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Debates perdidos

No sé qué será. Tal vez sea el hecho que en un mismo día pueden sucederse tres o cuatro noticias relevantes en el país. Tal vez sea el parroquialismo colombiano, esa actitud de desinterés por lo que sucede en el entorno global, complementada por la creencia, equivocada, de que somos el país más importante – por lo bueno y por lo malo – del mundo. No sé qué será pero existe evidencia para mostrar que en el país ignoramos muchos de los aspectos de los que podríamos observar en el resto del mundo para evitar cometer errores o, por lo menos, para no generarnos falsas expectativas.

No estoy hablando de la situación caótica, no anticipada, en la que nos encontramos debido a la destitución (que no es destitución pero que podría serlo aunque no se sabe si lo será) de Gustavo Petro. Tampoco hablo del ejemplo que tenemos en Venezuela y Argentina de los efectos de adoptar los modelos equivocados que todo lo prometen y que todo lo destruyen.

A lo que hago referencia es a un hecho más simple. Esta semana, dos reconocidos economistas estadounidenses, William Easterly y Jeffrey Sachs, tuvieron su enésimo intercambio sobre el tema que los ha enfrentado por muchos años: la efectividad de la cooperación internacional. Lo interesante de este intercambio es que, al final, ambos contradictores han llegado al mismo punto, defendido por Easterly desde el principio: la cooperación internacional no genera desarrollo, ni crecimiento. A lo sumo puede generar algunos resultados positivos en ciertos casos, en temas puntuales, enmarcada en circunstancias específicas.

Mientras esto sucede en el mundo, en Colombia, como si nada, el presidente del Senado, Juan Fernando Cristo, propone una novedosa iniciativa: ¡un Plan Colombia II! Lo peor es que la expone en Estados Unidos, país donde ha tenido lugar el intercambio que les mencioné.

La propuesta no sería criticable si, en su esencia, no partiera del supuesto del que parte y que se resume en que la cooperación internacional es la mejor forma para generar desarrollo. Cristo considera que un nuevo Plan Colombia es necesario para ayudar en el proceso de consolidación del Estado, en el posconflicto y en el crecimiento de las regiones más pobres del país. Lo ridículo del caso no es solo que esté tan equivocado sino que lo esté, teniendo a su disposición todo lo que se ha escrito sobre el tema y que, como les dije, esta misma semana se movió hacia un consenso que antes nunca se había dado.

Pero además de esto, la propuesta del senador no puede ser bien recibida en Colombia por muchas razones. Primero, porque desconoce las molestias que el Plan Colombia en su primera versión generó en el país y que seguro resurgirán en cualquier versión que se impulse. Mucho se discutió sobre la subordinación a los Estados Unidos y sobre la incapacidad del gobierno colombiano para definir los usos de los recursos.

Ahora, si me dicen que esta vez no habrá problema porque este plan está pensado en los temas “sociales”, pues eso demostraría que somos un país de hipócritas y de oportunistas (segunda razón), como lo es el senador Cristo. El problema no era, entonces, que hubiera una subordinación del país a los Estados Unidos sino que los recursos se gastaran en lo que las “mayorías” no esperaban.

Y esto lleva a la tercera razón. El Plan Colombia original fue criticado por su énfasis en lo militar. Tal vez, si el énfasis está en lo “social” servirá para generar crecimiento o desarrollo. Además de falsa, esta idea desconoce el hecho que los recursos seguirán siendo invertidos según los intereses estadounidenses. En el mismo sentido, desconoce que no estamos hablando de cualquier país, sino de Colombia, en donde un día sí y el otro también escuchamos escándalos de corrupción. ¿Quieren ponerles más recursos a disposición de los corruptos?

Un punto adicional es que exigir más cooperación es desconocer que Colombia ya no es el mismo país, de ingresos bajos y de bajo crecimiento, de hace algunos años. Yo sé que es muy difícil creer que las cosas están mejorando porque es mejor quejarse, como nos gusta, y pensar que todo es desastroso. Pero las cosas han cambiado, aunque de manera lenta. Eso lo demuestran no solo las cifras sino aspectos cotidianos como el consumo de proteínas, el acceso a bienes y servicios, entre otros.

Que falta mucho, replicarán algunos. Es cierto. Pero eso no quiere decir que podamos, a través de una fórmula mágica acelerar la inclusión de los más desfavorecidos o eliminar de un tajo la pobreza y la miseria en el país. Para hacerlo necesitamos responsabilizarnos por nuestro destino y éste es otro elemento que afectaría un Plan Colombia II (cuarta razón). Cuando se propuso el primero, les dimos la responsabilidad a los gringos (como de manera despectiva nos referimos a los que, cuando nos conviene, llamamos nuestros principales aliados) del manejo y definición de nuestro conflicto armado y del tema de las drogas. ¿Ahora también los vamos a responsabilizar por eliminar la pobreza y por generar desarrollo? Eso sí ya es el descaro absoluto.

La última razón que encuentro es que apoyar esta iniciativa plantearía un retroceso en la construcción de la identidad del país en el ámbito internacional. Es cierto que Colombia no es ningún líder en ningún lado, como pretendía el presidente Juan Manuel Santos. Pero lo que sí es cierto es que hemos dejado de lado la actitud de “pasar el sombrero”, de mendigar recursos por todo el mundo que tuvimos hasta finales del primer gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

Que nos vean en el mundo como iguales, que podemos competir en igualdad de condiciones, por ejemplo, puede ser molesto para algunos (como los proteccionistas), pero ésta es la fuente de otros logros como los incrementos en la inversión extranjera, la eliminación de visas (que también les molesta a algunos, pero que beneficia a tantos), la puesta en marcha de acuerdos comerciales (que tantos detestan pero que mostrarán sus beneficios en el largo plazo), entre otros.

