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Diez hechos para el No-Gracias (Es decir, para no agradecer)

Al parecer ahora celebramos el día de acción de gracias también en Colombia. Pues bien, para no quedarme atrás decidí participar desde este espacio. Sin embargo, como mis comentarios no se caracterizan – infortunadamente – por el optimismo, decidí hablar de lo que no agradezco. Además, como ahora están tan de moda los conteos, me aventuré a hacer el mío.

Acá están los diez hechos por las cuales no se puede dar gracias en lo local (Bogotá), lo nacional y lo internacional. Comienzo por lo local.

  1. El cambio climático y Gustavo Petro. Desde que el Alcalde de Bogotá encontró que con este tema podría tener un respiro de su pésimo mandato, por lo menos fuera del país, la situación se empeoró para la ciudad: ahora es intocable no solo porque es la paz hecha hombre, sino que si lo tumban, estaremos destinados a una catástrofe ambiental.
  2. Los escándalos del Polo.  El Partido político cuyos líderes posan de adalides de la moral, se equivoca cada vez más. Respaldaron la corrupta administración de Samuel Moreno y ahora a Clara López, cuyo esposo está involucrado en el escándalo. No solo eso: ella fue una funcionaria activa, muy cercana a Samuel Moreno, durante toda su Alcaldía: ¿Para la izquierda tampoco aplica la responsabilidad política?
  3. Las próximas elecciones. Así se una o no la izquierda, se presente o no Clara López, este no es el peor problema para el país. Las próximas elecciones, al parecer, se definirán a partir de quién puede ofrecer más Estado. Ningún debate se ha dado en torno a los límites en las funciones del Estado. Por el contrario.
  4. Las peleas de las entidades de control. No encuentro los adjetivos suficientes (vergonzoso, inadmisible, criticable, condenable) para describir el molesto enfrentamiento entre los líderes de las “ías” (Contraloría, Procuraduría y Fiscalía). No han cumplido con sus  – poco claras – funciones por andar buscando protagonismo y llevar sus problemas personales a la agenda pública.
  5. La visión de los ciudadanos sobre para qué es el Estado. Los dos puntos anteriores, como lo he dicho en varios comentarios, se deben a la visión que tenemos los ciudadanos sobre las funciones del Estado. En Colombia nos creímos el cuento del Estado como un padre y hacemos énfasis en que debe proveernos de todo. La última versión son las manifestaciones en contra de la reforma a la salud que se resume en dos críticas, absurdas: la salud es un derecho (que no lo es) y, por lo tanto, su provisión debe ser ilimitada y “gratuita”. Entre otras, lo que los críticos no se cuestionan es: ¿quién paga?
  6. La eterna discusión sobre las cifras. Lo anterior se debe, en gran parte, a que a los medios solo llegan las opiniones de algunos, que entienden las cifras desde sus modelos mentales fatalistas y conducentes al estatismo. Si las cifras son negativas, creen que están viendo en desarrollo sus escenarios catastróficos. Si no, las ponen en duda.
  7. La “movilicitis”. Creo que lo que no se debe agradecer en este punto es la palabra que me inventé. Pero lo que quiero decir con ella es que la sociedad colombiana se obsesionó con las marchas, las movilizaciones, los paros y demás. La cosa ya es casi enfermiza. Hay marchas para todo, casi todos los días. Lástima que todas estas movilizaciones sean para exigir menos libertad y no más.
  8. El tema de Nicaragua. Lo que está sucediendo con Nicaragua, la segunda demanda contra Colombia, demuestra varias cosas. La primera, preocupante, es que el Estado colombiano no es capaz de cumplir, ni siquiera, con las funciones en las que todos estamos de acuerdo. Pero también demuestra que es necesario actuar, con una estrategia política, ante el hostil vecindario en el que se encuentra el país. Comparto la visión de analistas, como Laura Gil, sobre la necesidad de negociar para este caso puntual. Pero creo que la discusión se está quedando en el ámbito jurídico, sin tener en cuenta que en el ámbito internacional eso no es lo que más importa.  
  9. Lo que muestra el acuerdo con Irán. No sé si agradecer, pero sí debe apoyarse el acuerdo alcanzado con Irán. Ésta es una buena noticia para el mundo porque disminuye las posibilidades de una guerra y, además, frena las intenciones bélicas – molestas, insoportables – del gobierno de los Estados Unidos. No obstante, también muestra la incapacidad de regímenes, como el iraní, para cumplir con sus promesas domésticas. Por ello, siempre recurren al chantaje internacional para tapar su incapacidad y, de paso, parecer interesados por la paz. Lo peor de todo es que muchos les creen.
  10. Lo dicho por el Papa. Nunca he abordado el tema del Papa. No me interesa. No obstante, esta semana, al criticar el capitalismo, la ambición y el individualismo (es decir, lo que todos critican. Nada nuevo) se demostró, una vez más, que la iglesia es lo más anti-natural, anti-ser humano que puede existir. Como el socialismo. Lo paradójico es que por ello persisten: se basan en creencias que no se pueden comprobar, alimentan a los individuos de esperanzas que nunca se sabe si se cumplirán y, en el entre tanto, alimentan su poder de discursos vacíos y de la generación de temor en sus seguidores.

