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La decisión y los contra-argumentos: todo equivocado

La decisión del presidente Juan Manuel Santos de no acoger la recomendación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para la concesión de medidas cautelares al exalcalde de Bogotá, Gusto Petro, me parece una mala decisión por dos razones. Por un lado, porque al ser una decisión política tiene menos legitimidad frente a la opinión pública que si hubiera tenido lugar la revocatoria. Por el otro, porque sienta un muy mal precedente, ya que este tipo de medidas, sin importar su contenido, limitan al Estado y protegen a los individuos.

Sin embargo, la indignación que la decisión generó en muchos intelectuales y analistas resulta un poco exagerada, así como fuera de contexto, equivocados o irrelevantes son algunos de los argumentos que se han esgrimido en su contra. A continuación discuto algunos de ellos.

Primero, se dijo que el presidente traicionó los principios de la política exterior colombiana. Esto es cierto en parte. Pero, no se debe olvidar que esos no son principios objetivos, sino que fueron los que percibieron unos autores hace algunos años. Es más, son contradictorios entre sí. Por ejemplo, se habla del apego irrestricto al derecho internacional público (DIP) mientras que se critica que no hay una política de Estado, sino de gobierno y, por lo tanto, cambiante cada cuatro (u ocho) años.

Pero más allá de que sean unas características que le han adscrito al comportamiento internacional del país, la verdad es que éste no fue un fallo, sino una sugerencia. Es decir, el gobierno colombiano no incumplió ninguna norma del DIP. Al contrario, aprovechó las existentes. Pero esto no lo aceptan los intelectuales colombianos, tan románticos e idealistas.

¿Qué la Corte Constitucional había dicho, en una sentencia, que estas recomendaciones se convertirían en obligatorias para el caso colombiano? Seguramente, iniciará un proceso en contra de la decisión. Pero, además, esta parte del argumento olvida que todo este drama comenzó porque, precisamente, el Estado colombiano ha creado un sistema jurídico tan complejo, idealista y detallado que resulta inútil y generador de conflictos (en lugar de solucionarlos). El Procurador sancionó a Gustavo Petro porque tenía la potestad y éste armó semejante espectáculo porque sus abogados encontraron todas las leguleyadas posibles para frenarlo.  

Segundo, otros dicen que la decisión pone en muy mal lugar a Colombia en el ámbito internacional.  Pero, ¿cuándo ha ocupado un buen lugar? Es cierto que la construcción de una reputación internacional es importante para la inserción de los países. Pero, así no les guste escuchar a nuestros intelectuales, tan románticos e idealistas, esa reputación no se construye porque se tenga un comportamiento ejemplar, sino porque se tengan atractivos (percibidos o reales). Uno de ellos es la economía, por ejemplo. Y la colombiana está mejorando. Así que son falsos y absurdos comentarios que vi en las redes como que Colombia pueda, por esta decisión, ser considerado un país paria, un rogue state o un estado fallido. Decir eso no es serio o demuestra una gran ignorancia de lo que está pasando y de cómo funciona el ámbito internacional.  

Tercero, se dijo que el respeto del DIP es el “arma de los débiles”. ¿Y? Lo importante del sistema regional de derechos humanos (coordinado por la Organización de Estados Americanos y compuesto por la CIDH y la Corte) no es que sea un arma para el Estado, sino una limitación de sus excesos. Además, repito,  así no les guste a nuestros intelectuales, tan románticos e idealistas, lo que se emitió fue una recomendación, pero no un sentencia. Eso sucederá si el caso pasa a la Corte, que tiene funciones judiciales y no solo políticas, como la CIDH. Allí el Estado colombiano ha sido condenado y ha cumplido. En caso de que no cumpliera un hipotético fallo sobre este caso, ahí sí podríamos hablar de irrespeto al DIP.

Cuarto, también se afirmó que la decisión demuestra que los derechos políticos no le importan al gobierno. Esto sí que generó indignación en nuestros intelectuales, tan románticos e idealistas. ¿Cómo es posible que se desprecien los derechos políticos, algo tan sagrado? Interesante es que esos mismos intelectuales que tanto lloran por los “derechos políticos” (así, en abstracto, sin explicarnos, exactamente, a quién y cómo se les violaron), ni se inmutan cuando se violan los derechos económicos. Como el de propiedad, por ejemplo. Al contrario, ahí sí celebran.

