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Lo que hay detrás de un trino

Una de las debilidades insuperables del pensamiento estatista consiste en creer que los individuos tienen algo de malo en su actuar o en su naturaleza que, por alguna razón inexplicable, se elimina cuando éstos forman parte del Estado.  En este caso, se convierten en seres humanos, preocupados por los demás y con un gran conocimiento (casi absoluto) para tomar decisiones por los otros. Nada más lejos de la realidad.

No obstante estoy por pensar que los funcionarios – elegidos y los que no – sí sufren algún tipo de transformación en su visión del mundo. Ésta no consiste en volverse “mejores seres humanos”, sino al contrario: se ven como superiores, con alguna extraña autoridad para obligar a los demás a ejecutar las órdenes que les sean asignadas y asumen que reúnen todo el conocimiento posible. En esto último, se vuelven – casi – tan arrogantes como los intelectuales.

Esta semana vi, con una mezcla de indignación y sorpresa, un mensaje en Twitter, enviado desde la cuenta de Germán Vargas Lleras que decía textualmente:

El pueblo de #Fonseca es testigo del cariño del Presidente @JuanManSantos: 718 #CasasGratis

No pretendo criticar únicamente a Vargas Lleras. Lo mismo aplicaría a otros funcionarios y políticos. No tengo nada personal en contra de ellos. Estoy de acuerdo con muchas de sus posiciones, aunque no con otras. No me parece que hagan las cosas mal. No creo que sean corruptos ni nada de eso.

Tampoco hablo desde el “bando” de los que se auto-proclamaron los líderes morales del país y que andan publicando fotos comprometedoras, según ellos, de Vargas Lleras. Ahora, después de no sé cuántos años de carrera política, justo cuando es candidato a la vicepresidencia, los adalides de la moral lo acusan de tantos crímenes que, de ser ciertos, es condenable que los que los conocían se hayan esperado todo este tiempo para denunciarlos, no ante la justicia, sino en las redes sociales.

También sé que ese tipo de afirmaciones se hacen porque están en campaña. Y así funciona la política. Y la gente vota por quién considera que le “mejora su calidad de vida”. Así, de manera directa: regalando cosas.  

Pero también se debe reconocer que esa sola afirmación refleja toda una forma de pensar. Ésta olvida que los recursos con los que cuenta el Estado no aparecen de la nada, sino que resultan de las contribuciones que, a través de impuestos y de deuda, hacen los ciudadanos. Desconoce, además, que por esas contribuciones, los individuos sacrifican parte de su consumo, ahorro o inversión.  

Ésta es un forma de pensar que considera que esos recursos le pertenecen al Estado y, por lo tanto, a los políticos. Así, se considera que ellos pueden destinarlos a cualquier uso y no para el que deben ser usados: la financiación de las funciones que le dan su razón de ser al Estado.  

Es una forma de pensar que considera que los ciudadanos son súbditos; que están obligados a dar parte de los ingresos con los que cuentan porque es el Estado el dueño de toda la riqueza existente. En últimas, desde esta visión, es el Estado el creador de toda riqueza. Olvidan, sin embargo, los seguidores de esta doctrina que lo único que hace el Estado es gastar lo que le quita a los ciudadanos a través de métodos coercitivos.

Es un pensamiento que decide ignorar que los recursos no son ilimitados y que, por lo tanto, cualquier acción que tome el Estado frente a ellos implicará distorsiones en las señales del mercado, en la asignación de los recursos disponibles después de la contribución y que, todo esto, genera consecuencias no anticipadas en los resultados del mercado.

Así, esta forma de pensar llega a plantear absurdos como que la construcción de casas para unos muy pocos que las necesitan son demostración de algo como el “cariño” que un presidente sienta por ellos. Esas construcciones no demuestran caridad, ni cariño. Demuestran que, en lugar de utilizar los recursos en lo que se debe (como seguridad y justicia), los políticos de turno han decidido gastarlos en estrategias para hacerse (re)elegir.

El candidato a vicepresidente, entonces, no debería sacar pecho, anunciando sentimientos que no existen. Más bien, debería sentir vergüenza porque promueve, con sus actos y declaraciones, no solo que el gobierno no cumpla con sus funciones reales, sino que se dedique a la compra de votos con recursos que le son ajenos.

