadas, por lo menos desde los años 60, no tienen un gobierno de esperanza, que fracasa, otro podrido por la corrupción y uno más que parece hacer mucho, sin hacerlo? (Adivinen cuál gobierno, larguísimo, hizo por los tres).   

Sin embargo, no hablo de todo eso. Hoy quiero referirme a la política cotidiana, a la que hacen los ciudadanos mismos y a la forma como la hacen.

En Colombia, la política se “vive”. Así como en algunos países puede vivirse el fútbol. En otros, el dinero o el éxito. En este país, lo que genera pasión es la política. Nuestras conversaciones “banales” incluyen, en general, algún tema político. Así las personas no tengan idea de lo que están hablando, la política apasiona.

Esto no pasaría de ser una característica más del país, sino fuera porque, de manera no anticipada por nadie, de tiempo en tiempo, esa pasión genera niveles de polarización tales que se puede pasar a la violencia física.

Lo anterior, me parece, se está manifestando cada vez más. Y, repito, no estoy hablando solo de “los políticos”, sino de los ciudadanos.

Hoy la política es sinónimo de odio. No encuentro debates sobre las ideas. La descalificación del contrario se hace, no por sus planteamientos, creencias o propuestas, sino por “lo que es”.

Y esto sí que es delicado. Es tradición que a todos los izquierdistas se les acuse de guerrilleros. Ahora, todos los uribistas son paramilitares, asesinos. Así no puede haber lugar al debate: a nadie le interesa.

Los argumentos que se utilizan en esta oleada de odio solo lo incrementan. La familia o el pasado familiar de los contendientes es uno de los preferidos. Si éste no funciona, lo siguiente es utilizar la justicia: todos deben ser llevados a los estrados judiciales.

Se está configurando una visión del “nosotros” frente al “ustedes”. Los primeros siendo los dueños de la virtud y de la verdad, acosados por el contexto, frente a los segundos, los demonios del país. No hay debate; hay caricaturas.

Algo curioso es que los bandos se colectivizan, mientras que las gestiones se personalizan. No es el gobierno; es Juan Manuel Santos (otro demonio).

No existe la posibilidad que el contrincante esté mal en su opinión. No. El contrario es malo. Solo quiere destruir, acabar, asesinar.

¿La consecuencia de todo esto? Dos procesos se están gestando. Estos han sido comunes a las peores atrocidades de la historia de la humanidad, incluido el recordado genocidio de Ruanda de 1994…y, sí, la denominada Gran Violencia de Colombia.  

Por un lado, un proceso de desindividualización. Como decía, usted no puede ser usted, sino tiene que ser algún “ustedes”. No existen individuos, sino bandos que, disfrazados de grupos políticos, no pueden tener nada en común con los contrarios.

¿Por qué? Por el segundo fenómeno: la deshumanización. Siempre se puede debatir con un ser humano, pero nunca con un monstruo. En Ruanda, se utilizaron las imágenes de animales para deshumanizar (cucarachas, culebras). En Colombia, se deshumanizan llamándolos delincuentes. O, debido a los traumas que nos han generado, la deshumanización se logra cuando son “guerrilleros” o “paramilitares”, o “narcotraficantes”.

Lo peor es que, como dije al principio, esto no solo es culpa del odio entre el senador Cepeda y el – futuro – senador Uribe. Las redes sociales, los comentarios que hacen personas del común…y los intelectuales también son culpables.

¡Los “intelectuales”!: hoy escriben con odio y en un futuro, no muy lejano, si la cosa sigue degenerándose, se lavarán las manos, culpando a la “cultura” y a la “ignorancia” por las atrocidades.

Antes he hablado sobre la importancia de los debates, de la argumentación. Eso sí que hace falta.

También, la sanción moral. No creo que culpar a un político de delincuente o de asesino, sea odiar. Menos en Colombia. Pero sí creo que esto no puede ser la base del debate. ¿Cree que algún candidato es delincuente? No vote por él.

Pero para sancionar moralmente, los ciudadanos ahí sí no están listos: miren los casos de Ernesto Samper o de Horacio Serpa.

La sanción moral, al ser moral, no puede ser impuesta por el Estado ni de obligatorio cumplimiento. Depende de la flexibilidad que tienen los ciudadanos frente al cumplimiento de las normas. Por ello, cada individuo tiene mucho para hacer en este punto.

Para demostrar culpabilidades está la justicia, no las redes sociales o los medios de comunicación. Pero, actualmente, todos los bandos acuden a la justicia para descalificar al contrario y, cuando les toca su turno, la descalifican, aduciendo “persecución”. ¿Cómo quejarse de la politización de la justicia?

Lo más importante, sin embargo, es que la sociedad colombiana, a partir del debate constante, se dé cuenta, de una vez por todas, que la discusión política es interesante, apasionante, incluso. Pero no puede plantearse como el centro de la vida.