Sexto, se consideró que la negativa de Colombia debilita a la OEA. ¿De verdad? ¿Somos tan parroquiales como para pensar que porque no acatamos unas recomendaciones de la CIDH estamos debilitando a la OEA? Pero, además, ¿es que estaba muy fuerte? La OEA desde hace muchos años ha estado desprestigiada; es inútil. Más daño le hace hoy a la organización su inacción frente a la situación en Venezuela.  

Séptimo, en las redes sociales encontré varias expresiones de inconformidad por la decisión que degeneraron en lo de siempre: que en Colombia no hay democracia, que no hay estado de derecho, etc.  Por lo menos, en esto parece haber consenso. Todos se quejan por lo mismo: los uribistas, los izquierdistas radicales, los petristas, los del partido verde, etc., etc. Interesante es que sigue diciéndose que no existe democracia y todos participan, expresan sus ideas y críticas y, lo más importante, no son víctimas de violencia directa por ello. Incluso, llegan al poder. Es decir que hemos avanzado, sin negar lo mucho que falta. ¿No es eso algo positivo? Para los colombianos, tan auto-críticos e inconformes, seguro la respuesta es no. Para nosotros siempre estamos peor, somos inviables, vamos en proceso de destrucción.

¿Que lo de Petro fue una persecución? Es posible. Pero igual persisten mecanismos judiciales para que él demuestre la injusticia cometida. Por su parte, que el gobierno no haya aceptado unas recomendaciones no creo que acabe con toda la institucionalidad existente. Fíjense que el problema es el exceso de institucionalidad y no la falta de ella. La telenovela en la que se convirtió el caso Petro demuestra es que hay un exceso de instrumentos legales y no su falta.

En último lugar, los que consideran que no hay estado de derecho confunden el DIP con el ámbito doméstico. En el internacional, no existe el principio del imperio de la ley. Sería ideal que existiera pero no es así. Por eso, tal vez, nuestros intelectuales, tan románticos e idealistas, confunden sus deseos con la realidad.

COMENTARIO ADICIONAL. No crean que olvidé que les había prometido mis comentarios sobre los resultados de PISA y la complejidad del sistema educativo. Despacio, pero voy avanzando. 

 

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Cuidado con lo que deseamos…

Como resultado inmediato de su criticada gestión frente al paro nacional, el gobierno de Juan Manuel Santos fue duramente golpeado en su popularidad esta semana, como demuestran las encuestas.

No pienso defender a un gobierno que es, como casi todos, indefendible. He mencionado en comentarios anteriores que el actual presidente de Colombia ha cometido gran parte de los errores que le cobran hoy las mayorías debido a su obsesión, no de implementar un modelo de país, sino de pasar a la historia. Su único interés, de carácter personal, ha sido más importante que aprender la difícil tarea de gobernar…y asumir los costos asociados con ella.

Pasar a la historia, para Juan Manuel Santos, consistía en plantear proyectos que sonaban muy bien y que, en teoría, serían implementados en un ambiente de armonía y consenso. Infortunadamente, así no funciona la realidad política, mucho menos en un país como Colombia.

En consecuencia, su estrategia de buscar tener a todos los sectores “contentos” lo ha llevado, desde hace tiempo, a presentar problemas de liderazgo; a manejar de manera errática situaciones específicas; a equivocarse en su comunicación con los ciudadanos; a no saber explicar que algunos problemas son heredados y no creados por él (caso Nicaragua o actual situación social). En últimas, ha llevado a que el gobierno se presente como aislado y acorralado, no solo frente a la ciudadanía, sino frente a su entorno político.

Su figura se ha convertido en sinónimo de ineptitud, de arrogancia, de traición o de engaño, según sea la posición desde donde se mire.

Por lo anterior, cada vez es más probable que Juan Manuel Santos no sea reelegido. En esta eventualidad, ¿qué opciones existen?

Por un lado, está el uribismo. Cada vez más cuestionado por su relación con los grupos paramilitares. Cada vez más estatista y, por lo tanto, menos defensor de las libertades individuales. Cada vez menos comprometido con la libertad económica. Cada vez más cerca de convertirse en el destructor de la institucionalidad colombiana. Cada vez más parecido a una secta religiosa en la que Álvaro Uribe Vélez ha sido convertido en un dios del cual depende el futuro del país.