Por todo lo anterior, el senador Cristo debería haber pensado mejor su propuesta y haberse limitado a callar que se le da tan bien. En el entretanto, ésta pasó de agache entre los avisos de tutelas que benefician al alcalde Petro y la noticia de profundas implicaciones políticas, económicas y sociales que capturó la atención del país por estos días: la lesión de Falcao. Ojalá que la falta de atención también signifique su pronto olvido.

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Historia del PIB mundial

Historia del PIB mundial

¿El milagro chino? No. Es la recuperación normal del lugar que desde siempre había ocupado. Lo que se debe estudiar de China es por qué perdió el lugar que, casi por naturaleza, tenía. India no ha podido recuperarlo. ¿Por qué? Además, interesante cómo Estados Unidos aparece, como de la nada, desde el siglo XIX. ¿Por qué? En los tres casos, la respuesta es una: factores institucionales que fomentan una mayor o menos libertad. Entre mayor libertad, se puede esperar una mayor creación de riqueza, en términos absolutos y relativos. ¿Y los países europeos? Bien, gracias.

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Lecciones II

Caos. El gobierno federal de los Estados Unidos cesó sus operaciones desde el pasado lunes 30 de septiembre debido a la imposibilidad de llegar a un acuerdo al interior del Congreso para financiar las actividades públicas.

Y nada. Nada ha sucedido. Se había prevenido que tal situación generaría un verdadero caos, que la situación económica empeoraría. Hasta ahora (escribo tres días después del cierre), ni los mercados de capitales, acostumbrados a responder de manera esquizofrénica a cualquier hecho que parezca grave, han hecho eco de tal alarmismo.

Para poner los hechos en contexto: primero, esta no es la primera vez que ha sucedido un cierre del gobierno federal. Y no será la última. Segundo, el cierre se ha dado en la prestación de servicios que se consideran no esenciales. La seguridad y la justicia, por ejemplo, siguen funcionando.

No obstante lo anterior, los alarmistas siguen repitiendo, como un mantra, que la situación es extremadamente grave y que la economía global sufrirá profundos daños si esta situación continúa así hasta finales de octubre cuando se debe negociar un pago de la deuda estadounidense. Es decir, el caos se aplazará un mes más. Seguro que esta vez sí será.

Para poner los hechos en contexto: primero, la que se avecina no es la primera negociación de incremento del techo de la deuda. Y no será la última. Segundo, es muy posible, para alivio de los alarmistas, que los republicanos cedan en sus pretensiones y que resulten negociando porque su intención no es ninguna otra, a mi juicio, que recuperar el poder. Tercero, es posible que una cesación de pagos de los Estados Unidos sería grave para los Estados Unidos y para la economía global. Por un tiempo.

Y pongan el énfasis en la última parte. Es importante notar que la referencia al caos, las alarmas y la preocupación están construidas sobre percepciones. No se puede afirmar que el cierre del gobierno federal haya sido caótico o que esté haya generado un antes y un después en la historia de los Estados Unidos.

Aunque a nuestros medios llegue la visión según la cual Estados Unidos camina a media marcha, la verdad es que lo que está a media marcha es Washington, DC. Es decir, el poder político.

Y eso, no se debe olvidar, es lo que tiene tan alarmados, preocupados, deprimidos (¿?) y con sensación de vacío a muchos.  Lo que refleja la situación que se está viviendo no es sino el contraste entre la percepción de los estatistas frente a los que no lo somos.

La verdad es que los primeros parecen ser más y utilizan todo tipo de argumentos para seguirlo siendo.

Ochocientos mil empleados públicos están cesantes desde el lunes. ¡800.000! Una grave crisis social. Lo que no se piensa es, más bien, que el gobierno de los Estados Unidos está desaprovechando las habilidades y conocimientos de cerca de un millón de personas que se dedican a funciones que no son de utilidad, que no son esenciales. ¿No es ésta la verdadera crisis social?

Las imágenes más tristes, deprimentes son las de los parques nacionales cerrados. Los museos. La Estatua de la Libertad. ¿No es ésta una crisis cultural? ¿Del turismo? No se piensa, por el contrario, que si estos monumentos fueran administrados por manos privadas no tendrían que estar cerrados. ¿No es ésta, más bien, una demostración que la cultura y el turismo no pueden depender de la acción del Estado?

El presidente Barack Obama quien, como he dicho en otros comentarios, es un perfecto ejemplo de un pésimo mandatario, afirma que no permitirá que el “buen nombre” de los Estados Unidos se vea afectado. Una grave crisis internacional. Sin embargo, hubiera sido mejor que pensara en eso antes de haber adelantado acciones de espionaje en el mundo, de su política de asesinatos selectivos, de los drones o de su afán por intervenir en Siria.

Incluso, el nombre de los Estados Unidos hubiera podido mejorarse si hubiera cumplido alguna de sus promesas de campaña: terminar las guerras en Irak y Afganistán, cerrar Guantánamo o eliminar el embargo a Cuba. ¿Qué buen nombre quiere preservar el presidente?

Los estatistas, en su preocupación, en su angustia, culpabilizan a los republicanos por el caos (que no existe). En efecto, los republicanos han sido un obstáculo.

Es cierto, no me cabe duda, que hay intereses políticos y no un verdadero compromiso con la causa anti-estatista: los republicanos han incrementado el papel del Estado siempre que han tenido el poder.

No obstante, culpar a una minoría del partido republicano es desconocer el rechazo que las decisiones de Obama han generado en un porcentaje importante de la opinión pública estadounidense.

Ahora bien, se culpa al partido republicano por querer utilizar esta coyuntura para frenar la puesta en marcha de la reforma sanitaria conocida como Obamacare.

Lamentablemente, tengo que manifestar mi pesimismo sobre este aspecto. Creo que, como el interés del GOP es político, esta ley terminará por ser implementada.

Lo anterior pone en duda los planteamientos de, entre otros, el presidente Obama que han catalogado la situación como si fuera resultado del extremismo ideológico de algunos. ¡Ojalá fuera ideología! Pero no, es pura política. Los hechos, estoy casi seguro, me darán la razón.