Los odios entre candidatos también son estrategias políticas, como demuestran los coqueteos entre Progresistas y el Partido Verde o el frente común entre el uribismo  y el Polo Democrático para oponerse el gobierno actual.

Es necesario que los ciudadanos colombianos reconozcan que los únicos dueños de sus decisiones y de su destino son ellos mismos y no quien ocupe la Casa de Nariño. La libertad, y su defensa, es el mejor remedio para superar esta dependencia del sendero que, en el caso de la política, solo ha generado violencia y odio en nuestro país.

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Remedios y otros excesos

Los excesos en los que incurren las fuerzas del orden colombianas para supuestamente cumplir con su deber se están convirtiendo en noticia de todos los días. El caso más reciente fue el del domingo pasado en un club nocturno (amanecedero) en el sur de Bogotá.

Antes de éste, fueron los excesos del ESMAD en los días del reciente paro o los relacionados con las movilizaciones en la región del Catatumbo o los denominados falsos positivos del Ejército…y las miles de historias que, seguramente, tienen lugar cada día en diferentes partes del país.

Frente a los hechos del domingo, parte de la sociedad colombiana vuelve a reaccionar, alarmada. La otra parte, seguramente, justifica los hechos o no les da importancia.

Seguramente, en los próximos días, volverán los de siempre a plantear los debates de siempre. Los defensores de derechos humanos afirmarán que eso no se debe hacer y pedirán, posiblemente, que Naciones Unidas, una ONG internacional o cualquier gobierno extranjero denuncie lo que está sucediendo.

Las agrupaciones de izquierda, por su parte, aprovecharán la coyuntura para captar más votos con el supuesto interés que tienen en la protección de los derechos individuales que tanto desprecian en los demás ámbitos.

Los representantes de derecha asegurarán que los hechos no son ciertos o que, si lo fueron, fue en reacción a la comisión de delitos por parte de quiénes se encontraban infringiendo las regulaciones locales. Nos recordarán que los policías, así como los militares, son héroes a los que les debemos admiración. Concluirán que cualquier exceso es ínfimo frente al objetivo último de la existencia de estas fuerzas: una supuesta seguridad.

Y después, seguramente, nada. Ya se han anunciado algunos suspendidos y las investigaciones de siempre.

Mientras, el gobierno de turno disminuye la gravedad de los acontecimientos con la famosa consigna de “son unas manzanas podridas”. El problema es que pareciera ser que esas manzanas no son ni pocas ni incapaces de expandir su daño en las instituciones para las que trabajan.

¿Qué ha sucedido con las fuerzas de seguridad en Colombia? Los excesos que tanto se ven deben ser analizados por la amenaza que plantean a la libertad y al disfrute de los derechos por parte de los civiles.

No se trata de afirmar que estas fuerzas sean innecesarias o, como algunos pueden pensar, que deba culpárseles de todos los males del país o de los resultados negativos de las movilizaciones y protestas que tienen lugar. Es innegable que los muchos de los civiles aprovechan estas situaciones para cometer crímenes…y deben ser castigados en consecuencia. Es decir, con proporcionalidad a lo que han hecho.

Con esta aclaración, encuentro cuatro razones que explican los excesos que se están convirtiendo en la norma. Primero, la tensión entre libertad y seguridad se resuelve teniendo de presente que el aparato de seguridad del Estado está subordinado, siempre, al poder civil. A pesar de este principio, esta tensión se olvida a menudo, incluso, en las sociedades más democráticas y liberales del mundo, como Estados Unidos. En Colombia, sí que se ha olvidado. Creo que esto se explica en el papel que ha tenido el tema del conflicto armado en el país.   

Segundo, este último punto ha generado uno de los fenómenos más perversos para la limitación de la acción estatal. Éste consiste en la militarización de la policía y en el despliegue de las fuerzas militares al interior del país. Este tema es muy amplio y complejo. Lo que se debe resaltar es que lo mencionado ha llevado a que la policía adopte las lógicas de amigo/enemigo propias de las Fuerzas Militares y que esta visión se aplique a los mismos individuos que, en principio, se debía proteger.

Los dos anteriores puntos, más visibles, se deben a una suerte de paranoia nacional permanente. En Colombia existe una obsesión con los temas de seguridad. Algunos teóricos, para el caso de la política exterior, han denominado esto securitización. Lo preocupante es que ésta se ha presentado en todas las dimensiones. Cómo será la cosa que la jerga utilizada para tratar los temas económicos tiene que es propia del sector de seguridad.

La última razón tiene que ver con algo que he mencionado en otros comentarios. En Colombia existe una excesiva permisividad para la acción estatal. Es más, como han demostrado los eventos más recientes, no solo existe permisividad, sino que la sociedad exige, demanda que el Estado restrinja la libertad de los individuos en diferentes ámbitos. Esto abre la puerta para que se cometan todo tipo de excesos.