En resumen, no hay nada para agradecer en relación con el Estado. A pesar de todo ello, la persistencia de espacios para el crecimiento individual y la existencia de individuos que los aprovechen para perseguir sus intereses: esto es por lo que se debe agradecer siempre. La individualidad, la existencia de la libertad es por lo que realmente se debe estar agradecido.

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PRIORIDADES, ¡PRIORIDADES!

Fue difícil escoger sobre qué escribir esta semana. En un primer momento, quise hacerlo sobre las propuestas del presidente Barack Obama sobre el tema de emisión de gases. Sin embargo, desistí, debo reconocerlo, porque no sé sobre el tema y, por lo tanto, no me parece responsable hacerlo. El tema climático es altamente científico y su comprensión no se puede quedar solo en opiniones superficiales, políticas. Claro que tengo mi posición: el medio ambiente se protege de manera más efectiva a través de una mayor libertad, que con prohibiciones o con inversiones públicas. No porque existan límites a las emisiones, éstos serán cumplidos ni necesariamente son los adecuados para resolver el problema. Pero como no cuento con la formación científica para demostrar estos puntos, decirlo es pura especulación. Así que será pensar, sobre este punto, como muchos, que lo que propuso el presidente Obama es maravilloso, que no se cumplirá porque los empresarios son malos y quieren acabar el mundo…y esperar el día del juicio final, de una hecatombe ambiental, que aunque nunca llegará, nos mantendrá expectantes…

Después pensé en escribir, también a propósito de los EEUU, sobre las históricas decisiones de la Corte Suprema sobre el tema del matrimonio de parejas del mismo sexo. Pensaba mostrar que, más que un debate entre derecha – izquierda, lo que demostró la Corte es que, primero, en Estados Unidos todavía es posible pensar que existe algún tipo de apego a las instituciones fundacionales que, como la Constitución, le han permitido a ese país convertirse en lo que es hoy, no como potencia, sino como país desarrollado y en permanente evolución.  Pensaba afirmar que las decisiones tomadas el pasado miércoles 26 de junio demuestran que todavía es posible pensar que, aunque existe un debate político, todavía hay países en los que priman los principios de libertad y de igualdad ante la ley. Pensaba explicar que, además, esta decisión es importante porque, aunque no fueron tenidas en cuenta en las sentencias, la Corte Suprema lo que ha hecho es recordarle a todos en Estados Unidos, incluso al presidente Obama, que todavía persisten las enmiendas 9 y 10, que crearon un Estado limitado y con funciones enumeradas. También que estas decisiones rescatan en parte la importancia de la autonomía de los estados pero con una base general para todos: los principios liberales.  Es decir, pensé hacer un comentario optimista sobre el futuro de los Estados Unidos…pero, ¿para qué? ¿Acaso esta visión tiene algo que ver con nuestra realidad, además de recordarnos que, lamentablemente, nuestro país no ha sido construido bajo los mismos principios y que eso explica, en gran parte, nuestros problemas actuales?