También lamento que no tengo el espacio para profundizar en el Obamacare. Pero lo que sí puedo decir es que no porque se rechace esta ley, se está en contra de la cobertura universal en salud. Existen otras alternativas que no fueron discutidas porque ha primado la visión estatista.

No se ha reflexionado lo suficiente sobre los efectos de esta ley. ¿En realidad generará el cubrimiento de todos los estadounidenses? ¿Cuál será el impacto en la calidad de los servicios médicos?

Además de los anteriores, dos elementos no han sido objeto de reflexión. Primero, los efectos que, sobre el empleo, ha generado esta regulación. La disminución en horas trabajadas o la pauperización (para usar un término que gusta tanto a los estatistas) en la contratación son algunos de ellos.

Segundo, los efectos sobre la economía. Mejor, en la macroeconomía (que es de lo que siempre hablan los estatistas). Los costos proyectados del sistema, sumados a la difícil situación de endeudamiento y de déficit que tienen los Estados Unidos hoy, son alarmas que llevan a pensar en la necesidad de replantear el Obamacare.

Este último punto me devuelve al alarmismo, a la depresión, al vacío que sienten los estatistas. La situación de la economía global. ¿No será mejor que Estado Unidos, la economía más grande del mundo, resuelva sus desajustes? ¿No será que un nivel de endeudamiento o de déficit fiscal insostenible en ese país es peor que un cierre parcial?

Se podría decir que sí. Pero, ¿y la cesación de pagos? Repito que éste me parece una posibilidad remota. Repito que tendría efectos negativos. En el corto plazo.

Lo importante acá es definir, esos efectos negativos, serían para quién. Lo más seguro es que éstos se concentrarían en la capacidad de acción del Estado, de los estados, en el mundo. Lo más grave, para los estatistas, sería reconocer lo que nunca han querido: que el Estado es una organización como cualquier otra, que también se quiebra y que, por lo tanto, no puede hacerlo todo. Tiene que tener funciones definidas.

Por último, para terminar este comentario, quiero referirme a la preocupación de los estatistas fuera de los Estados Unidos. Es comprensible que los europeos estén preocupados: para ellos, el Estado de bienestar es la única opción posible. Lo demás es maldad.

Los latinoamericanos sí me queda un poco más difícil comprenderlos. ¿Quieren preservar el poder de un gobierno que ha intervenido en sus países, que ha generado todos los males de la actualidad y que los ha humillado? Esto sí que no tiene sentido.

Tal vez, los estatistas latinoamericanos están tan preocupados, angustiados, deprimidos porque si se demuestra que el gobierno de los Estados Unidos no es infalible, que es vulnerable y que es el sector privado el único capaz de generar riqueza y de mantener un país funcionando, como ha sucedido en estos días, no podrán seguir justificando sus fracasos como culpa del “imperio” del norte. Lo que es más importante, no podrían seguir manteniendo que se deben implementar sus visiones equivocadas porque existirá una prueba en contrario irrefutable.

Con este shutdown (palabra que suena más dramática), Estados Unidos vuelve a ser fuente de lecciones para el mundo. Esperemos a ver si, esta vez, son dignas de imitar o si, como me temo, serán una demostración más de la manipulación de las ideologías con fines electorales. 

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De vuelta al pasado

Contra todo pronóstico, el presidente Barack Obama está empeñado en una intervención militar en Siria. Cuando fue elegido por primera vez, los ingenuos del mundo celebraron su ascenso como el fin de lo que consideraron la era de la arrogancia y del guerrerismo de George W. Bush.

No contaron con tres realidades. Primero, sea quien sea el presidente de los Estados Unidos, los anclajes creados por el gobierno de este país en su supuesto liderazgo mundial. Segundo, la falta de experiencia y de preparación del candidato Obama y la inaplicabilidad de sus ideas, por muy agradables al oído que fueran. Tercero, la ley de las consecuencias inesperadas siempre actúa en realidades sociales complejas.

Barack Obama prometió un cambio en la posición de su país frente al resto del mundo. Relanzó la relación con Rusia; buscó alternativas en el caso de Irán; dio esperanzas en la apertura de relaciones con Cuba. Frente a cada intento, la realidad golpeó al idealismo de Obama hasta llevarlo, por ejemplo, a plantear la remota posibilidad de actuar frente al régimen de Al Asad en caso de que éste se excediera en una supuesta línea roja: el uso de armas químicas. Hoy, tal vez sin pensarlo, sin quererlo Obama, esa línea se cruzó y muchos en el gobierno de Estados Unidos consideran que deben actuar o serán vistos como débiles o irresponsables.

Frente a la posibilidad de una intervención, los de siempre han llegado con sus críticas. No faltan los pacifistas más puros: no a la violencia, no a la guerra. Esto estaría perfecto en un mundo sin dictadores como Al Asad. ¿No han muerto ya suficientes ciudadanos sirios en esa guerra civil? ¿De qué paz hablan?

Por otro lado, están los amantes de las teorías de la conspiración: Estados Unidos lo único que busca es petróleo…hmmm. ¡Claro! Ya están cansados de todo el petróleo que robaron en Irak y quieren más. Por eso no siguen empantanados en esa guerra y, en el intermedio, no tuvieron una crisis financiera que, según algunos (muchas veces los mismos de las teorías de la conspiración), ha sido la peor desde la Gran Depresión.

Otros, también seguidores de las conspiraciones internacionales, consideran que la intención es controlar la región. ¿Se imaginan? ¡Nunca hubiera esperando una pretensión más egoísta e irracional! ¿Buscar controlar una región, caracterizada por su paz, su democracia, su estabilidad? No hay derecho.

Este lado, ahora, recibe con júbilo las declaraciones del rey de la democracia y de la paz: Vladimir Putin. “Es el único sensato”, piensan. Por su ingenuidad frente a los demás y su obsesión por los teorías de la conspiración cuando de Estados Unidos se trata, no se dan cuenta que éste no está en contra de la intervención porque sea sensato, pacifista o un verdadero líder, sino porque también tiene intereses que, para este caso específico, se preservan más si no existe un cambio de régimen en Siria.