Así no lo deseen, aquellos que piden tanto la intervención del Estado en la economía para garantizar unos precios “justos” o para que ningún sector pierda en el comercio, están abriendo la posibilidad a que se cometan los excesos que, después, tanto critican.

A pesar de lo anterior, y de que los excesos son evidentes, las soluciones que se comienzan a ventilar resultan insultantes, por decir lo menos. En lugar de explorar formas de reducir los abusos cometidos por el Estado; esto es, de limitarlo, lo que se discute es cómo prohibir, regular y limitar más a los establecimientos que no cumplen los horarios impuestos por el Estado o cómo criminalizar la protesta. Es decir, el resultado de las violaciones cometidas por agentes del Estado en los derechos individuales se resuelve limitando más a los individuos y no al Estado.

Si a esto se le suman la creciente intervención en la economía y las regulaciones en casi todas las dimensiones, las amenazas a la libertad en Colombia ya no son evidentes, sino preocupantes. Y a nadie parece importarle.

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Cuidado con lo que deseamos…

Como resultado inmediato de su criticada gestión frente al paro nacional, el gobierno de Juan Manuel Santos fue duramente golpeado en su popularidad esta semana, como demuestran las encuestas.

No pienso defender a un gobierno que es, como casi todos, indefendible. He mencionado en comentarios anteriores que el actual presidente de Colombia ha cometido gran parte de los errores que le cobran hoy las mayorías debido a su obsesión, no de implementar un modelo de país, sino de pasar a la historia. Su único interés, de carácter personal, ha sido más importante que aprender la difícil tarea de gobernar…y asumir los costos asociados con ella.

Pasar a la historia, para Juan Manuel Santos, consistía en plantear proyectos que sonaban muy bien y que, en teoría, serían implementados en un ambiente de armonía y consenso. Infortunadamente, así no funciona la realidad política, mucho menos en un país como Colombia.

En consecuencia, su estrategia de buscar tener a todos los sectores “contentos” lo ha llevado, desde hace tiempo, a presentar problemas de liderazgo; a manejar de manera errática situaciones específicas; a equivocarse en su comunicación con los ciudadanos; a no saber explicar que algunos problemas son heredados y no creados por él (caso Nicaragua o actual situación social). En últimas, ha llevado a que el gobierno se presente como aislado y acorralado, no solo frente a la ciudadanía, sino frente a su entorno político.

Su figura se ha convertido en sinónimo de ineptitud, de arrogancia, de traición o de engaño, según sea la posición desde donde se mire.

Por lo anterior, cada vez es más probable que Juan Manuel Santos no sea reelegido. En esta eventualidad, ¿qué opciones existen?

Por un lado, está el uribismo. Cada vez más cuestionado por su relación con los grupos paramilitares. Cada vez más estatista y, por lo tanto, menos defensor de las libertades individuales. Cada vez menos comprometido con la libertad económica. Cada vez más cerca de convertirse en el destructor de la institucionalidad colombiana. Cada vez más parecido a una secta religiosa en la que Álvaro Uribe Vélez ha sido convertido en un dios del cual depende el futuro del país.

Por el otro, está la izquierda del Polo Democrático Alternativo, de Marcha Patriótica, de Colombianos y Colombianas por la paz (así éste y muchos otros se muestren como grupos sin ninguna pretensión política). Acá existe una gran consistencia programática. Una coherencia histórica en sus planteamientos. Carisma – y retórica – apreciable de algunos de sus líderes. El único problema es que sus propuestas, en caso de ser implementadas, destinarían a Colombia a la pobreza, al subdesarrollo y, paradójicamente como sus archi-enemigos políticos, los uribistas, a la destrucción de la institucionalidad.

En el intermedio, esta semana se impulsó el nombre de Antonio Navarro como una alternativa adecuada. Alternativa en cuanto a nombre, porque según sus planteamientos, estaríamos más cerca de una visión como la propuesta por el sector de la izquierda que he mencionado. Este personaje es respetado y demostró, o eso dicen muchos, una buena gestión como gobernador de Nariño. No obstante, ser gobernador no es igual a ser presidente. Así como en Bogotá se demostró que ser congresista no es igual a ser alcalde.

Como he dicho de manera insistente en anteriores comentarios, los individuos toman sus propias decisiones que afectan sus vidas en todas las dimensiones. Una de ellas es el ámbito social, el público.

Los ciudadanos colombianos están hoy, muy felices, con la caída en las encuestas de Juan Manuel Santos. Sin embargo, no reconocen su responsabilidad en el hecho que esta persona esté en el cargo en el que está como resultado de la decisión que millones de ellos tomaron hace un poco más de tres años.

Hoy muchos quisieran cambiar el nombre de quién está en el poder. Algunos quisieran que regresara a quien consideran como un dios o, en caso de no poderse, mientras tanto, que fuera elegida una marioneta que actúe en su nombre, como esperaban que lo hiciera el mismo Santos.