Por su parte, los beneficiados con las casas, que seguramente se sentirán obligados a votar por quien supuestamente les mejoró la vida o por quien siente cariño por ellos, seguirán esperando más y más en el futuro. Así, la idea equivocada adquiere vida propia. Así, se reitera que las personas deciden su voto, no porque puedan mejorar su situación a través de su esfuerzo personal debido a que el Estado cumple las funciones que debe cumplir, sino que lo hacen a partir de estándares tan vacíos – y equivocados – como “W me dio trabajo”, “X me dio de comer”, “Y me llevó música” y “Z me regaló una casa”. Una sociedad que cree en ideas equivocadas, indignantes, es lo que refleja un trino.

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Diez hechos para el No-Gracias (Es decir, para no agradecer)

Al parecer ahora celebramos el día de acción de gracias también en Colombia. Pues bien, para no quedarme atrás decidí participar desde este espacio. Sin embargo, como mis comentarios no se caracterizan – infortunadamente – por el optimismo, decidí hablar de lo que no agradezco. Además, como ahora están tan de moda los conteos, me aventuré a hacer el mío.

Acá están los diez hechos por las cuales no se puede dar gracias en lo local (Bogotá), lo nacional y lo internacional. Comienzo por lo local.

  1. El cambio climático y Gustavo Petro. Desde que el Alcalde de Bogotá encontró que con este tema podría tener un respiro de su pésimo mandato, por lo menos fuera del país, la situación se empeoró para la ciudad: ahora es intocable no solo porque es la paz hecha hombre, sino que si lo tumban, estaremos destinados a una catástrofe ambiental.
  2. Los escándalos del Polo.  El Partido político cuyos líderes posan de adalides de la moral, se equivoca cada vez más. Respaldaron la corrupta administración de Samuel Moreno y ahora a Clara López, cuyo esposo está involucrado en el escándalo. No solo eso: ella fue una funcionaria activa, muy cercana a Samuel Moreno, durante toda su Alcaldía: ¿Para la izquierda tampoco aplica la responsabilidad política?
  3. Las próximas elecciones. Así se una o no la izquierda, se presente o no Clara López, este no es el peor problema para el país. Las próximas elecciones, al parecer, se definirán a partir de quién puede ofrecer más Estado. Ningún debate se ha dado en torno a los límites en las funciones del Estado. Por el contrario.
  4. Las peleas de las entidades de control. No encuentro los adjetivos suficientes (vergonzoso, inadmisible, criticable, condenable) para describir el molesto enfrentamiento entre los líderes de las “ías” (Contraloría, Procuraduría y Fiscalía). No han cumplido con sus  – poco claras – funciones por andar buscando protagonismo y llevar sus problemas personales a la agenda pública.
  5. La visión de los ciudadanos sobre para qué es el Estado. Los dos puntos anteriores, como lo he dicho en varios comentarios, se deben a la visión que tenemos los ciudadanos sobre las funciones del Estado. En Colombia nos creímos el cuento del Estado como un padre y hacemos énfasis en que debe proveernos de todo. La última versión son las manifestaciones en contra de la reforma a la salud que se resume en dos críticas, absurdas: la salud es un derecho (que no lo es) y, por lo tanto, su provisión debe ser ilimitada y “gratuita”. Entre otras, lo que los críticos no se cuestionan es: ¿quién paga?
  6. La eterna discusión sobre las cifras. Lo anterior se debe, en gran parte, a que a los medios solo llegan las opiniones de algunos, que entienden las cifras desde sus modelos mentales fatalistas y conducentes al estatismo. Si las cifras son negativas, creen que están viendo en desarrollo sus escenarios catastróficos. Si no, las ponen en duda.
  7. La “movilicitis”. Creo que lo que no se debe agradecer en este punto es la palabra que me inventé. Pero lo que quiero decir con ella es que la sociedad colombiana se obsesionó con las marchas, las movilizaciones, los paros y demás. La cosa ya es casi enfermiza. Hay marchas para todo, casi todos los días. Lástima que todas estas movilizaciones sean para exigir menos libertad y no más.
  8. El tema de Nicaragua. Lo que está sucediendo con Nicaragua, la segunda demanda contra Colombia, demuestra varias cosas. La primera, preocupante, es que el Estado colombiano no es capaz de cumplir, ni siquiera, con las funciones en las que todos estamos de acuerdo. Pero también demuestra que es necesario actuar, con una estrategia política, ante el hostil vecindario en el que se encuentra el país. Comparto la visión de analistas, como Laura Gil, sobre la necesidad de negociar para este caso puntual. Pero creo que la discusión se está quedando en el ámbito jurídico, sin tener en cuenta que en el ámbito internacional eso no es lo que más importa.  
  9. Lo que muestra el acuerdo con Irán. No sé si agradecer, pero sí debe apoyarse el acuerdo alcanzado con Irán. Ésta es una buena noticia para el mundo porque disminuye las posibilidades de una guerra y, además, frena las intenciones bélicas – molestas, insoportables – del gobierno de los Estados Unidos. No obstante, también muestra la incapacidad de regímenes, como el iraní, para cumplir con sus promesas domésticas. Por ello, siempre recurren al chantaje internacional para tapar su incapacidad y, de paso, parecer interesados por la paz. Lo peor de todo es que muchos les creen.
  10. Lo dicho por el Papa. Nunca he abordado el tema del Papa. No me interesa. No obstante, esta semana, al criticar el capitalismo, la ambición y el individualismo (es decir, lo que todos critican. Nada nuevo) se demostró, una vez más, que la iglesia es lo más anti-natural, anti-ser humano que puede existir. Como el socialismo. Lo paradójico es que por ello persisten: se basan en creencias que no se pueden comprobar, alimentan a los individuos de esperanzas que nunca se sabe si se cumplirán y, en el entre tanto, alimentan su poder de discursos vacíos y de la generación de temor en sus seguidores.