En el otro extremo, están los defensores de una acción militar. ¿No han muerto suficientes niños y niñas, mujeres y hombres, ancianos y ancianas? Pues bien, si esta fuera la racionalidad, Estados Unidos tendría que intervenir en casi todos los países del mundo…o, por lo menos, en aquellos donde existen conflictos armados hoy.

¿No se debe evitar el uso de armas que han sido consideradas por la humanidad como indeseables? Si bien esto es cierto, teniendo en cuenta el plan de Obama que no consiste sino en un ataque limitado, el control en el uso de armas químicas queda en entredicho. También lo está, incluso, si se lleva a cabo el plan propuesto por Rusia. El uso de armas prohibidas no se disminuirá con muestras de fuerza contra los irresponsables que las usan, sino evitando que éstos detenten el poder. Esto último, sin embargo, no depende de la acción de ningún actor externo.

Al contrario, un ataque de este tipo pondría en alerta a los demás regímenes en el mundo que, como Corea del Norte, no tiene líderes a los que les importen los límites internacionales o el derecho internacional.

¿Quién tiene razón en este caso, entonces? Como suele suceder en los complejos temas internacionales, nadie la tiene. Sin embargo, es cierto que una intervención en Siria es una pésima idea por varias razones.

Primero, porque si se cumple al pie de la letra el plan propuesto por Obama, no se logra nada. Al contrario, si éste se excede, Estados Unidos podría quedar envuelto en otra operación de nation-building a gran escala que no es claro si podrá asumir por razones económicas, políticas, de opinión pública y militares.

Además, lo anterior le sumaría más inestabilidad a la región. 

Segundo, porque, como mencioné más arriba, la garantía de no usar armas de destrucción masiva, como las químicas no existe. Ya lo hizo Saddam Hussein a principios de los años 90 en contra de la población kurda. Se le impusieron sanciones. Se le “castigó” con todo el poder militar de una coalición internacional. ¿Resultado para el futuro? Hoy, Al Asad vuelve a usarlas. O los rebeldes, como sabiamente afirma el demócrata y defensor de la paz, Vladimir Putin.

Tercero, porque Estados Unidos no puede seguir asumiendo responsabilidades de policía del mundo. No solo por sus condiciones internas, sino también porque el mundo ha cambiado. Muchos otros países tienen vocación de liderazgo internacional y pueden asumirlo, como es el caso de China. Además, porque una nueva intervención es, paradójicamente, alimentar la idea de que el supuesto “imperialismo” estadounidense es indeseable, mientras que uno ruso o uno chino no lo sería. Esto sí es un riesgo para la estabilidad mundial, no solo en el ámbito de la seguridad, sino también de la economía.

¿Qué hacer entonces? Como sucede en la mayoría de estos casos, nada o muy poco. Es importante que la humanidad reconozca que las buenas intenciones pueden no generar las consecuencias esperadas. En muchos casos, por más dolor que exista, es importante que las sociedades, por sí mismas, alcancen sus objetivos. El “deber de proteger” ha demostrado ser inútil puesto que se construyó a partir de consideraciones morales, pero no de un análisis basado en la realidad de política internacional.

Estados Unidos no debería meterse en esta nueva aventura internacional. Esperemos a ver si Barack Obama, el hombre que sí puede, atiende las presiones en contra o, como todo lo ha hecho al interior, sus tendencias autoritarias primarán.

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PUERTAS

En comentarios pasados, he mencionado que la perfección no es posible. También he dicho que, sin embargo, pareciera que el ser humano, por su afán de generar estabilidad en su vida y con la creencia en poder resolverlo todo a través de acciones/decisiones intencionales (lo que F.A. Hayek llamó el constructivismo racionalista), eso es lo que busca. Existen muchos ejemplos para demostrar estas dos afirmaciones. Uno de los hechos más importantes de la semana me permite profundizar en ello, pero también en la demostración de por qué es importante reconocer lo primero y evitar (es decir, debatir) lo segundo.

El hecho al que hago referencia es, en general, el “descubrimiento” del espionaje adelantado por los Estados Unidos en el mundo y, en particular, en Colombia. Tan pronto como fue revelado lo primero, hace una semana, los países europeos, indignados, exigieron explicaciones. Esta semana fue la oportunidad de Colombia…y la verdad sea dicha, la respuesta fue tibia por decir lo menos. Pero no así por parte de los analistas, de los opositores o de algunos congresistas, entre otros.

Las reacciones frente a las denuncias me han extrañado, debo decirlo con franqueza. No recuerdo ninguna de mis clases, desde el colegio, en las que, cuando se hablara de Estados Unidos, no se mencionaran las labores de espionaje de la CIA o del poder del gobierno federal, en el plano interno, como en el externo. Lo mismo puedo decir de los medios de comunicación. Denuncias de este tipo han sido la norma. No sé si la reacción es genuina, de sorpresa e indignación, o si solo es una forma de sobredimensionar algo que ya se sabía con anterioridad. De pronto, es simplemente la reacción normal cuando las personas comprueban algún prejuicio. No sé cuál será la explicación…

Ahora bien, ¿alguien dudaba que Estados Unidos adelantaba ese tipo de operaciones en el mundo? Si nos referimos al caso de Colombia, ¿alguien cree que no lo harían frente a un “aliado” en el que “invierten” tantos recursos? Responder “sí” sería tan ingenuo – y tan descarado (¿?) – como exigir que los estados deben dar recursos de “cooperación” sin pedir nada a cambio. Es decir, sin condiciones. Pero, esperen un momento: esto es lo que se hace…

Por otro lado, si el problema es que sean los Estados Unidos los que lo hacen, ¿alguien duda que los demás estados del mundo también lo hagan? ¿Acaso no han escuchado hablar de las labores de “inteligencia” que hacen las representaciones estatales en otros países? Esta función – y, por lo tanto, estrategias como las de espionaje o de recolección de información – son tradicionales. Se consideran como una función del Estado dentro de la más amplia de seguridad y defensa.