Otros quisieran que el elegido fuera un representante de la izquierda radical, con su discurso disfrazado de preocupación por lo social y su creencia en que es el Estado el que debe tomar todas las decisiones en lugar de los ciudadanos. 

De pronto otros quisieran que fuera una supuesta alternativa que, seguramente, fracasará como lo hacen, en general, aquellos que se consideran como tales.

Es comprensible el malestar social en Colombia. Sin embargo, éste seguirá existiendo hasta tanto los ciudadanos no reconozcamos que los únicos que podemos mejorar o empeorar nuestras vidas somos nosotros mismos. Por ahora, valdría la pena reconocer que el panorama que describo es resultado de las malas decisiones que hemos tomado de manera sistemática. No podemos seguir esperando que algún elegido, por sí mismo, construya el país ideal. Ojalá, mientras tanto, la encrucijada en la que nos encontramos hacia futuro no genere un daño del cual sea más difícil salir.

Cuidado con lo que deseamos, porque de pronto se cumple.  

COMENTARIO ADICIONAL. No importa el pésimo gobierno de Gustavo Petro en Bogotá: ahora fue premiado como ejemplo en el mundo de liderazgo frente al cambio climático. Interesante que el premio es resultado del sistema de transporte impulsado por Transmilenio, sistema que ha sido criticado por los ciudadanos y que fue considerado por el mismo Petro como inútil, pasado de moda y un sistema que tenía que remplazarse.

COMENTARIO ADICIONAL II. Y lo que se ha resuelto del paro se ha hecho con más Estado y repartiendo más recursos. ¿Alcanzará para todos? ¿Alcanzará para los que vengan?

COMENTARIO ADICIONAL III. La inminente decisión de intervenir en Siria dará mucho de qué hablar en las próximas semanas. Por ahora, podemos ver cómo los líderes estadounidenses siguen cometiendo errores en la política exterior. Además, Barack Obama es el ejemplo perfecto por el que es mejor no creer tanto en los líderes que se presentan como alternativas cuyo único interés es hacer del mundo un lugar mejor. Esta visión, las más de las veces, no refleja la bondad de quien las propone, sino una visión arrogante y autoritaria de su papel en el mundo.

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¿Hacia dónde vamos?

Esta semana no podía dejar de lado el tema del paro agrario. Lo que está sucediendo en Colombia me parece que será determinante para el eterno proceso de construcción de sociedad. Por ello no quise dedicar este comentario a un aspecto específico, sino contarles algunas de las reflexiones que he hecho en relación con lo que está pasando.

Quiero comenzar con el papel de la fuerza pública. En particular, con las denuncias de excesos llevados a cabo por el ESMAD. Es cierto que el Estado debe impedir los bloqueos de vías y responder con la fuerza si los uniformados son atacados. También es cierto que la policía debe impedir cualquier tipo de acción que afecte el goce de los derechos de los ciudadanos (vida, propiedad, movilidad, etc.). Sin embargo, lo anterior no implica que el Estado pueda excederse, por ningún motivo, en el tratamiento que le da a los civiles.

No se puede aceptar ni justificar ningún tipo de exceso cometido por las fuerzas del orden. Hacerlo pone en peligro la construcción de una sociedad abierta, libre y la convierte en una policiaca. Las fuerzas del orden están al servicio de los ciudadanos, no en su contra.

A pesar de lo anterior, como lo dije en otro comentario, esos excesos son el resultado de la permisividad, incluso de la demanda, que manifiestan los ciudadanos frente a lo que debe hacer el Estado. Creer que éste solo puede intervenir en acciones que se consideran positivas (acabar con la pobreza, reducir la desigualdad o producir bienes) es engañarse. Si la sociedad permite, exige, del Estado su acción en los ámbitos mencionados, también abre la posibilidad para que éste se exceda en otros, considerados como no tan deseables.

Y es, precisamente, en este aspecto, en el que me parece que la sociedad colombiana está fallando, como el paro en curso lo demuestra.

Desde hace mucho tiempo no veía en las redes sociales ni en los medios de comunicación del país tanto consenso en torno a ideas que son absolutamente, absolutamente equivocadas. La pésima calidad de vida de los campesinos y la baja competitividad de la industria, resulta ahora, son consecuencia de los tratados de libre comercio, en particular el de Estados Unidos (que comenzó hace un año) y el de la Unión Europea (que ni siquiera ha comenzado).

Lo anterior se sustenta, también de manera equivocada, en ideas como que solo debemos importar lo que no producimos; o que un país como Colombia no puede competir con los países ricos; o que esos países hacen este tipo de acuerdos para enviarnos todo los que no les sirve; o que las multinacionales son malas porque se quedan con nuestros recursos y acaban con la competencia nacional.