En resumen, no hay nada para agradecer en relación con el Estado. A pesar de todo ello, la persistencia de espacios para el crecimiento individual y la existencia de individuos que los aprovechen para perseguir sus intereses: esto es por lo que se debe agradecer siempre. La individualidad, la existencia de la libertad es por lo que realmente se debe estar agradecido.

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Discusiones

Estas dos semanas han estado cargadas de fuertes polémicas en el país. Todas ellas tienen dos características: no son debates, sino diálogos entre sordos y los objetos de discusión son superficiales, así como la forma de abordarlos.

La primera fue la elección de Óscar Iván Zuluaga como candidato del Uribe Centro Democrático. Los críticos han considerado que Álvaro Uribe logró imponer su títere. Unos más radicales, como León Valencia, han utilizado la estrategia de deslegitimar su elección a través de generar dudas sobre su relación con los paramilitares y/o algún pasado criminal, que nadie ha comprobado.

Los uribistas, por su parte, consideran que éste era el mejor candidato posible y hablan de sus supuestas credenciales del pasado para demostrarlo. Se ha hablado de Zuluaga como el mejor alcalde de un pueblo que nadie conoce hace muchos años, así como de su supuesta gran gestión como Ministro de Hacienda.

Así, la campaña se va convirtiendo en un monótono ejercicio de personalización sin concentrarse en lo realmente importante: las ideas, las propuestas.

Pero esta polémica pasó a un segundo plano por un hecho realmente determinante en el futuro y el desarrollo del país: los grafitis del cantante Justin Bieber. La polémica llegó incluso al análisis de su presentación y de si dobló o cantó en vivo.

Para la policía nacional, los dibujos fueron una muestra de la expresión artística del cantante. Para los críticos, indignados, ésta fue una muestra más de la actitud complaciente de los colombianos para con los extranjeros.

Ha sido tan profunda la polémica que los argumentos se concentraron en preguntarnos qué hubiera sucedido si algún cantante colombiano (ponga acá usted el nombre de cualquier artista popular que quiera) hubiera hecho lo mismo en Canadá….¿ven? La respuesta a esta pregunta es determinante para nuestro futuro como nación.