Si abordamos el tema de la tibia respuesta del gobierno colombiano, la cosa tampoco debería sorprender o indignar. Pongamos un caso hipotético: nuestro gobierno no es un “arrodillado”, sino uno “digno”, uno que nos genera “orgullo”. ¿Cuál hubiera sido la respuesta adecuada? ¿La misma de Brasil o Francia que, al igual que la tibia de Colombia, no ha logrado nada? ¿Qué buscamos con la respuesta, dura o tibia, del país? ¿Que nos pidan excusas? ¿Para qué? ¿Que no lo vuelvan a hacer? De nuevo, ¿alguien creería en eso? ¿Qué garantía se podría establecer? ¿Cómo se le haría seguimiento? Y, como no obtendríamos mucho, ¿qué podemos hacer? ¿Rompemos relaciones? ¿Vamos a la guerra? ¿Los espiamos también a ellos? De esto último, no podemos decir que no lo hagamos ya…en Colombia, infortunadamente, no tenemos un Snowden. Tenemos un PUMA…y esto sí lo aceptamos…por cuestiones de seguridad.

Y con esto último llego a donde quería llegar. Con lo anterior no quiero decir que está bien que exista el espionaje. Tampoco quiero decir que, como es Estados Unidos el que lo hizo, entonces está bien. Mucho menos pretendo decir que tenemos que aceptar que, como todos los estados lo hacen, la violación a la privacidad, a la diferencia de pensamiento, a la libertad de expresión y demás graves implicaciones que cualquier acto de espionaje incluye, sean males menores o que no sean graves. Todo lo contrario. Los actos de espionaje reflejan una grave violación a la libertad individual y un grave abuso y exceso en lo que deben hacer los estados. Es cierto que estos actos deben generar indignación. La confirmación de algo que todos sabíamos y decíamos de manera informal, sin pruebas, es una grave afrenta a la dignidad. Pero no a la nacional, porque tal cosa no existe, sino a la individual. Los individuos son los únicos que poseemos ciertos atributos, siendo la dignidad uno de ellos.

El problema, entonces, es más profundo de lo que parece a primera vista. El problema recae en la idea que muchos han apoyado – y que siguen apoyando – sobre lo que es, y para lo que debe ser, el Estado. El ser humano requiere de cierto nivel de certidumbre para desarrollar sus proyectos y objetivos. Esa certidumbre se obtiene, como demostraron en su momento autores como Ludwig Von Mises o, más a profundidad, Friedrich A. Hayek, a través del orden que resulta de la confluencia, simultánea y libre, de miles, de millones de individuos en todo tiempo y lugar. El orden resultante, sin embargo, al ser perceptible,
aunque no explicable, por los seres humanos (con nuestras limitaciones en conocimiento e información), muchos lo han considerado como producto de acciones/decisiones deliberadas. Esta forma de ver la cuestión, al parecer, ha sido preferible para una parte mayoritaria de sociedades, que la otra, percibida como caótica. Por ello, por buscar una mayor estabilidad, de fomentar un mayor orden social, se ha llegado – casi – a un consenso consistente en que los estados son los garantes de tal orden y de la certidumbre resultante. Llevada al extremo, esta visión considera que el Estado es el único capaz de
crear algún tipo de orden, que ese orden es deseable y que, por esta vía, se podrá alcanzar, algún día, una estabilidad permanente…una situación de equilibrio (como explican, equivocadamente, los modelos neoclásicos)…una situación de perfección.

No obstante, esta visión, como dije al principio, está equivocada. Es más, no solo está equivocada, sino que su implementación lleva a consecuencias inesperadas que, ahí sí, resultan negativas para las mayorías que apoyaron la idea estatista (¿o estatizante?) en primer lugar. Vale la pena aclarar también este punto. Yo soy un tipo medio pesimista con el tema del avance de la libertad. Sin embargo, debo reconocer que, por lo menos en la actualidad, muchas libertades son aceptadas y consideradas necesarias por parte de las mayorías. Eso está bien. A pesar de eso, esas mismas mayorías que defienden algunas
libertades (porque está de moda, porque es políticamente correcto, por valores, por quedar bien o por lo que sea), rechazan otras porque consideran que éstas generan – o que pueden generar- resultados negativos. ¿Ven la idea de perfección inherente? Un ejemplo: en general, se considera que está bien que exista libertad de expresión o de credo. Pero, la libertad de hacerse daño uno mismo (consumir comida chatarra, fumar, consumir drogas, etc.) se considera que debe ser regulada o limitada. En otras palabras, nos gusta la parte “buena” de la libertad, pero no soportamos sus resultados “indeseables” si ésta se aplica de manera consistente.

Lo que me hace ser pesimista es que la mayoría de libertades son consideradas indeseables: no solo algunas individuales, sino prácticamente todas las económicas. Y aquí entra en escena el Estado. Como esta organización ha sido considerada como la única capaz de generar un orden que facilite la certidumbre, dentro de ésta se incluye la solución de todos los que son considerados efectos “negativos” de la libertad. Por ello, se le ha dado un papel de regulador en diferentes esferas. Algunas de éstas también son consideradas buenas: acabar con la “pobreza” o generar “igualdad”, por ejemplo. No importa que estos objetivos no se cumplan. Lo importante es que el Estado supuestamente debe estar encargado de estas tareas. En estos aspectos nadie critica la acción estatal: se deben pagar impuestos. Por lo tanto, es normal que el Estado reciba, busque y coleccione toda la información económica de todos los individuos. No entregarla es considerado un delito.