Decía que frente a lo mencionado se ha creado un desafortunado consenso que, me parece, surge de dos factores. Primero, la falta de debate en el país. En Colombia no se tolera, no se estimula el debate. Por el contrario, cuando éste se plantea, las personas reaccionan con agresividad y resultan descalificando, como persona, al que piensa diferente.

Estoy de acuerdo en que los funcionarios que hemos elegido en el país son de baja calidad y que no hacen bien su tarea. También podemos estar de acuerdo en que los altos dirigentes de las empresas son ambiciosos o egoístas. Pero de ahí a pensar que su única obsesión es acabar con los ciudadanos, matarlos (y no en sentido figurado), es un absurdo.

Falta debate, venía diciendo. ¿En un año se puede culpar a un TLC de la situación del país? ¿Se puede culpar a otro que ni ha comenzado? ¿Alguien ha mirado las cifras, el comportamiento del comercio exterior colombiano en los últimos años? ¿El crecimiento? ¿Los indicadores sociales? ¿Nadie ha generado ganancias con la tímida apertura que hemos hecho? ¿Alguien ha tenido en cuenta las difíciles condiciones de la economía internacional?

Ninguna de estas preguntas se han siquiera intentado responder. Se ha convertido en verdad revelada, en cambio, un documental claramente amañado, producido para TeleSUR, en el que se denuncian unos excesos cometidos por el Estado. No se trata de mostrar lo negativo del acuerdo porque tal cosa no puede demostrarse. De lo que se trata es de apoyarse en teorías de la conspiración para asumir que el TLC es una muestra más de la supuesta perversión de los Estados Unidos y del capitalismo.

Esa falta de debate lleva a un segundo fenómeno que es la falta de reflexión sobre lo que se considera como verdad. ¿Los campesinos colombianos estaban mejor hace dos o tres años, cuando no teníamos TLC? ¿Lo han estado alguna vez en la historia del país? No ha existido reflexión sobre los efectos de las estrategias de apertura comercial en el crecimiento, en la formación de capital humano o en la generación de competencia, factor esencial para la innovación, las mejoras en calidad, ingreso para los más pobres y posibilidad de elección.

Es decir, no se ha reflexionado, mucho menos debatido, sobre los efectos del comercio no solo en los indicadores económicos, sino también en la dignidad de los individuos al darles la posibilidad de elegir por sí mismos, de construir su vida como quieran.

Y es que la dignidad es un atributo individual, no colectivo como confunden tan a menudo en Colombia. Esta confusión, resultado del consenso existente en torno a ideas absolutamente equivocadas, ha llevado al surgimiento de actitudes odiosas, claramente condescendientes. Los campesinos son seres humanos como cualquier otro. Ellos no son diferentes, inferiores, incapaces.

Su dignidad depende de reconocer lo anterior y no, como ha sucedido en el paro actual, de que los habitantes de las ciudades sientan compasión o se disfracen como ellos, así como hacían a principios del siglo XX en Estados Unidos cuando algunos humoristas se disfrazaban de afroamericanos. La más odiosa muestra de condescendencia hacia los campesinos es lo que ha existido en Colombia en estos días: tratándolos como individuos incapaces, inferiores no es la forma de mejorar sus ingresos o su calidad de vida.

Tampoco lo es, como sucede tan a menudo en el país, convertirlos en seres a los que se les debe admiración. Hace algunos años se convirtió a los militares en héroes a los que les debíamos agradecimiento. Ahora se pretende hacer lo mismo con los campesinos porque es lo políticamente correcto.

Así, creando una sociedad de lo políticamente correcto, basada en ideas falsas, equivocadas, los ciudadanos – y ciudadanas (¡!)- se sienten muy nobles, muy buenos, muy virtuosos.

No se dan cuenta que, en lugar de eso, al construir un país basado en el nacionalismo chauvinista, el proteccionismo económico y la condescendencia hacia el que vive en situación de pobreza lo que logran es una sociedad que promueve el odio, la exclusión e impide cualquier posibilidad de desarrollo.

Según lo que veo que está sucediendo, me temo que una sociedad como la descrita es la que nos espera en el futuro.

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PUERTAS

En comentarios pasados, he mencionado que la perfección no es posible. También he dicho que, sin embargo, pareciera que el ser humano, por su afán de generar estabilidad en su vida y con la creencia en poder resolverlo todo a través de acciones/decisiones intencionales (lo que F.A. Hayek llamó el constructivismo racionalista), eso es lo que busca. Existen muchos ejemplos para demostrar estas dos afirmaciones. Uno de los hechos más importantes de la semana me permite profundizar en ello, pero también en la demostración de por qué es importante reconocer lo primero y evitar (es decir, debatir) lo segundo.