Rápidamente, esta profunda discusión fue eclipsada por el colapso de un techo en la Universidad Nacional. Se podría pensar que esta polémica sí es central para el país: se está hablando de educación. Sin embargo, esta visión está errada por dos razones. Primero, porque no se está abordando la situación real de la educación, sino de su infraestructura. Segundo, porque la polémica no se ha centrado sino en criticar la falta de recursos para financiar las universidad públicas.

No obstante, ¿la situación de precariedad de estos edificios no demuestra, más bien, que la opción no puede ser más inversión pública? ¿No será necesario explorar, realmente, la posibilidad de nuevas fuentes de ingreso? Además que concentrarse exclusivamente en criticar la falta de mayor inversión estatal es desconocer, por un lado, la nada despreciable cantidad de recursos que se destinan a este sector y, por el otro, que los recursos no son ilimitados y que existen diferentes rubros que requieren de la inversión.

Sin haber concluido la anterior, esta semana se presentaron dos polémicas más. La primera ha tenido, la verdad, muy poco impacto. Ésta se generó como resultado de las incursiones de aviones rusos en el espacio aéreo colombiano.

Aunque éste puede ser un asunto importante para el país, en realidad no lo es tanto, si el único análisis al que lleva (como en efecto lo ha hecho) es el de si Colombia debe responder o cómo hacerlo. Este énfasis es superficial en tanto no profundiza en cuál es el país que se pretende crear de cara al ámbito internacional ni mucho menos las estrategias que serán utilizadas para responder ante los desafíos que se presenten en el futuro…sobre todo de nuestros “hermanos” latinoamericanos.

Esta última parte de la discusión se evita porque algunos consideran, de nuevo en una dinámica de diálogo entre sordos, que las relaciones con los países del Socialismo del siglo XXI deben estar basadas en su concepción como amenazas a nuestra seguridad, mientras que otros piensan que no es deseable desafiarlos, ni cuestionarlos en ningún momento por….bueno, la verdad es que no es clara la razón.

La otra polémica vino por cuenta del acuerdo que se dio en el segundo punto de la agenda en el marco del proceso de paz. Éste sí es un tema determinante para el futuro del país, pero los avances que se den no lo son, entre otras, por dos razones. Primero, nadie sabe lo que se está negociando. Segundo, no se puede hablar de un acuerdo hasta tanto no se hayan agotado todos los temas pendientes.

En consecuencia, la polémica sobre este avance no solo es sobre algo superficial, sino que se basa en el absoluto desconocimiento sobre lo que está sucediendo y sobre el futuro del proceso. Pero no solo es superficial sino que se basa en posiciones antagónicas, irreconciliables. Los enemigos del proceso utilizan el mantra de la impunidad. Pareciera como si para ellos, antes de esta negociación, Colombia hubiera sido un país ejemplo de justicia eficiente, capaz de procesar y castigar a todo aquél que osara romper sus leyes.

Los amigos del proceso, por otro lado, reciben con júbilo el avance y anticipan la llegada de la paz en el corto plazo. Para ellos, nada importa la arrogancia demostrada por los representantes de la guerrilla en la mesa de negociación. Tampoco importa que, hasta el momento, no se prevea una desmovilización efectiva de este grupo ilegal. Mucho menos tienen en cuenta que la guerrilla, como cualquier otro actor en un conflicto, tiene unos intereses y unos cálculos que pueden cambiar con el tiempo. No. Para los “amigos” del proceso, todo se reduce a una supuesta voluntad de paz que, además una gran parte de ellos, encuentra (sin justificación alguna), en la guerrilla y que le exige al gobierno.

En todos los temas se hace evidente la capacidad que tenemos en el país de plantear polémicas realmente importantes y que las abordamos de manera rigurosa y profunda. Algunos culparán a los medios pero la verdad es que las mayorías se prestan fácilmente para reproducir las discusiones sobre temas irrelevantes que solo muestran lo mucho que falta para que nos concentremos en abordar los aspectos que nos han impedido generar desarrollo.

Ni la elección de Zuluaga, ni la indignación por lo que haga un cantante cualquiera en el país, ni una mayor inversión en los edificios de la Universidad Nacional, ni los sobrevuelos ilegales que hagan países extranjeros, ni los avances en puntos parciales del proceso de paz son los debates que necesitamos. 