Pero resulta que, lamentablemente, así no lo crean algunos, esta visión también genera resultados “indeseables”. Existe un consenso, por cuestiones pragmáticas, teóricas y hasta éticas, en que el Estado debe garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Sin embargo, lo que no está claro es esa seguridad en qué debe consistir y, por lo tanto, cuáles herramientas se pueden utilizar. Es decir, apoyamos que el Estado garantice – y proteja, por ejemplo, el derecho a la vida. Pero por esta decisión, ha sido difícil limitar la extensión de la visión de seguridad y que haya llegado a lo que es hoy: la “seguridad para los
edificios”, por mencionar solo una de sus desviaciones. ¿Si hay un ataque a alguno de esos edificios, muchas personas no morirán? Entonces, lo que se tiene que evitar es que existan tales ataques. ¿Ven lo complicado del asunto? Para simplificar el razonamiento, me adelanto a decir que en esta dificultad es que tiene lugar la discusión sobre el tema del espionaje, tanto al interior del Estado como en otros estados.

Pero, ¿cómo puedo ser tan sacrílego? ¿Cómo puedo comparar una labor tan noble como acabar con la pobreza con una tan mezquina como espiar, sobre todo si esto lo hace un demonio como Estados Unidos? Pues bien, la relación se puede explicar, entre otras, por dos mecanismos que operan en el contexto que acabo de ilustrarles. Primero, porque como a los estados se les han extendido tantas funciones de intervención, en tantas dimensiones de la individualidad, es muy difícil establecer los límites, agotar las excepciones o explicar, de manera consistente, por qué se puede intervenir en un área mientras que en otra no. Segundo, porque la idea del Estado como un ente organizador, con atributos superiores a los de los individuos, ha llevado a ideas equivocadas, desde hace mucho tiempo, como las de “secreto de Estado”, “razón de Estado”, “interés nacional”…o “dignidad nacional”. Estas expresiones, vacías en su contenido (expresiones comadreja, las llamó F.A. Hayek), abren la puerta a la acción estatal a áreas en las que, incluso, no ha sido aprobada por los ciudadanos.

Esto ha sucedido en los Estados Unidos, en donde el fortalecimiento del gobierno federal, de manera sostenida, desde principios del siglo XX, acelerada, desde la Segunda Guerra Mundial, e intolerable, desde los gobiernos de George W. Bush (2001 – 2009) hasta hoy, ha llevado a justificar este tipo de intervenciones como forma de preservar, paradójicamente, la libertad. Pero también ha sucedido en Colombia, como resultado de la situación de conflicto persistente. Además, en las relaciones entre los dos países, porque Colombia, desde el (des)gobierno de Ernesto Samper (1994 – 1998) hasta hoy (aunque
pensábamos que esto iba a cambiar), decidió construir su identidad a partir de los referentes de amenazas internacionales, como los son las drogas ilícitas y el conflicto armado. Esto, en un primer momento, facilitó la recepción de recursos de “cooperación”. Pero, de manera no intencionada, generó otros resultados. La famosa subordinación y la intervención en nuestros asuntos domésticos por parte de diferentes actores internacionales, cada uno con sus visiones e intereses, son algunos de ellos.

El tema del espionaje, entonces, no se resuelve con expresiones de preocupación o indignación, ni se comprende a partir de nociones transnochadas (e inútiles) de imperio, de subdesarrollo o de sumisión. El tema, con todo lo preocupante que es, persistirá y se comprenderá cuando se acepte, al fin, que las sociedades deben ser consistentes en sus decisiones. Cuando se abre una puerta, se debe aceptar todo lo bueno, o lo que se percibe como tal, así como lo malo. Por mi parte, el llamado es a que escojamos la puerta de la libertad.

COMENTARIO ADICIONAL. Esta semana se publicaron los datos de exportaciones del país para mayo y el acumulado de 2013. Como éstas disminuyeron en el absoluto, los opositores aprovecharon. Como ya lo he dicho, las cifras no sirven de mucho porque necesitan de interpretación para decir algo. Sí, las exportaciones bajaron. Pero, ¿no podemos tener en cuenta la situación económica internacional? Además, fíjense que los sectores que cayeron son los de bienes tradicionales, mientras que los de manufacturados aumentaron. ¿No se puede pensar en una reconversión de la canasta exportadora del país? Pero no, vamos por lo fácil: es mejor seguir exportando petróleo, oro y flores.

COMENTARIO ADICIONAL II. Además, ¿con la comparación de un mes respecto del mismo mes en el año inmediatamente anterior o de disminución en un año puede concluirse que las cosas están destinadas solo a empeorar? Si este fuera el caso, debido a que es indeterminado el tiempo que tomará llegar a USD 0 (sí, cero dólares) y a que no tengo el profundo conocimiento que tienen los gurús de la economía colombiana para saber cuánto es el nivel mínimo de exportaciones que debemos tener, les anuncio que Colombia, si se mantiene la tendencia, tendrá exportaciones de USD 10 (sí, ¡diez millones de dólares!) más o menos en 2066. Tienen tiempo para huir. Los cálculos son míos, así que seguramente están equivocados. Pero, eso sí, como son cifras, hay que creerles…

COMENTARIO ADICIONAL III. La buena noticia es que, seguramente, para ese momento, si también se mantienen las tendencias, nuestros vecinos, como Venezuela, habrán alcanzado el desarrollo. Con la inflación de ese país en los niveles en los que está, muy pronto la gente andará con billetes de millones o de miles de millones de nuevos bolívares en los bolsillos (riqueza contante y sonante, ¿no les digo?) y podrán comprar lo que quieran, así no haya nada. Además, lograron un reconocimiento internacional, avalado por la gran y respetada OEA, para que les den explicaciones por lo que sucedió con Evo Morales…es decir, alcanzaron la “dignidad nacional”…¿ven? Riqueza. Como si fuera poco, la integración se habrá consolidado con el gran peso – y la utilidad -de Mercosur. Así que a pedir asilo, como se lo han dado a Snowden. Busquen algo del “imperio”, lo denuncian y con eso garantizan su exilio en el paraíso del futuro.