El hecho al que hago referencia es, en general, el “descubrimiento” del espionaje adelantado por los Estados Unidos en el mundo y, en particular, en Colombia. Tan pronto como fue revelado lo primero, hace una semana, los países europeos, indignados, exigieron explicaciones. Esta semana fue la oportunidad de Colombia…y la verdad sea dicha, la respuesta fue tibia por decir lo menos. Pero no así por parte de los analistas, de los opositores o de algunos congresistas, entre otros.

Las reacciones frente a las denuncias me han extrañado, debo decirlo con franqueza. No recuerdo ninguna de mis clases, desde el colegio, en las que, cuando se hablara de Estados Unidos, no se mencionaran las labores de espionaje de la CIA o del poder del gobierno federal, en el plano interno, como en el externo. Lo mismo puedo decir de los medios de comunicación. Denuncias de este tipo han sido la norma. No sé si la reacción es genuina, de sorpresa e indignación, o si solo es una forma de sobredimensionar algo que ya se sabía con anterioridad. De pronto, es simplemente la reacción normal cuando las personas comprueban algún prejuicio. No sé cuál será la explicación…

Ahora bien, ¿alguien dudaba que Estados Unidos adelantaba ese tipo de operaciones en el mundo? Si nos referimos al caso de Colombia, ¿alguien cree que no lo harían frente a un “aliado” en el que “invierten” tantos recursos? Responder “sí” sería tan ingenuo – y tan descarado (¿?) – como exigir que los estados deben dar recursos de “cooperación” sin pedir nada a cambio. Es decir, sin condiciones. Pero, esperen un momento: esto es lo que se hace…

Por otro lado, si el problema es que sean los Estados Unidos los que lo hacen, ¿alguien duda que los demás estados del mundo también lo hagan? ¿Acaso no han escuchado hablar de las labores de “inteligencia” que hacen las representaciones estatales en otros países? Esta función – y, por lo tanto, estrategias como las de espionaje o de recolección de información – son tradicionales. Se consideran como una función del Estado dentro de la más amplia de seguridad y defensa.

Si abordamos el tema de la tibia respuesta del gobierno colombiano, la cosa tampoco debería sorprender o indignar. Pongamos un caso hipotético: nuestro gobierno no es un “arrodillado”, sino uno “digno”, uno que nos genera “orgullo”. ¿Cuál hubiera sido la respuesta adecuada? ¿La misma de Brasil o Francia que, al igual que la tibia de Colombia, no ha logrado nada? ¿Qué buscamos con la respuesta, dura o tibia, del país? ¿Que nos pidan excusas? ¿Para qué? ¿Que no lo vuelvan a hacer? De nuevo, ¿alguien creería en eso? ¿Qué garantía se podría establecer? ¿Cómo se le haría seguimiento? Y, como no obtendríamos mucho, ¿qué podemos hacer? ¿Rompemos relaciones? ¿Vamos a la guerra? ¿Los espiamos también a ellos? De esto último, no podemos decir que no lo hagamos ya…en Colombia, infortunadamente, no tenemos un Snowden. Tenemos un PUMA…y esto sí lo aceptamos…por cuestiones de seguridad.

Y con esto último llego a donde quería llegar. Con lo anterior no quiero decir que está bien que exista el espionaje. Tampoco quiero decir que, como es Estados Unidos el que lo hizo, entonces está bien. Mucho menos pretendo decir que tenemos que aceptar que, como todos los estados lo hacen, la violación a la privacidad, a la diferencia de pensamiento, a la libertad de expresión y demás graves implicaciones que cualquier acto de espionaje incluye, sean males menores o que no sean graves. Todo lo contrario. Los actos de espionaje reflejan una grave violación a la libertad individual y un grave abuso y exceso en lo que deben hacer los estados. Es cierto que estos actos deben generar indignación. La confirmación de algo que todos sabíamos y decíamos de manera informal, sin pruebas, es una grave afrenta a la dignidad. Pero no a la nacional, porque tal cosa no existe, sino a la individual. Los individuos son los únicos que poseemos ciertos atributos, siendo la dignidad uno de ellos.

El problema, entonces, es más profundo de lo que parece a primera vista. El problema recae en la idea que muchos han apoyado – y que siguen apoyando – sobre lo que es, y para lo que debe ser, el Estado. El ser humano requiere de cierto nivel de certidumbre para desarrollar sus proyectos y objetivos. Esa certidumbre se obtiene, como demostraron en su momento autores como Ludwig Von Mises o, más a profundidad, Friedrich A. Hayek, a través del orden que resulta de la confluencia, simultánea y libre, de miles, de millones de individuos en todo tiempo y lugar. El orden resultante, sin embargo, al ser perceptible,
aunque no explicable, por los seres humanos (con nuestras limitaciones en conocimiento e información), muchos lo han considerado como producto de acciones/decisiones deliberadas. Esta forma de ver la cuestión, al parecer, ha sido preferible para una parte mayoritaria de sociedades, que la otra, percibida como caótica. Por ello, por buscar una mayor estabilidad, de fomentar un mayor orden social, se ha llegado – casi – a un consenso consistente en que los estados son los garantes de tal orden y de la certidumbre resultante. Llevada al extremo, esta visión considera que el Estado es el único capaz de
crear algún tipo de orden, que ese orden es deseable y que, por esta vía, se podrá alcanzar, algún día, una estabilidad permanente…una situación de equilibrio (como explican, equivocadamente, los modelos neoclásicos)…una situación de perfección.