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Una sociedad de políticos

Esta semana estuvo movida en materia electoral.

Del lado del Uribe Centro Democrático (¡!) se profundizó su carácter personalista y autoritario con el tema de la convención. Francisco Santos hizo gala de una de las razones por las que no puede ser presidente de Colombia: su pusilanimidad. Toda la semana estuvo tratando de conquistar al Mesías del supuesto partido para que lo eligiera. Óscar Iván Zuluaga, mientras tanto, hizo todos los torcidos posibles para ser el seleccionado.

También aparecieron los de siempre. Ya suenan cantantes, actores y deportistas para formar parte de algunas listas.

Dentro de esta categoría, hay un personaje bien interesante. Éste es Antanas Mockus. No se puede entender cómo una persona que participa en cada elección posible desde hace más de una década siga siendo visto como ajeno a la política.

Pero no solo eso. Ha hecho sentir su nombre hablando en contra de la politiquería (como Álvaro Uribe también lo hizo) siendo que es igual de politiquero a los demás: los errores que ha cometido han sido por su vanidad personal; engaña a quien se le ponga en su camino; renuncia a lo que sea para alcanzar un puesto superior; entre otras.

Algo sí se le debe reconocer: sabe cómo llegarle a la gente. Siempre que intenta reencaucharse adopta el tema que esté vigente. Ahora le dio por ser el guardián de un acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC.

Lo de siempre, les decía.

Otra categoría es la conformada por los que “no lo superan”. Acá está Vivian Morales. Nunca ha sido exitosa en ninguna de sus facetas en la vida pública. En la más reciente, no hay que olvidarlo, salió de la Fiscalía no solo por vicios de forma en su elección, sino por una presión generalizada quela cuestionó, no por sus amistades o alianzas políticas (como la que tiene con Ernesto Samper), sino por su matrimonio con uno de los personajes más oscuros de la política colombiana.

Bueno. Pues ella no supera sus fracasos. Ahora, reveló a comienzos de la semana, está pensando presentar su candidatura a nombre de un movimiento cristiano 

. Hablo de ella, no porque haya peligro (¿posibilidad?) que llegue a la Presidencia. Hablo de ella porque este caso refleja un problema de formación de estos “profesionales” de la política: la señora Morales no puede pensar en ser presidenta de un país para representar solo a un grupo. El presidente, en teoría, representa a – y está al servicio de – todos los colombianos.

Una categoría que, aunque no es nueva, merece tener una mención especial es la de los “salvadores”. No me refiero al que se presentó como tal en 2002. Hablo de los personajes que adquieren relevancia pública por su conocimiento, por su rigurosidad, por su trayectoria académica y que, aprovechándose de ello, deciden saltar a la arena política.

En el pasado hemos tenido muchos ejemplos: el mismo Antanas Mockus, Sergio Fajardo y, en menor medida, Alfredo Rangel. Ahora, aunque no lo haya confirmado, puede ser el caso de Claudia López.

Estos personajes tienen tres problemas en su conversión. Primero, asumen que por su conocimiento y trayectoria son dueños de la verdad. Segundo, critican a la “clase política” pero actúan igual que ella: son presos de sus vanidades personales y de su arrogancia. Tercero, lo que es más grave, al dar el salto de la academia a la política, pierden su autoridad y resultan siendo más de lo mismo.

Mucho más podría decirse sobre las categorías mencionadas o sobre los efectos que ha tenido cada una en el país.

Pero, ¿qué tienen en común todos estos personajes? Creo que todos ellos reflejan una de las características de nuestro proceso de formación como nación. En Colombia, el reconocimiento, el éxito profesional y la seguridad económica se conciben como resultado de los cargos que, en el Estado, se hayan ocupado.

Pareciera que las demás actividades en el país son la plataforma de lanzamiento para ejercer la única que se considera digna: la política.

Las personas prefieren ser funcionarios públicos a ser empresarios, científicos, investigadores sociales o académicos. Muchas veces se ha hablado de la puerta giratoria. Aquéllos empresarios que se convierten en ministros, candidatos o burócratas. Se ha señalado que esta realidad afecta el funcionamiento del Estado y que promueve la captura del mismo por unos intereses particulares.