COMENTARIO ADICIONAL IV. Debo reconocer que, por lo menos, aunque equivocada, la izquierda es consistente con sus críticas a las cifras. Para ellos, el problema son los tratados de libre comercio. Siempre lo han dicho. Lo que no entiendo es cómo los uribistas también están criticando las mismas cifras. ¿Cómo lo explicarán? ¿Será que Juan Manuel Santos impidió que vendiéramos más, mientras que Uribe se iba, por el mundo, como buen culebrero, haciendo ventas? Qué comprensión tan limitada de las funciones de quien está en el poder.

COMENTARIO ADICIONAL V. Los sectores con intereses particulares siguen provechando. No solo el paro que tienen previsto para recibir más ayudas, sino que, esta semana, recibieron su partida (mermelada la está llamando la izquierda, seguro por la expresión que alguna vez utilizó Juan Carlos Echeverry) los alcaldes locales. Vamos bien…tocará aprovechar y armar un grupo de algo para que nos den alguna ayuda por todas las angustias que nos hace pasar el hecho que las cosas se hagan tan mal en el país.

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PRIORIDADES, ¡PRIORIDADES!

Fue difícil escoger sobre qué escribir esta semana. En un primer momento, quise hacerlo sobre las propuestas del presidente Barack Obama sobre el tema de emisión de gases. Sin embargo, desistí, debo reconocerlo, porque no sé sobre el tema y, por lo tanto, no me parece responsable hacerlo. El tema climático es altamente científico y su comprensión no se puede quedar solo en opiniones superficiales, políticas. Claro que tengo mi posición: el medio ambiente se protege de manera más efectiva a través de una mayor libertad, que con prohibiciones o con inversiones públicas. No porque existan límites a las emisiones, éstos serán cumplidos ni necesariamente son los adecuados para resolver el problema. Pero como no cuento con la formación científica para demostrar estos puntos, decirlo es pura especulación. Así que será pensar, sobre este punto, como muchos, que lo que propuso el presidente Obama es maravilloso, que no se cumplirá porque los empresarios son malos y quieren acabar el mundo…y esperar el día del juicio final, de una hecatombe ambiental, que aunque nunca llegará, nos mantendrá expectantes…

Después pensé en escribir, también a propósito de los EEUU, sobre las históricas decisiones de la Corte Suprema sobre el tema del matrimonio de parejas del mismo sexo. Pensaba mostrar que, más que un debate entre derecha – izquierda, lo que demostró la Corte es que, primero, en Estados Unidos todavía es posible pensar que existe algún tipo de apego a las instituciones fundacionales que, como la Constitución, le han permitido a ese país convertirse en lo que es hoy, no como potencia, sino como país desarrollado y en permanente evolución.  Pensaba afirmar que las decisiones tomadas el pasado miércoles 26 de junio demuestran que todavía es posible pensar que, aunque existe un debate político, todavía hay países en los que priman los principios de libertad y de igualdad ante la ley. Pensaba explicar que, además, esta decisión es importante porque, aunque no fueron tenidas en cuenta en las sentencias, la Corte Suprema lo que ha hecho es recordarle a todos en Estados Unidos, incluso al presidente Obama, que todavía persisten las enmiendas 9 y 10, que crearon un Estado limitado y con funciones enumeradas. También que estas decisiones rescatan en parte la importancia de la autonomía de los estados pero con una base general para todos: los principios liberales.  Es decir, pensé hacer un comentario optimista sobre el futuro de los Estados Unidos…pero, ¿para qué? ¿Acaso esta visión tiene algo que ver con nuestra realidad, además de recordarnos que, lamentablemente, nuestro país no ha sido construido bajo los mismos principios y que eso explica, en gran parte, nuestros problemas actuales?

Por lo anterior, por desconocimiento, primero, y, segundo, por un optimismo que nos es ajeno, decidí escribir sobre un aspecto que es mucho más complicado. Esta semana, a propósito de las movilizaciones en Brasil, algunos pensadores colombianos se han preguntado por qué en Colombia no tenemos las mismas movilizaciones sociales si, desde su perspectiva, con la que yo concuerdo, estamos en una situación peor. La mayoría de estos pensadores plantearon sus hipótesis. Algunos consideran que esto se debe a la existencia de la guerrilla, que ha convertido a todo manifestante en un representante de este grupo ilegal. Otros consideraron que el problema es que la nuestra es una sociedad conservadora; otros, que somos conformistas.

A pesar de lo interesante del debate, lo que me sorprendió del mismo fue el nivel de desinterés, de ignorancia – y de algo de arrogancia – de estos pensadores frente a  lo que está sucediendo en Colombia: ¿acaso no hay cada semana movilizaciones sociales? Y no hablo de las protestas de grupos específicos, con intereses definidos, que lo único que buscan es recibir más recursos a costa de los demás. No. Hablo de movimientos sociales, heterogéneos,  que se enfrentan a los poderes establecidos. A esos pensadores que tanto se quejan por la pasividad de los colombianos, hay que recordarles que mientras ellos criticaban, como es costumbre, nuestra sociedad y cultura, en esta semana los campesinos del Catatumbo estaban adelantando una fuerte movilización social. Esto, aunque sean ignorados por los intelectuales quienes siguen pensando que las movilizaciones que valen son las de las ciudades, aunque sean despreciados  por el establecimiento y aunque sean desacreditados como una expresión de la guerrilla.

En el momento en el que escribo estas líneas, ya se ha anunciado el inicio de las negociaciones. Vamos a ver en qué termina esto. Pero lo interesante de ver es que, como mencioné en mi comentario anterior, estos campesinos también reivindican, de nuevo lo señalo, aunque no sean conscientes de ello, una mayor inclusión en la sociedad y la imposibilidad de la existencia de sociedades perfectas. Lo segundo, creo, no debo demostrarlo: es Colombia, el mismo país que todos criticamos y que consideramos como uno de los peores, si no el peor ante cualquiera que lo comparemos. No temo equivocarme al decir, aunque sí lo estamos al pensarlo, que todos estaremos de acuerdo en afirmar que si existe un ejemplo de sociedad imperfecta es Colombia.