Por lo anterior, por desconocimiento, primero, y, segundo, por un optimismo que nos es ajeno, decidí escribir sobre un aspecto que es mucho más complicado. Esta semana, a propósito de las movilizaciones en Brasil, algunos pensadores colombianos se han preguntado por qué en Colombia no tenemos las mismas movilizaciones sociales si, desde su perspectiva, con la que yo concuerdo, estamos en una situación peor. La mayoría de estos pensadores plantearon sus hipótesis. Algunos consideran que esto se debe a la existencia de la guerrilla, que ha convertido a todo manifestante en un representante de este grupo ilegal. Otros consideraron que el problema es que la nuestra es una sociedad conservadora; otros, que somos conformistas.

A pesar de lo interesante del debate, lo que me sorprendió del mismo fue el nivel de desinterés, de ignorancia – y de algo de arrogancia – de estos pensadores frente a  lo que está sucediendo en Colombia: ¿acaso no hay cada semana movilizaciones sociales? Y no hablo de las protestas de grupos específicos, con intereses definidos, que lo único que buscan es recibir más recursos a costa de los demás. No. Hablo de movimientos sociales, heterogéneos,  que se enfrentan a los poderes establecidos. A esos pensadores que tanto se quejan por la pasividad de los colombianos, hay que recordarles que mientras ellos criticaban, como es costumbre, nuestra sociedad y cultura, en esta semana los campesinos del Catatumbo estaban adelantando una fuerte movilización social. Esto, aunque sean ignorados por los intelectuales quienes siguen pensando que las movilizaciones que valen son las de las ciudades, aunque sean despreciados  por el establecimiento y aunque sean desacreditados como una expresión de la guerrilla.

En el momento en el que escribo estas líneas, ya se ha anunciado el inicio de las negociaciones. Vamos a ver en qué termina esto. Pero lo interesante de ver es que, como mencioné en mi comentario anterior, estos campesinos también reivindican, de nuevo lo señalo, aunque no sean conscientes de ello, una mayor inclusión en la sociedad y la imposibilidad de la existencia de sociedades perfectas. Lo segundo, creo, no debo demostrarlo: es Colombia, el mismo país que todos criticamos y que consideramos como uno de los peores, si no el peor ante cualquiera que lo comparemos. No temo equivocarme al decir, aunque sí lo estamos al pensarlo, que todos estaremos de acuerdo en afirmar que si existe un ejemplo de sociedad imperfecta es Colombia.

Lo primero sí debo mostrarlo con mayor profundidad. ¿Cómo puedo estar cometiendo semejante sacrilegio de afirmar que los campesinos del Catatumbo, así no lo expresen, buscan una sociedad con instituciones más incluyentes y, por lo tanto, más liberales? Existen dos reivindicaciones puntuales. La primera ha sido el reclamo que hacen estos campesinos sobre la creación de una Zona de Reserva Campesina. Éstas, de manera muy superficial, consisten en la adjudicación que hace el Estado de terrenos que son públicos a campesinos pobres. Reconozco que sobre este tema existen muchos debates, muchos temores y muchas resistencias. Pero, en el fondo, señoras y señores, lo que los campesinos del Catatumbo están solicitándole a nuestro Estado, un Estado que todavía considera que la tierra puede ser de él, que les reconozca un derecho, que ha sido reivindicado por todos los autores liberales desde John Locke, e incluso desde antes, que se llama derecho de propiedad. Y este derecho, además, es una de las instituciones más incluyentes que existen en la historia de la humanidad y que le permiten a los seres humanos convertirse en agentes de su propio destino.