Pues bien, lo mismo sucede en las demás expresiones de la puerta giratoria. No hay nada de diferente. Los colombianos tenemos que darnos cuenta, algún día, que hacer algo por el país no implica necesariamente estar en el Congreso o en el Palacio de Nariño. Hacer algo por el país es igual a luchar, cada uno, por su bienestar y su éxito profesional e individual en cualquiera de las actividades existentes.

Es más, podría afirmar que hacer algo por el país requiere que los más rigurosos y capacitados se decidan por actividades diferentes a la política y por sectores diferentes al Estado. Mejorar la política, como ya lo he dicho, no se logra al todos convertirnos en políticos, sino al reducir los incentivos para los comportamiento desviados. Esto, a su vez, solo se logra si limitamos la capacidad de acción del Estado.  

COMENTARIO ADICIONAL. Muy bien por la decisión que tomó esta semana la Corte sobre el tema del fuero militar. Sin embargo, hubiera sido mejor que ésta se hubiera tomado por defender los derechos individuales y no por cuestiones de forma. Pero eso es mucho pedir, ¿no?

COMENTARIO ADICIONAL II. La supuesta representación de los estudiantes en el país, la MANE, demostró esta semana, con sus equivocaciones y vanidades, que en el futuro político, habrá muchos “salvadores” más, sin contar con el conocimiento, la rigurosidad y la trayectoria de los mencionados. Mucha preparación política en las calles y poca atención (¿presencia?) en las clases.

COMENTARIO ADICIONAL III. No he querido escribir sobre el proceso de paz con las FARC porque considero que, a pesar de todas las críticas en contra, podría ser una oportunidad para el país. Pero ésta cada vez se desvanece más. Sostener, como quieren algunos, una negociación sin ningún límite, en la que la sociedad trata de convencer desesperadamente a los dirigentes de la guerrilla de incorporarse a la vida civil es una gran equivocación. Una negociación en la que una parte cede en todo lleva a un mal acuerdo que, tarde o temprano, será incumplido. Así tampoco habrá paz.

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Cuidado con lo que deseamos…

Como resultado inmediato de su criticada gestión frente al paro nacional, el gobierno de Juan Manuel Santos fue duramente golpeado en su popularidad esta semana, como demuestran las encuestas.

No pienso defender a un gobierno que es, como casi todos, indefendible. He mencionado en comentarios anteriores que el actual presidente de Colombia ha cometido gran parte de los errores que le cobran hoy las mayorías debido a su obsesión, no de implementar un modelo de país, sino de pasar a la historia. Su único interés, de carácter personal, ha sido más importante que aprender la difícil tarea de gobernar…y asumir los costos asociados con ella.

Pasar a la historia, para Juan Manuel Santos, consistía en plantear proyectos que sonaban muy bien y que, en teoría, serían implementados en un ambiente de armonía y consenso. Infortunadamente, así no funciona la realidad política, mucho menos en un país como Colombia.

En consecuencia, su estrategia de buscar tener a todos los sectores “contentos” lo ha llevado, desde hace tiempo, a presentar problemas de liderazgo; a manejar de manera errática situaciones específicas; a equivocarse en su comunicación con los ciudadanos; a no saber explicar que algunos problemas son heredados y no creados por él (caso Nicaragua o actual situación social). En últimas, ha llevado a que el gobierno se presente como aislado y acorralado, no solo frente a la ciudadanía, sino frente a su entorno político.

Su figura se ha convertido en sinónimo de ineptitud, de arrogancia, de traición o de engaño, según sea la posición desde donde se mire.

Por lo anterior, cada vez es más probable que Juan Manuel Santos no sea reelegido. En esta eventualidad, ¿qué opciones existen?

Por un lado, está el uribismo. Cada vez más cuestionado por su relación con los grupos paramilitares. Cada vez más estatista y, por lo tanto, menos defensor de las libertades individuales. Cada vez menos comprometido con la libertad económica. Cada vez más cerca de convertirse en el destructor de la institucionalidad colombiana. Cada vez más parecido a una secta religiosa en la que Álvaro Uribe Vélez ha sido convertido en un dios del cual depende el futuro del país.