Lo primero sí debo mostrarlo con mayor profundidad. ¿Cómo puedo estar cometiendo semejante sacrilegio de afirmar que los campesinos del Catatumbo, así no lo expresen, buscan una sociedad con instituciones más incluyentes y, por lo tanto, más liberales? Existen dos reivindicaciones puntuales. La primera ha sido el reclamo que hacen estos campesinos sobre la creación de una Zona de Reserva Campesina. Éstas, de manera muy superficial, consisten en la adjudicación que hace el Estado de terrenos que son públicos a campesinos pobres. Reconozco que sobre este tema existen muchos debates, muchos temores y muchas resistencias. Pero, en el fondo, señoras y señores, lo que los campesinos del Catatumbo están solicitándole a nuestro Estado, un Estado que todavía considera que la tierra puede ser de él, que les reconozca un derecho, que ha sido reivindicado por todos los autores liberales desde John Locke, e incluso desde antes, que se llama derecho de propiedad. Y este derecho, además, es una de las instituciones más incluyentes que existen en la historia de la humanidad y que le permiten a los seres humanos convertirse en agentes de su propio destino.

La segunda reivindicación, una más postmoderna si se quiere, ha sido la de detener la política de erradicación de cultivo ilícitos. Es decir, lo que han solicitado, de manera violenta, eso no se niega, los campesinos en esta ocasión, ha sido que el gobierno colombiano detenga la fallida guerra contra las drogas en la que ni el actual Presidente de la República cree. ¿Existe una reivindicación más liberal que exigirle al Estado que les permita tomar sus decisiones económicas, invertir en lo que deseen y obtener las ganancias por ello, sin su intervención ni el uso de la fuerza?

A pesar de lo anterior, por lo menos en un principio, la repuesta de las autoridades fue la de descalificar las movilizaciones por estar infiltradas por la guerrilla. Esta denuncia merece una mirada sin apasionamientos. ¿Alguien puede creer que esto no sea así? Es claro, obvio pensaría yo, que la guerrilla ha infiltrado las manifestaciones. Sin embargo, no por esa razón, es posible concluir que, por un lado, todos los campesinos sean guerrilleros, o que, por el otro, lo que están pidiendo sea inadmisible.

Además, la infiltración de la guerrilla en este tipo de movilizaciones tendría que avergonzar a nuestros representantes y a las fuerzas del orden. ¿Después de más de una década de recuperación del Estado todavía no contamos con uno que tenga el control del territorio y que, por lo tanto, ejerza soberanía? Pero, eso sí, se declara un Estado “dueño” de terrenos. Es más, el hecho que la guerrilla tenga una capacidad para infiltrar este tipo de movilizaciones demuestra que estas personas no han sido incluidas en el tipo de sociedad que hemos creado. Y volvemos a los principios liberales, puede que sin que ellos sean conscientes, de las manifestaciones.

La sola denuncia de la participación guerrillera, por otro lado, desconoce una realidad. Estos campesinos están haciendo sus reivindicaciones de frente al país, de frente a la sociedad y no, como ha sido tradicional por esos grupos ilegales, que justifican sus acciones homicidas a partir de una supuesta lucha basada en unos mitos en los que muchos siguen creyendo, sin querer ver que, en realidad, lo que han consolidado es economías de guerra que les han generado incentivos para mantenerse en la clandestinidad. No obstante, el actual proceso de paz, esperemos, podría demostrar que esos incentivos son menores en la actualidad que lo que fueron en el pasado.

La respuesta inicial, entonces, del gobierno colombiano fue la de enfrentar a los campesinos como si fueran delincuentes o guerrilleros (¿o viceversa?). Hasta el anuncio de las negociaciones, las noticias se concentraron en el número de muertos de un lado y del otro…y, como ha sido costumbre también, en la indignación nacional por los desmanes cometidos por los campesinos en contra de las fuerzas del orden…En Colombia ya es tradición pensar que tenemos que agradecerles a nuestras fuerzas del orden por hacer, a medias, su trabajo. ¡La sociedad civil subordinada a las fuerzas armadas! Pero bueno, gajes del conflicto…

Mientras esto sucede en el mundo urbano, la izquierda colombiana, oportunista como es, se apropia de las movilizaciones y denuncia los abusos de las fuerzas del orden en contra de los campesinos. En su visión, ya desacreditada por inútil, la izquierda pretende adueñarse de las manifestaciones y exagerar la respuesta de las autoridades. No se dan cuenta, sin embargo, los campesinos, que ese apoyo, como lo mencioné, es oportunista: ¿Acaso la izquierda no consideraría al Estado como dueño de todo? ¿Acaso no está en contra de la propiedad privada? ¿Acaso no lo está de la iniciativa económica, individual, autónoma? Pero este es el resultado paradójico de la incompetencia estatal.

Entre tanto, además de las críticas sobre la pasividad de los colombianos y la indignación de – todos – sobre las atrocidades cometidas, contra unos o contra los otros, en un territorio al que nadie va, el país pensante, las clases medias urbanas, los intelectuales y nuestros representantes se concentran en lo verdaderamente importante: el resultado del inocuo y superficial concurso del gran colombiano. Un concurso en contra del cual hasta una movilización (importante, esta sí) se ha creado para revocar su resultado, que ha llevado, como es costumbre, a decir que el problema es que los colombianos son ignorantes, que la metodología estaba mal o que, como ya va siendo costumbre, la maquinaria uribista (infalible, que todo lo sabe y todo lo puede) manipuló. Un concurso que, de manera simple, como cualquier reality gana el que quiere que ganen los que votan…sin más. Sin necesidad de aplicarle sociología al asunto. ¡Qué absurdo! Hubiera sido mejor escribir sobre el futuro de los Estados Unidos…

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