La segunda reivindicación, una más postmoderna si se quiere, ha sido la de detener la política de erradicación de cultivo ilícitos. Es decir, lo que han solicitado, de manera violenta, eso no se niega, los campesinos en esta ocasión, ha sido que el gobierno colombiano detenga la fallida guerra contra las drogas en la que ni el actual Presidente de la República cree. ¿Existe una reivindicación más liberal que exigirle al Estado que les permita tomar sus decisiones económicas, invertir en lo que deseen y obtener las ganancias por ello, sin su intervención ni el uso de la fuerza?

A pesar de lo anterior, por lo menos en un principio, la repuesta de las autoridades fue la de descalificar las movilizaciones por estar infiltradas por la guerrilla. Esta denuncia merece una mirada sin apasionamientos. ¿Alguien puede creer que esto no sea así? Es claro, obvio pensaría yo, que la guerrilla ha infiltrado las manifestaciones. Sin embargo, no por esa razón, es posible concluir que, por un lado, todos los campesinos sean guerrilleros, o que, por el otro, lo que están pidiendo sea inadmisible.

Además, la infiltración de la guerrilla en este tipo de movilizaciones tendría que avergonzar a nuestros representantes y a las fuerzas del orden. ¿Después de más de una década de recuperación del Estado todavía no contamos con uno que tenga el control del territorio y que, por lo tanto, ejerza soberanía? Pero, eso sí, se declara un Estado “dueño” de terrenos. Es más, el hecho que la guerrilla tenga una capacidad para infiltrar este tipo de movilizaciones demuestra que estas personas no han sido incluidas en el tipo de sociedad que hemos creado. Y volvemos a los principios liberales, puede que sin que ellos sean conscientes, de las manifestaciones.

La sola denuncia de la participación guerrillera, por otro lado, desconoce una realidad. Estos campesinos están haciendo sus reivindicaciones de frente al país, de frente a la sociedad y no, como ha sido tradicional por esos grupos ilegales, que justifican sus acciones homicidas a partir de una supuesta lucha basada en unos mitos en los que muchos siguen creyendo, sin querer ver que, en realidad, lo que han consolidado es economías de guerra que les han generado incentivos para mantenerse en la clandestinidad. No obstante, el actual proceso de paz, esperemos, podría demostrar que esos incentivos son menores en la actualidad que lo que fueron en el pasado.

La respuesta inicial, entonces, del gobierno colombiano fue la de enfrentar a los campesinos como si fueran delincuentes o guerrilleros (¿o viceversa?). Hasta el anuncio de las negociaciones, las noticias se concentraron en el número de muertos de un lado y del otro…y, como ha sido costumbre también, en la indignación nacional por los desmanes cometidos por los campesinos en contra de las fuerzas del orden…En Colombia ya es tradición pensar que tenemos que agradecerles a nuestras fuerzas del orden por hacer, a medias, su trabajo. ¡La sociedad civil subordinada a las fuerzas armadas! Pero bueno, gajes del conflicto…

Mientras esto sucede en el mundo urbano, la izquierda colombiana, oportunista como es, se apropia de las movilizaciones y denuncia los abusos de las fuerzas del orden en contra de los campesinos. En su visión, ya desacreditada por inútil, la izquierda pretende adueñarse de las manifestaciones y exagerar la respuesta de las autoridades. No se dan cuenta, sin embargo, los campesinos, que ese apoyo, como lo mencioné, es oportunista: ¿Acaso la izquierda no consideraría al Estado como dueño de todo? ¿Acaso no está en contra de la propiedad privada? ¿Acaso no lo está de la iniciativa económica, individual, autónoma? Pero este es el resultado paradójico de la incompetencia estatal.