Por el otro, está la izquierda del Polo Democrático Alternativo, de Marcha Patriótica, de Colombianos y Colombianas por la paz (así éste y muchos otros se muestren como grupos sin ninguna pretensión política). Acá existe una gran consistencia programática. Una coherencia histórica en sus planteamientos. Carisma – y retórica – apreciable de algunos de sus líderes. El único problema es que sus propuestas, en caso de ser implementadas, destinarían a Colombia a la pobreza, al subdesarrollo y, paradójicamente como sus archi-enemigos políticos, los uribistas, a la destrucción de la institucionalidad.

En el intermedio, esta semana se impulsó el nombre de Antonio Navarro como una alternativa adecuada. Alternativa en cuanto a nombre, porque según sus planteamientos, estaríamos más cerca de una visión como la propuesta por el sector de la izquierda que he mencionado. Este personaje es respetado y demostró, o eso dicen muchos, una buena gestión como gobernador de Nariño. No obstante, ser gobernador no es igual a ser presidente. Así como en Bogotá se demostró que ser congresista no es igual a ser alcalde.

Como he dicho de manera insistente en anteriores comentarios, los individuos toman sus propias decisiones que afectan sus vidas en todas las dimensiones. Una de ellas es el ámbito social, el público.

Los ciudadanos colombianos están hoy, muy felices, con la caída en las encuestas de Juan Manuel Santos. Sin embargo, no reconocen su responsabilidad en el hecho que esta persona esté en el cargo en el que está como resultado de la decisión que millones de ellos tomaron hace un poco más de tres años.

Hoy muchos quisieran cambiar el nombre de quién está en el poder. Algunos quisieran que regresara a quien consideran como un dios o, en caso de no poderse, mientras tanto, que fuera elegida una marioneta que actúe en su nombre, como esperaban que lo hiciera el mismo Santos.

Otros quisieran que el elegido fuera un representante de la izquierda radical, con su discurso disfrazado de preocupación por lo social y su creencia en que es el Estado el que debe tomar todas las decisiones en lugar de los ciudadanos. 

De pronto otros quisieran que fuera una supuesta alternativa que, seguramente, fracasará como lo hacen, en general, aquellos que se consideran como tales.

Es comprensible el malestar social en Colombia. Sin embargo, éste seguirá existiendo hasta tanto los ciudadanos no reconozcamos que los únicos que podemos mejorar o empeorar nuestras vidas somos nosotros mismos. Por ahora, valdría la pena reconocer que el panorama que describo es resultado de las malas decisiones que hemos tomado de manera sistemática. No podemos seguir esperando que algún elegido, por sí mismo, construya el país ideal. Ojalá, mientras tanto, la encrucijada en la que nos encontramos hacia futuro no genere un daño del cual sea más difícil salir.

Cuidado con lo que deseamos, porque de pronto se cumple.  

COMENTARIO ADICIONAL. No importa el pésimo gobierno de Gustavo Petro en Bogotá: ahora fue premiado como ejemplo en el mundo de liderazgo frente al cambio climático. Interesante que el premio es resultado del sistema de transporte impulsado por Transmilenio, sistema que ha sido criticado por los ciudadanos y que fue considerado por el mismo Petro como inútil, pasado de moda y un sistema que tenía que remplazarse.

COMENTARIO ADICIONAL II. Y lo que se ha resuelto del paro se ha hecho con más Estado y repartiendo más recursos. ¿Alcanzará para todos? ¿Alcanzará para los que vengan?

COMENTARIO ADICIONAL III. La inminente decisión de intervenir en Siria dará mucho de qué hablar en las próximas semanas. Por ahora, podemos ver cómo los líderes estadounidenses siguen cometiendo errores en la política exterior. Además, Barack Obama es el ejemplo perfecto por el que es mejor no creer tanto en los líderes que se presentan como alternativas cuyo único interés es hacer del mundo un lugar mejor. Esta visión, las más de las veces, no refleja la bondad de quien las propone, sino una visión arrogante y autoritaria de su papel en el mundo.

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