No obstante, esta visión, como dije al principio, está equivocada. Es más, no solo está equivocada, sino que su implementación lleva a consecuencias inesperadas que, ahí sí, resultan negativas para las mayorías que apoyaron la idea estatista (¿o estatizante?) en primer lugar. Vale la pena aclarar también este punto. Yo soy un tipo medio pesimista con el tema del avance de la libertad. Sin embargo, debo reconocer que, por lo menos en la actualidad, muchas libertades son aceptadas y consideradas necesarias por parte de las mayorías. Eso está bien. A pesar de eso, esas mismas mayorías que defienden algunas
libertades (porque está de moda, porque es políticamente correcto, por valores, por quedar bien o por lo que sea), rechazan otras porque consideran que éstas generan – o que pueden generar- resultados negativos. ¿Ven la idea de perfección inherente? Un ejemplo: en general, se considera que está bien que exista libertad de expresión o de credo. Pero, la libertad de hacerse daño uno mismo (consumir comida chatarra, fumar, consumir drogas, etc.) se considera que debe ser regulada o limitada. En otras palabras, nos gusta la parte “buena” de la libertad, pero no soportamos sus resultados “indeseables” si ésta se aplica de manera consistente.

Lo que me hace ser pesimista es que la mayoría de libertades son consideradas indeseables: no solo algunas individuales, sino prácticamente todas las económicas. Y aquí entra en escena el Estado. Como esta organización ha sido considerada como la única capaz de generar un orden que facilite la certidumbre, dentro de ésta se incluye la solución de todos los que son considerados efectos “negativos” de la libertad. Por ello, se le ha dado un papel de regulador en diferentes esferas. Algunas de éstas también son consideradas buenas: acabar con la “pobreza” o generar “igualdad”, por ejemplo. No importa que estos objetivos no se cumplan. Lo importante es que el Estado supuestamente debe estar encargado de estas tareas. En estos aspectos nadie critica la acción estatal: se deben pagar impuestos. Por lo tanto, es normal que el Estado reciba, busque y coleccione toda la información económica de todos los individuos. No entregarla es considerado un delito.

Pero resulta que, lamentablemente, así no lo crean algunos, esta visión también genera resultados “indeseables”. Existe un consenso, por cuestiones pragmáticas, teóricas y hasta éticas, en que el Estado debe garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Sin embargo, lo que no está claro es esa seguridad en qué debe consistir y, por lo tanto, cuáles herramientas se pueden utilizar. Es decir, apoyamos que el Estado garantice – y proteja, por ejemplo, el derecho a la vida. Pero por esta decisión, ha sido difícil limitar la extensión de la visión de seguridad y que haya llegado a lo que es hoy: la “seguridad para los
edificios”, por mencionar solo una de sus desviaciones. ¿Si hay un ataque a alguno de esos edificios, muchas personas no morirán? Entonces, lo que se tiene que evitar es que existan tales ataques. ¿Ven lo complicado del asunto? Para simplificar el razonamiento, me adelanto a decir que en esta dificultad es que tiene lugar la discusión sobre el tema del espionaje, tanto al interior del Estado como en otros estados.

Pero, ¿cómo puedo ser tan sacrílego? ¿Cómo puedo comparar una labor tan noble como acabar con la pobreza con una tan mezquina como espiar, sobre todo si esto lo hace un demonio como Estados Unidos? Pues bien, la relación se puede explicar, entre otras, por dos mecanismos que operan en el contexto que acabo de ilustrarles. Primero, porque como a los estados se les han extendido tantas funciones de intervención, en tantas dimensiones de la individualidad, es muy difícil establecer los límites, agotar las excepciones o explicar, de manera consistente, por qué se puede intervenir en un área mientras que en otra no. Segundo, porque la idea del Estado como un ente organizador, con atributos superiores a los de los individuos, ha llevado a ideas equivocadas, desde hace mucho tiempo, como las de “secreto de Estado”, “razón de Estado”, “interés nacional”…o “dignidad nacional”. Estas expresiones, vacías en su contenido (expresiones comadreja, las llamó F.A. Hayek), abren la puerta a la acción estatal a áreas en las que, incluso, no ha sido aprobada por los ciudadanos.