Entre tanto, además de las críticas sobre la pasividad de los colombianos y la indignación de – todos – sobre las atrocidades cometidas, contra unos o contra los otros, en un territorio al que nadie va, el país pensante, las clases medias urbanas, los intelectuales y nuestros representantes se concentran en lo verdaderamente importante: el resultado del inocuo y superficial concurso del gran colombiano. Un concurso en contra del cual hasta una movilización (importante, esta sí) se ha creado para revocar su resultado, que ha llevado, como es costumbre, a decir que el problema es que los colombianos son ignorantes, que la metodología estaba mal o que, como ya va siendo costumbre, la maquinaria uribista (infalible, que todo lo sabe y todo lo puede) manipuló. Un concurso que, de manera simple, como cualquier reality gana el que quiere que ganen los que votan…sin más. Sin necesidad de aplicarle sociología al asunto. ¡Qué absurdo! Hubiera sido mejor escribir sobre el futuro de los Estados Unidos…

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OPORTUNIDADES

Las movilizaciones sociales han adquirido visibilidad en los últimos años. Desde la aparición del movimiento de los indignados en España y de los “ocupantes” de Wall Street en Estados Unidos, pasando por la denominada Primavera Árabe, casi ningún país del mundo ha quedado fuera de esta oleada. Las causas para el malestar de amplios sectores de la población pueden diferir: la situación de crisis económica en algunos casos, la corrupción e ineptitud de los dirigentes en otros. De igual forma, puede ser diferente este periodo de insatisfacción frente al sucedido durante los años 60, cuando las movilizaciones se concentraron en rechazar la situación de temor constante por la inminencia de un enfrentamiento nuclear entre las dos superpotencias o, como fue el caso de Europa del Este, contra la dominación soviética.

No se puede olvidar que los grandes cambios de la humanidad hacia una mayor libertad se dieron, en la mayoría de casos, a través de este tipo de movilizaciones, incluso violentas. La separación entre el Estado y la Iglesia (que en algunos países se olvida muy a menudo) es un ejemplo de ello. Lo mismo se puede decir de la Revolución Gloriosa que, en Inglaterra, significó la derrota de la monarquía y, por lo tanto, la puesta en duda sobre la idea del Estado como superior a los individuos. La Revolución Francesa, por su parte, permitió avanzar en el reconocimiento de la existencia de ciudadanos y no de súbditos, con todo lo que esto implica en la relación del individuo con el Estado y, claro está, en el reconocimiento de la libertad como valor supremo. Muchos otros movimientos sociales (a mediados del siglo XIX, años 60 del XX, etc.) podrían ser mencionados.

Lo interesante de notar es que, casi todos, permitieron al mundo avanzar en el reconocimiento de la importancia de la libertad y, de manera no intencionada, en la construcción de mejores niveles de vida y en el sistema social y político de la actualidad, muy superior al de épocas pasadas. ¿Esta vez será igual? Aún no podemos aventurarnos a dar una respuesta a esta pregunta, pero sí podemos ver, aunque sea de manera superficial, algunas de las características de las movilizaciones actuales. Como son las más recientes – y, además, las más interesantes – me voy a concentrar en los desórdenes en Turquía, Suecia y Brasil.

A diferencia de los indignados o del Occupy, estas movilizaciones no se han dado como respuesta a la crisis: Ninguno de estos tres países ha sido golpeado de manera importante por ella. De hecho, estamos hablando, en los tres casos, de territorios con una situación económica atípica en los últimos años. Suecia es un país desarrollado, uno de los más admirados globalmente por su estado de bienestar y por la calidad de vida de sus habitantes. Brasil forma parte de los denominados BRIICS (que incluye además de a éste, a Rusia, India, Indonesia, China y Sudáfrica), es la quinta economía del mundo y, para muchos, se convertirá en un país desarrollado en las próximas décadas. Turquía, por su parte, forma parte de los CIVETS (junto con Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto y Sudáfrica), es una economía en crecimiento y un ejemplo de que la democracia y un Estado laico son posibles en el mundo musulmán.

A pesar de lo anterior, estos tres países han sido escenario de fuertes enfrentamientos entre diferentes sectores de la sociedad y sus estados en los últimos días. Las respuestas han variado: En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff ha afirmado que escuchará las demandas de los manifestantes. En Turquía, la represión, instigada por el primer ministro Recep Tayyip Erdogan, ha dejado varios heridos y algunos muertos. En Suecia, los desórdenes han sido controlados como una cuestión de policía. De igual manera, las causas inmediatas de las manifestaciones son diferentes: el incremento de las tarifas del transporte público en Brasil, la construcción sobre un parque público en Turquía y el asesinato, en manos de la policía, de un anciano en Suecia. Pero en los tres casos, las reivindicaciones de los manifestantes han trascendido las causas inmediatas. Insatisfacción por el estado actual de las cosas es lo que ha hecho que las movilizaciones persistan.