Por el otro, está la izquierda del Polo Democrático Alternativo, de Marcha Patriótica, de Colombianos y Colombianas por la paz (así éste y muchos otros se muestren como grupos sin ninguna pretensión política). Acá existe una gran consistencia programática. Una coherencia histórica en sus planteamientos. Carisma – y retórica – apreciable de algunos de sus líderes. El único problema es que sus propuestas, en caso de ser implementadas, destinarían a Colombia a la pobreza, al subdesarrollo y, paradójicamente como sus archi-enemigos políticos, los uribistas, a la destrucción de la institucionalidad.

En el intermedio, esta semana se impulsó el nombre de Antonio Navarro como una alternativa adecuada. Alternativa en cuanto a nombre, porque según sus planteamientos, estaríamos más cerca de una visión como la propuesta por el sector de la izquierda que he mencionado. Este personaje es respetado y demostró, o eso dicen muchos, una buena gestión como gobernador de Nariño. No obstante, ser gobernador no es igual a ser presidente. Así como en Bogotá se demostró que ser congresista no es igual a ser alcalde.

Como he dicho de manera insistente en anteriores comentarios, los individuos toman sus propias decisiones que afectan sus vidas en todas las dimensiones. Una de ellas es el ámbito social, el público.

Los ciudadanos colombianos están hoy, muy felices, con la caída en las encuestas de Juan Manuel Santos. Sin embargo, no reconocen su responsabilidad en el hecho que esta persona esté en el cargo en el que está como resultado de la decisión que millones de ellos tomaron hace un poco más de tres años.

Hoy muchos quisieran cambiar el nombre de quién está en el poder. Algunos quisieran que regresara a quien consideran como un dios o, en caso de no poderse, mientras tanto, que fuera elegida una marioneta que actúe en su nombre, como esperaban que lo hiciera el mismo Santos.

Otros quisieran que el elegido fuera un representante de la izquierda radical, con su discurso disfrazado de preocupación por lo social y su creencia en que es el Estado el que debe tomar todas las decisiones en lugar de los ciudadanos. 

De pronto otros quisieran que fuera una supuesta alternativa que, seguramente, fracasará como lo hacen, en general, aquellos que se consideran como tales.

Es comprensible el malestar social en Colombia. Sin embargo, éste seguirá existiendo hasta tanto los ciudadanos no reconozcamos que los únicos que podemos mejorar o empeorar nuestras vidas somos nosotros mismos. Por ahora, valdría la pena reconocer que el panorama que describo es resultado de las malas decisiones que hemos tomado de manera sistemática. No podemos seguir esperando que algún elegido, por sí mismo, construya el país ideal. Ojalá, mientras tanto, la encrucijada en la que nos encontramos hacia futuro no genere un daño del cual sea más difícil salir.

Cuidado con lo que deseamos, porque de pronto se cumple.  

COMENTARIO ADICIONAL. No importa el pésimo gobierno de Gustavo Petro en Bogotá: ahora fue premiado como ejemplo en el mundo de liderazgo frente al cambio climático. Interesante que el premio es resultado del sistema de transporte impulsado por Transmilenio, sistema que ha sido criticado por los ciudadanos y que fue considerado por el mismo Petro como inútil, pasado de moda y un sistema que tenía que remplazarse.

COMENTARIO ADICIONAL II. Y lo que se ha resuelto del paro se ha hecho con más Estado y repartiendo más recursos. ¿Alcanzará para todos? ¿Alcanzará para los que vengan?

COMENTARIO ADICIONAL III. La inminente decisión de intervenir en Siria dará mucho de qué hablar en las próximas semanas. Por ahora, podemos ver cómo los líderes estadounidenses siguen cometiendo errores en la política exterior. Además, Barack Obama es el ejemplo perfecto por el que es mejor no creer tanto en los líderes que se presentan como alternativas cuyo único interés es hacer del mundo un lugar mejor. Esta visión, las más de las veces, no refleja la bondad de quien las propone, sino una visión arrogante y autoritaria de su papel en el mundo.

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