Esto ha sucedido en los Estados Unidos, en donde el fortalecimiento del gobierno federal, de manera sostenida, desde principios del siglo XX, acelerada, desde la Segunda Guerra Mundial, e intolerable, desde los gobiernos de George W. Bush (2001 – 2009) hasta hoy, ha llevado a justificar este tipo de intervenciones como forma de preservar, paradójicamente, la libertad. Pero también ha sucedido en Colombia, como resultado de la situación de conflicto persistente. Además, en las relaciones entre los dos países, porque Colombia, desde el (des)gobierno de Ernesto Samper (1994 – 1998) hasta hoy (aunque
pensábamos que esto iba a cambiar), decidió construir su identidad a partir de los referentes de amenazas internacionales, como los son las drogas ilícitas y el conflicto armado. Esto, en un primer momento, facilitó la recepción de recursos de “cooperación”. Pero, de manera no intencionada, generó otros resultados. La famosa subordinación y la intervención en nuestros asuntos domésticos por parte de diferentes actores internacionales, cada uno con sus visiones e intereses, son algunos de ellos.

El tema del espionaje, entonces, no se resuelve con expresiones de preocupación o indignación, ni se comprende a partir de nociones transnochadas (e inútiles) de imperio, de subdesarrollo o de sumisión. El tema, con todo lo preocupante que es, persistirá y se comprenderá cuando se acepte, al fin, que las sociedades deben ser consistentes en sus decisiones. Cuando se abre una puerta, se debe aceptar todo lo bueno, o lo que se percibe como tal, así como lo malo. Por mi parte, el llamado es a que escojamos la puerta de la libertad.

COMENTARIO ADICIONAL. Esta semana se publicaron los datos de exportaciones del país para mayo y el acumulado de 2013. Como éstas disminuyeron en el absoluto, los opositores aprovecharon. Como ya lo he dicho, las cifras no sirven de mucho porque necesitan de interpretación para decir algo. Sí, las exportaciones bajaron. Pero, ¿no podemos tener en cuenta la situación económica internacional? Además, fíjense que los sectores que cayeron son los de bienes tradicionales, mientras que los de manufacturados aumentaron. ¿No se puede pensar en una reconversión de la canasta exportadora del país? Pero no, vamos por lo fácil: es mejor seguir exportando petróleo, oro y flores.

COMENTARIO ADICIONAL II. Además, ¿con la comparación de un mes respecto del mismo mes en el año inmediatamente anterior o de disminución en un año puede concluirse que las cosas están destinadas solo a empeorar? Si este fuera el caso, debido a que es indeterminado el tiempo que tomará llegar a USD 0 (sí, cero dólares) y a que no tengo el profundo conocimiento que tienen los gurús de la economía colombiana para saber cuánto es el nivel mínimo de exportaciones que debemos tener, les anuncio que Colombia, si se mantiene la tendencia, tendrá exportaciones de USD 10 (sí, ¡diez millones de dólares!) más o menos en 2066. Tienen tiempo para huir. Los cálculos son míos, así que seguramente están equivocados. Pero, eso sí, como son cifras, hay que creerles…

COMENTARIO ADICIONAL III. La buena noticia es que, seguramente, para ese momento, si también se mantienen las tendencias, nuestros vecinos, como Venezuela, habrán alcanzado el desarrollo. Con la inflación de ese país en los niveles en los que está, muy pronto la gente andará con billetes de millones o de miles de millones de nuevos bolívares en los bolsillos (riqueza contante y sonante, ¿no les digo?) y podrán comprar lo que quieran, así no haya nada. Además, lograron un reconocimiento internacional, avalado por la gran y respetada OEA, para que les den explicaciones por lo que sucedió con Evo Morales…es decir, alcanzaron la “dignidad nacional”…¿ven? Riqueza. Como si fuera poco, la integración se habrá consolidado con el gran peso – y la utilidad -de Mercosur. Así que a pedir asilo, como se lo han dado a Snowden. Busquen algo del “imperio”, lo denuncian y con eso garantizan su exilio en el paraíso del futuro.

COMENTARIO ADICIONAL IV. Debo reconocer que, por lo menos, aunque equivocada, la izquierda es consistente con sus críticas a las cifras. Para ellos, el problema son los tratados de libre comercio. Siempre lo han dicho. Lo que no entiendo es cómo los uribistas también están criticando las mismas cifras. ¿Cómo lo explicarán? ¿Será que Juan Manuel Santos impidió que vendiéramos más, mientras que Uribe se iba, por el mundo, como buen culebrero, haciendo ventas? Qué comprensión tan limitada de las funciones de quien está en el poder.

COMENTARIO ADICIONAL V. Los sectores con intereses particulares siguen provechando. No solo el paro que tienen previsto para recibir más ayudas, sino que, esta semana, recibieron su partida (mermelada la está llamando la izquierda, seguro por la expresión que alguna vez utilizó Juan Carlos Echeverry) los alcaldes locales. Vamos bien…tocará aprovechar y armar un grupo de algo para que nos den alguna ayuda por todas las angustias que nos hace pasar el hecho que las cosas se hagan tan mal en el país.

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