Como no podemos saber, aún, en qué terminará esta nueva oleada de movilizaciones sociales, lo que sí podemos es aproximarnos a sus características. Es claro que, incluyendo los tres casos mencionados, la crisis económica global no puede explicarlo todo. ¿Cómo explicarlas? ¿Qué se puede extraer de estos casos?

Me parece que existen dos aspectos que se deben tener en cuenta, como causas y como experiencia, para comprender estas movilizaciones. El primero es que, a pesar de toda la planeación y de las buenas intenciones, no pueden existir sociedades perfectas. Suecia ha sido considerado como un país modelo, como un territorio en el que la calidad de vida se acerca al ideal de cualquier ser humano. Brasil, por lo menos en América Latina y en muchos organismos internacionales, ha sido observado como un ejemplo de inclusión social, de democratización, de gobiernos responsables, de izquierda moderada (vegetariana, como denominaron algunos), que  alcanzó unos notables logros sociales, mientras mantuvo una senda de crecimiento económico. Por su parte, Turquía, por lo menos bajo el gobierno de Tayyip Erdogan, ha sido vista como que es posible la extensión de los valores musulmanes en una sociedad laica y democrática y sin afectar el crecimiento. Parece ser que los ciudadanos en los tres países no están de acuerdo con la opinión de los observadores externos…

La mención que hago frente a la imposibilidad de la perfección en ninguna sociedad puede parecer obvia para muchos. Pero la verdad es que no lo es cuando se tienen presentes los debates que se hacen, en diversos escenarios, sobre las decisiones económicas, políticas o sociales. Si en realidad comprendemos que no pueden existir sociedades perfectas, no tenemos por qué preocuparnos por evitar, por siempre, las crisis, tema que abordé hace algunas semanas. Tampoco tenemos por qué considerar que la forma como algunos crecen es la mejor: a pesar de las apariencias, parecen ser insuficientes los logros en reducción de la desigualdad o de pobreza en cualquier país del mundo, cualquiera sea su gobierno. Tampoco tenemos que permitir que, en lugares donde se ha ganado aunque sea un poco la separación entre Iglesia y Estado, ésta se pierda: esa es, precisamente, la lucha que tienen los jóvenes en Turquía en este mismo momento.  

Un segundo aspecto está relacionado con algo que ha sido repetitivo en mis comentarios: las instituciones incluyentes y su relación con el desarrollo. Si partimos del reconocimiento que ninguna sociedad es perfecta, que siempre habrá algo para mejorar, también podemos partir del hecho que aquéllas que se acercan más al ideal de contar con instituciones, formales e informales, económicas y políticas, de carácter incluyente, son las que más éxito tienen en la solución de sus problemas de violencia y/o de desarrollo. Incluso en países como Suecia, ejemplo de desarrollo, esta lucha continúa: los desórdenes se concentraron en las zonas más pobres de Estocolmo (que serían ricas si se comparan con otros países) y donde más inmigrantes viven. En Brasil, los jóvenes que han hecho parte de las movilizaciones son, en su mayoría, de clases medias que consideran que no han sido partícipes del crecimiento y, por lo tanto, exigen menos inversión en escenarios deportivos y más en sus necesidades. En Turquía, aquéllos que han sido reprimidos por las fuerzas del “orden” quieren otro tipo de inclusión: desean evitar a toda costa la restricción de sus libertades individuales para, por ejemplo, consumir licor o usar las vestimentas que deseen…quieren, en últimas, mantener el legado de separación entre el Estado y la Iglesia que habían logrado forjar desde los años 1920.

Teniendo en cuenta este aspecto, el de la inclusión, estas movilizaciones no pueden entenderse como un proceso de lucha de clases o como una exigencia para una mayor acción por parte de los estados. Como sí pueden comprenderse es que las mayorías, en diversas partes del mundo, están exigiendo poder decidir sus destinos como quieran y no como se los hayan impuesto. Esto es, en últimas, una reivindicación de carácter profundamente liberal. ¿Cómo resolver las reivindicaciones de los inmigrantes en Suecia? No excluyéndolos, por su origen, de los derechos de los demás. ¿Cómo enfrentar las peticiones de los brasileños? Permitiendo que puedan acceder a la educación que quieran y, posteriormente, al tipo de trabajos que deseen. Se trata, entonces, de abandonar la idea, muy de los gobiernos desde la dictadura y perpetuada por la retórica de Lula y por la menos elocuente Rousseff, del dirigismo estatal en la que el crecimiento importa porque, por ejemplo, se decida producir más productos agrícolas que sean insumos para los biocombustibles. No. Lo que los jóvenes están pidiendo es más capitalismo, no menos. ¿Cómo resolver las violentas manifestaciones en Turquía? Evitando que las decisiones de un partido político eliminen lo poco o mucho que han avanzado en la consolidación de instituciones democráticas y liberales.

Para los demás casos, esta observación también es válida. Los jóvenes españoles, los indignados, aunque sin saberlo, están exigiendo más capitalismo: no rescates a los bancos y más empleo. Pero más empleo para ellos implica, necesariamente, menos regulación estatal del mercado laboral. Por su parte, los jóvenes en Estados Unidos se equivocaron de dirección: lo que debieron ocupar fue Washington DC y no Wall Street. Es el Estado el causante de las crisis y, posteriormente, el artífice de los programas de rescate que perpetúan la toma de malas decisiones.

A pesar de lo anterior, es muy posible que ninguno de los aspectos mencionados se tenga en cuenta en la resolución de las manifestaciones. Como ya se ha visto en el caso de Estados Unidos o en el de la Primavera Árabe, el resultado puede ser la búsqueda de una sociedad perfecta, que solo puede llevar a malas decisiones, o a una mayor exclusión, con la imposición de regímenes que favorecen los intereses – o las visiones – de algunos a costa de los de los demás. Queda, sin embargo, una pequeña posibilidad: como demuestra la historia, más allá de los resultados inmediatos y de las recetas formuladas, la forma que éstas adquieran puede generar resultados inesperados que, a la postre, llevarán a un mundo más liberal en los años por venir. Ojalá en un tiempo, estos años de inestabilidad y de movilizaciones podamos compararlos con los grandes eventos de la historia en la comprensión que solo una mayor libertad puede ser la causa de mejores sociedades.  

COMENTARIO ADICIONAL. Infortunadamente en Colombia, a nadie le importa la libertad. En la misma semana, se aprobaron los desmanes de las FF.MM., se propuso la restricción a la libertad de comunicación a propósito del tema de los presos, se decidió controlar el precio de los medicamentos, las FARC propusieron su visión anti-democrática de la política y, una vez más, la Iglesia Católica (el solo preguntarles en una sociedad laica es algo inadmisible) y la Procuraduría mostraron su visión sobre la existencia de ciudadanos de segunda, que no pueden tener los mismos derechos que los demás. ¡Y no existe una sola posición consistente que muestre que, todo lo anterior, menoscaba lo poco que existe de libertad! 

COMENTARIO ADICIONAL II. Con sorpresa vi esta semana una publicación en la que se preguntan cuál es el secreto del crecimiento chino con un capitalismo autoritario. Ningún secreto: China ha crecido gracias a las reformas hacia una mayor liberalización y a pesar de su autoritarismo. Sin embargo, si este último no cambia, es muy difícil que se mantenga la senda de crecimiento. Se los anuncio: el modelo chino no será exitoso si las reformas no se profundizan en lo económico y si no se hacen en lo político. ¿Ahora querrán importar el autoritarismo a Colombia? ¿No tenemos suficiente con los fracasos de la mayoría de nuestros vecinos?

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